Esta pesadilla es nueva. Vaya, resulta que
cuando mi cuerpo no puede continuar consciente, a mi cerebro le apetece todo lo
contrario. Sólo espero que no se vea reflejado cuando despierte, suficiente
tengo ya con lo que me han hecho estando despierta como para soportar lo que me
pasa...¿dormida? No lo sé, recuerdo que tenía sueño y que Alex me cogió en
brazos, pero más allá me es imposible. Creo que es precisamente ese recuerdo el
que me provoca la pesadilla, últimamente estaban siendo sobre mi hermana, sin
embargo, esta es sobre alguien completamente distinto: yo.
No es del todo así, en verdad, es una
horrible y dolorosa situación: estoy en la cama con Moore, besándonos y después
de haber pasado la noche juntos —simplemente tengo esa certeza que se tiene en
los sueños—; entonces comienza a entrar gente a la habitación, y mientras él no
parece inmutarse y sigue con sus caricias habituales, yo me veo incapaz de
liberarme; no sé si física o mentalmente. El caso es que quienes entran me
señalan con el dedo y me echan en cara que cómo puedo ser capaz de estar con un
asesino, de amarle; ignoraría los comentarios si no vinieran de ellos: mis
amigos e incluso familiares. Mi hermano se limita a mirarme de manera
reprobatoria, pero Amy monta un gran escándalo; mi antiguo jefe grita que ''ese
tipo debería estar durmiendo bajo tierra y no a mi lado''; mis padres, tanto
los que fueron los falsos como los verdaderos, juzgan mi estupidez. Todos y
cada uno de ellos tienen algo que decir sobre alguno de nosotros, ambos o la
relación. Pero el punto final de este triste desfile lo completa una pequeña silueta
de largo pelo rubio y media cara quemada. Ya ni siquiera recuerdo cómo era su
cara completa, sí el color de los ojos y que los tenía grandes y que cuando te
miraban conseguían atraparte y conmoverte junto a su amplia y sincera sonrisa.
La única persona de la que nunca tuve dudas si quería o no; la única que me
hizo plantearme la vida de una manera completamente distinta; la única que
jamás me mintió. Y está muerta.
Lily no se limita a mirarnos, sino que
se coloca a mi lado y extiende la mano para tocarme, no obstante, antes de
conseguirlo se arrepiente y me dice con lágrimas en los ojos: «Me has
traicionado. Estás durmiendo con mi asesino». Y entonces la luz inunda mi
visión y aleja toda esa tortura.
Me cuesta enfocar cuando abro los
ojos, pero al cabo de unos instantes consigo ver lo que parece una linterna apuntándome
directamente. Abro y cierro los puños ante una posible amenaza, sin embargo, me
relajo en cuanto oigo una voz familiar hablar.
¾ Tranquila,
Alice. Estás a salvo —tiene suerte de que esté tan confusa, si no le hubiera
dedicado uno de mis comentarios más mordaces.
¾ Miguel...
¿Qué ha pasado?
¾ Te
desmayaste. Juraría que fue una bajada de azúcar, Alex me ha dicho que llevabas
tiempo sin comer, pero con las contusiones que tienes en el cráneo es difícil
saber a ciencia cierta.
¾ ¿Y
Alex? —miro a mi alrededor; estoy en su habitación y él no.
¾ Se
fue hace un rato, cuando supo que estabas estable. Tienes que comer y descansar,
ha sido un día muy largo. Ten —me alcanza un plato humeante de la mesilla con
lo que parece sopa.
¾ ¿Te
lo ha contado Alex?
¾ Sí,
me recogió viniendo hacia aquí; estaba al borde del ataque. A propósito, no le
dejes conducir, es un maldito temerario —se levanta de la cama con una leve
sonrisa.
¾ ¿Está
bien? —lo que ha dicho me ha puesto alerta.
¾ Vaya
par, os preocupáis más por el otro que por vosotros mismos —mete las manos en
los bolsillos y vuelve a la seriedad—. Está...No lo sé, nunca le había visto
así, enfadado y decepcionado, quizá. No sabe ni lo que hace.
