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miércoles, 5 de junio de 2013

Cap. 18


Por fin ha llegado el día en que todo el esfuerzo comienza a dar sus frutos. Hoy conoceré al cabecilla de la mafia a la que estoy investigando, Ronald Moore. Ya era hora de avanzar, porque no es que vayamos lentos, directamente estamos estancados.

Alex y yo esperamos en un parque medio abandonado a las afueras, el mismo en el que me intentaron atracar; sigo sin estar segura del planteamiento que hizo Frank sobre el porqué el mendigo, el loco Vince, me llamó poli. Este sitio me pone los pelos de punta y no puedo estar quieta, tengo miedo de que vuelva a ocurrir lo mismo, por muy improbable que sea estando él a mi lado. De todas formas me mantengo alerta mientras esperamos a que lleguen. Nos han citado aquí en unos minutos para recogernos y llevarnos a donde esté el jefe.

    ¿Cómo me vas a presentar?

    Papá, esta es Alice: la chica de la que te hablé.

    No me refería a eso.

    Lo sé —se encoge de hombros y toma aire—. Supongo que como mi…

    No tienes ni idea.

    Más o menos —intenta sonreír, pero se le ve nervioso.

    ¿Qué le has dicho de nosotros?

    Que estamos saliendo no, desde luego. Al menos no con esas palabras —reflexiona.

    Pero lo sabe.

    Lo intuye. Es muy inteligente, y me conoce bien —añade.

    Y tanto…—murmuro.

    ¿Qué decías?

    Aún no me has dicho a qué se dedica —me llevo la mano al bolsillo y pongo el móvil a grabar sin mirarlo.

    Empresario, como el tuyo.

    ¿Qué tipo de empresa?

    ¿A qué tantas preguntas?

    Era para tener un tema de conversación. Así parece que me preocupo su hijo.

    Creerá que eres una cotilla y yo un bocazas por decírtelo. Escúchame —me agarra por los hombros—, cuando estemos, no hables si él no te habla, di lo que quiera oír y sobretodo no hagas preguntas. Es muy importante.

    ¿Y si me pregunta sobre ti?

    Dile que me tienes mucho aprecio, que soy un chico estupendo y tonterías como esa. No entres al trapo y nada de sentimientos.

    Me está dando miedo.

    No lo tengas, si vas conmigo no pasará nada. No es malo, sólo es un tiburón en un mar lleno de truchas —aunque intente autoconvencerse sus ojos siguen reflejando el miedo y los nervios.

    Todo va a salir bien, ya lo…—una furgoneta oscura dobla la esquina de la calle y me agarro a su brazo, tensa.

    Son ellos, tranquila —me separa disimuladamente y observo el vehículo.

Negro con los cristales tintados. Tiene la matrícula falsa, los tornillos aún brillan y tiene una pequeña placa, invisible si no se mira con atención. La he visto alguna vez por mi barrio, sirve para ir por autopista y esquivar las multas: accionas un botón, también escondido, y la placa baja, cambiando un número.

Alex me saca de mis pensamientos dándome un toque en el brazo y habla con el conductor. No puedo oír nada desde aquí, pero al momento le pasa algo ligero y oscuro y él asiente apenado. Vuelve a mí y me pone la venda en los ojos con delicadeza.

    Lo siento, debo hacerlo.

    No te preocupes —finge que me la asegura para aprovechar a darme un beso.

    Recuerda, a partir de ahora…

    Nada de sentimientos, entendido.

    Bien —me da la vuelta—. Yo te guío.

Subimos a la furgoneta y él se encarga de abrocharme. Me concentro en recordar cada detalle, cada olor, cada sonido que pueda almacenar en mi memoria para poder volver, pero resulta imposible pasadas las primeras desviaciones. No voy a poder apuntarlo y seguro que se me olvidará si no lo repito más veces bien o me esfuerzo al máximo reconstruyendo el camino más tarde con ayuda de verdaderos agentes.

