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viernes, 12 de agosto de 2016

Capítulo 31

De nuevo, al despertarme me encuentro el otro lado de la cama vacío y frío. Por desgracia me estoy acostumbrando a esto, y aunque no me guste supongo que tiene que ser así. Al menos de momento. Hablaré con él cuando le vea y le diré que quiero que eso cambie, sin embargo, algo me dice que tendré que esperar para que me haga caso; está mucho más comprometido con su trabajo de lo que jamás lo hará conmigo, a pesar de lo que me mostró anoche a última hora. Debería aprender de eso, por mucho que duela. Debería, pero no creo que lo consiga jamás.
Busco mi ropa por la habitación, juraría que estaba en el suelo, pero tampoco es que pensara mucho en ello cuando me la quité, no obstante, no la encuentro por ningún sitio, ni siquiera debajo de la cama. Y la verdad es que no me apetece salir de aquí o llamarle a gritos, me parece de lo más vulgar; demasiado para mí, así que abro su armario —completamente lleno de trajes— y cojo la camisa que me parece más grande, supongo que me tapará más, pero buscando entre los cajones oigo que uno está hueco, es decir, tiene doble fondo. Intento no hacer ruido cuando quito la tapa, pero no me servirá de nada si no ahogo el grito de sorpresa. No tiene sentido que me sorprenda, a fin de cuentas es un mafioso, es sólo que no me esperaba encontrar una prueba tan fácil. Me acerco lo suficiente para verla con detalle: tiene borrado el número de serie y me inunda un olor férreo a sangre y pólvora. Parece pringosa y aunque la tapa esté manchada de rojo, me niego a creer que haya pertenecido a una persona, que él la haya matado, sin importar lo obvio que parezca y que todo encaje. Busco algo más manchado, quizá pueda encontrar la forma de sacarlo de aquí, la camisa de la otra noche, por ejemplo. Sin embargo, es tan poco probable que la haya conservado que me canso de inmediato, han pasado dos días, sería estúpido y bastante antihigiénico, la verdad. Y entonces, cuando veo que no hay donde buscar, mi racha de buena suerte continúa. En el fondo hay un panel corredizo que casi no creo que sea cierto cuando lo muevo, pero hasta aquí llega todo, pues da lugar a una puerta blindada de caja fuerte que necesitaría a varios expertos para poder abrirla; hay un teclado numérico y una pequeña pantalla para la huella dactilar. Vale, ahora sé dónde esconde su caja fuerte, ¿y qué? Sinceramente, todo esto me parece inútil, jamás conseguiremos abrirla, y no estoy convencida de querer hacerlo, tengo miedo de lo que me pueda encontrar. Además, saber que está aquí sólo me hace recordar que Paul era el otro que conocía la localización. ¿Cuántas veces habrá entrado, quizá para eso, quizá para simplemente observarme? Con él fuera del mapa, el resto caerá también, sin embargo, no paro de pensar en las cámaras. Deben estar por algún lado. No pienso parar hasta encontrarlas. Después de revisar toda la habitación tres veces, encuentro un agujero al lado del armario, que podría pasar por una mancha o ni siquiera fijarte en ello, pero después de mirarlo por un buen rato, estoy casi convencida de que es la cámara, las imágenes que me mostró en el móvil parecen tener el mismo ángulo. Sin pensármelo dos veces, cojo el toallero del baño y con cuidado rompo la pared hasta estar segura de que tenía razón. Esto no le va a gustar a Alex.
Dejo todo como estaba y me encargo de que no se me olvide comunicárselo a Amy repitiéndolo en mi mente mientras paseo por la casa buscando a Alex, creo que debo decirle que he roto su pared, y el motivo, por supuesto. Quería mantenerle alejado de ello, lo único que le falta es saber que Paulie nos estaba espiando, pero no tengo más remedio, no podía sacar la cámara de otra forma. Doy gracias a que era inalámbrica y no tenemos que romper nada más. Eso sí que hubiera sido una locura.
Voy directa al despacho y oigo voces al llegar a la puerta doble, pero pronto me doy cuenta de que sólo es el teléfono con el altavoz, así que tras un toque a la puerta, entro sin esperar respuesta. Él me sonríe al verme y se recuesta en la silla mientras deja a la voz despotricar que reconozco al instante como la de Brady, el rollizo mafioso con cara de cerdo impetuoso. Me acerco lentamente, procesando sus palabras con la mirada fija en el altavoz hasta llegar a la mesa de cristal y sentarme en ella. Me recuerda vagamente al despacho de su padre, con cuadros a ambos lados, sin embargo, estos son de arte contemporáneo, cubistas la mayoría y en tonos grises. Generalmente frío, como el resto de la casa, y el inquilino, incluso, cuando se lo propone. ¿Quién lo diría, con esa mirada dulce que inunda la habitación a pesar de estar oyendo a un hombre que me acusa de traidora? Me recorre un escalofrío al pensar en todo esto, incluido Ronald Moore y lo que ocurrió en su peculiar mansión, que parecía incluso acogedora; o todo lo que podía ser teniendo salas antisépticas para ''encargarse de la gente'' escondidas tras puertas normales y laberínticos pasillos. No sé qué habrá sido de la casa, supongo que la habrán subastado para sacar dinero para el Gobierno, como suelen hacer con las posesiones de los criminales, porque según los informes Alex no la tiene en propiedad. De todas formas, quien la tenga, ha tenido que hacer un gran trabajo de limpieza. La sangre no sale bien de la madera, y la dejé llena, tanto mía como de algún que otro guardia. Quizá cuando vuelva a casa, a Los Ángeles, investigo un poco e incluso puede que la visite, no está mal recordar de dónde venimos de vez en cuando.
¾    Moore, ¿no te das cuenta? Aparece ella y ''casualmente'' interceptan el envío que llevábamos planeando un mes.
¾    Fuiste tú quien sugirió el lugar, podrías habérselo dicho a la policía —sin embargo, no está pendiente de la conversación, me acaricia el muslo con una sonrisa; pero a mí sí me interesa
¾    ¿Qué te está metiendo ésa en la cabeza? Sabes que necesito mercancía, he pagado tu comisión. Es de la francesa de quien te tienes que ocupar. Ha aparecido de la nada, en tu casa, y conociendo más idiomas que todos nosotros juntos.
¾    Parece que la educación europea es mejor que la nuestra —se burla.