¾ Espero
que ninguna locura.
¾ Yo
también —dice con un suspiro—. Bueno, duerme todo lo que puedas y me pasaré a
verte para confirmar tu estado. De todas formas, debes hacerte radiografías.
Hablaré con Alexander para que organice algo. Buenas noches.
Me saluda desde la puerta y se va,
dejándome sola en la habitación en la que pasé mi última noche. Tanto Miguel
como yo sabemos de lo que es verdaderamente capaz, o más bien, lo tememos, y es
muy probable que esté haciéndolo ahora mismo. Me recorre un escalofrío sólo de
pensarlo, así que prefiero evitarlo. Incorporarme ya hace que vuelva el mareo,
así que espero a que se suavice y comienzo a comer; es una tontería intentar
registrar nada, en todo este tiempo no he encontrado ni una pista, así que no
voy a perder el tiempo. Y, sinceramente, tampoco me encuentro en condiciones
para ello. La cabeza no me duele tanto, pero cuando me llevo la mano a la sien,
noto que tengo un par de puntos de papel y algún golpe escondido entre el pelo.
Las muñecas vendadas me traen malos recuerdos, no obstante, me resisto a
quitármelas —por primera vez, parece que puedo soportar un mal recuerdo; es
curioso el momento que he elegido—; la garganta también se queja al tragar,
pero nada más grave de lo que se siente con un resfriado. Sólo me faltaba
haberme herido seriamente y ya sería el colmo de la mala suerte, no habría
manera de explicarlo que no implicara más líos.
Hecha mi revisión particular de daños,
miro alrededor, sintiéndome algo mejor con comida en el estómago —no sabía lo
hambrienta que estaba hasta que he empezado, y lo sorprendente es que con esa
simple sopa me ha sido suficiente—, necesito hablar con Amy, o al menos
asegurarme de que no le han hecho nada e informarla de dónde estoy, no puedo
dar la localización exacta, pero la tranquilizará saberlo. Y, por mucho que
quiera evitarlo, preguntar qué ha sucedido con David.
Me levanto de la cama apoyada en ella
hasta llegar a la cómoda situada a los pies. Tengo mi ropa ahí, ya que llevo
puesta una camiseta ancha, seguramente de Alex —por raro que parezca—, pero por
suerte también hay un móvil. Es el que él me dio y apostaría a que está
pinchado, por lo que soy consciente de lo que decir y hacer cuando ella coge el
teléfono.
¾ Amy,
no tengo mucho tiempo. Cuando nos veamos podremos hablar, pero...
¾ ¿Dónde
estás? ¿Estás bien?
¾ En
casa de Alex. Estate tranquila, el médico me ha echado un vistazo y todo bien, sólo
algo magullada. Cuando vuelva, me encargaré de lo que tenemos pendiente.
¾ ¿Cuánto
tiempo es eso? —por el tono de su voz sé que quiere decir muchas más cosas.
¾ No
sé decirte, no hay nada seguro. Recuerda hablar con el técnico, la cámara de mi
ordenador no funciona; ni audio ni video —espero que entienda el mensaje; no se
me ha ocurrido otra forma de decir que consiga que nos proporcionen micros y
cámaras de manera legal.
¾ Eso
está hecho.
¾ Por
cierto, ¿sabes algo de...?
¾ Sobrevivirá;
pero no le espera un futuro prometedor que digamos. Ya han empezado la
investigación. ¿Has pensado...
¾ Amy,
te llamo más tarde, tengo que irme —me apresuro.
Me hubiera encantado escucharla, de
verdad, mi cabeza necesita algo en lo que centrarse, pero he oído ruido al otro
lado de la puerta y no sé si debo usar el teléfono; no tengo ni idea del tiempo
que ha pasado desde que me he despertado hasta ahora, y son las siete de la tarde
según el móvil. Lo dejo donde estaba antes de volver prácticamente corriendo a
la cama. Por suerte, no entra nadie, no obstante, consigo oír una conversación:
¾ No
se puede entrar.
¾ ¿Por
qué? ¿Dónde coño se ha metido Moore?
