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jueves, 4 de agosto de 2016

Capítulo 30

Esta pesadilla es nueva. Vaya, resulta que cuando mi cuerpo no puede continuar consciente, a mi cerebro le apetece todo lo contrario. Sólo espero que no se vea reflejado cuando despierte, suficiente tengo ya con lo que me han hecho estando despierta como para soportar lo que me pasa...¿dormida? No lo sé, recuerdo que tenía sueño y que Alex me cogió en brazos, pero más allá me es imposible. Creo que es precisamente ese recuerdo el que me provoca la pesadilla, últimamente estaban siendo sobre mi hermana, sin embargo, esta es sobre alguien completamente distinto: yo.
No es del todo así, en verdad, es una horrible y dolorosa situación: estoy en la cama con Moore, besándonos y después de haber pasado la noche juntos —simplemente tengo esa certeza que se tiene en los sueños—; entonces comienza a entrar gente a la habitación, y mientras él no parece inmutarse y sigue con sus caricias habituales, yo me veo incapaz de liberarme; no sé si física o mentalmente. El caso es que quienes entran me señalan con el dedo y me echan en cara que cómo puedo ser capaz de estar con un asesino, de amarle; ignoraría los comentarios si no vinieran de ellos: mis amigos e incluso familiares. Mi hermano se limita a mirarme de manera reprobatoria, pero Amy monta un gran escándalo; mi antiguo jefe grita que ''ese tipo debería estar durmiendo bajo tierra y no a mi lado''; mis padres, tanto los que fueron los falsos como los verdaderos, juzgan mi estupidez. Todos y cada uno de ellos tienen algo que decir sobre alguno de nosotros, ambos o la relación. Pero el punto final de este triste desfile lo completa una pequeña silueta de largo pelo rubio y media cara quemada. Ya ni siquiera recuerdo cómo era su cara completa, sí el color de los ojos y que los tenía grandes y que cuando te miraban conseguían atraparte y conmoverte junto a su amplia y sincera sonrisa. La única persona de la que nunca tuve dudas si quería o no; la única que me hizo plantearme la vida de una manera completamente distinta; la única que jamás me mintió. Y está muerta.
Lily no se limita a mirarnos, sino que se coloca a mi lado y extiende la mano para tocarme, no obstante, antes de conseguirlo se arrepiente y me dice con lágrimas en los ojos: «Me has traicionado. Estás durmiendo con mi asesino». Y entonces la luz inunda mi visión y aleja toda esa tortura.
Me cuesta enfocar cuando abro los ojos, pero al cabo de unos instantes consigo ver lo que parece una linterna apuntándome directamente. Abro y cierro los puños ante una posible amenaza, sin embargo, me relajo en cuanto oigo una voz familiar hablar.
¾    Tranquila, Alice. Estás a salvo —tiene suerte de que esté tan confusa, si no le hubiera dedicado uno de mis comentarios más mordaces.
¾    Miguel... ¿Qué ha pasado?
¾    Te desmayaste. Juraría que fue una bajada de azúcar, Alex me ha dicho que llevabas tiempo sin comer, pero con las contusiones que tienes en el cráneo es difícil saber a ciencia cierta.
¾    ¿Y Alex? —miro a mi alrededor; estoy en su habitación y él no.
¾    Se fue hace un rato, cuando supo que estabas estable. Tienes que comer y descansar, ha sido un día muy largo. Ten —me alcanza un plato humeante de la mesilla con lo que parece sopa.
¾    ¿Te lo ha contado Alex?
¾    Sí, me recogió viniendo hacia aquí; estaba al borde del ataque. A propósito, no le dejes conducir, es un maldito temerario —se levanta de la cama con una leve sonrisa.
¾    ¿Está bien? —lo que ha dicho me ha puesto alerta.
¾    Vaya par, os preocupáis más por el otro que por vosotros mismos —mete las manos en los bolsillos y vuelve a la seriedad—. Está...No lo sé, nunca le había visto así, enfadado y decepcionado, quizá. No sabe ni lo que hace.
¾    Espero que ninguna locura.
¾    Yo también —dice con un suspiro—. Bueno, duerme todo lo que puedas y me pasaré a verte para confirmar tu estado. De todas formas, debes hacerte radiografías. Hablaré con Alexander para que organice algo. Buenas noches.
Me saluda desde la puerta y se va, dejándome sola en la habitación en la que pasé mi última noche. Tanto Miguel como yo sabemos de lo que es verdaderamente capaz, o más bien, lo tememos, y es muy probable que esté haciéndolo ahora mismo. Me recorre un escalofrío sólo de pensarlo, así que prefiero evitarlo. Incorporarme ya hace que vuelva el mareo, así que espero a que se suavice y comienzo a comer; es una tontería intentar registrar nada, en todo este tiempo no he encontrado ni una pista, así que no voy a perder el tiempo. Y, sinceramente, tampoco me encuentro en condiciones para ello. La cabeza no me duele tanto, pero cuando me llevo la mano a la sien, noto que tengo un par de puntos de papel y algún golpe escondido entre el pelo. Las muñecas vendadas me traen malos recuerdos, no obstante, me resisto a quitármelas —por primera vez, parece que puedo soportar un mal recuerdo; es curioso el momento que he elegido—; la garganta también se queja al tragar, pero nada más grave de lo que se siente con un resfriado. Sólo me faltaba haberme herido seriamente y ya sería el colmo de la mala suerte, no habría manera de explicarlo que no implicara más líos.  
Hecha mi revisión particular de daños, miro alrededor, sintiéndome algo mejor con comida en el estómago —no sabía lo hambrienta que estaba hasta que he empezado, y lo sorprendente es que con esa simple sopa me ha sido suficiente—, necesito hablar con Amy, o al menos asegurarme de que no le han hecho nada e informarla de dónde estoy, no puedo dar la localización exacta, pero la tranquilizará saberlo. Y, por mucho que quiera evitarlo, preguntar qué ha sucedido con David.
Me levanto de la cama apoyada en ella hasta llegar a la cómoda situada a los pies. Tengo mi ropa ahí, ya que llevo puesta una camiseta ancha, seguramente de Alex —por raro que parezca—, pero por suerte también hay un móvil. Es el que él me dio y apostaría a que está pinchado, por lo que soy consciente de lo que decir y hacer cuando ella coge el teléfono.
¾    Amy, no tengo mucho tiempo. Cuando nos veamos podremos hablar, pero...
¾    ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
¾    En casa de Alex. Estate tranquila, el médico me ha echado un vistazo y todo bien, sólo algo magullada. Cuando vuelva, me encargaré de lo que tenemos pendiente.
¾    ¿Cuánto tiempo es eso? —por el tono de su voz sé que quiere decir muchas más cosas.
¾    No sé decirte, no hay nada seguro. Recuerda hablar con el técnico, la cámara de mi ordenador no funciona; ni audio ni video —espero que entienda el mensaje; no se me ha ocurrido otra forma de decir que consiga que nos proporcionen micros y cámaras de manera legal.
¾    Eso está hecho.
¾    Por cierto, ¿sabes algo de...?
¾    Sobrevivirá; pero no le espera un futuro prometedor que digamos. Ya han empezado la investigación. ¿Has pensado...
¾    Amy, te llamo más tarde, tengo que irme —me apresuro.
Me hubiera encantado escucharla, de verdad, mi cabeza necesita algo en lo que centrarse, pero he oído ruido al otro lado de la puerta y no sé si debo usar el teléfono; no tengo ni idea del tiempo que ha pasado desde que me he despertado hasta ahora, y son las siete de la tarde según el móvil. Lo dejo donde estaba antes de volver prácticamente corriendo a la cama. Por suerte, no entra nadie, no obstante, consigo oír una conversación:
¾    No se puede entrar.
¾    ¿Por qué? ¿Dónde coño se ha metido Moore?
¾    La francesa está dentro, Miguel la está vigilando. Creo que Moore ha ido al piso de Little Habana con los limpiadores. ¿Qué querías?
¾    El envío sigue en marcha, pero necesito hombres. Y él es buen tirador.
¾    No creo que esté en condiciones. En cuanto termine allí vendrá con ella, así que deberíamos actuar por nuestra cuenta hasta que haga algo.
¾    Por el bien del negocio.
¾    Exacto.
Cada día que pasa, soy una amenaza mayor para el negocio, lo ''gracioso'' es que no es precisamente como esperaba. Por mucho que lo intento, no consigo dormirme de nuevo. Va a ver lo que hice, se va a poner en peligro saliendo a plena luz del día y con la policía más alerta que nunca. Me pone de los nervios saber lo que puede ocurrir y no tener ningún poder para detenerlo. No hay peor sentimiento que la impotencia.  
