Llevo lo que me parecen horas
intentando dormir, dando vueltas en la cama llena de impotencia. Paulie se ha
negado a discutir más, lo que entiendo, pero necesito desahogarme. Sólo doy
gracias a que Alexander se encuentre lejos, nos dará tiempo para pensar qué
decirle. Sigo sin tener claro qué ha ocurrido, yo actué en defensa propia, y
aunque me siento orgullosa de no haber matado a nadie y de haberme controlado,
no entiendo por qué el joven comenzó con la pelea; puede que sea irascible y
orgulloso, pero también que piensa las cosas antes de hacerlas —la mayoría de
las veces—, y sabe que hacer eso conllevaba un gran riesgo de que ocurriera
exactamente lo que pasó.
Oigo pasos fuera y me tapo para
parecer dormida, no obstante, reconozco a quien entra por la forma de andar;
casi no me lo creo hasta que noto que se detiene a mi lado y me echa su chaqueta
por encima con cuidado; cuando se agacha me llega un olor férreo a sangre que
necesita toda mi concentración para no saltar a ver qué ha podido ocurrir.
Sabía que irse era mala idea; como le haya ocurrido algo quienes fueran
responsables van a responder ante mí, y si ha sido por lo que Paul ha hecho,
tampoco se librará.
Suspira y me acaricia la cara
suavemente antes de ir al baño, momento que aprovecho para abrir los ojos: tira
la corbata al suelo con rabia y se apoya en el lavabo un par de minutos,
mirándose al espejo, pero aun así sólo puedo ver un perfil de su cara y no me
da las mejores noticias: tiene el cuello de la camisa manchado con rojo y se
frota las manos frenéticamente. Me levanto de nuevo —no soporto estar quieta
con él así— para acercarme y ver que se está limpiando los nudillos de sangre,
que aunque los tiene de nuevo despellejados, es demasiada para ser toda suya.
Le toco la espalda con cautela antes de hablar.
¾
Si frotas tan fuerte te harás más daño —apenas
digo en un susurro.
¾
No me toques —se aparta súbitamente.
¾
Alex... —intento tranquilizarle.
Tiene la mirada perdida con un brillo
que no había visto antes en él pero que conozco demasiado bien. Es la misma que
solía tener tras cualquier misión complicada en la que tenía que usar la
pistola; o en la que simplemente la usaba de más por tedio. Esos ojos
reflejaban la oscuridad de quitarle a alguien la vida.
¾ ¡He
dicho que no me toques! —levanta la voz y doy un paso atrás de la impresión—.
Vete a dormir —vuelve a su tarea.
¾ No
contigo así —le giro por los hombros.
Tiene gotas rojas de salpicadura en la
cara, y en la camisa otras como si alguien sangrando se hubiera acercado
demasiado, con formas irregulares. Las manos continúan algo teñidas de rojo y
tengo mucho miedo, estoy aterrorizada de lo que ha podido hacer. Pero no es
momento para eso, sea lo que fuere él está afectado, lo que muestra su
arrepentimiento de alguna manera; es todo lo que debe importarme. Le peino con
los dedos y le acaricio para calmarle, lo que parece hacer efecto. La rabia que
ha mostrado hace un instante se ha convertido en una debilidad extrema y deja
caer los brazos a los lados antes de quedarse de rodillas abrazado a mí, con la
cabeza en mi estómago.
Es cierto que no me importa lo que es
ni lo que ha hecho, y que por supuesto es un problema para lo que vine a hacer,
pero él no es mala persona, y aunque lo fuera, su comportamiento conmigo es el
que me incumbe, y no puedo expresar nada más que ternura. Ahora soy su fuerza y
me siento orgullosa de serlo, pues él también es la mía en muchas ocasiones.
Reprimo un par de lágrimas —lo último que necesita es verme sentir compasión
por él—, le levanto con cuidado y quedamos fundidos en un fuerte abrazo durante
un tiempo que me parece interminable y fugaz a la vez, si es que es posible.
Ya está, ya se acabó el miedo que
teníamos por el otro, al menos durante un tiempo. Ahora estamos juntos de nuevo
y es todo lo que importa, él ha vuelto sano y salvo e igual que siempre, para
bien y para mal.
Le limpio la cara con una toalla
húmeda y hago lo mismo con las manos antes de mandarle a que se dé una ducha
mientras yo vuelvo a la cama.