¾    No es gracioso, Te traerá problemas. No, a todos nosotros; no sabe nada del negocio y tampoco confiamos en ella. O haces que se vaya, o lo haremos nosotros —Alex se tensa, dispuesto a amenazarle, pero le detengo.
¾    ¿Sabes, Brady? Estaba dispuesta a dejarlo pasar, resultas tan patético como un crío con una pataleta, pero ahora te diré una cosa: ten cuidado con lo que dices, puede que a mí me dé igual, pero no soy la única que puede hacer algo al respecto.
¾    ¿Moore? ¿Qué hace ella escuchando, qué hace ahí?
¾    Ignorarme no hará que me vaya, imbécile, ni cambiará las cosas.
¾    ¿Me estás amenazando, niña?
¾    Te estoy aconsejando, viejo —Alex reprime una carcajada y me besa en la rodilla—. No digo que seamos amigos, sólo la idea me...répugne.
¾    Repugna —traduce con la boca aún en mi pierna, subiendo poco a poco; sorprendentemente parece prestar atención, aunque no demasiada.
¾    Me sirve con que seamos aliados, no quiero problemas a no ser que tú los provoques. Tú o cualquiera de tus amigos —me siento en su regazo.
¾     Parece que tienes a Moore comiendo de tu mano —dice con desprecio.
¾    No exactamente —Alex murmura, intentando levantarme la camisa.
¾    Atiende la llamada —le cojo la mano—. Estoy cansada de escucharle.
¾    Mira, Brady, si ella no quiere hablar con vosotros, la única manera será conmigo, ya os lo dejé claro en Los Ángeles. Os pondré al corriente más adelante.
Se acerca a la mesa para colgar el teléfono antes de besarme. Aunque no esté precisamente de humor, reconozco que consigue calmarme, hacer que no todo sea tan malo u hostil. Creo que ha sido buena idea hablar en francés, me estaba distrayendo demasiado y casi no he prestado atención al acento
Esta vez le dejo levantarme la camisa, pero tras desabrocharme un par de botones, me aparta con la mirada confusa. Se pone en pie y anda por el despacho, nervioso.
¾    ¿Estás bien? Si es por la camisa...
¾    No, Alice, no es por eso —baja la cabeza—. Hubo un tiempo en el que pensé que era completo, que no necesitaba a nadie para saber quién soy. Pero si tú mueres...
¾    Alex, sé defenderme, ya lo has visto. No voy a morir —lo digo casi para convencerme a mí misma—. Ninguno de los dos —le cojo de la mano—. Y, puede que tenga que decirte algo —le beso la mandíbula.  
¾    ¿Qué has hecho?
¾    ¿Tan obvia soy?
¾    Cuando me intentas distraer, sí. No es que no me guste, sólo quiero la verdad.
¾    ¿Le tenías aprecio a tu pared?
¾    ¿Cómo? —me aparta— No se te ocurrirá...
¾    Había una cámara espía —la saco del bolsillo de la camisa—. Era la única manera —su expresión se vuelve gélida, intentando reprimir al máximo sus sentimientos.
¾    Hijo de puta... —murmura—. Tienes que irte de aquí. Un tiempo, nada serio, necesitamos fijar las cosas, conseguir cierta estabilidad...
¾    Paul ya no está, Alex, no tienes que...
¾    Sales mañana a primera hora a Nueva York —saca un sobre del cajón de la mesa y me lo da—, tienes todo lo que necesitas: billete, hotel y dinero.
¾    ¿Vendrás conmigo?
¾    Odio tener que decir esto, pero tienes que arreglártelas sola. No hagas ninguna locura, ni se te ocurra reunirte con nadie hasta que yo llegue, ¿me oyes? Una cosa es jugar a ser capo cinco minutos y otra es un verdadero encuentro. Esos tipos son muy peligrosos, y mis hombres se han reducido bastante, sólo tengo para garantizar la calma aquí. Serán sólo unos días, te lo prometo.
¾    No te preocupes, tienes que ocuparte de cosas aquí, lo entiendo. Tampoco quiero meterte en más líos con esos tipos —y sin él, tendré bastante libertad en la ciudad de hacer lo que quiera—. Es sólo que me he sorprendido de la velocidad.
¾    Era para una emergencia, y de todas formas teníamos que ir allí para sostener tu versión de ''jefa de Nueva York''. Además, no me vendrá mal un descanso y dormir toda la noche, para variar —bromea mientras me desabotona la camisa.
¾    Entonces será mejor que me vaya cuanto antes.
¾    ¿Vas a irte desnuda? —deja caer la ínfima ropa que llevaba y me besa el pecho.
¾    Estoy segura de que muchos estarían dispuestos a ayudarme.
¾    No si saben lo que les espera si te tocan.
¾    ¿Sabes, Alex? La violencia no es romántica —le aparto—, no te creas las películas. A demás, tengo que ver a Amy, estará preocupada.
¾    Puedo enviar a alguien —intenta impedir que me ponga la camisa—. No quiero alejarme de ti —le miro y salgo con un suspiro de cansancio, no puedo continuar como si nada si hace declaraciones de amor constantes; me sigue por la casa—. Después de lo que ha ocurrido no quiero arriesgarme a que nos pillen desprevenidos; lo mejor será que vengas a vivir aquí.
Lo ha dicho como un autómata, como si en verdad no tuviera importancia, pero precisamente por la forma de decirlo sé que se lo ha estado pensando mucho tiempo y no quería arriesgarse hasta estar seguro. No obstante, yo no lo estoy tanto. Puede que tenga razón, desde su punto de vista, desde lo que él sabe, mudarme con él es lo más seguro, pero para mí es una locura. Apenas acabo de pedir una orden para colocar micros. Una cosa es quedarme alguna noche, y otra es mudarse. No, no es una idea siquiera viable, la poca libertad de la que dispongo ahora se verá minada, y no puedo permitir eso. Puedo pasar que sepa dónde vivo, en verdad me lo esperaba, pero no sé si podré soportar dejar mi vida a un lado, pues no seré capaz hacer nada tranquila, tener mis cosas o simplemente relajarme entre mis archivos. Ni en broma. No pienso hacerlo, no voy a ceder.
Me mira con esperanza, los ojos le brillan aunque su rostro esté serio y decidido. Tengo que tomar aire para acallar los pensamientos hostiles y poder responder con calma, no creo que gritarle que está loco sea la mejor idea.
¾    Alex...No puedo hacerlo —me había parado en seco de la impresión; ahora continúo andando, necesito moverme.