¾ La
francesa está dentro, Miguel la está vigilando. Creo que Moore ha ido al piso
de Little Habana con los limpiadores. ¿Qué querías?
¾ El
envío sigue en marcha, pero necesito hombres. Y él es buen tirador.
¾ No
creo que esté en condiciones. En cuanto termine allí vendrá con ella, así que deberíamos
actuar por nuestra cuenta hasta que haga algo.
¾ Por
el bien del negocio.
¾ Exacto.
Cada día que pasa, soy una amenaza
mayor para el negocio, lo ''gracioso'' es que no es precisamente como esperaba.
Por mucho que lo intento, no consigo dormirme de nuevo. Va a ver lo que hice,
se va a poner en peligro saliendo a plena luz del día y con la policía más
alerta que nunca. Me pone de los nervios saber lo que puede ocurrir y no tener
ningún poder para detenerlo. No hay peor sentimiento que la impotencia.
Miguel tenía razón, somos una pareja
más que curiosa: ambos golpeados hasta la saciedad y aun así intentando
proteger y vengar al otro.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero en
un momento de la noche la puerta del dormitorio se abre y yo me hago la dormida.
Noto una silueta detenerse a mi lado y sé que es él, pero prefiero esperar a
que venga y haga lo que vea oportuno. ¿Y si ha cambiado de parecer en lo
referente a mí después de estar en el piso; y si ha decidido que Paulie tenía
razón y que el negocio—y todo— iría mejor sin mí? Se me acelera la respiración
cuando pasa de largo y entra en el baño, siendo ésta la única luz de la
estancia, que se escapa por la puerta entornada; me incorporo sobre los codos, con
la esperanza de verle salir y venir a la cama a mi lado, como otras muchas
veces, sin embargo, cuando se desliza a la habitación, sé que no está dispuesto
a hacerlo. Lleva puesto un traje oscuro, del cual no puedo distinguir el color,
pero lo importante es que está a punto de salir y que la hora sobrepasa la
medianoche. El aroma de su loción de afeitado inunda la estancia y me hace
cerrar los ojos, imaginar una vida más fácil; sé que no es perfecta, pero tiene
momentos perfectos, y daría demasiadas cosas por hacer que esos momentos se
multiplicaran, y la razón porque no lo hagan es la tozudez de Alex con dejarme
así.
Sin preguntarle, me levanto de la cama
y comienzo a vestirme bajo su mirada atónita. Estoy cansada de esperar a que
regrese, no voy a cruzarme más de brazos, no después de todo lo que ha pasado.
Conociendo su masoquismo, es capaz de presentarse para recibir mercancía a
pecho descubierto, o con una metralleta, Alexander dolido no tiene término
medio; y está claro que lo está. A pesar de la oscuridad, su mirada triste hace
que se me caiga el corazón al suelo, y ahora más que nunca no me arrepiento de
lo que he hecho, no se merece ser herido así. Depositó toda su confianza en un
vil traidor, en un niñato ambicioso y caprichoso, para que luego se lo
agradeciera intentando matar a lo que más quiere. No, ese tipo no se merecía
piedad.
¾ ¿Qué
haces? —deja la corbata que se estaba cambiando a un lado.
¾ Acompañarte.
¾ Ni
loco —me coge de la muñeca, pero me deshago de él sin esfuerzo, gracias a las
vendas no duele tanto como me esperaba—. Alice, es peligroso.
¾ Tienes
que cambiar de frase, ¿sabes? Estás empezando a repetirte.
¾ Deja
de bromear, esto es serio. No voy a permitir ponerte en primera línea.
¾ ¿Y
eso te ha servido de algo? Lo único que has conseguido es empeorar las cosas.
Pienso ir te guste o no.
¾ No
sabes ni dónde es —me reprocha.
¾ Así
es más emocionante. No te pongas corbata, perderás en un cuerpo a cuerpo.