Sé que apenas he pasado tiempo de pie,
pero estoy cansada y siento que necesito sentarme; a demás, he bostezado un par
de veces y no quiero que Alex se sienta mal por mantenerme despierta cuando soy
yo quien insiste. Parece que todo mi cuerpo se ha relajado una vez que está a
mi lado, dejando aparte lo que ha podido ocurrir para que venga así de
manchado. Lo peor de todo es que reconozco esas manchas, las he visto en
demasiados casos de asesinatos, especialmente a sangre fría, y la imagen de él
arrodillado en el suelo es lo único que me hace seguir mirándole de la misma
manera; es impulsivo y quizá violento, sí, pero yo también lo era, lo sigo
siendo, y si he podido mejorar, él también lo hará con mi ayuda. No estaría mal
si intentara meterme en los menos líos posibles, creo que es casi esencial.
Al cabo de unos minutos que no sé cómo
consigo no dormirme, él aparece vestido tan sólo con unos pantalones de tela de
pijama y se tumba a mi lado. Nos apoyamos el uno en el otro, de manera que mi
cabeza reposa sobre su pecho y la suya sobre la mía, besándome la frente. Me
acaricia mientras susurra:
¾ Mon ange...(mi ángel) —me aprieta contra
él.
No oía esas palabras desde hace
demasiado tiempo, y volver a oírlas de su boca se hace más grande e importante
de lo que debería, sin embargo...He estado mucho tiempo evitando a toda costa
esas palabras, sólo con pensarlas me hacían recordar y dolían, pero ahora son
como dulce miel, una declaración oculta de que quiere seguir con esto cueste lo
que cueste. Y me temo que pienso lo mismo.
¾ Lo
siento tanto... Siento haberte hecho pasar por esto, siento haberme ido...
¾ Shh,
Alex, no tienes la culpa de nada, yo sabía en lo que me metía desde el principio,
tienes un trabajo...complicado —siento sus manos temblar cuando se pasean por
mi cuerpo—. ¿Qué ocurre? —le miro a los ojos.
¾ No
quiero que te hagan daño, eso es todo. Tengo...tengo miedo de mí; de lo que
podría hacer si te hirieran —se revuelve algo incómodo—. De lo que he hecho.
¾ ¿Ha
pasado algo?
¾ Mañana
llamaré a Miguel para que te eche un vistazo, quiero asegurarme de que estás
bien —me aparta el pelo de la cara para verme mejor.
No ha pasado desapercibido el cambio
de tema; algo grave ha debido ocurrir, pero no me dirá nada. Me protege a toda
costa, y si me dice que ha matado o herido gravemente a alguien por esa causa,
estoy segura de que creerá que le rechazaré por haber sido mi culpa. ¿Cómo
decirle que yo he hecho cosas mucho peores sin ninguna excusa; con un pretexto
falso, cuando la verdad era que pretendía sentir algo que no fuera indiferencia
y pensaba que la manera era ver el dolor ajeno, pues ni siquiera el propio lo
conseguía? Él sí que me odiaría. Pero no puedo decirle nada, aunque aliviara la
carga que se ha echado sobre sus hombros. Aunque yo tampoco es que me sienta
demasiado bien al verle los puntos del brazo del tiroteo de hace unas semanas o
los nudillos reventados.
Le beso con suavidad y al poco noto un
sabor salado que coincide con un aumento de intensidad tan repentino que me
deja sin respiración. En unos segundos que no puedo controlar, él ya está
encima de mí, levantándome la camiseta y clavándome los dedos con tarta fuerza
que duele. No es pasión lo que hay o nada parecido, sino pura rabia; por lo que
tengo que apartarle, no quiero que sea así, ya he tenido suficiente de eso. Le
beso muy lentamente y controlo la situación hasta que él toma de nuevo las
riendas y me abandono a su cuerpo una vez más.
El coche frena donde le indico, pero
Alexander le ordena que continúe y que él dirá dónde ha de pararse. Ha
insistido especialmente en acompañarme a casa a pesar de haberle repetido que
no era necesario. Sinceramente, la única amenaza que me podía imaginar son los
tipos de ayer, y él ya se ha encargado de ellos, estoy segura. Le he tenido que
decir que necesitaba un tiempo para asimilar todo, para alejarme de los clubs y
demás, y no es que se lo haya tomado muy bien. La verdad, no tiene derecho a
enfadarse, él se ha ido más de una semana a la otra punta del país y ni
siquiera me ha llamado, creo que yo puedo tener unos días tranquila en casa. No
pienso hacer mucho, hablaré con Amy para contarle lo que ha pasado (todavía
tengo que pensar qué decir exactamente sobre anoche, no quiero inculparle de
nada serio que ponga en peligro la misión, entre otras cosas) y descansaré todo
lo que pueda, anoche no dormimos demasiado —la verdad, echaba de menos ese tipo
de insomnio— y junto al resto de horas de cansancio acumuladas, creo que podría
dormir un día entero.