¾    ¿Por qué? —se había quedado en silencio, esperando una explicación, pero no sé cómo dársela— ¿Es que no me quieres?
¾    ¿Qué? No, no es eso, no tiene nada que ver. Necesito espacio, tiempo. Casi me matan por acostarme contigo, no quiero ni imaginar lo que ocurriría...
¾    Espera, ¿alguien te está cohibiendo? —me retiene por el brazo.
¾    A parte de mi conciencia, nadie. Mira, sabes lo que siento, pero no es tan fácil para mí, tengo que ir más lento. No quiero estropearlo.
Con eso parece entenderlo, pues se da por vencido asintiendo con la cabeza. Aunque no lo diga, está dolido, prácticamente lo lleva escrito en la cara, pero no puedo corresponderle como me gustaría si estuviera en otra situación. Si no fuera policía quizá me quedaría con él, me metería de lleno en su negocio, no obstante, no avanzo nada pensando así, pues no creo que hubiera cedido tampoco. Con David tan reciente, en el hospital por mi culpa, y la relación que he tenido con él aún en mi memoria grabada a fuego. Me llevo la mano al cuello sin darme cuenta, pero Alex sí lo hace y me la agarra con cuidado para besarla, y cuando roza la cicatriz hace lo mismo. Siento sus labios ligeros igual que delicadas plumas que me acarician y esbozo una sonrisa casi contra mi voluntad.

Hacemos un trato: yo le dejo acompañarme a casa y él me deja conducir hasta allí, un gran logro después de anoche, ya que pensaba que no se fiaría jamás de mí en lo que a conducir se refiere. Le entiendo, quizá yo tampoco lo haría.
En verdad yo no tengo nada que perder, ya sabe dónde vivo y puedo ganar saber la localización exacta de su casa, lo que en un futuro no me vendrá nada mal. Reconozco que últimamente no he estado muy centrada, en otra ocasión habría conseguido la dirección en apenas un par de días, pero esta vez...todo es diferente. Demasiado.
Tardamos menos de lo que esperaba, y juro que esta vez no he sobrepasado el límite de velocidad. Mucho. Tengo que mirar algún sitio donde pueda ir a pisar el acelerador sin problemas, de verdad que lo echo de menos. Las persecuciones eran lo único que disfrutaba genuinamente, el resto me lo tomaba demasiado personal, me centraba en eso y puedo decir que, cuando se me resistía un caso, se complicaba lo más mínimo, prácticamente vivía en la oficina: llegaba antes que nadie y salía ya entrada la noche. Y sin embargo, ahora se me olvida constantemente lo que debo hacer aquí. Maldito Alexander. Es curioso cómo se pasa de un extremo a otro sin darse apenas cuenta.
Aparco sin problemas en la puerta y nos bajamos en silencio. Se queda apoyado en el coche, sin saber bien qué hacer hasta que le ofrezco la mano para que me acompañe. Puede que sea peligroso, que vea algo que no debe, pero no soy capaz de afrontarlo sola, no sé lo que me encontraré cuando entre y prefiero tener a alguien a mi lado. La puerta exterior está cerrada, pero con un sencillo empujón apretando el pomo a la vez, el cerrojo se mueve y tenemos el paso libre. Alex me mira, sorprendido, y me limito a encogerme de hombros. En verdad no es tan fácil como parece, tuvimos que practicar mucho para poder hacerlo, del contrario no seríamos capaces de vivir en un sitio tan inseguro. Aunque reconozco que nos hemos hecho algo descuidadas, sobre todo desde que Aaron decidió hacer horas extra con Amy y pasar alguna que otra noche aquí.
Le guío por el lateral de la casa, buscando una puerta por la que entrar sin llave. Por suerte, la del garaje está abierta y puedo pasar al resto de la casa. Seguimos el pasillo que desemboca en el salón; me coge de la mano en forma de apoyo cuando olemos un ligero rastro de lejía. Al menos parece que lo han limpiado ya —lo confirmo al entrar—, igual que cualquier rastro de la investigación que estábamos llevando. Si soy sincera, no recuerdo ver la casa así desde que llegamos, o quizá ni siquiera eso; parece tener incluso aspecto ''normal''.
¾    ¿Estás bien? —me coge por la cintura.
¾    Sí —asiento, mirando los tiros del techo—. Voy a ver si está Amy.
No quiero que me suelte, así que le sujeto la mano y subo las escaleras; aun así, tampoco quiero que mi compañera le vea aquí, no le va a gustar, ni que él vea su habitación, de manera que le indico que se quede ahí hasta asegurarme de que puede ir a la mía sin encontrar nada que no debería estar ahí, sin embargo, está perfectamente ordenada, mucho mejor que como la dejé yo, desde luego. Cuando paso a la de mi compañera, está igual, ni un rastro de que somos policías (o algo por el estilo, no me acostumbro a que, técnicamente, no lo somos), ni un papel fuera de lugar o incluso ropa en la cama. Nada.
En mi habitación encuentro a Alex sentado en la cama, con la mirada perdida.
¾    ¿Qué te pasa? —reviso que en el cajón de mi mesilla sigue la navaja.
¾    ¿Qué? Ah, nada —recupera la expresión en el rostro—. Veo que no está tu amiga.
¾    No, ha recogido y se ha ido —digo con un suspiro, sentándome en sus piernas para atraer su atención.
¾    ¿Te ha dejado sola?
¾    No, pero no sé a qué hora vendrá. Tarde, supongo —miro la hora en el móvil.
Pierde la atención de nuevo después del «No», y ni siquiera consigo que la recupere cuando le beso. Está ausente y no tiene motivo para ello; le empujo para tumbarle sobre la cama en un último intento, sin embargo, aunque me devuelve los besos y apoya las manos en mi cintura, no está ni aquí ni ahora. Me aparto bruscamente y le dirijo una furiosa mirada. Soy yo la que debería estar preocupada, no él, me ha costado mucho aceptar lo que siento —aunque aún no estoy dispuesta a decirlo en voz alta— y no soporto que no reconozca mi esfuerzo.
No es que sea la situación idónea, pero precisamente por eso necesito abstraerme y él es el único que lo consigue. Si no quiere hacerlo, está claro que tampoco voy a rogarle.
¾    ¿Me vas a decir qué te pasa de una vez? Y como me vuelvas a decir que nada, juro que te echo de aquí.
