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viernes, 7 de junio de 2013

Cap. 19


Capítulo 18

 

    Mira qué monada —me acerco y lo cojo—. Me encantan los peluches, y si son de lobo más. Es un poco raro, pero es mi animal favorito ¿lo sabías?

    Me vuelves loco.

    ¿Por lo de los peluches? ¿O lo del lobo?

    ¿Peluches? ¿De qué estas hablando? —parece que sale de un sueño.

    ¿De qué estás hablando tú?

    Yo de lo de ayer. Y por lo que veo tú no le das importancia.

    Salió bien, ya está. Ahora ayúdame a elegir uno —suelto el peluche.

    Fue muy raro. No me habías dicho que te gustara el arte. Y tampoco esperaba que dijeses eso —insiste y suspiro.

    No le di importancia —continúo mirando los juguetes—. ¿Crees que este le gustará?

    Pues sí la tiene. Podríamos haber ido a cualquier sitio a ver cuadros o lo que te guste.

    Si te soy sincera, aún no he visto nada de Los Ángeles que no sean hospitales, el colegio o mi calle —comento distraídamente—. ¿La dejarán tener juguetes en el hospital?

    ¿No has ido al muelle?

    ¿Me estás escuchando? Tenemos que coger el regalo para Lily y tú solo hablas de lo mismo —le encaro.

    Lo siento, pero no puedo quitármelo de la cabeza. ¿Cómo se te ocurrió decir eso?

    Fui sincera —me defiendo—. No creo que tu padre lleve bien lo de mentir.

    Ahí tienes razón pero… ¿tanto?

    Fue lo que me salió. Ah, y de nada por defenderte.

    Podía hacerlo yo.

    Ya veo… No te voy a tomar en cuenta que me enseñases como un objeto delante suyo porque…yo qué sé porqué.

    Me quieres.

    No qué va —me giro y hago como si no estuviera.

    Ahora no lo niegues. ¿Lo dijiste en frente de mi padre y cuando estamos solos no? Sabes que haría lo que fuera por ti, porque yo sí que te… —no lo dejo continuar y cierro los ojos con fuerza. Me giro rápidamente y le callo con un largo beso. Algo en mi interior se siente terriblemente culpable— Y supongo que seguirás diciendo que no.

    Eres…un entretenimiento —me alejo contoneándome por el pasillo, pensando cómo va a reaccionar.

    No te creo —me susurra al oído al agarrarme por la cintura—. Sé que me quieres y conseguiré que lo digas.

    ¿Nunca te han dicho lo pesado que puedes llegar a ser? —me giro. Estamos en medio del pasillo, ante la vista de niños con sus padres.

Alguno se detiene a mirarnos cuando me besa, incluso nos regañan.

    Qué vergüenza…

    Hay niños ¡Por Dios!

    Debería daros vergüenza….

A pesar de esto, cuando lo veo suficiente, me separo, aunque él no lo ve así. Me abraza con más fuerza e intenta seguir sin conseguirlo.

    ¿Podrías concentrarte en buscar un regalo a mi hermana? Recuerda que es a lo que hemos venido.

    Va a ser difícil… —me mira de arriba abajo.

    Pues si no me ayudas, te vas.

    ¡No tengo forma de volver! —protesta.

    Coge el bus. Seguro que hay una parada cerca. O incluso de metro —sugiero.

    No eres capaz.

    Ponme a prueba —vuelvo a la tarea de antes. Se acerca de nuevo a mí.

    A cambio de un beso.

    ¿Sabes el significado de ‘voluntario’?

    No muy bien —me agarra de las caderas.

    Se nota —me separo—. Tienes dos opciones: irte, me da igual cómo porque conmigo no vuelves, eso tenlo claro; o quedarte y ayudar comportándote como un niño bueno con el propósito de ayudar a una niña y no el de llevarme a la cama. Elige.

    No había pensado lo último…, bueno, al menos no aquí…quiero decir, es una juguetería, hay niños…

    Pues sigue así. ¿Te quedas o te vas?