Miguel tenía razón, somos una pareja más que curiosa: ambos golpeados hasta la saciedad y aun así intentando proteger y vengar al otro.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero en un momento de la noche la puerta del dormitorio se abre y yo me hago la dormida. Noto una silueta detenerse a mi lado y sé que es él, pero prefiero esperar a que venga y haga lo que vea oportuno. ¿Y si ha cambiado de parecer en lo referente a mí después de estar en el piso; y si ha decidido que Paulie tenía razón y que el negocio—y todo— iría mejor sin mí? Se me acelera la respiración cuando pasa de largo y entra en el baño, siendo ésta la única luz de la estancia, que se escapa por la puerta entornada; me incorporo sobre los codos, con la esperanza de verle salir y venir a la cama a mi lado, como otras muchas veces, sin embargo, cuando se desliza a la habitación, sé que no está dispuesto a hacerlo. Lleva puesto un traje oscuro, del cual no puedo distinguir el color, pero lo importante es que está a punto de salir y que la hora sobrepasa la medianoche. El aroma de su loción de afeitado inunda la estancia y me hace cerrar los ojos, imaginar una vida más fácil; sé que no es perfecta, pero tiene momentos perfectos, y daría demasiadas cosas por hacer que esos momentos se multiplicaran, y la razón porque no lo hagan es la tozudez de Alex con dejarme así.
Sin preguntarle, me levanto de la cama y comienzo a vestirme bajo su mirada atónita. Estoy cansada de esperar a que regrese, no voy a cruzarme más de brazos, no después de todo lo que ha pasado. Conociendo su masoquismo, es capaz de presentarse para recibir mercancía a pecho descubierto, o con una metralleta, Alexander dolido no tiene término medio; y está claro que lo está. A pesar de la oscuridad, su mirada triste hace que se me caiga el corazón al suelo, y ahora más que nunca no me arrepiento de lo que he hecho, no se merece ser herido así. Depositó toda su confianza en un vil traidor, en un niñato ambicioso y caprichoso, para que luego se lo agradeciera intentando matar a lo que más quiere. No, ese tipo no se merecía piedad. 
¾    ¿Qué haces? —deja la corbata que se estaba cambiando a un lado.
¾    Acompañarte.
¾    Ni loco —me coge de la muñeca, pero me deshago de él sin esfuerzo, gracias a las vendas no duele tanto como me esperaba—. Alice, es peligroso.
¾    Tienes que cambiar de frase, ¿sabes? Estás empezando a repetirte.
¾    Deja de bromear, esto es serio. No voy a permitir ponerte en primera línea.
¾    ¿Y eso te ha servido de algo? Lo único que has conseguido es empeorar las cosas. Pienso ir te guste o no.
¾    No sabes ni dónde es —me reprocha.
¾    Así es más emocionante. No te pongas corbata, perderás en un cuerpo a cuerpo.
Salgo de la habitación sin oírle rechistar, creo que simplemente se ha quedado sin palabras. Reprimo un bostezo; debería haberme dado una ducha para despejarme, pero es lo que hay. En seguida, siento su mano alrededor de mi cintura y me acerca ligeramente a él, que anda a paso seguro hacia la puerta principal. Hay un coche esperándonos, aunque no consigo ver al conductor. Nos subimos sin rechistar y agradezco el voto de confianza que me está dando al permitirme ver dónde está la casa, aunque siendo de noche tampoco es que sea demasiado fácil. De todas formas, sabiendo el destino, lo hará más simple. Sé que vamos a una playa alejada del centro, creo recordar que era incluso privada, donde va a recibir un encargo; o varios, más bien. Siempre suele ser la misma, por lo que si hay algún problema es por su culpa, por ser demasiado confiados.
El viaje resulta ser más largo de lo que me esperaba, pero es predecible. No obstante, tampoco se me va de la cabeza que avisé a la policía de este mismo encargo hace tiempo, así que va a ser todo un reto salir airosos de aquí, y más con el estado tanto anímico como físico de ambos; golpeados y doloridos de todas las maneras posibles.
Cuando llegamos, un barco está echando el ancla a unos metros de la costa, hay tres jeeps esperando en la línea del mar y unos diez hombres armados, como mínimo, listos para comenzar. Nosotros nos quedamos en el borde del paseo, observando. Me pregunto si Alex pensará hacer algo o sólo está para intimidar; lo importante es que le han visto —o mejor dicho, nos han visto de la mano— y han asentido con la cabeza: están preparados. Creo que todo esto es un gesto más importante de lo que parece, está enseñando al mundo que ni siquiera la traición de su segundo al mando e intento de asesinato son capaces de acabar con él, y menos con su negocio, y ya que estamos conmigo, enseñando que seguimos juntos en esto sin importar lo que pase. Demasiado intenso como para pararse a pensar en ello ahora, así me concentro en lo que ocurre a mi alrededor para distraerme: el barco deja caer otros tres botes de remos inflables y uno de madera; en seguida, comienzan a llenarse de personas y cajas, respectivamente. Todo sucede demasiado deprisa para darme cuenta de lo que estoy permitiendo, las personas van hasta tierra remando y algunos hombres les desenganchan fardos de droga del cuerpo, los lanzan al jeep y los inmigrantes corren por la playa, libres; todo esto mientras otros se encargan de bajar las cajas, llevarlas a la orilla y cargar otro jeep con estas. Son absolutamente eficientes, casi tanto que consiguen distraerme por completo del resto que problemas que pueda haber o la cantidad de leyes que esté infringiendo ahora mismo, la verdad es que resulta hipnotizante mirarlos. No me extraña que haya montado un imperio en tan poco tiempo, consigue mucho dinero en muy poco tiempo.
Por suerte, puedo mantener mi atención en diferentes lugares, y no es la primera vez que veo ese coche pasar detrás de nosotros. Ahora va mucho más lento, seguramente para intentar vernos la cara; reconocería esa táctica cutre en cualquier parte. Policía. Al menos han sido inteligentes y no han traído helicópteros, pero llegarán refuerzos en unos minutos como mucho.
¾    Tenemos que irnos —le aprieto la mano.
¾    Sólo quedan unos pocos.
¾    Ese coche es de la policía, diles que se vayan ya —le apremio; no estoy para que me lleven la contraria.
¾    ¿Cómo lo sabes?
¾    Maldita sea, Alexander, tengo que hacerlo yo todo.
Le suelto de la mano y salto el muro del paseo para caer en la arena, rodando y así no hacerme daño. Corro hasta sus hombres, que me miran extrañados, pero confían en cuanto ven a Alex seguirme a la misma velocidad. En seguida les ayudamos a terminar de bajar las cajas y a liberar a los inmigrantes de su carga; gracias a mi habilidad con la navaja, que sorprendentemente no he perdido, yo me encargo de esto último. Pero, en un golpe de mala suerte, oigo puertas de coche abrirse y cerrarse, incluso gritos de «¡Alto!». Entonces se produce el caos. Todos se dispersan corriendo en diferentes direcciones, intentando escapar de los tiros de los agentes de la ley, sin embargo, yo conozco su proceder y sé cómo escapar. Cojo a Alex de la mano y salgo corriendo en dirección al muro, exactamente donde hemos saltado. No podemos subir, pero pasaremos desapercibidos unos minutos hasta que se despeje la calle. En efecto, todos los agentes van a la playa y dejan la calle llena de coches sin cerrar, pero sería muy difícil escapar con uno de ellos, así que, agachados, cruzamos la calle y sorteamos un par de coches más. Estamos sin aliento, de manera que me paro frente al coche más antiguo que hay en la calle, esperando que sea el que menos llame la atención y más fácil de forzar, y le quito un cordón al zapato de Alex, ya que yo llevo sandalias y no es que sean muy útiles, que digamos. Es un método sencillo, y más cuando se tiene práctica. Consiste en hacer un nudo corredizo y conseguir meter parte del cordón por dentro de la puerta del coche, de modo que con un poco de suerte y habilidad, el nudo se queda alrededor del cierre y sólo hay que tirar con fuerza.
El sonido de la puerta abriéndose provoca un suspiro en ambos, tanto de sorpresa como alivio. Quizá tarde algo más en hacer un puente, pero tampoco es complicado.
¾    ¿Estás robando un coche?
¾    Curiosa doble moral. No pasa nada si tú traficas, pero yo robo un coche y todo el mundo se vuelve loco. Háztelo mirar —entro casi de un salto.
En apenas cinco minutos, el coche está en marcha. Al fin puedo conducir. Un policía grita al vernos entrar. Nos ha reconocido. Se sube a su coche de inmediato, dispuesto a iniciar una persecución en la que no sabe que va a perder. He tenido un día más que difícil, lo último que necesito es que me provoquen a hacer algo que no debo.
¾    Déjame a mí, puedo perderle —Alex intenta quitarme el control del volante.
¾    Vigila el retrovisor.