¾    Es que... —suspira— no me puedo sacar de la cabeza lo que pasó ayer. ¿Qué hacía él aquí?
¾    No lo sé, se supone que ''estoy de tiempo sabático'', así que no debería saber dónde estábamos.
¾    ¿Cuánto tiempo llevaba aquí?
¾    Te estoy diciendo que no tengo ni idea, pero si te refieres a esta casa, debió llegar después de que Amy se fuera —me levanto y le miro fijamente; espero que no esté pensando en hacer ninguna locura.
¾    Entonces no te acostaste con él.
¾    Dios, Alex, ¿en serio eso es todo lo que piensas? Llevaba sin verle meses antes incluso de que nos encontráramos en esa fiesta.
¾    Sólo intento encontrar la lógica a por qué se puso así, no te enfades.
¾    Pues claro que me enfado, lo último que necesito es a ti haciéndome un interrogatorio. David era un tipo posesivo, aunque me di cuenta tarde.
¾    Entonces, por favor, dime que no llegasteis a nada serio, porque es la única explicación posible. Si de verdad ha pasado tanto tiempo...
¾    ¿Puedes parar de hacer preguntas, por favor? Ya no es nada para mí, es todo lo que te tiene que importar.
¾    No si nos pone en peligro. Dímelo, Alice. ¿Qué eráis exactamente? —tomo aire.
¾    Estábamos prometidos, ¿contento? Me arrepentí y puse tierra de por medio, lo mío nunca ha sido el compromiso. Contigo me di cuenta de que no le amaba en realidad, así que cuando le vi ayer aproveché para devolverle el anillo y así él no se haría a la idea de segundas oportunidades —cierro los ojos, esperando cualquier tipo de respuesta; la verdad es que suena como si fuera una persona despreciable. No niego que lo sea. 
Alex no dice nada durante unos eternos segundos en los que mi mente al fin consigue relajarse. Los secretos pesan más que cualquier otra cosa que uno pueda tener en el corazón, y aunque aún tenga muchos de ellos, todos imperdonables, me siento liberada. Para mi sorpresa, siento sus labios en los míos, posándose de forma delicada y tierna, como una caricia que se le daría a cualquier cosa que se pueda romper con tan sólo mirarla, y en cierta manera así me siento, él sabe exactamente qué necesito.
No me gusta discutir, no quiero tener que ponerme alerta con él, ya es suficiente con sus socios o incluso las autoridades de cualquier tipo cuando pregunten qué pasó exactamente con David, porque está claro que no lo dejarán pasar. Espero que la Agencia me eche una mano ''por el bien de la misión'', porque si no, lo veo muy difícil.
¾    Has dicho que me amas —lo pronuncia en apenas un suspiro.
Doy gracias mentalmente de que pare de preguntar, porque si no no sé si sería capaz de responderle ahora. Noto cómo sonríe cuando le beso de vuelta y comienzo a quitarle la corbata con una mano —estoy comenzando a coger práctica— mientras él me aprieta las caderas cada vez más fuerte. Ambos sentimos cómo el fuego comienza a crecer en nuestro interior, los besos se hacen voraces y cada segundo que pasa de más en el que le desabrocho un botón se hace insoportable. No sé cómo consigue hacerme reaccionar así, sin ser dueña de mis actos ni poder controlarme; variando mis emociones con un simple gesto de manera devastadora. Nadie me había hecho sentir así —para bien, porque conozco a personas realmente irritantes—, supongo que es lo que debe ser el amor maduro, no sólo de juventud como lo son la mayoría, simples caprichos: intenso, pero arde tan rápido que cuando queda en cenizas, todo lo que deja es dolor y vacío.
¾    No tenemos que seguir si tú no quieres.
Susurra cuando me tumba sobre la cama; su camisa está en el suelo y siento su cuerpo contra el mío caliente, haciendo que corrientes eléctricas me acerquen más a él, curvando la espalda para eliminar cualquier distancia entre nosotros. No. No quiero parar, sentirlo alrededor de mí, con sus brazos agarrándome es una sensación dolorosamente placentera que bajo ningún concepto quiero que desaparezca; me nubla la mente y es todo lo que necesito en este momento.
Por lo que, con una profunda mirada, le acaricio la mejilla y le mando callar con un beso, tanto a él como a lo que queda de mi consciencia.

Nos tapo con la fina sábana y me besa la frente antes de acurrucarse de manera que entierra la cara en mi cuello, sacándome una sonrisa. Las discusiones sólo merecen la pena por esto.
¾    No te irás a dormir —le acaricio el pelo—. Apenas nos hemos levantado —me río cuando responde con un gruñido.
¾    Me estás explotando, Alice. No quiero saber la hora que es. Quiero quedarme aquí, contigo; no hablar de dinero con gente que no me importa —se queja, besándome lentamente el pecho.
¾    Pues yo quiero comer —consigo que sonría.
¾    ¿Algo en especial? —se apoya sobre un codo para mirarme mejor— Venga, quiero hacerte el desayuno, déjame al menos eso.
¾    Dirás que te doy poco —protesto—. Pero por nada del mundo voy a perderme el milagro del 'Gran Hombre de Florida' cocinando, así que haz lo que quieras. Yo voy a darme una ducha. Sola.
Recalco cuando veo cómo me mira y le doy un beso en cuanto se pone en pie para ir a la cocina. Aunque quiero quedarme en la ducha durante horas, acabo en unos minutos para bajar a ayudarle. Confío en él, pero no en sus dotes culinarias, aunque tampoco es que pueda alardear de las mías. No obstante, reconozco que he mejorado bastante en este tiempo, a David le gustaba que fuera yo quien cocinara y me he estado turnando con Amy para ello, así que estoy segura de que puedo hacer algo mejor que comestible. Espero que no queme o rompa nada, no me apetece tener que dar explicaciones.
Sin embargo, la sonrisa que se me había formado al visualizar a Alex con delantal se borra nada más salir de la ducha. Mi compañera entra como un torrente en la habitación, no sé si enfadada o sorprendida; seguramente ambas, pero por suerte sólo consigue expresar una al mismo tiempo. Y no es la peor de las dos. Creo.
¾    ¿Se puede saber por qué está Moore en la cocina?
¾    Quería acompañarme a casa.
¾    En calzoncillos.
¾    Quizá se me ha ido un poco de las manos. Tranquila, no ha visto nada, intenté recoger antes de que entrara, pero ya lo habías hecho tú.