Él no me ignora tampoco, a pesar de lo dicho, me roza de vez en cuando la mano o se apoya en mi muslo y cada cierto tiempo me pregunta qué tal estoy. El conductor no habla, lo que puede ser una ayuda para no distraerme más o bien un impedimento para reconocerle a posteriori. Al cabo de lo que me parecen veinte minutos paramos y Alex me baja en brazos.

    No hacía falta —susurro.

    Quería sentirte —me contesta con cuidado—. ¿Se lo puedo quitar ya? —habla en un tono normal.

No oigo coches, así que o estamos en cuidad. Huelo un poco a estiércol y a plantas, pero puesto que la primavera va a comenzar, no me extraña. A través de la venda lo noto más oscuro que antes de subirme, así que estoy en un sitio donde no luce el sol, o por lo menos, no me da directamente. Muevo un poco el pie para sentir mejor el suelo y en caso de que sea tierra oler mejor. Gravilla húmeda.

    Estate quieta —me ordena un hombre con una potente voz y me encojo.

    No ha hecho nada —me defiende Alex.

    Me da igual —gruñe el otro—. No se la quites hasta que yo te lo diga.

    Pero aquí no hay peligro. Además, podría caerse al subir…

    Asegúrate de que no pase —me da un empujón y pierdo el equilibrio un momento—. Anda —me ordena.

    Ten cuidado, Mijail. Te aseguro que como la pase algo tú responderás ante ello.

    No haberla traído. ¿Tú o yo? —continúa tras una pausa—… Como quieras —oigo sus pasos alejándose.

    Sujétate fuerte —lleva mis manos a su cuello y me levanta del suelo como una pluma—. Vamos a subir escaleras, así que no te muevas.

    Puedo andar, estoy perfectamente.

    Prefiero asegurarme —comienza a andar y siento sus músculos tensos a mi alrededor.

Vuelvo a estar atenta y oigo cómo cambia el suelo por piedra, primero parece desgastada y la escalera mármol por el repiqueteo de los zapatos. Me deposita en el suelo y sin añadir nada más continuamos andando por lo que creo que es el interior. Suelos de madera, acompañados por su olor, y cubiertos por alfombra. Se produce ajetreo y varias voces comienzan a sonar, aunque no consigo distinguir ninguna. Nos paramos y Alex habla.

    No es necesario tanto protocolo.

    Es una extraña. Por muchas veces que te la hayas tirado —dice con tono despectivo y puedo imaginarme la mirada que me está dedicando.

    Cállate, Pávlov. Vuelve a comportarte así y haré que salgas de aquí como entraste. Creo que no hace falta dar más detalles ¿no?

    Sí señor. Perdóneme —suena sorprendentemente asustado.

    Señorito, ¿qué tal el viaje? —una voz de mujer, claramente latina, se dirige a nosotros.

    Como siempre, Jazz. Algo menos solitario, pero igual.

    Me alegro. ¿Busca a su padre?

    Venimos a visitarle. ¿Puedes decirle que ya hemos llegado? —parece dirigirse a una madre, pero es imposible que lo sea.

    No hace falta —otra voz más. De un hombre, pero no extranjero como el otro, sino más refinada e igualmente ruda y amenazadora—. Retiraos.

    Padre, ¿puedo…?

    Por supuesto, aquí no tratamos a los invitados así —al momento sus manos rozan mi cuello y suben por mi cabello hasta desatar el nudo y dejar caer la venda. Acomodo los ojos a la luz.

    Padre, está es…

    Déjala que se presente ella. Es toda una mujer.

Ahora puedo verlo mejor. Está en frente mía, al lado de su hijo. Es como Alex de alto, y ha sacado sus ojos, el resto no se parece en completo a él. La edad le ha dejado arrugas en los ojos y en las comisuras de la boca. Me recibe vestido de traje con corbata, que resalta su cuerpo más robusto que fuerte. Aunque los ojos son iguales a los de su hijo, expresan cosas completamente diferentes: en ellos hay ferocidad, en vez de amor; pasión en vez de ternura; codicia en vez de amistad, pero lo que más abunda es ansia de poder en vez de vivir.