No está bien divertirse con esto, estoy haciendo exactamente lo contrario de lo que debería, pero echo de menos la acción, tener el control de la situación, pues si hay algo que se me da bien, son las locuras al volante; siempre me juego la vida, y el sentimiento de supervivencia supera a cualquier otro y no puedo disfrutarlo como cuando estaba en Nueva York, con la banda, y corríamos huyendo de la policía hasta que sentíamos arder el pecho y nos tirábamos en cualquier césped a descansar, riéndonos. Ahora, vuelvo a sentirme así, y no puedo reprimir una sonrisa de satisfacción, y con Alex a mi lado, tengo un apoyo extra. No está mal recordar los tiempos en los que el máximo miedo que podía tener era pasar una noche en el calabozo o que me expulsaran del instituto.
Piso el acelerador con todas mis fuerzas y él se agarra a la puerta de la impresión. Se me escapa una carcajada —Dios, estoy enferma— y doy un par de giros in extremis, innecesarios, pero es divertido verle estar en apuros por una vez, y sinceramente, creo que necesita sentirse vivo después de hoy, darse cuenta de que puedo defenderme por mí misma; y defenderle a él también.
A pesar de que el coche no es muy rápido, consigo perder al policía en menos de lo que pensaba. Me he dirigido al centro, y la cantidad de clubs abiertos con sus luces de neón ayudan bastante al fugitivo; lo apuntaré para por si alguna vez me encuentro al otro lado. No estoy segura de que haya más coches pendientes de nosotros, y aunque podría esquivarlos, decido dar vueltas por la zona unos veinte minutos más, con la esperanza de que se calmen las cosas. Dejo el coche aparcado en doble fila, con la esperanza de que se lo lleve la grúa y el propietario pueda encontrarlo rápidamente, y bajamos en silencio.
Prácticamente me dejo caer sobre la acera, me tiemblan las piernas por la adrenalina y hacía mucho que no me sentía tan viva, con tanta fuerza y poder. Intento calmar la respiración, pero me lleva mucho más de lo que esperaba aunque cierre los ojos y la sonrisa vaya desapareciendo poco a poco. Añoraba esta sensación, sentir un cosquilleo por todo el cuerpo, cómo desaparece el dolor físico y ser capaz de casi cualquier cosa; pero parece que a Alex no le ha gustado tanto como a mí. Al abrir los ojos, veo que me mira furioso, aún con el pecho subiendo y bajando violentamente.
¾    ¿Qué coño ha sido eso? —casi grita.
¾    Eso, querido, he sido yo salvándote el culo —me incorporo—. De nada.
¾    Podrías habernos matado.
¾    Pero estamos bien, ¿no? Suficiente. Será mejor que nos vayamos, hay que alejarse del coche por si acaso —me levanto y comienzo a andar.
¾    ¿Cómo has aprendido a hacer eso?
¾    Un mago nunca revela sus trucos —me río.
¾    Estás loca, Alice. ¿Y se puede saber por qué estás tan feliz?
¾    Porque estamos vivos, Alexander —oculta una sonrisa; es lo mismo que dijo él después de acostarnos por primera vez aquí—. Porque por primera vez en mucho tiempo me he sentido viva por mí misma, sin necesitar a nadie. No te ofendas, pero no está mal algo de egoísmo de vez en cuando —se pone a mi altura y me observa.
¾    Eres una maldita yonki de la adrenalina —refunfuña—. Mírate, pareces drogada.
¾    Tú sabes bien de eso ¿eh?
Frunce el ceño y suelto otra carcajada, no puedo evitarlo. Ahora no hay preocupaciones, me siento completamente libre. Le rodeo la cintura y hago que pase un brazo por mis hombros para que se le olvide el enfado, y noto cómo poco a poco va cediendo. Incluso acepta que debe dejar la chaqueta en un contenedor para llamar menos la atención.
Paramos en una cafetería veinticuatro horas para tomar un desayuno temprano, necesitamos algo para reponer fuerzas, aunque la verdad es que no tengo hambre en absoluto, supongo que aún sigo demasiado emocionada, y supongo que la garganta irritada ayuda en que no quiera comer nada. Pido prestadas unas monedas a un tipo de la mesa de al lado —lo que pone muy nervioso a Alex, es obvio que no le guste verme coquetear con otro, pero era la única manera de que me las diera— para llamar a uno de sus hombres y que nos recoja. No estoy demasiado cómoda, sin embargo, la luz del amanecer hace que me relaje poco a poco; bueno, eso y que Moore se cambia de asiento para estar conmigo en el sofá de la cafetería, de manera que me recuesto en su pecho mientras me acaricia el brazo distraídamente. No sé si quiero saber lo que le pasa por la cabeza, podría ser cualquier cosa y ninguna buena, precisamente, sólo espero haberle hecho cambiar de parecer y ser algo positivo. Sé que el golpe de Paulie ha sido muy duro, si me ha dolido a mí no quiero imaginar a él, pero debe superarlo por su bien.
Por suerte, no tarda demasiado en aparecer un coche que nos lleva de vuelta a la casa, aunque no es ni mucho lejos el fin del día. Hay algo que me impulsa a estar más cerca de él en cuanto aparta las sábanas de la cama, sé que lo hace de una manera dulce, aun así me hace sonreír, y no puedo evitar besarle en cuanto le alcanzo. Le cojo de la barbilla para que me mire a los ojos. Se me hace duro verle los moratones de la cara y el labio partido, y sé que él siente lo mismo con los puntos de papel, pero una vez que nuestros labios se juntan, el resto del mundo desaparece, sólo quedan nuestros cuerpos.

No estoy segura de lo que ve, pero es suficiente para hacer que se deje caer sobre la cama, agarrándome de la cintura tras él. Todo lo que consigo expresar de lo que ocurre a continuación, y por tanto diré, es que la adrenalina es un gran afrodisiaco, y no hay que mejor manera de cubrir el 'bajón' que sin ropa con la persona adecuada. 

viernes, 29 de julio de 2016

Capítulo 29

Ahora mismo no sé si saltar de la silla y golpearle con ella hasta cansarme o simplemente escuchar lo que sea que tiene que decir, creo que me merezco saber el motivo de todo esto. Haga lo que haga, van a matarme de todos modos, así que tengo que actuar y decidir rápido. Pero antes de jugar con mi vida, he de proteger la de Alexander, él es mucho más inocente de lo que parece, y aunque haya hecho cosas malas, será la justicia quien decida lo que ocurra con él, no un mísero traidor. Antes de matarle a él, tendrán que pasar por encima de mí.
Aunque el hecho de que me encuentre en esta situación no me hace un gran enemigo al que enfrentarse. Debo encontrar una solución, y por la fuerza está claro que no haré más que empeorar las cosas, así que tomo aire para calmarme y oculto una sonrisa cuando me doy cuenta de que tengo los pies libres; si se acerca demasiado, podré defenderme al menos de él, ya veré qué ocurre con el resto.
¾    ¿Has dormido bien? —creo que mi mirada feroz le sirve de respuesta; doy gracias de que se centre en mis ojos— Siento los modos, pero no nos dejaste otra opción —me quita la mordaza enseñándome la pistola como intimidación.
¾    Traidor... —me revuelvo en la silla, pero no se inmuta, continúa acercándose.
¾    Le dijo la sartén al cazo —se ríe—. Ronald Moore fue un grande, alguien de quien deberíamos aprender, y tú hiciste que lo metieran en la cárcel como una rata.
¾    ¿Acaso habías nacido cuando pasó?
¾    Ja ja. Tienes mucho humor para lo que está ocurriendo.
¾    ¿Qué tiene que ver el padre de Alexander en todo esto? Pensé que era por Alex.
¾    No, preciosa, no te confundas. Es por el dinero. Y vosotros dos me estáis estropeando los planes. Comprende que no puedo dejar que continuéis, no después de Coleman —si a él quería matarle, nosotros no seremos menos—. Además, si conseguiste acabar con Ronald, no te costaría hacer lo mismo conmigo.
¾    ¿Sabes? Me gustaría saber qué te estás metiendo, porque se podría escribir un buen libro de lo que dices. 
¾    Tengo pruebas, fotografías. Y sabes defenderte con una pistola, apuesto a que no te enseñan eso en un internado de pijos.
¾    Salí con Alex, por Dios, pues claro que conocí a su padre. Ya te lo dije, fue él quien me metió en esto en un primer momento, me hizo aprender a usar un arma.  
¾    Me parece que estoy perdiendo el tiempo contigo, Alice. Tengo cosas que hacer.