¾    La policía quería echar un vistazo. No cambies de tema, Alice —me reprime; he aprendido a ser buena distrayendo a la gente, pero Amy ya me tiene pillado el truco—. Esto es un piso seguro, una cosa es que sepa dónde está y otra muy distinta que se pasee como si fuera su casa. Tengo que trabajar, y no puedo hacerlo con él aquí. No, tenemos que trabajar. Las dos. Te estás alejando del objetivo —no creo que sea el momento de echar cosas en cara, porque yo he visto a su novio más veces en casa que ella al mío. Punto para mí.
¾    Él es mi objetivo.
¾    Meterle en la cárcel lo es, no irte de viaje romántico por Nueva York. Me lo ha dicho él —alza los brazos como si fuera inocente.
¾    Bocazas —murmuro—. ¿Crees que no sé lo que tengo que hacer? No paro de pensar cómo hacerlo y cuándo. No es fácil sacarle información sin que sospeche, no es fácil estar con alguien pensando que le vas a traicionar, que ya lo estás haciendo. Que toda tu maldita relación se basa en eso. Y si me voy a Nueva York es para investigar a los narcos de allí, nada de ''viaje romántico''.
¾    ¿Y por qué no me lo has dicho?
¾    Porque no me has dado tiempo.
Entonces me doy cuenta de que ella tiene razón: con Alex aquí nos vemos atadas, sin poder hablar de todo lo que necesitamos. Con un suspiro, cedo y bajo para pedirle que nos deje a solas. Le cuesta obedecer, pero consigo que se marche y le prometo que le llamaré nada más aterrizar. Nos despedimos con un tierno y largo beso del cual él se encarga de hacerlo incluso doloroso de todo el sentimiento que vuelca en él.

Aunque en seguida nos ponemos a redactar informes y a ponerlos en común, a hablar de todo lo ocurrido y me tranquiliza diciéndome que David está fuera de peligro en el hospital, no puedo sacarme de la cabeza las palabras que oí salir de su boca en cuanto Moore se fue: ''esto acabará en tragedia''. 

jueves, 4 de agosto de 2016

Capítulo 30

Esta pesadilla es nueva. Vaya, resulta que cuando mi cuerpo no puede continuar consciente, a mi cerebro le apetece todo lo contrario. Sólo espero que no se vea reflejado cuando despierte, suficiente tengo ya con lo que me han hecho estando despierta como para soportar lo que me pasa...¿dormida? No lo sé, recuerdo que tenía sueño y que Alex me cogió en brazos, pero más allá me es imposible. Creo que es precisamente ese recuerdo el que me provoca la pesadilla, últimamente estaban siendo sobre mi hermana, sin embargo, esta es sobre alguien completamente distinto: yo.
No es del todo así, en verdad, es una horrible y dolorosa situación: estoy en la cama con Moore, besándonos y después de haber pasado la noche juntos —simplemente tengo esa certeza que se tiene en los sueños—; entonces comienza a entrar gente a la habitación, y mientras él no parece inmutarse y sigue con sus caricias habituales, yo me veo incapaz de liberarme; no sé si física o mentalmente. El caso es que quienes entran me señalan con el dedo y me echan en cara que cómo puedo ser capaz de estar con un asesino, de amarle; ignoraría los comentarios si no vinieran de ellos: mis amigos e incluso familiares. Mi hermano se limita a mirarme de manera reprobatoria, pero Amy monta un gran escándalo; mi antiguo jefe grita que ''ese tipo debería estar durmiendo bajo tierra y no a mi lado''; mis padres, tanto los que fueron los falsos como los verdaderos, juzgan mi estupidez. Todos y cada uno de ellos tienen algo que decir sobre alguno de nosotros, ambos o la relación. Pero el punto final de este triste desfile lo completa una pequeña silueta de largo pelo rubio y media cara quemada. Ya ni siquiera recuerdo cómo era su cara completa, sí el color de los ojos y que los tenía grandes y que cuando te miraban conseguían atraparte y conmoverte junto a su amplia y sincera sonrisa. La única persona de la que nunca tuve dudas si quería o no; la única que me hizo plantearme la vida de una manera completamente distinta; la única que jamás me mintió. Y está muerta.
Lily no se limita a mirarnos, sino que se coloca a mi lado y extiende la mano para tocarme, no obstante, antes de conseguirlo se arrepiente y me dice con lágrimas en los ojos: «Me has traicionado. Estás durmiendo con mi asesino». Y entonces la luz inunda mi visión y aleja toda esa tortura.
Me cuesta enfocar cuando abro los ojos, pero al cabo de unos instantes consigo ver lo que parece una linterna apuntándome directamente. Abro y cierro los puños ante una posible amenaza, sin embargo, me relajo en cuanto oigo una voz familiar hablar.
¾    Tranquila, Alice. Estás a salvo —tiene suerte de que esté tan confusa, si no le hubiera dedicado uno de mis comentarios más mordaces.
¾    Miguel... ¿Qué ha pasado?
¾    Te desmayaste. Juraría que fue una bajada de azúcar, Alex me ha dicho que llevabas tiempo sin comer, pero con las contusiones que tienes en el cráneo es difícil saber a ciencia cierta.
¾    ¿Y Alex? —miro a mi alrededor; estoy en su habitación y él no.
¾    Se fue hace un rato, cuando supo que estabas estable. Tienes que comer y descansar, ha sido un día muy largo. Ten —me alcanza un plato humeante de la mesilla con lo que parece sopa.
¾    ¿Te lo ha contado Alex?
¾    Sí, me recogió viniendo hacia aquí; estaba al borde del ataque. A propósito, no le dejes conducir, es un maldito temerario —se levanta de la cama con una leve sonrisa.
¾    ¿Está bien? —lo que ha dicho me ha puesto alerta.
¾    Vaya par, os preocupáis más por el otro que por vosotros mismos —mete las manos en los bolsillos y vuelve a la seriedad—. Está...No lo sé, nunca le había visto así, enfadado y decepcionado, quizá. No sabe ni lo que hace.
¾    Espero que ninguna locura.
¾    Yo también —dice con un suspiro—. Bueno, duerme todo lo que puedas y me pasaré a verte para confirmar tu estado. De todas formas, debes hacerte radiografías. Hablaré con Alexander para que organice algo. Buenas noches.