    También hay baños…y seguro que sólo se usa el familiar…—reflexiona en voz alta— Y está el coche…

    Ni lo sueñes. Mi coche no se toca.

    ¿Así que en los baños sí? —por fin me presta atención.

    ¿En serio hace falta que te responda?

    Mejor no lo hagas —se retracta volviendo al mundo real—. Me quedo.

    Bien… ¿Cómo se te ha podido siquiera pasar por la cabeza que lo haría?

    Por soñar no se pierde nada —se encoge de hombros.

    Pues sigue soñando así y no volverás a decir esa frase en tu vida.

    ¿Me estás amenazando?

    Advirtiendo, más bien —le sonrío amistosamente.

    ¿Te acuerdas que te he dicho que me vuelves loco? Pues lo mantengo. Y en todos los sentidos posibles de la frase.

    Deja de hacerme la pelota. No lo vas a conseguir.

    Mujer de poca fe —me río y empezamos a buscar algo que la guste.

Después de pasar toda la tarde buscando al final encontramos algo que nos gusta. Compramos varias cosas: de mi parte, un peluche de un cachorro de lobo a tamaño real; de la de Alex, después de negarme a que la regale un caballo real, opta por uno con forma de balancín y de parte de ambos, varios puzzles para hacerlos juntos. Curiosamente son regalos austeros, no quiero mal acostumbrarla al dinero, pues es posible que cuando todo acabe me la lleve y no podamos disfrutar de las mismas comodidades.

 

Su cumpleaños pasa más discreto de lo que pensaba, pasamos el día los tres juntos, procurando que no se acuerde de sus progenitores con mucho esfuerzo, pero al final del día, ella saca el tema y nos vemos incapaces de disipar sus dudas.

    Al, ¿has hablado con mi papá? —Alex y yo nos miramos y él la sujeta mejor en su regazo.

    ¿Por qué lo dices? —se encoje de hombros.

    A lo mejor se enfada por no decirle nada. De que estoy mala.

    ¿Se portaba bien contigo? —interviene Alex al ver mi cara de desprecio.

    Sí, conmigo sí. Pero era malo con Fred y David. Y con mi mamá…

    Lily, está en cárcel —hago uso de mi tono severo—. Tiene lo que se merece —escupo.

    Pero le echo de menos…

    Pues no deberías.

    Lo que quiere decir tu hermana—intenta suavizarlo Alex—, es que ha hecho cosas malas y ahora debe cumplir condena en la cárcel.

    ¿Puedo ir a verle? —me pregunta con tiento.

    No —me levanto y me quedo de pie en la otra punta de la habitación.

    ¿Me llevas tú? —se dirige a Alex después de mirarme.

    Mira, ha intentado hacerte daño y es normal que Alice te proteja. Eres lo que más quiere.

    ¿Más que a ti?

    Mucho más. Nunca dudes eso, aunque ella esté mal o no te deje hacer cosas, lo hace por tu bien y porque considera que es lo mejor. Y por lo que sé, nunca te ha fallado. Es tu familia, Lily; y a la familia se la cuida. Tu padre no lo hizo.

    Mi mamá sí. Me gustaría que pudiera conoceros —se hace el silencio ante sus lágrimas. Alex me mira pidiendo ayuda, pero no le presto atención.

Es tontería decir que está en un lugar mejor y todas esas patrañas que la religión asegura, pues es ese Dios el que permite que pasen tantas tragedias, haya guerra, niños mueran por un simple resfriado o que Lily, después de todo lo que ha pasado, tenga que seguir lidiando con el dolor. Intentamos animarla diciendo que se pondrá bien, pero todos somos conscientes de las pocas probabilidades que existen. Sé que debemos tener esperanza pero no encuentro de dónde sacarla, ni tampoco la fuerza. Ella es mucho más lista que todo eso.

    Yo…mi madre me abandonó —Alex rompe el silencio—. Nos dejó a mi padre y a mí.

    ¿Por qué?