Salgo de la habitación sin oírle
rechistar, creo que simplemente se ha quedado sin palabras. Reprimo un bostezo;
debería haberme dado una ducha para despejarme, pero es lo que hay. En seguida,
siento su mano alrededor de mi cintura y me acerca ligeramente a él, que anda a
paso seguro hacia la puerta principal. Hay un coche esperándonos, aunque no
consigo ver al conductor. Nos subimos sin rechistar y agradezco el voto de
confianza que me está dando al permitirme ver dónde está la casa, aunque siendo
de noche tampoco es que sea demasiado fácil. De todas formas, sabiendo el
destino, lo hará más simple. Sé que vamos a una playa alejada del centro, creo
recordar que era incluso privada, donde va a recibir un encargo; o varios, más
bien. Siempre suele ser la misma, por lo que si hay algún problema es por su
culpa, por ser demasiado confiados.
El viaje resulta ser más largo de lo
que me esperaba, pero es predecible. No obstante, tampoco se me va de la cabeza
que avisé a la policía de este mismo encargo hace tiempo, así que va a ser todo
un reto salir airosos de aquí, y más con el estado tanto anímico como físico de
ambos; golpeados y doloridos de todas las maneras posibles.
Cuando llegamos, un barco está echando
el ancla a unos metros de la costa, hay tres jeeps esperando en la línea del
mar y unos diez hombres armados, como mínimo, listos para comenzar. Nosotros
nos quedamos en el borde del paseo, observando. Me pregunto si Alex pensará
hacer algo o sólo está para intimidar; lo importante es que le han visto —o
mejor dicho, nos han visto de la mano— y han asentido con la cabeza: están
preparados. Creo que todo esto es un gesto más importante de lo que parece,
está enseñando al mundo que ni siquiera la traición de su segundo al mando e
intento de asesinato son capaces de acabar con él, y menos con su negocio, y ya
que estamos conmigo, enseñando que seguimos juntos en esto sin importar lo que
pase. Demasiado intenso como para pararse a pensar en ello ahora, así me
concentro en lo que ocurre a mi alrededor para distraerme: el barco deja caer
otros tres botes de remos inflables y uno de madera; en seguida, comienzan a
llenarse de personas y cajas, respectivamente. Todo sucede demasiado deprisa
para darme cuenta de lo que estoy permitiendo, las personas van hasta tierra
remando y algunos hombres les desenganchan fardos de droga del cuerpo, los
lanzan al jeep y los inmigrantes corren por la playa, libres; todo esto
mientras otros se encargan de bajar las cajas, llevarlas a la orilla y cargar
otro jeep con estas. Son absolutamente eficientes, casi tanto que consiguen
distraerme por completo del resto que problemas que pueda haber o la cantidad
de leyes que esté infringiendo ahora mismo, la verdad es que resulta
hipnotizante mirarlos. No me extraña que haya montado un imperio en tan poco
tiempo, consigue mucho dinero en muy poco tiempo.
Por suerte, puedo mantener mi atención
en diferentes lugares, y no es la primera vez que veo ese coche pasar detrás de
nosotros. Ahora va mucho más lento, seguramente para intentar vernos la cara;
reconocería esa táctica cutre en cualquier parte. Policía. Al menos han sido
inteligentes y no han traído helicópteros, pero llegarán refuerzos en unos
minutos como mucho.
¾ Tenemos
que irnos —le aprieto la mano.
¾ Sólo
quedan unos pocos.
¾ Ese
coche es de la policía, diles que se vayan ya —le apremio; no estoy para que me
lleven la contraria.
¾ ¿Cómo
lo sabes?
¾ Maldita
sea, Alexander, tengo que hacerlo yo todo.
Le suelto de la mano y salto el muro
del paseo para caer en la arena, rodando y así no hacerme daño. Corro hasta sus
hombres, que me miran extrañados, pero confían en cuanto ven a Alex seguirme a
la misma velocidad. En seguida les ayudamos a terminar de bajar las cajas y a
liberar a los inmigrantes de su carga; gracias a mi habilidad con la navaja,
que sorprendentemente no he perdido, yo me encargo de esto último. Pero, en un
golpe de mala suerte, oigo puertas de coche abrirse y cerrarse, incluso gritos
de «¡Alto!». Entonces se produce el caos. Todos se dispersan corriendo en
diferentes direcciones, intentando escapar de los tiros de los agentes de la
ley, sin embargo, yo conozco su proceder y sé cómo escapar. Cojo a Alex de la
mano y salgo corriendo en dirección al muro, exactamente donde hemos saltado.