    Soy Alice Du’Fromagge, señor.

    Ya veo…—me mira de arriba a abajo— Has elegido bien, Alexander. Te felicito.

    Gracias padre —no puedo creer que haya dicho lo que he oído.

    Estaremos mejor en mi despacho.

Nos guía hasta una habitación aparentemente pequeña. Las paredes están forradas de madera a juego con el escritorio y las sillas al otro lado de éste. Donde él se sienta es una silla de ejecutivo, de respaldo alto y de cuero. Irónicamente hay una bandera del país detrás del escritorio. A la izquierda se sitúa una acogedora chimenea de piedra. En la repisa hay dos velas, una a cada lado, y ninguna fotografía, al contrario de lo usual. En frente, un cuadro que muestra tres soldados romanos ofreciendo sus espadas a un hombre. Es realmente grande, ronda los tres metros de alto y cuatro de ancho, respectivamente. Tiene un falso techo para acogerlo. Siempre me ha encantado el arte, pero nunca he podido disfrutarlo.

    ¿Te gusta? —la voz de Moore me sobresalta.

    Sí, señor —aparto la mirada.

    Es de un compatriota tuyo. Jacques-Louis David. Fue encargado por…

    Luis XIV. Antes de perder Navarra.

    ¿Lo conoces?

    Algo he oído. Me interesé más cuando lo robaron del Louvre. Es muy difícil hacerse un cuadro de tales dimensiones.

    Un verdadero profesional, sin duda…—comenta— ¿Lo viste antes de que desapareciera?

    No lo recuerdo, señor. Mi padre me llevó algunas veces, pero era demasiado pequeña para apreciar algo así.

    Esta es una buena copia; me costó bastante.

    Me lo imagino.

    ¿Sabes lo que significa?

    Rebelión. Levantamiento de armas, leí. En la época fue puesto en duda por esto.

    Muy bien, has hecho los deberes, niña.

    Me interesa mi país, eso es todo.

    Pero esto cuenta una historia romana.

    Contada por un francés —se ríe.

    ¿Sabes lo que cuenta? Si me dices que sí, me impresionarás. Incluso te dejaría estar con mi hijo —algo en su voz me dice que no bromea.

«Piensa, Alice, piensa. Lo has visto antes, lo buscaste en Internet. Algo sobre Roma, un juramento… ¡Eso es!»

    El juramento de los Horacios. Me sé la historia, señor. Aunque bastante resumida.

    ¿Y tú Alexander? ¿La conoces?

    No padre.

    Deberías. Llevas viendo el cuadro tanto tiempo y ni te ha entrado curiosidad. Es odioso, incluso repugnante.

    No sea duro, por favor, señor. A veces ves algo tanto que pasa desapercibido —le mira de reojo y vuelve a centrarse en mí.

    ¿Te importaría contarle la historia, niña?

    Claro señor. Al parecer Roma se enemistó con una región cercana y fueron a la guerra. Para que no hubiesen muertes innecesarias eligieron tres guerreros de cada lugar para luchar y el que sobreviviese ganaría la guerra. Éstos son los elegidos por Roma, los Horacios.

    ¿Nada más?

    No creo que sea necesario, señor.

    Yo sí. ¿O es que sólo te sabes hasta ahí? —tomo aire y continúo.

    Resulta que una de las hermanas de los de Roma estaba casada con uno de los que lucharía en contra de sus hermanos y viceversa. Por lo tanto la tragedia estaba asegurada.

    ¿Y cómo terminó? —se interesa Alex.

    Sólo sobrevivió un Horacio. Las hermanas también murieron —me siento una guía de museo. Moore aún está insatisfecho, sabe que puedo decir más—. En concreto, este cuadro muestra el amor y la tragedia de las mujeres —me pide más, quiere que llegue a este punto— y la lealtad a su padre hasta la muerte.