    No lo sé. Recuerdo que era pequeño, unos dos años o así, y ella vino a darme un beso de buenas noches con mi padre. Al día siguiente no estaba. La busqué durante bastante tiempo, hasta que mi padre me dijo que nos había abandonado. Yo creía que estaba de viaje, al menos es lo que todos me respondían cuando preguntaba —la angustia en su voz hace que vuelva y los tres nos fundamos en un abrazo. Dejo el móvil, aún grabando, en el suelo boca abajo.

    Perdóname Lily, no debería haberte hablado así —vuelvo a abrazarla y la dejo en la cama.

Alex continúa cabizbajo y cogidos de la mano, le saco de la habitación. Le levanto la barbilla y caen algunas lágrimas.

    No llores. Mírame, quiero que sepas que eres la mejor persona que he conocido y tendré oportunidad de conocer. Sigo pensando que no te merezco  y que te mereces todo por soportarme. Eres lo que me mantiene de pie, incluso ahora, cuando todo está mal vienes y con un beso lo arreglas todo. No sé cómo lo consigues, ni tampoco sé cómo decir lo que siento cuando te miro. Y la razón por la que no te digo que te quiero es porque se eso se queda corto —rompe a llorar y me abraza como un niño pequeño. Nadie dice nada.

    Lo siento…lo siento tanto… —solloza.

    Te he dicho que no llores —intento sonreírle. Esta visión de él me rompe el corazón como no pensé que sucedería jamás—.Voy a poner una regla a partir de ahora y vas a tener que respetarla: nada de lágrimas. Prefiero mil veces que me insultes, que discutamos; a esto ¿entendido? —levanta la cabeza y nos miramos a los ojos, creando de nuevo esa conexión especial entre los dos— Te quiero.

miércoles, 5 de junio de 2013

Cap. 18


Por fin ha llegado el día en que todo el esfuerzo comienza a dar sus frutos. Hoy conoceré al cabecilla de la mafia a la que estoy investigando, Ronald Moore. Ya era hora de avanzar, porque no es que vayamos lentos, directamente estamos estancados.

Alex y yo esperamos en un parque medio abandonado a las afueras, el mismo en el que me intentaron atracar; sigo sin estar segura del planteamiento que hizo Frank sobre el porqué el mendigo, el loco Vince, me llamó poli. Este sitio me pone los pelos de punta y no puedo estar quieta, tengo miedo de que vuelva a ocurrir lo mismo, por muy improbable que sea estando él a mi lado. De todas formas me mantengo alerta mientras esperamos a que lleguen. Nos han citado aquí en unos minutos para recogernos y llevarnos a donde esté el jefe.

    ¿Cómo me vas a presentar?

    Papá, esta es Alice: la chica de la que te hablé.

    No me refería a eso.

    Lo sé —se encoge de hombros y toma aire—. Supongo que como mi…

    No tienes ni idea.

    Más o menos —intenta sonreír, pero se le ve nervioso.

    ¿Qué le has dicho de nosotros?

    Que estamos saliendo no, desde luego. Al menos no con esas palabras —reflexiona.

    Pero lo sabe.

    Lo intuye. Es muy inteligente, y me conoce bien —añade.

    Y tanto…—murmuro.

    ¿Qué decías?

    Aún no me has dicho a qué se dedica —me llevo la mano al bolsillo y pongo el móvil a grabar sin mirarlo.

    Empresario, como el tuyo.

    ¿Qué tipo de empresa?

    ¿A qué tantas preguntas?

    Era para tener un tema de conversación. Así parece que me preocupo su hijo.

    Creerá que eres una cotilla y yo un bocazas por decírtelo. Escúchame —me agarra por los hombros—, cuando estemos, no hables si él no te habla, di lo que quiera oír y sobretodo no hagas preguntas. Es muy importante.

    ¿Y si me pregunta sobre ti?

    Dile que me tienes mucho aprecio, que soy un chico estupendo y tonterías como esa. No entres al trapo y nada de sentimientos.

    Me está dando miedo.

    No lo tengas, si vas conmigo no pasará nada. No es malo, sólo es un tiburón en un mar lleno de truchas —aunque intente autoconvencerse sus ojos siguen reflejando el miedo y los nervios.