Con eso, da por finalizada la conversación entre nosotros. Me da la espalda y saca la pistola para comprobar las balas antes de apuntarme a la cabeza con gesto despreocupado; incluso bosteza cuando me la pega a la sien. Ahora es cuando tengo verdadero miedo, está tan relajado por matarme que dudo mucho que se inmute cuando lo haga para más que limpiarse la camisa. El chico agradable era sólo una fachada para un verdadero psicópata, no tiene problema alguno en planear la muerte de quien le ha dado todo y de acabar con mi vida a sangre fría después de yo salvar la suya hace horas. Cierro los ojos, sabiendo que todo ha acabado. Todas las veces que lo he pensado, he acabado saliendo airosa, con cicatrices o heridas, pero nada comparado con esto. Tomo aire, preparada para lo que viene a continuación. Creo que nunca lo he estado antes tan poco como ahora, al fin había conseguido tener un motivo por el que seguir adelante, y ha sido mi perdición. No es cierto eso de que antes de morir se te pasa por la mente todo lo que has vivido, sólo miedo, resignación, pena, incluso, pero nada parecido a lo que dicen. Excepto...Excepto una voz. Oigo una voz que me hace abrir los ojos de repente y cambiar de idea. Mis pensamientos van hacia el lado contrario, ya no se centran en mi final, sino en el de Alexander.
¾    Paulie, ¿por qué no me cogías el teléfono? —si no le conociera, diría que suena desesperado— Da lo mismo, no encuentro a Alice. Tendría que haberse quedado en su casa, pero se fue con alguien y ha desaparecido —al cerrar los ojos no he visto que había llamado por teléfono.
¾    Lo sé. Y si de verdad quieres volver a verla, deberías escucharme.
¾    ¿De qué estás hablando?
¾    Te enviaré una dirección y vendrás de inmediato. Solo y...
¾    ¡Alex, no! —grito, sin temor a ser reprendida— ¡Es una trampa, no vengas...!
Mi captor me golpea con la culata de la pistola y el mundo comienza a dar vueltas. Creo que debo estar batiendo algún récord de golpes en la cabeza; si salgo de esta, debería ir al médico para asegurarme de que no me han hecho nada serio.
¾    ¡Alice!
¾    Como iba diciendo... No traigas armas, no queremos tener que... acabar demasiado pronto.
¾    Paulie, ¿qué estás haciendo? Te salvó anoche, yo...
¾    Se te acaba el tiempo, no estoy para sermones.
¾    Quiero saber que está bien. Ponla al teléfono —adopta un tono serio, distante.
¾    Alexander, creo que no estás en posición de exigir nada. No lo hagas más difícil, ¿quieres? Sabes que no dudaré en apretar el gatillo.
¾    ¡Estoy bien, no te acerques o te matarán! —yo tampoco dudo de que lo apretará, sólo espero que Alex no esté en la trayectoria.
Paulie dispara al suelo, junto a mi pie, y no puedo evitar gritar del susto. Maldigo en mi mente, no debería haber hecho eso. Si él me oye gritar se asustará más y hará exactamente lo contrario a lo que le digo. El aire se agolpa en mis pulmones y no puede tomar forma para crear palabras; no consigo reaccionar para más que pensar que ha faltado muy poco. No sé si ha sido falta de puntería o adrede, pero ha bastado para hacerme ver que va mucho más en serio de lo que me gustaría.
¾    ¡Hijo de puta! —estalla— Ni se te ocurra tocarla un pelo, o te juro que...
¾    Tranquilo, Moore; está viva. De momento. Tienes diez minutos o el próximo tiro será en la cabeza.
Cuelga el teléfono, pero no se lo guarda, sino que lo manipula por unos minutos, supongo que para mandarle la dirección e informar de que está viniendo. No tendrán dudas con eso, al menos yo no las tengo. Con un último vistazo, sale de la habitación, pero no me deja tiempo para descansar o pensar siquiera en lo que va a ocurrir a continuación, porque en seguida vuelve con una silla igual que la mía y un matón dos veces más ancho que él y una cabeza más alto. Ambos llevan la pistola en la mano, por si se me ocurre hacer cualquier cosa, lo que descarto al instante. Creo que es la primera vez que me encuentro totalmente perdida sobre qué hacer, no veo ninguna salida, tan sólo puedo imaginar a Alex acercándose y muriendo tiroteado por intentar salvarme. A esto se referían cuando me decían que no debo implicarme emocionalmente, es cierto que nubla el juicio; y aunque sea la primera vez, no puedo garantizar que sea la última.
El segundo hombre se queda flanqueando la puerta, mientras que Paulie se sienta a mi lado. Tengo miedo de que vea la cinta aislante despegada, pero por suerte tampoco se fija; es lo único que me acompaña ahora mismo y ruego por que continúe.
El frío metal del cañón de la pistola, atraviesa mi sien por todo mi cuerpo y me provoca un escalofrío; la cabeza me va a estallar de la cantidad de golpes que llevo en el día y tengo que cerrar los ojos para intentar disipar el dolor en vano.
¾    ¿Estás bien? —Paulie me pregunta, poniendo la mano libre a la altura de mi mandíbula. Me sorprendo cuando la retira manchada de rojo.
¾    Tranquilo, nadie muere por un dolor de cabeza. Podrás matarme tú mismo.
¾    Me preocupo, aunque no lo creas. Mi dinero depende de tu estado.
¾    Curiosa doble moral —murmuro—. Algo me dice que te da igual lo que me pase mientras que Alex te pague. Después de todo lo que hemos hecho por ti...
¾    Alice, no sabes la pena que me da en el fondo.
¾    Muy en el fondo, aparentemente —murmuro.
¾    No es agradable matar a una chica a sangre fría. Ni limpio, desde luego.
¾    ¿Y a un capo? —eso atrae especialmente su atención— Por favor, no le mates a él, no tiene nada que ver. Haz lo que quieras, arruínale, chantajéale... Pero por favor déjale vivir —¿soy yo quien de verdad está diciendo esto? Los golpes han debido afectarme más de lo que pensaba.
¾    Repugnante. Asqueroso —su expresión apenada cambia a una de furia—. Ambos dispuestos a morir por el otro. ¿Cómo podéis ser tan estúpidos? No sois nada especial, la gente viene y va, un día os amáis y al siguiente hay traición.
¾    Experiencia propia, eh —reconozco que eso ha sido un golpe bajo, pero no es que él esté siendo muy legal—. Eres muy triste Paul, pensaba que eras un psicópata; pero en verdad sólo eres un crío celoso porque tu querido amigo ya no te hace caso. O quizá el problema está en que sólo es un amigo.
Levanta la mano para golpearme de nuevo, sin embargo, esta vez se controla y se detiene a tiempo; lo que no implica que cambie la cara. He dado justo en el clavo, yo he sido el desencadenante de todo. Es una locura, Alexander no se fijaría en nada que yo no tenga, por decirlo de alguna manera, pero para el joven es más que claro que si no fuera por mí, quizá hubiera sido diferente; o no, a lo mejor sólo quería su atención como un niño pequeño con un juguete, solo que llevado a un extremo enfermizo y envenenado por el dinero que puede ofrecer este negocio.
No hago más que meterme donde no me llaman aunque ni siquiera sepa que lo estoy haciendo. Quizá debería parar, no obstante, ya lo tengo todo perdido, no veo por qué no he de divertirme un rato.
¾    Cállate. Parece que no recuerdas que soy yo quien tiene la pistola. Al menos valoro mi propia vida, no necesito a nadie.
¾    Ni nadie a ti.
¾    Quizá debas cerrar la boca, francesa. Tengo el control de las cámaras de la casa de Moore, incluida la de su dormitorio —no puedo decir que me sorprendan las cámaras pero... Espera.  
¾    ¿Qué?
¾    Os llevo viendo todo este tiempo; fue todo un espectáculo, he de reconocer, a veces algo empalagoso, pero las noches no tenían desperdicio. ¿Alguna vez te han dicho que eres una tigresa en la cama? —se carcajea, aprovechando mi estupefacción— Dios, dile a Moore que se haga mirar la espalda, debe tenerla horrible.
¿Cómo es posible que me haya distraído hasta tal punto? ¿Cómo ha podido dedicarse a vigilar todo sin que nadie se haya dado cuenta? Debo normalizar mi respiración si no quiero dejarle la victoria tan fácil, no obstante, no lo consigo, simplemente es demasiado que asimilar en muy poco tiempo. Él ha sido el responsable de las muertes de mi ex profesor y el amigo de Moore, ha estado controlando cada paso que se daba en la casa y a Coleman. Él es el verdadero capo, Alex está siendo una simple marioneta; o al menos eso parece. Deben detenerle e interrogarle, y si salgo de esta me aseguraré de que pague todo lo que está haciendo. O podría ocurrir un  accidente, tal y como planeaba para nosotros.
Es una estupidez decir que es mentira lo que ha visto, porque ambos sabemos que no es así. Sencillamente es una invasión de la intimidad enorme, prefiero que me ataquen de cualquier otra manera antes que así, pues me es imposible defenderme.