Lleva sin hablarme desde que entramos
en el coche, al menos escuchó mi consejo de vendarse la mano para que no se le
infectara, la playa no es el sitio más limpio, y supongo que clubs de alterne y
drogas tampoco ayudan a una herida, por superficial que sea. No obstante, a
pesar de tener en consideración mi preocupación, no llega más allá. Yo tampoco
le he hablado. Si a la segunda no me responde, es su problema.
¾ ¿Dónde
vamos? —le pregunto, mirando la casa que he dicho que era mía desde la ventanilla.
¾ A
tu casa, como has pedido.
¾ Pero...
¾ Alice,
sabes que no me gustan las mentiras. Voy a hacer como si no te hubiera oído
antes.
¾ ¿Has
estado vigilándome? —me escandalizo.
Si es verdad, estoy perdida; lo sabe
todo. Pero no puede ser, no habría ido con la farsa hasta tan lejos, me habría
delatado mucho antes de que nada de esto sucediera. Entonces, ¿cómo puede saber
dónde vivo? Paulie. Maldito traidor. Por supuesto que no podía confiar en él,
está casi tan loco como yo y es mucho más leal a Alexander, si puede conseguir
información que él considere importante, lo hará sin importar el qué. El coche
se detiene frente a la puerta exterior de la casa que nos proporcionó la Agencia
cuando llegamos. Debía ser un lugar seguro, del que nadie excepto unos pocos
conocieran la dirección y de nuevo lo he vuelto a fastidiar. Muy bien, Alice,
así es como se tira al garete una investigación de dos años.
¾ Era
por seguridad —responde sin emoción alguna en la voz; al menos habla.
¾ ¿La
mía o la tuya?
¾ Ambas.
¾ Esto
es increíble —resoplo.
En verdad estoy enfadada, pero conmigo
misma. Aunque tampoco es del todo mi culpa, sabiendo cómo es Alexander, podrían
haber puesto más medidas de seguridad. No pueden dejarlo simplemente todo a una
persona y esperar que lo solucione, es un tema serio y muy complicado como para
que lo lleve un equipo entero, así que me parece que se han pasado bastante con
abandonar el caso de esta manera con la estúpida excusa de que ''he hecho algo
parecido antes y ya le conozco, así que sé cómo atacarle''. Pues para su
información, no le conocía, ni creo conocerle. Esperaba que hiciera algo así,
pero tenía la esperanza de que confiara en mí, aunque eso es mucho pedir para
un hombre que trafica con todo lo posible: armas, drogas e incluso personas.
Me bajo del coche sin mirarle,
envuelta en un torbellino de ira. Antes de cerrar la puerta, oigo su voz:
¾ Alice
—dirijo la cabeza hacia él, pero no mis ojos—. Deja que te acompañe.
¾ No.
Por seguridad, ¿sabes? —contraataco con sus mismas palabras.
Tras dar un portazo, abro la puerta de
hierro y paso por el estrecho camino de piedra por entre el césped hasta la
puerta principal del porche. Si la primera puerta estaba abierta, es que Amy
está en casa. Bien, así acabaré cuanto antes con el trabajo y podré tirarme en
la cama a no hacer nada. No obstante, lo que de verdad necesito ahora es tomar
algo caliente —sí, me da igual que estemos en Miami, estoy cansada de tanto
calor y necesito recordar la sensación que me proporcionaba un café humeante en
pleno invierno de Nueva York; aquí incluso en diciembre tenemos que ir en manga
corta si no queremos enfermar, lo único que puede perturbar eso son los
huracanes, pero por suerte todavía no he experimentado ninguno, y espero
continuar así —y redactar mis informes particulares, con notas, hipótesis y
comentarios de Amy que me ayuden a aclararlo todo e incluso frases al pie de la
letra que haya podido oír. Creo que si me concentro seré capaz de plasmar las
operaciones de los clubs, nombres y aspecto de los hombres que veía, pero me
temo que sobre la localización de la casa no tengo nada claro, cada vez tomaban
una ruta distinta y a veces incluso me vendaban los ojos; no todos confían en
mí. Hacen bien. Tendré que pensar alguna manera segura de localización, como un
teléfono, por ejemplo —tendré que tener en cuenta que el único que Alex me
permite tener con él es el que me regaló, y estoy segura que sabrá si es
intervenido por la policía, por no mencionar que ha acabado siendo el que más
uso, tan sólo tengo que tener algo de cuidado con las conversaciones con Amy, y
así él sospechará menos de tener un móvil inutilizado—; todo esto teniendo en
cuenta que no haya inhibidores de frecuencia o nada por el estilo que me impida
grabar, usar pinganillo, etc.