    Todo va a salir bien, ya lo…—una furgoneta oscura dobla la esquina de la calle y me agarro a su brazo, tensa.

    Son ellos, tranquila —me separa disimuladamente y observo el vehículo.

Negro con los cristales tintados. Tiene la matrícula falsa, los tornillos aún brillan y tiene una pequeña placa, invisible si no se mira con atención. La he visto alguna vez por mi barrio, sirve para ir por autopista y esquivar las multas: accionas un botón, también escondido, y la placa baja, cambiando un número.

Alex me saca de mis pensamientos dándome un toque en el brazo y habla con el conductor. No puedo oír nada desde aquí, pero al momento le pasa algo ligero y oscuro y él asiente apenado. Vuelve a mí y me pone la venda en los ojos con delicadeza.

    Lo siento, debo hacerlo.

    No te preocupes —finge que me la asegura para aprovechar a darme un beso.

    Recuerda, a partir de ahora…

    Nada de sentimientos, entendido.

    Bien —me da la vuelta—. Yo te guío.

Subimos a la furgoneta y él se encarga de abrocharme. Me concentro en recordar cada detalle, cada olor, cada sonido que pueda almacenar en mi memoria para poder volver, pero resulta imposible pasadas las primeras desviaciones. No voy a poder apuntarlo y seguro que se me olvidará si no lo repito más veces bien o me esfuerzo al máximo reconstruyendo el camino más tarde con ayuda de verdaderos agentes.

Él no me ignora tampoco, a pesar de lo dicho, me roza de vez en cuando la mano o se apoya en mi muslo y cada cierto tiempo me pregunta qué tal estoy. El conductor no habla, lo que puede ser una ayuda para no distraerme más o bien un impedimento para reconocerle a posteriori. Al cabo de lo que me parecen veinte minutos paramos y Alex me baja en brazos.

    No hacía falta —susurro.

    Quería sentirte —me contesta con cuidado—. ¿Se lo puedo quitar ya? —habla en un tono normal.

No oigo coches, así que o estamos en cuidad. Huelo un poco a estiércol y a plantas, pero puesto que la primavera va a comenzar, no me extraña. A través de la venda lo noto más oscuro que antes de subirme, así que estoy en un sitio donde no luce el sol, o por lo menos, no me da directamente. Muevo un poco el pie para sentir mejor el suelo y en caso de que sea tierra oler mejor. Gravilla húmeda.

    Estate quieta —me ordena un hombre con una potente voz y me encojo.

    No ha hecho nada —me defiende Alex.

    Me da igual —gruñe el otro—. No se la quites hasta que yo te lo diga.

    Pero aquí no hay peligro. Además, podría caerse al subir…

    Asegúrate de que no pase —me da un empujón y pierdo el equilibrio un momento—. Anda —me ordena.

    Ten cuidado, Mijail. Te aseguro que como la pase algo tú responderás ante ello.

    No haberla traído. ¿Tú o yo? —continúa tras una pausa—… Como quieras —oigo sus pasos alejándose.

    Sujétate fuerte —lleva mis manos a su cuello y me levanta del suelo como una pluma—. Vamos a subir escaleras, así que no te muevas.

    Puedo andar, estoy perfectamente.

    Prefiero asegurarme —comienza a andar y siento sus músculos tensos a mi alrededor.

Vuelvo a estar atenta y oigo cómo cambia el suelo por piedra, primero parece desgastada y la escalera mármol por el repiqueteo de los zapatos. Me deposita en el suelo y sin añadir nada más continuamos andando por lo que creo que es el interior. Suelos de madera, acompañados por su olor, y cubiertos por alfombra. Se produce ajetreo y varias voces comienzan a sonar, aunque no consigo distinguir ninguna. Nos paramos y Alex habla.

    No es necesario tanto protocolo.

    Es una extraña. Por muchas veces que te la hayas tirado —dice con tono despectivo y puedo imaginarme la mirada que me está dedicando.

    Cállate, Pávlov. Vuelve a comportarte así y haré que salgas de aquí como entraste. Creo que no hace falta dar más detalles ¿no?

    Sí señor. Perdóneme —suena sorprendentemente asustado.