    Hasta la muerte, hijo. Ellos anteponen su deber a los sentimientos —él agacha la cabeza—. Bien hecho Alice.

    Gracias señor. Pero hay algo que debo añadir, algo personal, más bien.

    Somos todo oídos.

    No me gusta el papel del padre. Por culpa de sus hijos una de sus hijas sufrirá horriblemente.

    ¿Qué debería hacer, según tú? ¿Rendirse?

    No, señor. Declinar su deber a otros guerreros menos implicados emocionalmente.

    Pero una de ellas sufrirá de todos modos.

    Al menos no odiará a su hermano de por vida —le sostengo la mirada ante un atónito Alex.

    ¿Cuántos años tienes?

    Voy a cumplir los diecisiete. Señor.

    Increíble. Una última pregunta y te dejaré ir —asiento para que la formule. La malicia recorre sus ojos—. ¿Qué sientes por mi hijo?

lunes, 3 de junio de 2013

Cap. 17


Despierto de un sobresalto por la pesadilla de la que he conseguido escapar, aunque no recuerdo nada. Doy largos tragos de aire hasta que mi pecho adopta un ritmo normal. Vuelvo a dejarme caer sobre el asiento trasero del coche mientras Alex me acaricia la frente con suavidad.

    Tranquila —me susurra y veo cómo le aprieto con tanta fuerza la mano que parece cortarle la circulación; así que aflojo la presión

    ¿Qué…qué hago aquí? ¿Qué ha pasado?

    Te quedaste dormida y te he traído al coche.

    ¿Qué hora es? ¿Tarde?

    Depende para qué. Lo primero es comer algo.

    No tengo hambre —digo con la boca pastosa—. Hora, por favor.

    Las nueve. Cenamos algo, damos un beso a tu hermanita y a casa a dormir ¿entendido?

    ¡¿Las nueve?! No puede ser, si hace un momento…

    Has dormido muy profundo. Ni te inmutaste cuando te empecé a sobar —le miro atónita y le doy un golpe amistoso en el brazo.

    No tiene gracia. Tendré que quedarme más horas en el trabajo por no ir hoy.

    Estabas enferma.

    Sí, claro…

    Pídele a tu amigo el médico que te haga un justificante. No podrán decirte nada.

    Se llama Tom —me incorporo mejor.

Me fijo en que no ha tocado la guantera. De todas formas tengo la llave de colgante y aún sigue en su sitio, en caso de intento de robo empezaría a pitar para avisarme.

    ¿Has comido algo?

    No quería dejarte sola. Vamos a la cafetería del hospital, mejor. Tardaremos menos y si quieres yo conduzco de vuelta y puedes dormir más.

    Gracias —le beso y me responde—. Sí a lo de la cafetería y no a lo de conducir.

    Ya empiezas a ser tú —sonreímos.

Salimos y vamos de la mano hasta la cafetería a paso rápido. Tomamos asiento y él coge dos bandejas. Me distraigo con un grupo de médicos que no paran de reír y de hacer bromas.

    Te juro que me entran ganas de ir y darles un puñetazo en la cara.

    Muy tierno por tu parte—se le escapa una breve sonrisa—. ¿Por qué?

    Están rodeados de muerte y desesperación y mira cómo se comportan. Cada día ven gente morir y se ríen como si no pasara nada.

    Es su trabajo.

    ¿Y qué? Eso no implica que no tengan corazón.

    Supongo —suspira—, que ya están acostumbrados. Han aceptado que no se puede tomar cada muerte como algo personal. La muerte no es mala, sólo es…un puente hacia algo mejor.

    Mejor cállate porque a quien quiero golpear ahora es a ti.

    Estás muy sexy cuando te enfadas.

    Idiota.

    Si sigues así vamos a tener que pedir un reservado para nosotros —dice, espero que bromeando, a la vez que me agarra de la cintura y me atrae hacia él.

    Para. Yo no le encuentro lo divertido.

    Pues lo es. Y mucho —se ríe y acaba contagiándomelo. Así es imposible enfadarse—. ¿Qué vas a querer?