No podemos subir, pero pasaremos desapercibidos unos minutos hasta que se
despeje la calle. En efecto, todos los agentes van a la playa y dejan la calle
llena de coches sin cerrar, pero sería muy difícil escapar con uno de ellos,
así que, agachados, cruzamos la calle y sorteamos un par de coches más. Estamos
sin aliento, de manera que me paro frente al coche más antiguo que hay en la
calle, esperando que sea el que menos llame la atención y más fácil de forzar,
y le quito un cordón al zapato de Alex, ya que yo llevo sandalias y no es que
sean muy útiles, que digamos. Es un método sencillo, y más cuando se tiene
práctica. Consiste en hacer un nudo corredizo y conseguir meter parte del
cordón por dentro de la puerta del coche, de modo que con un poco de suerte y
habilidad, el nudo se queda alrededor del cierre y sólo hay que tirar con
fuerza.
El sonido de la puerta abriéndose
provoca un suspiro en ambos, tanto de sorpresa como alivio. Quizá tarde algo
más en hacer un puente, pero tampoco es complicado.
¾ ¿Estás
robando un coche?
¾ Curiosa
doble moral. No pasa nada si tú traficas, pero yo robo un coche y todo el mundo
se vuelve loco. Háztelo mirar —entro casi de un salto.
En apenas cinco minutos, el coche está
en marcha. Al fin puedo conducir. Un policía grita al vernos entrar. Nos ha
reconocido. Se sube a su coche de inmediato, dispuesto a iniciar una
persecución en la que no sabe que va a perder. He tenido un día más que
difícil, lo último que necesito es que me provoquen a hacer algo que no debo.
¾ Déjame
a mí, puedo perderle —Alex intenta quitarme el control del volante.
¾ Vigila
el retrovisor.
No está bien divertirse con esto,
estoy haciendo exactamente lo contrario de lo que debería, pero echo de menos
la acción, tener el control de la situación, pues si hay algo que se me da
bien, son las locuras al volante; siempre me juego la vida, y el sentimiento de
supervivencia supera a cualquier otro y no puedo disfrutarlo como cuando estaba
en Nueva York, con la banda, y corríamos huyendo de la policía hasta que
sentíamos arder el pecho y nos tirábamos en cualquier césped a descansar,
riéndonos. Ahora, vuelvo a sentirme así, y no puedo reprimir una sonrisa de
satisfacción, y con Alex a mi lado, tengo un apoyo extra. No está mal recordar
los tiempos en los que el máximo miedo que podía tener era pasar una noche en
el calabozo o que me expulsaran del instituto.
Piso el acelerador con todas mis
fuerzas y él se agarra a la puerta de la impresión. Se me escapa una carcajada
—Dios, estoy enferma— y doy un par de giros in extremis, innecesarios, pero es
divertido verle estar en apuros por una vez, y sinceramente, creo que necesita
sentirse vivo después de hoy, darse cuenta de que puedo defenderme por mí
misma; y defenderle a él también.
A pesar de que el coche no es muy
rápido, consigo perder al policía en menos de lo que pensaba. Me he dirigido al
centro, y la cantidad de clubs abiertos con sus luces de neón ayudan bastante
al fugitivo; lo apuntaré para por si alguna vez me encuentro al otro lado. No
estoy segura de que haya más coches pendientes de nosotros, y aunque podría
esquivarlos, decido dar vueltas por la zona unos veinte minutos más, con la
esperanza de que se calmen las cosas. Dejo el coche aparcado en doble fila, con
la esperanza de que se lo lleve la grúa y el propietario pueda encontrarlo
rápidamente, y bajamos en silencio.