    Señorito, ¿qué tal el viaje? —una voz de mujer, claramente latina, se dirige a nosotros.

    Como siempre, Jazz. Algo menos solitario, pero igual.

    Me alegro. ¿Busca a su padre?

    Venimos a visitarle. ¿Puedes decirle que ya hemos llegado? —parece dirigirse a una madre, pero es imposible que lo sea.

    No hace falta —otra voz más. De un hombre, pero no extranjero como el otro, sino más refinada e igualmente ruda y amenazadora—. Retiraos.

    Padre, ¿puedo…?

    Por supuesto, aquí no tratamos a los invitados así —al momento sus manos rozan mi cuello y suben por mi cabello hasta desatar el nudo y dejar caer la venda. Acomodo los ojos a la luz.

    Padre, está es…

    Déjala que se presente ella. Es toda una mujer.

Ahora puedo verlo mejor. Está en frente mía, al lado de su hijo. Es como Alex de alto, y ha sacado sus ojos, el resto no se parece en completo a él. La edad le ha dejado arrugas en los ojos y en las comisuras de la boca. Me recibe vestido de traje con corbata, que resalta su cuerpo más robusto que fuerte. Aunque los ojos son iguales a los de su hijo, expresan cosas completamente diferentes: en ellos hay ferocidad, en vez de amor; pasión en vez de ternura; codicia en vez de amistad, pero lo que más abunda es ansia de poder en vez de vivir.

    Soy Alice Du’Fromagge, señor.

    Ya veo…—me mira de arriba a abajo— Has elegido bien, Alexander. Te felicito.

    Gracias padre —no puedo creer que haya dicho lo que he oído.

    Estaremos mejor en mi despacho.

Nos guía hasta una habitación aparentemente pequeña. Las paredes están forradas de madera a juego con el escritorio y las sillas al otro lado de éste. Donde él se sienta es una silla de ejecutivo, de respaldo alto y de cuero. Irónicamente hay una bandera del país detrás del escritorio. A la izquierda se sitúa una acogedora chimenea de piedra. En la repisa hay dos velas, una a cada lado, y ninguna fotografía, al contrario de lo usual. En frente, un cuadro que muestra tres soldados romanos ofreciendo sus espadas a un hombre. Es realmente grande, ronda los tres metros de alto y cuatro de ancho, respectivamente. Tiene un falso techo para acogerlo. Siempre me ha encantado el arte, pero nunca he podido disfrutarlo.

    ¿Te gusta? —la voz de Moore me sobresalta.

    Sí, señor —aparto la mirada.

    Es de un compatriota tuyo. Jacques-Louis David. Fue encargado por…

    Luis XIV. Antes de perder Navarra.

    ¿Lo conoces?

    Algo he oído. Me interesé más cuando lo robaron del Louvre. Es muy difícil hacerse un cuadro de tales dimensiones.

    Un verdadero profesional, sin duda…—comenta— ¿Lo viste antes de que desapareciera?

    No lo recuerdo, señor. Mi padre me llevó algunas veces, pero era demasiado pequeña para apreciar algo así.

    Esta es una buena copia; me costó bastante.

    Me lo imagino.

    ¿Sabes lo que significa?

    Rebelión. Levantamiento de armas, leí. En la época fue puesto en duda por esto.

    Muy bien, has hecho los deberes, niña.

    Me interesa mi país, eso es todo.

    Pero esto cuenta una historia romana.

    Contada por un francés —se ríe.

    ¿Sabes lo que cuenta? Si me dices que sí, me impresionarás. Incluso te dejaría estar con mi hijo —algo en su voz me dice que no bromea.

«Piensa, Alice, piensa. Lo has visto antes, lo buscaste en Internet. Algo sobre Roma, un juramento… ¡Eso es!»

    El juramento de los Horacios. Me sé la historia, señor. Aunque bastante resumida.

    ¿Y tú Alexander? ¿La conoces?

    No padre.

    Deberías. Llevas viendo el cuadro tanto tiempo y ni te ha entrado curiosidad. Es odioso, incluso repugnante.