Me guste reconocerlo o no, la batalla ha acabado y por primera vez he perdido estrepitosamente, cuando llegue Alex espero que tengan compasión y no le enseñen mi cadáver, porque estoy a punto de hacer una locura. Si obtengo algo de tiempo, que disparen y que alguien lo oiga y llame a la policía, tendré todo lo que quiero. No tengo nada que perder, así que el miedo esta vez no me afectará. Por suerte, tengo la oportunidad de disfrutar de la cara de estupefacción de ambos hombres en la sala cuando les ofrezco la mejor de mis sonrisas, provocando que el más joven acerque su silla delante de mí como quería. Cuento hasta tres para analizar los movimientos, el espacio y los contrincantes y la acción comienza.
Con un movimiento súbito, golpeo las patas de la silla de Paulie, de forma que cae de cara contra el suelo, pues yo ya me he apartado para entonces. En apenas un par de segundos, el guardia ya se encuentra apuntándome, pero como no paro de moverme y la silla a la que sigo atada le bloquea la visión, no se decide a disparar; duda que aprovecho para embestirle de espaldas. La silla no se rompe, pero basta un forcejeo y un par de golpes más contra su cuerpo para convertirla en, aparentemente, trozos inservibles de madera, no obstante, se pueden usar como bates improvisados. Aunque eso sería si tuviera las manos libres, porque el plástico que rodea mis muñecas continúa haciéndome daño y todavía tengo que quitármelo. Antes de ponerme en pie, Paul sigue mi línea de pensamientos y está empuñando una pata, dispuesto a hacerla verdaderamente inservible contra mi cuerpo; ahora es cuando doy gracias a haberme entrenado tanto en los movimientos rápidos, pues me dan la solución para salir del aprieto. Ruedo sobre mí misma y con una simple zancadilla hago que vuelva al suelo, pero ahí se me han acabado las ideas. Si me levanto, mi equilibro estará bastante perjudicado sin brazos, y si me quedo aquí, estoy a su mismo nivel, cosa nada favorable. Recuerdo una pelea, años atrás, en Harlem, donde se usaron métodos poco ortodoxos y bastante desagradables, pero efectivos a fin de cuentas, así que los uso, teniendo en mente que sólo lo uso porque es mi única alternativa; a pesar de esto, no es nada fácil de hacer, seguramente acabe con un fuerte dolor de cuello, y la verdad que el de cabeza no me preocupa, no puede ser mucho peor que lo que ya llevo. 
Consigo darle una patada en la rodilla para que no se levante a corto plazo y me pongo sobre él. Sólo quedan dos acciones rápidas y dolorosas: un rodillazo en la entrepierna y antes de que pueda decir algo por el dolor, encadenarlo con un cabezazo directo a la nariz para rompérsela con suerte y valor. Un desagradable crujido me indica que he logrado ambas cosas e, inevitablemente, me quedo tirada en el suelo, jadeando. No entiendo cómo no ha llegado más gente a averiguar lo que estaba pasando, estoy segura de que la cantidad de ruido que hemos hecho hubiera alertado hasta a alguien sordo, sin embargo, aunque me quedo esperando una oleada de hombres armados y una lluvia de balas hacia mí, nada ocurre. Paul se retuerce de dolor a un metro de distancia, pero no alcanza a hablar, es como si le faltara la respiración; cosa que comprendo a la perfección, porque yo me siento exactamente igual sin haber recibido golpes tan duros.
No puedo quedarme así eternamente, por lo que encojo mis piernas todo lo que éstas me permiten y, cortándome aún más las muñecas, consigo pasar los brazos y ponerlos por delante. Algo es algo. Recuerdo que hubo un cursillo de ''Qué hacer en caso de secuestro'' en la oficina, pero me perdí la mayoría de las clases porque simplemente no me apetecía ir. Sin embargo, mis compañeros insistieron en enseñarme un par de cosas por si acaso sucedía algo parecido. Sabían —y saben— que una vez que esté completamente libre, pocos pueden hacerme frente, así que se centraron en las formas de desatarme y quitarme plásticos como estos; con la diferencia de que con los que practicamos no parecían tan anchos, pero es la única opción que tengo. Sé que va a doler, por lo que aprieto las mandíbulas cuando hago el movimiento brusco que indicaban —consiste en separar las muñecas lo máximo que se pueda y dar un fuerte rodillazo al plástico a la vez que bajas los brazos para ayudar con el golpe—. Siento cómo se clavan en la carne un poco más, aunque tengo más suerte de la que esperaba y caen al suelo, rotos y con alguna parte mía, estoy segura. No me importa que caiga sangre de allí donde estaban, soy libre. O todo lo que podría serlo, al menos.
Cojo la pistola del suelo y voy a gatas hasta un lado de la puerta, esperando la incursión, pero cuando la puerta se abre de una patada desde el lado contrario, siento que mis piernas flaquean, y si no hubiera sido por él, estoy segura que me encontraría de rodillas como mínimo. El alivio que siento al verle conmigo, sano y...No, no está a salvo. Ninguno de los dos lo estamos. Y me doy cuenta de inmediato, pero no lo suficientemente rápido al parecer. Me quita el arma de las manos, éstas que han perdido su fuerza de repente para dársela a él según lo que veo, pues jamás le he visto tan fiero, con tanta frialdad en sus ojos, que en vez de recordarme al tranquilo y cálido Caribe como siempre, se han convertido en puro hielo.
Se da media vuelta, extiende el brazo como un verdadero experto, y la lluvia de balas sucede exactamente como temía. Con la diferencia de que en vez de venir hacia nosotros, es el punto de partida. Siento el cuerpo de Alexander absorber la vibración del retroceso, mis dedos, enredados en su camisa, tiemblan al sentir cómo su pecho sube y baja con cada tiro que destroza mis oídos. Con la mano que tiene libre, mantiene mi cabeza protegida y apretada contra él, impidiéndome la visión más allá de nosotros.
Hace unas horas, habría contado los disparos, hubiera controlado no quedarnos sin munición, pero ahora estoy demasiado cansada como para hacer nada, mental y físicamente hablando. Y siendo sincera, no quiero saber lo que está ocurriendo, llevo mucho tiempo preocupándome por todo, y es hora de que otro se ocupe.
Aun así, cuando creo que todo ha terminado, hay algo que me hace abrir los ojos. Siento que tocan mi tobillo, una mano me lo rodea sin apenas fuerza antes de que Alex se ponga como escudo humano. No he podido ver lo que pasaba, pero me imagino que era Paul, intentando...no lo sé, quizá sólo quería llamar la atención, sin embargo, el capo le aparta de una patada y veo la decepción en sus ojos, está realmente dolido.
¾    Alex, por favor... —su voz es apenas un susurro, una súplica llena de temor— Yo no... —se calla en cuanto oye la pistola cargarse, y por mucho que lo odie, tengo que intervenir; tengo que saber algo.
¾    Espera —pongo una mano en su brazo—. Dame un momento con él.
¾    ¿Qué? ¿Estás loca, Alice? Ni de coña...
¾    Por favor. No puedes mancharte más las manos, sabrán que he estado aquí y averiguarán que tú también. Llama a tus hombres, que limpien esto.
¾    ¿Y él?
¾    Lo incriminamos —le susurro—, sé que puedes hacerlo. Y no hablará, él mejor que nadie conoce a los vuestros de la cárcel y lo que le harían.
¾    Bien, pero no te dejaré a solas —insiste feroz.
¾    Vigila la puerta —le quito el arma de las manos tal y como lo ha hecho él antes y, con un beso, me obedece.
Mantiene la mirada hasta que cierro la puerta tras de mí. Me meto el arma en la parte trasera del pantalón tras ponerle el seguro, algo recuperada de lo de antes. No sé de dónde he encontrado fuerzas, pero levanto una silla del suelo y le ofrezco una mano para ayudarle a sentarse. Me mira con recelo y no la acepta, a lo que respondo encogiéndome de hombros. Peor para él. No le queda demasiado.
Pensar en mi misión me ha devuelto mi objetividad, puede que esté furiosa con él, no obstante, necesito información que sólo él puede darme, o al menos tendré la oportunidad de conseguir, pues dudo que aunque le interrogue la policía se atreva a decir nada, conoce lo que les hacen a los soplones.
¾    ¿Por qué me has salvado? —tiene la voz ronca y hace un gesto de dolor cuando intenta incorporarse.
¾    No quiero que se manche las manos con tu sangre, no se lo merece.
¾    ¿Y por qué no me disparas tú? Ya lo has hecho antes, y con mucha puntería—observa—. ¿No te atreves a matar a alguien? ¿Por eso no lo hiciste en el club?
¾    Ojalá estuvieras en lo cierto —se me escapa una amarga sonrisa—. Tan solo quiero saber unas cosas antes. Si tu respuesta me agrada, vives; si no, mueres.