Prácticamente me dejo caer sobre la
acera, me tiemblan las piernas por la adrenalina y hacía mucho que no me sentía
tan viva, con tanta fuerza y poder. Intento calmar la respiración, pero me
lleva mucho más de lo que esperaba aunque cierre los ojos y la sonrisa vaya
desapareciendo poco a poco. Añoraba esta sensación, sentir un cosquilleo por
todo el cuerpo, cómo desaparece el dolor físico y ser capaz de casi cualquier
cosa; pero parece que a Alex no le ha gustado tanto como a mí. Al abrir los
ojos, veo que me mira furioso, aún con el pecho subiendo y bajando
violentamente.
¾ ¿Qué
coño ha sido eso? —casi grita.
¾ Eso,
querido, he sido yo salvándote el culo —me incorporo—. De nada.
¾ Podrías
habernos matado.
¾ Pero
estamos bien, ¿no? Suficiente. Será mejor que nos vayamos, hay que alejarse del
coche por si acaso —me levanto y comienzo a andar.
¾ ¿Cómo
has aprendido a hacer eso?
¾ Un
mago nunca revela sus trucos —me río.
¾ Estás
loca, Alice. ¿Y se puede saber por qué estás tan feliz?
¾ Porque
estamos vivos, Alexander —oculta una sonrisa; es lo mismo que dijo él después
de acostarnos por primera vez aquí—. Porque por primera vez en mucho tiempo me he
sentido viva por mí misma, sin necesitar a nadie. No te ofendas, pero no está
mal algo de egoísmo de vez en cuando —se pone a mi altura y me observa.
¾ Eres
una maldita yonki de la adrenalina —refunfuña—. Mírate, pareces drogada.
¾ Tú
sabes bien de eso ¿eh?
Frunce el ceño y suelto otra
carcajada, no puedo evitarlo. Ahora no hay preocupaciones, me siento
completamente libre. Le rodeo la cintura y hago que pase un brazo por mis
hombros para que se le olvide el enfado, y noto cómo poco a poco va cediendo.
Incluso acepta que debe dejar la chaqueta en un contenedor para llamar menos la
atención.
Paramos en una cafetería veinticuatro
horas para tomar un desayuno temprano, necesitamos algo para reponer fuerzas,
aunque la verdad es que no tengo hambre en absoluto, supongo que aún sigo
demasiado emocionada, y supongo que la garganta irritada ayuda en que no quiera
comer nada. Pido prestadas unas monedas a un tipo de la mesa de al lado —lo que
pone muy nervioso a Alex, es obvio que no le guste verme coquetear con otro,
pero era la única manera de que me las diera— para llamar a uno de sus hombres
y que nos recoja. No estoy demasiado cómoda, sin embargo, la luz del amanecer
hace que me relaje poco a poco; bueno, eso y que Moore se cambia de asiento para
estar conmigo en el sofá de la cafetería, de manera que me recuesto en su pecho
mientras me acaricia el brazo distraídamente. No sé si quiero saber lo que le
pasa por la cabeza, podría ser cualquier cosa y ninguna buena, precisamente,
sólo espero haberle hecho cambiar de parecer y ser algo positivo. Sé que el
golpe de Paulie ha sido muy duro, si me ha dolido a mí no quiero imaginar a él,
pero debe superarlo por su bien.
Por suerte, no tarda demasiado en
aparecer un coche que nos lleva de vuelta a la casa, aunque no es ni mucho
lejos el fin del día. Hay algo que me impulsa a estar más cerca de él en cuanto
aparta las sábanas de la cama, sé que lo hace de una manera dulce, aun así me
hace sonreír, y no puedo evitar besarle en cuanto le alcanzo. Le cojo de la
barbilla para que me mire a los ojos. Se me hace duro verle los moratones de la
cara y el labio partido, y sé que él siente lo mismo con los puntos de papel,
pero una vez que nuestros labios se juntan, el resto del mundo desaparece, sólo
quedan nuestros cuerpos.
No estoy segura de lo que ve, pero es
suficiente para hacer que se deje caer sobre la cama, agarrándome de la cintura
tras él. Todo lo que consigo expresar de lo que ocurre a continuación, y por
tanto diré, es que la adrenalina es un gran afrodisiaco, y no hay que mejor
manera de cubrir el 'bajón' que sin ropa con la persona adecuada.
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