Despierto de un sobresalto
por la pesadilla de la que he conseguido escapar, aunque no recuerdo nada. Doy
largos tragos de aire hasta que mi pecho adopta un ritmo normal. Vuelvo a
dejarme caer sobre el asiento trasero del coche mientras Alex me acaricia la
frente con suavidad.
—
Tranquila —me susurra y veo cómo le aprieto con tanta
fuerza la mano que parece cortarle la circulación; así que aflojo la presión
—
¿Qué…qué hago aquí? ¿Qué ha pasado?
—
Te quedaste dormida y te he traído al coche.
—
¿Qué hora es? ¿Tarde?
—
Depende para qué. Lo primero es comer algo.
—
No tengo hambre —digo con la boca pastosa—. Hora, por
favor.
—
Las nueve. Cenamos algo, damos un beso a tu hermanita y
a casa a dormir ¿entendido?
—
¡¿Las nueve?! No puede ser, si hace un momento…
—
Has dormido muy profundo. Ni te inmutaste cuando te
empecé a sobar —le miro atónita y le doy un golpe amistoso en el brazo.
—
No tiene gracia. Tendré que quedarme más horas en el
trabajo por no ir hoy.
—
Estabas enferma.
—
Sí, claro…
—
Pídele a tu amigo el médico que te haga un
justificante. No podrán decirte nada.
—
Se llama Tom —me incorporo mejor.
Me fijo en que no ha tocado la
guantera. De todas formas tengo la llave de colgante y aún sigue en su sitio,
en caso de intento de robo empezaría a pitar para avisarme.
—
¿Has comido algo?
—
No quería dejarte sola. Vamos a la cafetería del
hospital, mejor. Tardaremos menos y si quieres yo conduzco de vuelta y puedes
dormir más.
—
Gracias —le beso y me responde—. Sí a lo de la
cafetería y no a lo de conducir.
—
Ya empiezas a ser tú —sonreímos.
Salimos y vamos de la mano
hasta la cafetería a paso rápido. Tomamos asiento y él coge dos bandejas. Me
distraigo con un grupo de médicos que no paran de reír y de hacer bromas.
—
Te juro que me entran ganas de ir y darles un puñetazo
en la cara.
—
Muy tierno por tu parte—se le escapa una breve
sonrisa—. ¿Por qué?
—
Están rodeados de muerte y desesperación y mira cómo se
comportan. Cada día ven gente morir y se ríen como si no pasara nada.
—
Es su trabajo.
—
¿Y qué? Eso no implica que no tengan corazón.
—
Supongo —suspira—, que ya están acostumbrados. Han
aceptado que no se puede tomar cada muerte como algo personal. La muerte no es
mala, sólo es…un puente hacia algo mejor.
—
Mejor cállate porque a quien quiero golpear ahora es a
ti.
—
Estás muy sexy cuando te enfadas.
—
Idiota.
—
Si sigues así vamos a tener que pedir un reservado para
nosotros —dice, espero que bromeando, a la vez que me agarra de la cintura y me
atrae hacia él.
—
Para. Yo no le encuentro lo divertido.
—
Pues lo es. Y mucho —se ríe y acaba contagiándomelo.
Así es imposible enfadarse—. ¿Qué vas a querer?
—
Nada.
—
Yo pago, por mí como si te pides todo lo que hay.
—
No tengo hambre. Pero gracias.
—
Pues vas a comer algo aunque te lo haga tragar a la
fuerza. Espero que no lo hagas por engordar, porque voy a seguir queriéndote
igual.
—
¿Aunque engorde?
—
Más de donde agarrar.
—
Es muy difícil enfadarse con alguien que no hace más
que preocuparse por ti y diciendo que te querría aunque fueses una morsa.
—
Tampoco te pases.
—
¿Me dejarías por eso? —finjo indignarme.
—
Ni loco —me abraza y le dejo besarme.
Al final consigue convencerme
de tomar un café —no me deja con cafeína— con un bollo que me dejo a medias. Él
se come un generoso bocata y el resto de mi bollo. Antes de despedirnos de Lily
buscamos a Tom, que accede sin problemas a darme el justificante médico para
excusarme del trabajo, por supuesto, rehúso la oferta de darme algunos en
blanco para que los gaste cuando me apetezca.
Ya con Lily, entre los tres
hacemos sus deberes y parece encantada con la idea de que Alex se pase a menudo
y me supla de vez en cuando. Al hacerse tarde nos despedimos de ella con más
cariño del habitual, pero nos detiene antes de salir, mejor dicho, le retiene a
él.
—
Alex. No me has dicho nada de lo de antes.
—
Tienes razón, lo olvidé. ¿Me perdonas?
—
Sólo si se lo dices ahora —se encoge de hombros y ambos
me miran.
—
¿Qué pasa conmigo? —divido una mirada escéptica entre
los dos.
Antes de poder reaccionar él
pone una expresión pícara y ella curiosa y al instante me coge la barbilla con
cuidado y me besa con delicadeza. Nos limitamos a apoyar los labios unos encima
de otros —no sin esfuerzo, pues los míos se abrían automáticamente ante el contacto
con los suyos— para conservar la compostura delante de la pequeña. Soy su
hermana mayor y no puedo dejarme llevar de esta manera en frente suya.
Nos separamos, pero los ojos
siguen fijos en el otro. Lily interrumpe inocentemente:
—
Lo sabía —se ríe.
—
¿Por qué has hecho eso? —digo todo lo bajo que puedo.
—
¿No te gusta?
—
Sí, pero no aquí…o así.
—
La niña está curada de espanto ¿verdad?
—
¿Qué es espanto? —responde con sinceridad después de
asentir.
—
Te lo explico otro día —la tapo con la manta—. O mejor,
que te lo explique mi amigo —sugiero.
—
Por mi encantado.
—
¿No es tu novio? Yo pensaba que cuando os besarais ya
estaríais juntos.
—
¿Tú quieres que seamos novios? —la pregunta y ella
asiente— Pues no hay más que hablar. Alice, soy tu novio.
Me quedo atónita ante las muestras
de complicidad que presencio entre ellos dos. Son verdaderamente adorables,
como dos niños pequeños tramando sus planes y travesuras día tras día.
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