¾    No tengo garantías.
¾    Ni nada que perder.
¾    Hablas como un poli —escupe sangre al suelo.
¾    Y tú como un muerto —saco la pistola y le apunto directamente a la cabeza—. ¿Dónde tienes los vídeos de vigilancia? —a pesar de todo, le provoco una sonrisa.
¾    En mi móvil.
¾    ¿Y el resto de copias?
¾    No hay. No puedo arriesgarme a que lo vea alguien inapropiado.
¾    Un poco tarde para eso. Dámelo.
¾    ¿Eso es todo lo que te interesa? ¿Un estúpido vídeo?
¾    Última oportunidad —le tiendo una mano, pero deja caer el teléfono al suelo en cuanto lo saca del bolsillo— Gilipollas. ¿Por qué los mataste? Lawler y Nate.
¾    Cuando te lo diga, me matarás.
¾    Yo cumplo mi palabra, traidor —sigo sin bajar el arma—. Sabes tan bien como yo que si Alex se entera de lo de Nate te matará. Confiar en que yo callaré es tu única baza.    
Con un suspiro de resignación, comienza a hablar de manera monótona, como alguien a quien no le importa lo más mínimo lo que está diciendo o las consecuencias, y lo peor es que sé que es así. Me mantengo apoyada en la puerta y así evitar cualquier intento de fuga; pero aun así, a mitad de una frase, se detiene y se lanza contra mí. Por suerte, estoy entrenada para situaciones así y me basta con una patada para devolverle a la silla en la que estaba sentado; a demás, se encuentra demasiado débil como para presentar más pelea que esa. Y, sinceramente, no es que yo me encuentre en mis mejores momentos: el mundo a mi alrededor se mueve e incluso tambalea, y no estoy hablando en sentido figurado. Estoy mareada, quizá por el esfuerzo o por la cantidad de golpes en la cabeza, lo que sería preocupante. Sin embargo, me obligo a mantenerme impasible.
Pero, por supuesto, lo peor de todo es lo que cuenta, no obstante, en el fondo de mi corazón sabía que iba a decir algo por el estilo, simplemente quería negarlo y me aferraba a la posibilidad de que fueran imaginaciones mías. Resulta que no es así.
Ambas víctimas habían sido contratados por algunos hombres de Alex, de entre los que estaba Paulie, obviamente; ''contratar'' es un eufemismo, por supuesto: significa que trabajan para ellos a cambio de sus propias vidas o incluso de la de algún ser querido.
Al que fue mi profesor, lo secuestraron cuando desaparecí y torturaron con droga, por lo que cuando le dejaron libre, se había convertido en un adicto. Es comprensible que aceptara sin pensar la oferta de droga a cambio de mantenerme vigilada. Sin embargo, si es cierto que llevaba tiempo vigilándome, sabía de sobra para quién trabajaba, pero no dijo nada, pues al contrario hacía mucho que estaría bajo tierra. Dio su vida por protegerme. Otra persona más. Cuando vuelva a Los Ángeles dejaré flores en su tumba.
Cuando fui vista en Miami, acabaron con él por incumplir con su tarea de impedírmelo. Así de sencillo. Le mataron al estilo de Ronald Moore, por disfrute personal de Paulie y comodidad de los asesinos: sería fácil decir que había sido la mafia de Alexander.
Aunque el tema de Nate es mucho peor, no estoy segura para qué parte. Mientras que Lawler, el profesor, se vio casi obligado, él prácticamente suplicó que le dieran el trabajo. Puede que fuera por el dinero —según Paul era una cantidad astronómica—, pero corrió a traicionar a su amigo a cambio de algo tan frío. Su trabajo era el mismo que el de Lawler, aunque algo más complicado: mantenerme alejada de Alex sin que él se enterara de que estaba por la ciudad ninguno de los dos. Al parecer las cosas no habían acabado del todo bien entre ellos en el instituto y Nate andaba metido en trapicheos ajenos a la organización, así que si le veía, lo más probable era que acabara muy mal. No debió hacer el trabajo como debía, pues fue asesinado de una manera mucho más sanguinaria después del baile de máscaras en el que nos reencontramos.
Tan sencillo y a la vez tan retorcido. Ellos conocían nuestras vidas y nos han dejado vivir todo este tiempo, ajenos de cualquier sospecha, para esperar el momento adecuado. Me siento más estúpida que nunca por no haber podido pararles a tiempo. Nate no es que fuera santo de mi devoción, pero no se merecía esto ni nada lejanamente parecido, sólo era un niño de papá confundido; y Adam...(Lawler), era el único de aquel infierno que merecía la pena, era un tipo íntegro, leal...Sólo puedo decir cosas buenas de él. Y por culpa del hombre que tengo delante, cada vez que piense en él no me vendrá a la cabeza su aspecto ligeramente desaliñado, su sonrisa tímida o las largas charlas que compartimos cuando la gente me abrumaba o incluso las veces que nos cubrió a Alex y a mí en nuestros líos y trifulcas cuando se metían conmigo; mi mente se inunda con la imagen policial de su mutilado cadáver, ensangrentado y dejado morir en la calle.
Tomo una profunda bocanada de aire cuando termina su relato, intentando relajarme, y cierro los ojos para evitar que caiga cualquier lágrima. No es sólo su culpa; yo la comparto y eso me tortura por dentro. Debería haber hecho algo, intentar protegerles.
    Gracias —digo en un susurro aún con los ojos cerrados.
Aprieto la mano en torno a la pistola con más fuerza de la que recuerdo haberlo hecho nunca, una nueva bocanada de aire me hincha el pecho y cuando lo expulso, el sonido seco de un solo disparo rompe el silencio de la habitación. 
Cuando salgo de la habitación, el mareo se acrecienta hasta casi no poder cerrar la puerta tras de mí. Por suerte, Alex se ha alertado con el disparo y ha aparecido como una exhalación. Digo por suerte porque tengo que apoyar mi peso en el pomo para sostenerme en pie, no sé qué ocurre, pero me hago a la idea de que nada bueno. Mis piernas se niegan a aguantar por más tiempo mi peso y le pasan la tarea al capo, que me alcanza justo a tiempo de evitar que choque contra el suelo.
¾    Al, ¿estás bien? —me mira de arriba abajo, buscando alguna herida que no estuviera antes.
¾    Mejor que nunca —murmuro, pues es lo único que puedo hacer.

La vista es borrosa y lo último que consigo recordar es sentir la pistola deslizándose por mis manos y a él cogerme en volandas y salir de allí corriendo. Después, todo se vuelve negro. 

viernes, 22 de julio de 2016

Capítulo 28

Tanto la policía como las ambulancias llegaron en estampida a los pocos minutos. Estoy segura de que me conocen, o al menos saben que trabajo para el gobierno, porque de otro modo no habría habido una respuesta tan rápida. Estoy sentada en un taburete de la cocina, todo lo sola que podría estar en una casa atestada de policías uniformados, detectives con traje y un forense paseando por la mancha de sangre que ha dejado David. Están haciendo fotos a cada detalle, lo que me permite darme cuenta de las cosas a las que prestan especial atención para fabricar una buena historia, una que no conlleve la presencia de Moore. No sé por qué hay un forense si no ha muerto nadie, aunque supongo que podría cambiar en las horas que siguen, por supuesto; tampoco sé qué pasará a continuación, mi piso franco ya no es seguro y veo a Amy revolotear por entre los policías, intentando conseguir algo de información y pidiendo a algunos que mantengan nuestras identidades ocultas. Yo simplemente me he dejado caer aquí, nadie ha reparado especialmente en mí tras haberse llevado el cuerpo ensangrentado, aunque tampoco es que yo tenga mucho mejor aspecto; dicen que me tomarán declaración en comisaría, cuando esté más calmada dijeron, pero la verdad es que estoy demasiado tranquila, ni siquiera me he molestado en cambiarme de ropa.
El mundo se mueve a mi alrededor a un ritmo extraño, tan lento que distingo cada movimiento de los policías, pero cuando intento pensar en lo que he visto, no consigo recordar nada; no obstante, soy consciente de todo lo que ocurre grosso modo, estoy intentando contar el tiempo para entretenerme y olvidarme de todo esto. No me gusta la sangre. No me gusta lo que significa. No me gusta ser la culpable de su aparición.
Aún faltan veinte minutos para que haga la hora que dijo Alex, y mi amiga se acerca con un paramédico dispuesto a comprobar mi estado. Sólo pido que sea puntual y me saque de aquí cuanto antes, no quiero seguir viendo esa horrible mancha en el suelo.
¾    Estoy bien —mi voz es más ronca de lo que esperaba.
¾    No deberías hablar, parece que te has hecho daño en las cuerdas vocales.