    No sea duro, por favor, señor. A veces ves algo tanto que pasa desapercibido —le mira de reojo y vuelve a centrarse en mí.

    ¿Te importaría contarle la historia, niña?

    Claro señor. Al parecer Roma se enemistó con una región cercana y fueron a la guerra. Para que no hubiesen muertes innecesarias eligieron tres guerreros de cada lugar para luchar y el que sobreviviese ganaría la guerra. Éstos son los elegidos por Roma, los Horacios.

    ¿Nada más?

    No creo que sea necesario, señor.

    Yo sí. ¿O es que sólo te sabes hasta ahí? —tomo aire y continúo.

    Resulta que una de las hermanas de los de Roma estaba casada con uno de los que lucharía en contra de sus hermanos y viceversa. Por lo tanto la tragedia estaba asegurada.

    ¿Y cómo terminó? —se interesa Alex.

    Sólo sobrevivió un Horacio. Las hermanas también murieron —me siento una guía de museo. Moore aún está insatisfecho, sabe que puedo decir más—. En concreto, este cuadro muestra el amor y la tragedia de las mujeres —me pide más, quiere que llegue a este punto— y la lealtad a su padre hasta la muerte.

    Hasta la muerte, hijo. Ellos anteponen su deber a los sentimientos —él agacha la cabeza—. Bien hecho Alice.

    Gracias señor. Pero hay algo que debo añadir, algo personal, más bien.

    Somos todo oídos.

    No me gusta el papel del padre. Por culpa de sus hijos una de sus hijas sufrirá horriblemente.

    ¿Qué debería hacer, según tú? ¿Rendirse?

    No, señor. Declinar su deber a otros guerreros menos implicados emocionalmente.

    Pero una de ellas sufrirá de todos modos.

    Al menos no odiará a su hermano de por vida —le sostengo la mirada ante un atónito Alex.

    ¿Cuántos años tienes?

    Voy a cumplir los diecisiete. Señor.

    Increíble. Una última pregunta y te dejaré ir —asiento para que la formule. La malicia recorre sus ojos—. ¿Qué sientes por mi hijo?

lunes, 3 de junio de 2013

Cap. 17


Despierto de un sobresalto por la pesadilla de la que he conseguido escapar, aunque no recuerdo nada. Doy largos tragos de aire hasta que mi pecho adopta un ritmo normal. Vuelvo a dejarme caer sobre el asiento trasero del coche mientras Alex me acaricia la frente con suavidad.

    Tranquila —me susurra y veo cómo le aprieto con tanta fuerza la mano que parece cortarle la circulación; así que aflojo la presión

    ¿Qué…qué hago aquí? ¿Qué ha pasado?

    Te quedaste dormida y te he traído al coche.

    ¿Qué hora es? ¿Tarde?

    Depende para qué. Lo primero es comer algo.

    No tengo hambre —digo con la boca pastosa—. Hora, por favor.

    Las nueve. Cenamos algo, damos un beso a tu hermanita y a casa a dormir ¿entendido?

    ¡¿Las nueve?! No puede ser, si hace un momento…

    Has dormido muy profundo. Ni te inmutaste cuando te empecé a sobar —le miro atónita y le doy un golpe amistoso en el brazo.

    No tiene gracia. Tendré que quedarme más horas en el trabajo por no ir hoy.

    Estabas enferma.

    Sí, claro…

    Pídele a tu amigo el médico que te haga un justificante. No podrán decirte nada.

    Se llama Tom —me incorporo mejor.

Me fijo en que no ha tocado la guantera. De todas formas tengo la llave de colgante y aún sigue en su sitio, en caso de intento de robo empezaría a pitar para avisarme.

    ¿Has comido algo?

    No quería dejarte sola. Vamos a la cafetería del hospital, mejor. Tardaremos menos y si quieres yo conduzco de vuelta y puedes dormir más.

    Gracias —le beso y me responde—. Sí a lo de la cafetería y no a lo de conducir.

    Ya empiezas a ser tú —sonreímos.