    Nada.

    Yo pago, por mí como si te pides todo lo que hay.

    No tengo hambre. Pero gracias.

    Pues vas a comer algo aunque te lo haga tragar a la fuerza. Espero que no lo hagas por engordar, porque voy a seguir queriéndote igual.

    ¿Aunque engorde?

    Más de donde agarrar.

    Es muy difícil enfadarse con alguien que no hace más que preocuparse por ti y diciendo que te querría aunque fueses una morsa.

    Tampoco te pases.

    ¿Me dejarías por eso? —finjo indignarme.

    Ni loco —me abraza y le dejo besarme.

Al final consigue convencerme de tomar un café —no me deja con cafeína— con un bollo que me dejo a medias. Él se come un generoso bocata y el resto de mi bollo. Antes de despedirnos de Lily buscamos a Tom, que accede sin problemas a darme el justificante médico para excusarme del trabajo, por supuesto, rehúso la oferta de darme algunos en blanco para que los gaste cuando me apetezca.

Ya con Lily, entre los tres hacemos sus deberes y parece encantada con la idea de que Alex se pase a menudo y me supla de vez en cuando. Al hacerse tarde nos despedimos de ella con más cariño del habitual, pero nos detiene antes de salir, mejor dicho, le retiene a él.

    Alex. No me has dicho nada de lo de antes.

    Tienes razón, lo olvidé. ¿Me perdonas?

    Sólo si se lo dices ahora —se encoge de hombros y ambos me miran.

    ¿Qué pasa conmigo? —divido una mirada escéptica entre los dos.

Antes de poder reaccionar él pone una expresión pícara y ella curiosa y al instante me coge la barbilla con cuidado y me besa con delicadeza. Nos limitamos a apoyar los labios unos encima de otros —no sin esfuerzo, pues los míos se abrían automáticamente ante el contacto con los suyos— para conservar la compostura delante de la pequeña. Soy su hermana mayor y no puedo dejarme llevar de esta manera en frente suya.

Nos separamos, pero los ojos siguen fijos en el otro. Lily interrumpe inocentemente:

    Lo sabía —se ríe.

    ¿Por qué has hecho eso? —digo todo lo bajo que puedo.

    ¿No te gusta?

    Sí, pero no aquí…o así.

    La niña está curada de espanto ¿verdad?

    ¿Qué es espanto? —responde con sinceridad después de asentir.

    Te lo explico otro día —la tapo con la manta—. O mejor, que te lo explique mi amigo —sugiero.

    Por mi encantado.

    ¿No es tu novio? Yo pensaba que cuando os besarais ya estaríais juntos.

    ¿Tú quieres que seamos novios? —la pregunta y ella asiente— Pues no hay más que hablar. Alice, soy tu novio.

Me quedo atónita ante las muestras de complicidad que presencio entre ellos dos. Son verdaderamente adorables, como dos niños pequeños tramando sus planes y travesuras día tras día.

viernes, 31 de mayo de 2013

Cap. 16


Cada día Alex me espera en la cafetería para poder pasar tiempo conmigo. Cuando no hay clientes me siento con él en la barra y hablamos o simplemente me abraza. No sabe lo que en realidad ocurre, no puede siquiera imaginarse cuán agobiada estoy por mi hermanita con leucemia, la misma que le ha pasado el monstruo de su padre, pero que a él no le afecta; irónico ¿no?

Anne y Frank me han prohibido volver a la cárcel y Alex me entretiene, por lo que estoy pasando las noches con Lily, haciendo deberes y viendo cómo el tratamiento la debilita poco a poco, sin yo poder hacer nada por cesar el sufrimiento y el dolor que éste la causa. Cada noche de estas dos semanas es peor, apenas duerme, sólo se queja y llora en silencio agarrada de mi mano, apretándomela cada vez un poco más con tal de no decirme cuánto la duele, a pesar de que sabe que puedo leer cada gesto que intenta reprimir. Es adorable, intenta no hacerme daño a mí, siendo ella quien de verdad está pasando por todo esto. Ha madurado de golpe. Nadie se creería que en medio mes cumplirá seis tiernos años. Hay varios nombres que se le pueden atribuir a su situación como injusticia o barbaridad, pero pasar un cumpleaños así sólo se puede definir con una: horrible.