¾    Yo no me ''he hecho daño''. Lo hizo él cuando intentó estrangularme.  
¾    ¿Por qué lo haría? —se extraña Amy con una pregunta retórica— Siempre ha sido muy amable, no lo entiendo —esta vez espera que yo responda.
¾    No le gusta que toquen sus cosas.
Ella asiente, comprendiendo que no es el momento de hablar de eso, y el paramédico termina de palparme el cuello. Me aconseja ir al hospital para hacerme unas radiografías, pero no tengo tiempo para eso, no ahora al menos. Mi compañera se da por satisfecha con la revisión rápida y me ofrece la mano, sabe que ha sido un esfuerzo dejarle hacer eso, siempre he preferido ser autosuficiente, incluida mi salud.
¾    Tienes que cambiarte, no puedes ir así. Venga —insiste cuando no digo nada.
Parezco un maldito autómata, siendo dirigida de un lado a otro, sin poder negarme a nada porque mi voluntad ha desaparecido como por arte de magia. No quiero ni siquiera pensar en eso, me dejo hacer mientras cuento los segundos como distracción. Subimos a la habitación, ella sujetándome por la cintura —como ya he dicho, no tengo voluntad para decirle que estoy bien, para discutir como siempre—, y mientras saca ropa limpia, parece que algo en mi cabeza comienza a responder y humedezco una toalla para limpiarme lo mejor que puedo en el poco tiempo disponible. En veinticuatro horas he utilizado más la pistola que en un mes entero de operación, ¿por qué nada puede pasar a un ritmo normal, dejarme tiempo a asimilar algo antes de empezar la siguiente locura?
Me ayuda en silencio hasta que estoy aseada, sin rastro de sangre y con el cuello comenzando a tomar un color amarillento allí donde me ha agarrado. Me mira de arriba abajo con un suspiro y me obliga a sentarme en la cama; Alex tendría que llegar ya.
Tendría que comentar el altercado de ayer, no es buena señal tener que disparar a unos matones, aunque la verdad creo que el capo ya se habrá encargado de ellos, incluidos sus cuerpos, y sin cuerpo, no hay pruebas, y menos de que estuve allí.
¾    ¿Qué ha pasado, Al? —su voz es dulce y calmada.
¾    No me trates como una cría.
¾    Bien, no lo haré —se cuadra y cruza los brazos sobre el pecho—. Explica lo que ha ocurrido.
¾    Perdona, estoy algo...no lo sé —suspiro—. Lo primero es que sepas que Moore sabe dónde vivimos, me puso vigilancia.
¾    Bueno, eso me lo esperaba. ¿Pero David? ¿Le dijiste dónde estábamos?
¾    Claro, porque quiero juntar a mi prometido militar con mi...amante mafioso.
¾    ¿Amante? —alza una ceja y no tengo palabras para negarlo— Alice, te lo dije. Te dije que acabaría ocurriendo.
¾    No esperarías que estuviéramos tanto tiempo juntos sin acostarnos, somos adultos. ¿Tanto te importa, después de lo que ha pasado?
¾    Quizá ha acelerado las cosas, sí.
¾    Amy, te juro que lo retrasé lo que pude, pero llegó un momento que fue imposible. Además, no creo que seas la más indicada para hablar de eso.
¾    Eso es jugar sucio, Alice.
¾    No me provoques.
Con un breve duelo de miradas, me decido a contarle lo que acaba de pasar —ya pensaré qué hago con lo de anoche—, a fin de cuentas es la única aliada que tengo y sigo sin noticias de Alexander; debo encontrar algo que me distraiga o me volveré loca. No quiero pensar que le ha ocurrido algo, que le han descubierto o que le han detenido cuando ha venido a buscarme. No, Amy es en quien debo concentrarme ahora, tenemos que pensar un plan para que nadie se meta en más problemas de los necesarios. Agradece que me sincere con ella, aunque debe reconocer, igual que yo, que nos encontramos en un callejón sin salida, la única solución es una locura digna de mis peores momentos, sin embargo, esta vez no ha sido a mí a quien se le ha ocurrido.
¾    No, ni de coña. No dejaré que te metas en esto aún más. Además, no hay pruebas de que estuvieras aquí, ya has hablado con la policía.
¾    Ni nada que no estuviera; he sido la primera en llegar, ¿recuerdas?
¾    La verdad es que no. No tiene sentido nada de lo que dices, te investigarán y...
¾    ¿Qué otra opción nos queda, entregar a Moore? Harán la vista gorda, eres tú quien siempre rompe las reglas, no se enfadarán conmigo —sigue sin convencerme, no quiero que lo haga, no es su responsabilidad sino la mía—. Escucha, yo llegué, le vi atacar y disparé. Puedo decir que tenía miedo antes de las represalias.  
¾    ¿Y los tiros del techo?
¾    Forcejeo. La Agencia lo cubrirá, no es la primera vez.
¾    Ni la última, eso seguro —murmuro—. Técnicamente no podrían acusarle a él de nada, pero es cierto que le pondría en alerta y...
¾    Adiós caso, lo sé. Me estás dando la razón, Al. Si se encarga de los testigos, sin sangre, por favor, tenemos el trabajo hecho.
¾    No prometo nada. Amy, David le vio y puede reconocerle; no esperarás que se ''encargue'' de él también.
¾    Déjamelo a mí. Puedo hablar con un par de médicos, mantenerle sedado o...
¾    Si sobrevive.
¾    Lo hará, estoy segura. Hay muchas formas de descartar declaraciones, puede ser una conmoción —piensa en alto—. Sea lo que fuere, te creerán a ti primero.  ¿Trato?
¾    No —me pongo en pie, acabo de pensar correctamente, no puedo permitir que sea ella de nuevo quien tenga la culpa—. Diré lo que pasó. Algo maquillado, pero lo más cercano a la verdad. Intentó matarme, Alex ayudó y le apunté con la pistola para que le soltara; se giró y le disparé. Y no quiero protestas —algo en mi tono debe indicarla que voy lo suficientemente en serio como para no replicar.
¾    Es un suicidio, Alice —susurra—; para ambos.
¾    Nos mantendremos ocultos unos días.
Ojalá fuera tan sencillo. Sin embargo, bajo con la esperanza de que se encuentre por allí cerca y poder decírselo en persona, pero todo lo que veo es el mismo caos de antes, solo que un poco más despejado. Un par de personas enfundadas en trajes blancos comienzan a limpiar la sangre diligentemente, y cuando continúo buscando a Alex con la mirada, en un fugaz instante me parece ver un rostro conocido que desaparece entre la multitud de la calle. Me acerco más hasta darme cuenta de quién se trata: Paulie. Se da cuenta de que le he reconocido y me ofrece una amplia sonrisa a la par que me indica que me reúna con él. No es buena idea dejar esto así, hecho un desastre y sin informar a nadie, pero ¿qué iba a decir? ¿Un capo quería hablar conmigo? No, se supone que nadie debe saberlo, así que consigo escaquearme y pasar desapercibida hasta encontrarme con él cara a cara. Verle aquí me alivia, alguien en quien confiar y que no hará preguntas es exactamente lo que necesito ahora. Con suerte, me ayudará a olvidarme de esto.
¾    ¿Qué haces aquí?
¾    Rescatarte. Perdona, pero no traigo el corcel blanco, lo he dejado en el taller —me coge la mano y tira para que ande.
¾    ¿Dónde vamos?
¾    A un piso seguro. Alex te está esperando allí, pero tenemos que darnos prisa.
Asiento no muy convencida. Sin embargo, si hay alguien en quien él confíe lo suficiente como para confiarle mi seguridad, ése es Paulie. Me alegro que lo del club no haya llegado a más entre ellos, puede que el joven actuara como un idiota y que yo todavía siga algo enfadada, pero es la única persona a parte de mí en la que Alex confía, y perderle por un malentendido sería un golpe duro, a fin de cuentas se le coge cariño.
Avanzamos por las calles concurridas a paso rápido, sin entablar más conversación que la justa para hacerme callar las preguntas que tengo sobre qué vamos a hacer en el piso o si tiene planeado irse del estado, lo que sería la opción más inteligente, aunque no para mí. Dejamos la zona más acomodada hasta un barrio bastante poco recomendable, camino a Little Habana, donde parece saberse mover mejor de lo que me esperaba. Me coge de la cintura, quizá de protección quizá para que vaya a su paso, no lo sé, pero no me gusta que me toquen y menos un extraño, y Paulie lo sigue siendo a pesar de todo. No obstante, sabe exactamente dónde nos dirigimos y, tras girar por unas calles estrechas y, digamos complicadas, encuentra una escalera de madera por el costado de una casa. Me empuja para que suba, sintiendo cada escalón crujir en cuento mi pie lo roza. Algo me dice que si me agarro a la barandilla, también se romperá, así que me pego contra la pared mientras subo con cuidado.