Salimos y vamos de la mano hasta la cafetería a paso rápido. Tomamos asiento y él coge dos bandejas. Me distraigo con un grupo de médicos que no paran de reír y de hacer bromas.

    Te juro que me entran ganas de ir y darles un puñetazo en la cara.

    Muy tierno por tu parte—se le escapa una breve sonrisa—. ¿Por qué?

    Están rodeados de muerte y desesperación y mira cómo se comportan. Cada día ven gente morir y se ríen como si no pasara nada.

    Es su trabajo.

    ¿Y qué? Eso no implica que no tengan corazón.

    Supongo —suspira—, que ya están acostumbrados. Han aceptado que no se puede tomar cada muerte como algo personal. La muerte no es mala, sólo es…un puente hacia algo mejor.

    Mejor cállate porque a quien quiero golpear ahora es a ti.

    Estás muy sexy cuando te enfadas.

    Idiota.

    Si sigues así vamos a tener que pedir un reservado para nosotros —dice, espero que bromeando, a la vez que me agarra de la cintura y me atrae hacia él.

    Para. Yo no le encuentro lo divertido.

    Pues lo es. Y mucho —se ríe y acaba contagiándomelo. Así es imposible enfadarse—. ¿Qué vas a querer?

    Nada.

    Yo pago, por mí como si te pides todo lo que hay.

    No tengo hambre. Pero gracias.

    Pues vas a comer algo aunque te lo haga tragar a la fuerza. Espero que no lo hagas por engordar, porque voy a seguir queriéndote igual.

    ¿Aunque engorde?

    Más de donde agarrar.

    Es muy difícil enfadarse con alguien que no hace más que preocuparse por ti y diciendo que te querría aunque fueses una morsa.

    Tampoco te pases.

    ¿Me dejarías por eso? —finjo indignarme.

    Ni loco —me abraza y le dejo besarme.

Al final consigue convencerme de tomar un café —no me deja con cafeína— con un bollo que me dejo a medias. Él se come un generoso bocata y el resto de mi bollo. Antes de despedirnos de Lily buscamos a Tom, que accede sin problemas a darme el justificante médico para excusarme del trabajo, por supuesto, rehúso la oferta de darme algunos en blanco para que los gaste cuando me apetezca.

Ya con Lily, entre los tres hacemos sus deberes y parece encantada con la idea de que Alex se pase a menudo y me supla de vez en cuando. Al hacerse tarde nos despedimos de ella con más cariño del habitual, pero nos detiene antes de salir, mejor dicho, le retiene a él.

    Alex. No me has dicho nada de lo de antes.

    Tienes razón, lo olvidé. ¿Me perdonas?

    Sólo si se lo dices ahora —se encoge de hombros y ambos me miran.

    ¿Qué pasa conmigo? —divido una mirada escéptica entre los dos.

Antes de poder reaccionar él pone una expresión pícara y ella curiosa y al instante me coge la barbilla con cuidado y me besa con delicadeza. Nos limitamos a apoyar los labios unos encima de otros —no sin esfuerzo, pues los míos se abrían automáticamente ante el contacto con los suyos— para conservar la compostura delante de la pequeña. Soy su hermana mayor y no puedo dejarme llevar de esta manera en frente suya.

Nos separamos, pero los ojos siguen fijos en el otro. Lily interrumpe inocentemente:

    Lo sabía —se ríe.

    ¿Por qué has hecho eso? —digo todo lo bajo que puedo.

    ¿No te gusta?

    Sí, pero no aquí…o así.

    La niña está curada de espanto ¿verdad?

    ¿Qué es espanto? —responde con sinceridad después de asentir.

    Te lo explico otro día —la tapo con la manta—. O mejor, que te lo explique mi amigo —sugiero.

    Por mi encantado.

    ¿No es tu novio? Yo pensaba que cuando os besarais ya estaríais juntos.

    ¿Tú quieres que seamos novios? —la pregunta y ella asiente— Pues no hay más que hablar. Alice, soy tu novio.

Me quedo atónita ante las muestras de complicidad que presencio entre ellos dos. Son verdaderamente adorables, como dos niños pequeños tramando sus planes y travesuras día tras día.