Tom me ha conseguido información y siempre que le veo hablamos de cómo nos está afectando. Los resultados de mis pruebas son variables y hemos decidido no darles importancia; tendremos en cuenta las siguientes que me haga. La cita con el psicólogo tampoco fue bien, pues me diagnosticó que necesitaba tomar vitaminas —con lo que Tom estaba totalmente de acuerdo—, más descanso y una confusión extrema respecto a mi personalidad. Esto último me hizo mucha gracia, a lo que le contesté riéndome « ¿Con cuál de las dos?». Creo que no ayudó, pero fue divertido.

El mensajero con la carta de PJ volvió por fin y quemé sin abrir la carta que le había dado para que me la entregase. Corté el fino hilo que nos unía y no voy a reconstruirlo.

Respecto a la misión, Alex ha decidido presentarme a su padre. Lo discutí y optamos por no llevar micros o me pondría en peligro. Si lo veo necesario, pondré el móvil a grabar con mucho cuidado. La semana que viene le veré por primera vez, pero Alex no puede esperar tanto para que yo le diga por qué me encuentro tan mal y explota en el recreo. Me lleva a una zona apartada, donde me siento en el césped y me apoyo en un árbol cerrando los ojos. El sonido de su voz me relaja y no le presto atención.

    ¡Alice! Te estoy hablando.

    ¿Qué? Ah, sí. Perdona, estaba…—no termino la frase.

    No, no estabas. Dime, ¿qué te está pasando?

    No duermo bien.

    Te dije que lo del trabajo no te sentaría bien. Mírate, apenas puedes sostenerte.

    Déjame —digo con pereza y acurrucándome en el árbol.

    No te voy a dejar. ¿Crees que no voy a hacer nada viendo a mi novia así? Si necesitas dinero yo te lo daré, no hay problema, pero dime por qué no duermes, por qué estás ausente, por qué no siento que estás conmigo cuando te hablo —se desahoga gritando—. Creo que me estás engañando, porque no encuentro otra cosa más lógica que esa— le respondo igual que me ha hablado él.

    ¿Quieres respuestas? Pues te las voy a dar —me pongo en pie y me dirijo al coche.

    ¿Adónde vas?

    Sube.

    ¿Me lo dirás?

    Te lo voy a enseñar.

Me hace caso y continuamos en silencio hasta que le llevo al hospital. Una vez allí, saludo a alguna enfermera mientras que él me pregunta por qué las conozco. Demasiadas preguntas y una sola respuesta. Me encuentro a Tom a mitad de camino y me para.

    ¿Qué haces aquí? Tendrías que estar en el instituto. Ya haces suficiente quedándote por las noches.

    ¿Quedándote? Alice, no entiendo nada.

    Este es Alex, vengo a que la vea.

    ¿Estás segura?

    Cree que le estoy poniendo los cuernos, así que…

    Os llevaré a la habitación.

Durante el trayecto sigue preguntando quién está ingresado, qué le pasa, quién es Tom…pero sigo ignorándole hasta que llegamos.

    Lo siento, pero tengo que irme —se disculpa Tom—. ¿Puedes encargarte sola?

    De sobra —sonrío, me aprieta el brazo como muestra de apoyo y se va.

    Dame un motivo por el que no tenga que partirle la cara.

    Es un amigo que me está ayudando a llevar esto —digo tajante.

    Ya…un amigo…

    ¿Quieres dejar tus estúpidos celos parte y centrarte? —le grito y veo el deseo junto a la confusión en sus ojos— Ahora vas a estar siempre detrás de mí y no vas a hablar si yo no te lo permito ¿entendido? —asiente.