Me saluda desde la puerta y se va, dejándome sola en la habitación en la que pasé mi última noche. Tanto Miguel como yo sabemos de lo que es verdaderamente capaz, o más bien, lo tememos, y es muy probable que esté haciéndolo ahora mismo. Me recorre un escalofrío sólo de pensarlo, así que prefiero evitarlo. Incorporarme ya hace que vuelva el mareo, así que espero a que se suavice y comienzo a comer; es una tontería intentar registrar nada, en todo este tiempo no he encontrado ni una pista, así que no voy a perder el tiempo. Y, sinceramente, tampoco me encuentro en condiciones para ello. La cabeza no me duele tanto, pero cuando me llevo la mano a la sien, noto que tengo un par de puntos de papel y algún golpe escondido entre el pelo. Las muñecas vendadas me traen malos recuerdos, no obstante, me resisto a quitármelas —por primera vez, parece que puedo soportar un mal recuerdo; es curioso el momento que he elegido—; la garganta también se queja al tragar, pero nada más grave de lo que se siente con un resfriado. Sólo me faltaba haberme herido seriamente y ya sería el colmo de la mala suerte, no habría manera de explicarlo que no implicara más líos.  
Hecha mi revisión particular de daños, miro alrededor, sintiéndome algo mejor con comida en el estómago —no sabía lo hambrienta que estaba hasta que he empezado, y lo sorprendente es que con esa simple sopa me ha sido suficiente—, necesito hablar con Amy, o al menos asegurarme de que no le han hecho nada e informarla de dónde estoy, no puedo dar la localización exacta, pero la tranquilizará saberlo. Y, por mucho que quiera evitarlo, preguntar qué ha sucedido con David.
Me levanto de la cama apoyada en ella hasta llegar a la cómoda situada a los pies. Tengo mi ropa ahí, ya que llevo puesta una camiseta ancha, seguramente de Alex —por raro que parezca—, pero por suerte también hay un móvil. Es el que él me dio y apostaría a que está pinchado, por lo que soy consciente de lo que decir y hacer cuando ella coge el teléfono.
¾    Amy, no tengo mucho tiempo. Cuando nos veamos podremos hablar, pero...
¾    ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
¾    En casa de Alex. Estate tranquila, el médico me ha echado un vistazo y todo bien, sólo algo magullada. Cuando vuelva, me encargaré de lo que tenemos pendiente.
¾    ¿Cuánto tiempo es eso? —por el tono de su voz sé que quiere decir muchas más cosas.
¾    No sé decirte, no hay nada seguro. Recuerda hablar con el técnico, la cámara de mi ordenador no funciona; ni audio ni video —espero que entienda el mensaje; no se me ha ocurrido otra forma de decir que consiga que nos proporcionen micros y cámaras de manera legal.
¾    Eso está hecho.
¾    Por cierto, ¿sabes algo de...?
¾    Sobrevivirá; pero no le espera un futuro prometedor que digamos. Ya han empezado la investigación. ¿Has pensado...
¾    Amy, te llamo más tarde, tengo que irme —me apresuro.
Me hubiera encantado escucharla, de verdad, mi cabeza necesita algo en lo que centrarse, pero he oído ruido al otro lado de la puerta y no sé si debo usar el teléfono; no tengo ni idea del tiempo que ha pasado desde que me he despertado hasta ahora, y son las siete de la tarde según el móvil. Lo dejo donde estaba antes de volver prácticamente corriendo a la cama. Por suerte, no entra nadie, no obstante, consigo oír una conversación:
¾    No se puede entrar.
¾    ¿Por qué? ¿Dónde coño se ha metido Moore?
¾    La francesa está dentro, Miguel la está vigilando. Creo que Moore ha ido al piso de Little Habana con los limpiadores. ¿Qué querías?
¾    El envío sigue en marcha, pero necesito hombres. Y él es buen tirador.
¾    No creo que esté en condiciones. En cuanto termine allí vendrá con ella, así que deberíamos actuar por nuestra cuenta hasta que haga algo.
¾    Por el bien del negocio.
¾    Exacto.
Cada día que pasa, soy una amenaza mayor para el negocio, lo ''gracioso'' es que no es precisamente como esperaba. Por mucho que lo intento, no consigo dormirme de nuevo. Va a ver lo que hice, se va a poner en peligro saliendo a plena luz del día y con la policía más alerta que nunca. Me pone de los nervios saber lo que puede ocurrir y no tener ningún poder para detenerlo. No hay peor sentimiento que la impotencia.  
Miguel tenía razón, somos una pareja más que curiosa: ambos golpeados hasta la saciedad y aun así intentando proteger y vengar al otro.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero en un momento de la noche la puerta del dormitorio se abre y yo me hago la dormida. Noto una silueta detenerse a mi lado y sé que es él, pero prefiero esperar a que venga y haga lo que vea oportuno. ¿Y si ha cambiado de parecer en lo referente a mí después de estar en el piso; y si ha decidido que Paulie tenía razón y que el negocio—y todo— iría mejor sin mí? Se me acelera la respiración cuando pasa de largo y entra en el baño, siendo ésta la única luz de la estancia, que se escapa por la puerta entornada; me incorporo sobre los codos, con la esperanza de verle salir y venir a la cama a mi lado, como otras muchas veces, sin embargo, cuando se desliza a la habitación, sé que no está dispuesto a hacerlo. Lleva puesto un traje oscuro, del cual no puedo distinguir el color, pero lo importante es que está a punto de salir y que la hora sobrepasa la medianoche. El aroma de su loción de afeitado inunda la estancia y me hace cerrar los ojos, imaginar una vida más fácil; sé que no es perfecta, pero tiene momentos perfectos, y daría demasiadas cosas por hacer que esos momentos se multiplicaran, y la razón porque no lo hagan es la tozudez de Alex con dejarme así.
Sin preguntarle, me levanto de la cama y comienzo a vestirme bajo su mirada atónita. Estoy cansada de esperar a que regrese, no voy a cruzarme más de brazos, no después de todo lo que ha pasado. Conociendo su masoquismo, es capaz de presentarse para recibir mercancía a pecho descubierto, o con una metralleta, Alexander dolido no tiene término medio; y está claro que lo está. A pesar de la oscuridad, su mirada triste hace que se me caiga el corazón al suelo, y ahora más que nunca no me arrepiento de lo que he hecho, no se merece ser herido así. Depositó toda su confianza en un vil traidor, en un niñato ambicioso y caprichoso, para que luego se lo agradeciera intentando matar a lo que más quiere. No, ese tipo no se merecía piedad. 