No obstante, cuando siento una presión familiar a la altura de mis riñones, me detengo súbitamente. Miro a Paulie, cuyos nervios se han convertido en una feroz expresión.
¾    Continúa.
Le hago caso, sin saber qué puede estar pasando. Pienso una vía de escape, pero lo único que podría hacer sería golpearle con la suerte de pillarle desprevenido y que deje caer la pistola, eso por no mencionar la inestabilidad de las escaleras y barandilla, las cuales no creo que aguanten una pelea ni el mínimo roce. La caída no sería mortal, sin embargo, pero sí me dejaría malherida, y si hay gente más allá de la puerta por la que pretende hacerme pasar, me matarían al instante. ¿De qué estoy hablando? Él es Paul, el chaval con el que me metía hace tan sólo dos días, el que escapó de México por...matar. Precisamente lo que tengo miedo que haga ahora. Quizá Alex no pudo acabar con los del otro día, quizá le estén obligando a entregarme a cambio de su vida. Sea como fuere, no parece tener intención de ayudar de ninguna de las maneras, si no me hubiera dicho algo, aunque sea al oído. No, ahora él es el enemigo, por mucho que me duela. Ya habrá tiempo para pensar en los motivos, los tipos nerviosos son los más peligrosos y él podría ganar un concurso. Seguro que tras la puerta habrá gente esperando a matarme o a hacerme cosas peores, incluso, así que el plan más temerario no puede ser tan horrible.
Cierro los ojos, visualizando lo que quiero hacer, y tomo una profunda bocanada de aire para infundirme coraje antes de mi primer movimiento. Paul sabe lo que puedo hacer, me vio anoche, y no se arriesgaría a dejarme coger la pistola, de manera que debe ser preciso y fuerte, sólo tengo una oportunidad. Relajo los músculos, preparándolos para lo que pueda pasar, y entro en acción.
Me giro lo más rápido que la estructura me permite, con una mano a la altura de la pistola y la otra directa a su cuello; consigo apartar la mano armada y le cojo de la muñeca cuando le estampo contra la pared. Forcejeo hasta lograr que suelte la pistola, pero me empuja contra la barandilla, que sorprendentemente aguanta la presión. El arma ha caído por el hueco a la calle, y es el ruido de chocarse contra el asfalto el que me distrae lo suficiente para que él consiga deshacerse de mí hasta tenerme cogida por el cuello, apretando contra la barandilla para hacerme caer. Consigo enlazar un par de puñetazos en la mandíbula, pero justo cuando me veo libre de salir corriendo, algo me sujeta por la camiseta y me estampa contra la pared de cabeza, perdiendo la consciencia.

Despierto en una habitación vacía, donde sólo estoy yo, atada a una silla y amordazada. Tengo las muñecas unidas con un flexo de plástico, por lo que cuando las muevo siento cómo me cortan la piel; no debería intentar quitármelas si no quiero hacerme más daño, posiblemente necesite las fuerzas para más adelante. No hay ninguna vía de escape, así que nada de intentar salir; todo lo que hay es una puerta de madera que debería ser capaz de tirar con una buena patada. Lo único bueno es que la garganta ya no me duele, pero sí la cabeza, parece que me va a explotar. A parte de eso, no estoy más herida, y hecha una vez la pequeña evaluación de la situación, toca pensar en las posibilidades. Si no me han matado ya, es porque deben tener cierto interés en mí, pero Paulie desde luego que no, él no parecía tener reparos con quitarme de en medio. Dios, no entiendo nada y la cabeza me va a explotar. Debe de estar trabajando con alguien más, ¿otro socio de Alexander? Es posible, pero no creo que haya tantas manzanas podridas, parecían respetarle; aunque si lo pienso, eso da lo mismo, Paulie le debe prácticamente la vida y no ha impedido que me secuestre. Si de algo estoy segura, es que Moore no sabe nada de esto, simplemente no tiene sentido, pero no es un pensamiento que me alivie precisamente, él no vendrá a ayudarme, y la policía tampoco, pues Amy me estará cubriendo porque pensará que me he ido con él. Sólo hay una manera de salir de aquí: yo misma.
Eso me hace fijarme en mis piernas, que están igualmente inutilizadas porque tengo los tobillos pegados con cinta aislante a las patas de la silla. Pero eso no debería ser gran problema, si creo la fricción suficiente y tengo suerte, la cinta se aflojará y se despegará, después de eso podría estampar la silla contra la pared y romperla. El único problema que me quedaría, aparte de que no sé qué hay a través de la puerta, sería que tendría las manos a la espalda, lo que hace difícil poder defenderme, por no mencionar el ruido que habría creado y echado a perder el valioso factor sorpresa. De todos modos, comienzo a mover los pies y tobillos para deshacerme del amarre. Cuando comienzo a conseguirlo, no sé cuánto tiempo ha pasado, pero oigo voces a través de la puerta y me concentro en escucharlas.
¾    ¿Ya se ha despertado?
¾    No lo sé, hace una hora que no he ido a verla. ¿Pasa algo?
¾    Moore la está buscando con otra chica, la que vive con ella — ¿Amy me está buscando con Alex? Eso sí que no me lo esperaba.
¾    Acaba con ella y tráele, yo me encargo de la francesa —oigo pasos acercarse pero se detienen e intensifico el movimiento para liberarme.
¾    No puedo simplemente aparecer y matarla, Paul.
¾    ¿Por qué? ¿Le tienes miedo?
¾    No es eso.
¾    Porque sabes de lo que yo soy capaz. ¿Tengo que recordarte qué le ocurrió a ese tipo de Los Ángeles por no cumplir con su trabajo? ¿O al amigo de Moore? —contengo la respiración; ¿qué tiene que ver él con todo eso? ¿Es el mismo Paulie que conozco el que habla o una versión perversa y retorcida?
¾    No es necesario —repone serio—. Lo que no entiendo es por qué tanto alboroto por una niñata más.
¾    Tengo pruebas de que ella delató a Ronald Moore, y hará que nos detengan a todos si no la paramos antes. Intenté advertirla con los cadáveres, pero aun así continuó, igual que Alexander. Además, es peligrosa, actúa como un poli.
¾    ¿Y qué le impedirá volver a hacerlo? Si él nos cede el negocio y se van juntos, no tendrá nada que perder.  
¾    Ambos morirán en un trágico accidente, de eso no te preocupes. Vete de una vez, no quiero perder más tiempo.
Curiosamente, quien necesita tiempo ahora soy yo, y no sólo por lo que estaba haciendo. De nuevo, sobrecarga de información. ¿De verdad es posible? Según él, los cadáveres de mi ex-profesor y el antiguo amigo de Alex que aparecieron mutilados fueron advertencias para ambos, creo que el primero para mí, para que no me acercara a Alex, pues sabían que conocía el modus operandi de la mafia; y el segundo para Alex porque, sencillamente, era su amigo. Él podría achacarlo a otra mafia rival, pero es cierto que debería haberse dado cuenta de que apareció justo la noche que nos reencontramos. Es demasiado para mí, de repente todo cobra sentido y las piezas encajan como un puzle perfecto; lo único que me mantiene confusa es por qué lo hizo precisamente él, traicionar a alguien que te había entregado una nueva vida llena de lujos no hablaba muy bien de una persona, y, por mucho que me fastidie reconocerlo, me caía bien, parecía un buen tipo, fue el único que se portó bien conmigo, creí que había llegado a conocerle. Pero está claro que hizo todo para ganarse mi confianza, para que no sospechara de él y apuntara hacia los otros que estaban en la reunión. Por eso las reuniones a escondidas, tanto dinero en efectivo, el altercado de anoche... El dueño iba a delatarle en frente de mí y le dio igual morir en ese momento con tal de salirse con la suya. ¡Podrían habernos matado a ambos!
Si yo me siento así, no me imagino cómo lo hará Alex, traicionado por en quien más confiaba... ¡Alex! Van a por él y no tiene ni idea. ¡Amy! Van a matarla a sangre fría, sólo por estar en el momento y lugar equivocados. Tengo que hacer algo, tengo que salir de aquí y conseguir la manera de contactar con alguno de ellos antes de que eso ocurra.
Ya habrá tiempo de pensar en todo eso, ahora debo centrarme en escapar y...
¾    Hola, cielo —Paulie aparece en la puerta—. Veo que estás despierta.
Me ofrece una sonrisa burlona que he llegado incluso a apreciar, pero ahora todo lo que me dan ganas es de escupirle en la cara después de rompérsela a puñetazos. Trato de tranquilizarme en vano, no le he oído acercarse por encontrarme tan centrada en mis pensamientos, en las teorías conspiratorias y los asesinatos del pasado que he ignorado la seguridad del elemento principal en toda esta historia: yo.