Entramos en la habitación y Lily mira vagamente. Cuando ve que soy yo, sonríe con esfuerzo e intenta alzar los brazos, pero me apresuro a abrazarla para que no se esfuerce. Ayer tuvo una sesión de quimioterapia y está más débil que de costumbre.

    Hola, cariño. ¿Qué tal te encuentras hoy?

    Ahora mejor —me mira y la beso la frente—. ¿Quién es ese?

    Es un amigo. Para mí es muy importante, así que necesito que le conozcas ¿te importa?

    ¿Cómo se llama?

    Alex. ¿Quieres conocerle? —dice que sí con la cabeza y hago una seña para que él se acerque. Lily no suelta mi mano.

    Ten cuidado con lo que dices —le advierto.

    Hola, peque. Alice me ha hablado mucho de ti, pero en persona eres mucho más guapa —se sonríen.

    Pues a mi no me ha hablado de ti —él me dirige una mirada y me encojo de hombros.

    Yo soy Alex, su…

    Amigo —añado rápidamente—. Mi mejor amigo.

    Yo pensaba que era Tom. Como habláis tanto y estáis siempre juntos…

    No, amor. Tom es tu médico y hablamos de cómo te vas a poner buena, eso es todo —Alex me pide permiso para hablar con la mirada y se lo concedo.

    Conmigo también habla mucho y te aseguro que pasa más tiempo conmigo que con él. Pero tú nos ganas a los dos juntos —se arrodilla al lado de la cama—. Siempre está hablando de lo mucho que te quiere y en cuanto tiene un rato libre viene a verte.

    ¿Por eso estás aquí?

    Claro, cariño. De todas formas también voy a venir esta noche.

    Así te pondrás buena mucho más rápido. Entre ella y yo te vamos a tener entre algodones, ya verás. Como una princesa —vuelven a sonreírse.

Me fata el aire, las lágrimas me taponan los pulmones en vez de los ojos, así que salgo casi corriendo de la habitación al pasillo para eliminar la sensación de estar ahogándome. Me apoyo en la pared al lado de la puerta, lo suficiente para que no me vean llorar ninguno de los dos. A la salida me ha parecido oír a Alex llamándome, pero como no sale, descarto la opción.

Cuando consigo calmarme Tom pasa por el pasillo y se detiene en frente mía.

    ¿Te encuentras bien?

    Sí, solo necesitaba algo de aire —alzo la cabeza y me limpio el maquillaje que se ha esparcido por la cara con las lágrimas.

    ¿Te acuerdas que me dijiste que no estabas segura de si le querías? —señala con la cabeza a la ventana que enseña la habitación.

    ¿Por qué lo dices?

    Porque yo sí estoy seguro —hace una pequeña pausa antes de volver a hablar—. ¿Le cae bien a Lily?

    Han congeniado muy rápido, parece como si se conocieran desde hace tiempo.

    Y te has acordado de lo que la pasa y cómo él puede ser un apoyo importante ¿no?

    ¿Cómo haces para leerme la mente? —intento sonreírle.

    Tengo práctica. No te preocupes, ella es fuerte y lo superará. Muchos niños lo consiguen.

    Pero otros muchos se quedan en el intento. ¿Has visto cómo está? No puede ni con su cuerpo. La cuesta respirar y no puede hablar —me desespero y vuelvo a llorar al recordar el terrible porcentaje de niños que mueren por esta terrible enfermedad.

    No llores más —intenta consolarme—. Mañana estará mejor, ya lo verás.

    Y volverán a darla quimioterapia y empeorará. Ya soy mayor para entenderlo, el problema es que a veces se me viene todo encima.

    Pues eso ya no va a pasar más —nos interrumpe Alex, que me dedica una gran sonrisa y un abrazo—. Siento todo lo que te dije, no te merezco —vuelve a abrazarme.

    No digas tonterías. Gracias por todo, en serio. No sabes lo que significa para mí.

    Gracias a ti por presentármela. Por cierto…no me has dicho su nombre. Ni que tenías una hermana —remarca.