¾    ¿Qué haces? —deja la corbata que se estaba cambiando a un lado.
¾    Acompañarte.
¾    Ni loco —me coge de la muñeca, pero me deshago de él sin esfuerzo, gracias a las vendas no duele tanto como me esperaba—. Alice, es peligroso.
¾    Tienes que cambiar de frase, ¿sabes? Estás empezando a repetirte.
¾    Deja de bromear, esto es serio. No voy a permitir ponerte en primera línea.
¾    ¿Y eso te ha servido de algo? Lo único que has conseguido es empeorar las cosas. Pienso ir te guste o no.
¾    No sabes ni dónde es —me reprocha.
¾    Así es más emocionante. No te pongas corbata, perderás en un cuerpo a cuerpo.
Salgo de la habitación sin oírle rechistar, creo que simplemente se ha quedado sin palabras. Reprimo un bostezo; debería haberme dado una ducha para despejarme, pero es lo que hay. En seguida, siento su mano alrededor de mi cintura y me acerca ligeramente a él, que anda a paso seguro hacia la puerta principal. Hay un coche esperándonos, aunque no consigo ver al conductor. Nos subimos sin rechistar y agradezco el voto de confianza que me está dando al permitirme ver dónde está la casa, aunque siendo de noche tampoco es que sea demasiado fácil. De todas formas, sabiendo el destino, lo hará más simple. Sé que vamos a una playa alejada del centro, creo recordar que era incluso privada, donde va a recibir un encargo; o varios, más bien. Siempre suele ser la misma, por lo que si hay algún problema es por su culpa, por ser demasiado confiados.
El viaje resulta ser más largo de lo que me esperaba, pero es predecible. No obstante, tampoco se me va de la cabeza que avisé a la policía de este mismo encargo hace tiempo, así que va a ser todo un reto salir airosos de aquí, y más con el estado tanto anímico como físico de ambos; golpeados y doloridos de todas las maneras posibles.
Cuando llegamos, un barco está echando el ancla a unos metros de la costa, hay tres jeeps esperando en la línea del mar y unos diez hombres armados, como mínimo, listos para comenzar. Nosotros nos quedamos en el borde del paseo, observando. Me pregunto si Alex pensará hacer algo o sólo está para intimidar; lo importante es que le han visto —o mejor dicho, nos han visto de la mano— y han asentido con la cabeza: están preparados. Creo que todo esto es un gesto más importante de lo que parece, está enseñando al mundo que ni siquiera la traición de su segundo al mando e intento de asesinato son capaces de acabar con él, y menos con su negocio, y ya que estamos conmigo, enseñando que seguimos juntos en esto sin importar lo que pase. Demasiado intenso como para pararse a pensar en ello ahora, así me concentro en lo que ocurre a mi alrededor para distraerme: el barco deja caer otros tres botes de remos inflables y uno de madera; en seguida, comienzan a llenarse de personas y cajas, respectivamente. Todo sucede demasiado deprisa para darme cuenta de lo que estoy permitiendo, las personas van hasta tierra remando y algunos hombres les desenganchan fardos de droga del cuerpo, los lanzan al jeep y los inmigrantes corren por la playa, libres; todo esto mientras otros se encargan de bajar las cajas, llevarlas a la orilla y cargar otro jeep con estas. Son absolutamente eficientes, casi tanto que consiguen distraerme por completo del resto que problemas que pueda haber o la cantidad de leyes que esté infringiendo ahora mismo, la verdad es que resulta hipnotizante mirarlos. No me extraña que haya montado un imperio en tan poco tiempo, consigue mucho dinero en muy poco tiempo.
Por suerte, puedo mantener mi atención en diferentes lugares, y no es la primera vez que veo ese coche pasar detrás de nosotros. Ahora va mucho más lento, seguramente para intentar vernos la cara; reconocería esa táctica cutre en cualquier parte. Policía. Al menos han sido inteligentes y no han traído helicópteros, pero llegarán refuerzos en unos minutos como mucho.
¾    Tenemos que irnos —le aprieto la mano.
¾    Sólo quedan unos pocos.
¾    Ese coche es de la policía, diles que se vayan ya —le apremio; no estoy para que me lleven la contraria.
¾    ¿Cómo lo sabes?
¾    Maldita sea, Alexander, tengo que hacerlo yo todo.
Le suelto de la mano y salto el muro del paseo para caer en la arena, rodando y así no hacerme daño. Corro hasta sus hombres, que me miran extrañados, pero confían en cuanto ven a Alex seguirme a la misma velocidad. En seguida les ayudamos a terminar de bajar las cajas y a liberar a los inmigrantes de su carga; gracias a mi habilidad con la navaja, que sorprendentemente no he perdido, yo me encargo de esto último. Pero, en un golpe de mala suerte, oigo puertas de coche abrirse y cerrarse, incluso gritos de «¡Alto!». Entonces se produce el caos. Todos se dispersan corriendo en diferentes direcciones, intentando escapar de los tiros de los agentes de la ley, sin embargo, yo conozco su proceder y sé cómo escapar. Cojo a Alex de la mano y salgo corriendo en dirección al muro, exactamente donde hemos saltado. No podemos subir, pero pasaremos desapercibidos unos minutos hasta que se despeje la calle. En efecto, todos los agentes van a la playa y dejan la calle llena de coches sin cerrar, pero sería muy difícil escapar con uno de ellos, así que, agachados, cruzamos la calle y sorteamos un par de coches más. Estamos sin aliento, de manera que me paro frente al coche más antiguo que hay en la calle, esperando que sea el que menos llame la atención y más fácil de forzar, y le quito un cordón al zapato de Alex, ya que yo llevo sandalias y no es que sean muy útiles, que digamos. Es un método sencillo, y más cuando se tiene práctica. Consiste en hacer un nudo corredizo y conseguir meter parte del cordón por dentro de la puerta del coche, de modo que con un poco de suerte y habilidad, el nudo se queda alrededor del cierre y sólo hay que tirar con fuerza.
El sonido de la puerta abriéndose provoca un suspiro en ambos, tanto de sorpresa como alivio. Quizá tarde algo más en hacer un puente, pero tampoco es complicado.
¾    ¿Estás robando un coche?
¾    Curiosa doble moral. No pasa nada si tú traficas, pero yo robo un coche y todo el mundo se vuelve loco. Háztelo mirar —entro casi de un salto.