    Lily —sonrío y me besa. Tom se ha marchado—. Y técnicamente no es mi hermana. La conocí hace unos meses y no he podido evitar quererla. Desde entonces me he hecho responsable.

    Te ayudaré con los gastos, te lo juro. Yo pagaré el tratamiento.

    ¿Sabes qué la pasa?

    No me hace falta, se va…

    Leucemia —le corto—. Y el cabrón de su padre se la transmitió.

    ¿Eso puede hacerse?

    Va en los genes. A él no le afecta pero a ella…

    ¿Es mal padre?

    Luego te cuento, ahora hay que volver —le cojo de la mano y entramos en la habitación de nuevo—. Cariño, tenemos que irnos. Te prometo que más tarde vuelvo ¿vale?

    Vale. ¿Vas a venir con Alex?

    Si tú quieres que yo venga, así lo haré —la contesta él poniéndome la mano libre sobre el hombro.

    Al.

    Dime —me hace un gesto para que me acerque.

    Le gustas —me susurra al oído.

    ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho?

    Se le nota —sonrío a ambos y me separo cuando se acerca Alex después de que se lo indique. Le susurra algo al oído y consigo captar lo que él responde.

    ¿Seguro? —ella asiente con la cabeza y vuelve a susurrar— Yo lo intento. Luego te cuento qué ha pasado.

    ¿Qué os traéis entre manos? —interfiero.

    Cosas nuestras —me responde Lily.

    ¿Cómo que cosas vuestras bichejo? —me suelto y la hago cosquillas hasta que la da un ataque de tos—. Lo siento —la besamos en la frente y nos vamos.

Andamos cogidos de la mano por los alrededores del hospital y nos sentamos en un banco cercano a una pequeña laguna artificial no muy lejos de la actividad frenética que se nota en el hospital. En esos lugares se mezclan demasiadas emociones y este lugar da rienda suelta a soltarlas con el resto de gente que hay por la zona.

Me pasa el brazo por los hombros y me recuesto en su pecho.

    ¿Te quedas a dormir aquí?

    Normalmente sí. Cuando me dejas después del trabajo vengo aquí, comento las novedades y estoy con ella.

    Podemos hacer turnos si quieres. Así no estás tan cansada porque, ¿cuánto tiempo llevas sin dormir bien?

    Dos semanas —digo con un bostezo y cerrando los ojos.

    Pues esta semana me quedo yo para que duermas algo.

    Es mi hermana, voy a quedarme de todos modos.

    Entonces me quedaré contigo.

    Es duro. Hoy estaba débil, pero no la dolía. Intenta soportar una noche de esas. Te vuelves loco —me acaricia el brazo con la yema de los dedos.

    ¿Grita?

    No, eso es lo peor. Por no hacerme daño a mí se lo aguanta todo y llora o me aprieta la mano. A veces incluso ambas cosas.

    ¿Y no tiene familia para que te ayude?

    No…—respondo sin ganas.

    Venga, dime algo más. Antes has insultado a su padre y creo que te has quedado ahí por si te oía alguien.

    No hay nada que decir.

    Algo habrá —insiste.

    Están muertos. ¿Contento? —a esto le sucede un vago resumen de lo que ocurrió y la situación en la que se encuentra ahora su padre.

    Con lo que dijiste antes te has quedado corta. ¿Cómo puede hacer eso?

    Hay gente que no tiene corazón. Mi opinión es que está loco.

    Y tanto… ¿lo has visto alguna vez?

    Sí —vuelvo a recostarme, el sueño está pudiendo conmigo y siento cómo se acerca lentamente.

    ¿Cómo? Está en la cárcel.

    Le hice una visita. Le saqué el tema de Lily y se preocupó, pero al instante me dijo que siempre le había fascinado el fuego y me provocó para que le pegase.

    ¿Por qué haría eso?

«Porque soy poli»

    Ni idea. Te he dicho que estaba loco —es en ese instante en el que me rindo y dejo que el cansancio tome posesión de mí en forma de un profundo sueño.