En apenas cinco minutos, el coche está en marcha. Al fin puedo conducir. Un policía grita al vernos entrar. Nos ha reconocido. Se sube a su coche de inmediato, dispuesto a iniciar una persecución en la que no sabe que va a perder. He tenido un día más que difícil, lo último que necesito es que me provoquen a hacer algo que no debo.
¾    Déjame a mí, puedo perderle —Alex intenta quitarme el control del volante.
¾    Vigila el retrovisor.
No está bien divertirse con esto, estoy haciendo exactamente lo contrario de lo que debería, pero echo de menos la acción, tener el control de la situación, pues si hay algo que se me da bien, son las locuras al volante; siempre me juego la vida, y el sentimiento de supervivencia supera a cualquier otro y no puedo disfrutarlo como cuando estaba en Nueva York, con la banda, y corríamos huyendo de la policía hasta que sentíamos arder el pecho y nos tirábamos en cualquier césped a descansar, riéndonos. Ahora, vuelvo a sentirme así, y no puedo reprimir una sonrisa de satisfacción, y con Alex a mi lado, tengo un apoyo extra. No está mal recordar los tiempos en los que el máximo miedo que podía tener era pasar una noche en el calabozo o que me expulsaran del instituto.
Piso el acelerador con todas mis fuerzas y él se agarra a la puerta de la impresión. Se me escapa una carcajada —Dios, estoy enferma— y doy un par de giros in extremis, innecesarios, pero es divertido verle estar en apuros por una vez, y sinceramente, creo que necesita sentirse vivo después de hoy, darse cuenta de que puedo defenderme por mí misma; y defenderle a él también.
A pesar de que el coche no es muy rápido, consigo perder al policía en menos de lo que pensaba. Me he dirigido al centro, y la cantidad de clubs abiertos con sus luces de neón ayudan bastante al fugitivo; lo apuntaré para por si alguna vez me encuentro al otro lado. No estoy segura de que haya más coches pendientes de nosotros, y aunque podría esquivarlos, decido dar vueltas por la zona unos veinte minutos más, con la esperanza de que se calmen las cosas. Dejo el coche aparcado en doble fila, con la esperanza de que se lo lleve la grúa y el propietario pueda encontrarlo rápidamente, y bajamos en silencio.
Prácticamente me dejo caer sobre la acera, me tiemblan las piernas por la adrenalina y hacía mucho que no me sentía tan viva, con tanta fuerza y poder. Intento calmar la respiración, pero me lleva mucho más de lo que esperaba aunque cierre los ojos y la sonrisa vaya desapareciendo poco a poco. Añoraba esta sensación, sentir un cosquilleo por todo el cuerpo, cómo desaparece el dolor físico y ser capaz de casi cualquier cosa; pero parece que a Alex no le ha gustado tanto como a mí. Al abrir los ojos, veo que me mira furioso, aún con el pecho subiendo y bajando violentamente.
¾    ¿Qué coño ha sido eso? —casi grita.
¾    Eso, querido, he sido yo salvándote el culo —me incorporo—. De nada.
¾    Podrías habernos matado.
¾    Pero estamos bien, ¿no? Suficiente. Será mejor que nos vayamos, hay que alejarse del coche por si acaso —me levanto y comienzo a andar.
¾    ¿Cómo has aprendido a hacer eso?
¾    Un mago nunca revela sus trucos —me río.
¾    Estás loca, Alice. ¿Y se puede saber por qué estás tan feliz?
¾    Porque estamos vivos, Alexander —oculta una sonrisa; es lo mismo que dijo él después de acostarnos por primera vez aquí—. Porque por primera vez en mucho tiempo me he sentido viva por mí misma, sin necesitar a nadie. No te ofendas, pero no está mal algo de egoísmo de vez en cuando —se pone a mi altura y me observa.
¾    Eres una maldita yonki de la adrenalina —refunfuña—. Mírate, pareces drogada.
¾    Tú sabes bien de eso ¿eh?
Frunce el ceño y suelto otra carcajada, no puedo evitarlo. Ahora no hay preocupaciones, me siento completamente libre. Le rodeo la cintura y hago que pase un brazo por mis hombros para que se le olvide el enfado, y noto cómo poco a poco va cediendo. Incluso acepta que debe dejar la chaqueta en un contenedor para llamar menos la atención.
Paramos en una cafetería veinticuatro horas para tomar un desayuno temprano, necesitamos algo para reponer fuerzas, aunque la verdad es que no tengo hambre en absoluto, supongo que aún sigo demasiado emocionada, y supongo que la garganta irritada ayuda en que no quiera comer nada. Pido prestadas unas monedas a un tipo de la mesa de al lado —lo que pone muy nervioso a Alex, es obvio que no le guste verme coquetear con otro, pero era la única manera de que me las diera— para llamar a uno de sus hombres y que nos recoja. No estoy demasiado cómoda, sin embargo, la luz del amanecer hace que me relaje poco a poco; bueno, eso y que Moore se cambia de asiento para estar conmigo en el sofá de la cafetería, de manera que me recuesto en su pecho mientras me acaricia el brazo distraídamente. No sé si quiero saber lo que le pasa por la cabeza, podría ser cualquier cosa y ninguna buena, precisamente, sólo espero haberle hecho cambiar de parecer y ser algo positivo. Sé que el golpe de Paulie ha sido muy duro, si me ha dolido a mí no quiero imaginar a él, pero debe superarlo por su bien.
Por suerte, no tarda demasiado en aparecer un coche que nos lleva de vuelta a la casa, aunque no es ni mucho lejos el fin del día. Hay algo que me impulsa a estar más cerca de él en cuanto aparta las sábanas de la cama, sé que lo hace de una manera dulce, aun así me hace sonreír, y no puedo evitar besarle en cuanto le alcanzo. Le cojo de la barbilla para que me mire a los ojos. Se me hace duro verle los moratones de la cara y el labio partido, y sé que él siente lo mismo con los puntos de papel, pero una vez que nuestros labios se juntan, el resto del mundo desaparece, sólo quedan nuestros cuerpos.

No estoy segura de lo que ve, pero es suficiente para hacer que se deje caer sobre la cama, agarrándome de la cintura tras él. Todo lo que consigo expresar de lo que ocurre a continuación, y por tanto diré, es que la adrenalina es un gran afrodisiaco, y no hay que mejor manera de cubrir el 'bajón' que sin ropa con la persona adecuada.