Otra vez se me han vuelto a olvidar las
llaves, menos mal que me suele pasar y encontramos la manera de esconder una de
forma segura. Ponerla bajo el felpudo o una maceta sería demasiado simple, así
que pensamos que lo mejor sería ponerla bajo un tablón en el suelo del porche;
y como un tablón suelto también llamaría la atención, está puesto con un
tornillo que se puede quitar con los dedos bajo un banco de madera ciertamente
pesado; en esta misión nada es fácil. Por suerte, estoy acostumbrada a moverlo
y sólo necesito un par de minutos a lo sumo para conseguir la llave.
Al entrar, ni siquiera me da tiempo a
cerrar la puerta antes de quedarme en shock. Mi corazón comienza a acelerarse y
los pulmones se bloquean hasta que tengo que ordenarles a la fuerza que se
muevan. Eso es todo lo que mi cerebro alcanza a hacer, pues ni siquiera es
capaz de mantener las llaves en mi mano, que se caen en cuanto le miro a los
ojos. Él está mirando los papeles sobre la mesa del salón y se da la vuelta al
oír el ruido metálico contra el suelo. Me sonríe como si nada hubiera pasado,
como si el tiempo que llevamos sin vernos no nos hubiera afectado, como si
encontrarle aquí, en mi piso franco de Florida, fuera lo más normal del mundo.
¾ ¡Alice!
—exclama nada más verme. Se acerca para abrazarme, pero no le correspondo, no
soy capaz— ¿No te alegras de verme?
¾ ¿Qué...qué
haces aquí? —balbuceo.
¾ Te
echaba de menos. ¿Es que un hombre no puede pasar a ver a su prometida?
¾ No,
David, no cuando ésta está en una misión de incógnito. ¿Te ha visto alguien?
—cierro corriendo la puerta y le llevo de nuevo al centro de la estancia,
alejado de la ventana, no sin antes echar yo un vistazo.
¾ ¿Pasaría
algo si me vieran? —cambia el gesto y se pone serio.
¾ Te
he dicho que estoy de incógnito, tú no existes — ¿hasta dónde es verdad?
¾ ¿Seguro que es eso? Hay ropa de hombre en un
cuarto, Alice —su expresión me hace querer correr. Muy lejos.
¾ ¿Cuánto
tiempo llevas aquí? —doy un par de pasos atrás, intentando que no se note.
¾ El
suficiente. ¿Tienes idea de la cantidad de hilos que he tenido que mover para
conseguir tu paradero? Y me recibes como si no fuera nada, como si estorbara.
Le sostengo la mirada unos instantes.
Para mi sorpresa, no siento ni pizca de culpabilidad por lo que he hecho. No
podía contactar con él, y tan sólo he seguido lo que sentía. Incluso he
aguantado más tiempo del que me temía, he rechazado muchas veces a Alexander
por un hombre al que ni siquiera amaba; y ahora me he dado cuenta de ello. A su
lado no me espera la felicidad que pensé en un principio, tan sólo ser la esposa
trofeo, escenas de celos diarios y tener el corazón en un puño cada día que
sale por la puerta por si le destinan a algún lugar en guerra. Uno nunca lo
sabe con un soldado que no para de reengancharse. Le gusta su trabajo, igual
que a mí, y temo que somos iguales en eso, no vamos a renunciar por nada. Quizá
yo por alguien muy especial, pero tengo claro que ese alguien no es él.
Le indico que espere ahí y subo a mi
habitación, ignorando sus protestas, y con más suerte de la que me esperaba no
me sigue. Aunque me imagino encontrarlo todo revuelto, está en perfecto estado,
tal y como lo dejé la última vez. Parece que no ha tocado nada, no obstante,
con un soldado bien entrenado uno nunca puede estar seguro de nada. Cojo lo que
quiero y paso por la de Amy antes de bajar; hay una camisa de policía sobre la
cama, en la que puedo ver perfectamente el nombre y apellido de Aaron. Es la
habitación más cercana a la escalera, así que supongo que David la habrá visto
y habrá sacado conclusiones erróneas, como casi siempre. La diferencia es que
esta vez no se aleja mucho de la realidad, no en lo que a él le importa. Le da
igual si estoy con un delincuente que con un policía, mi seguridad es
secundaria cuando se trata de mi cuerpo, del cual se siente más dueño que yo.
Tiene los brazos cruzados cuando me
asomo y no espero nada bueno, mucho menos con lo que va a venir a continuación,
así que llamo a mi compañera, pero no contesta, así que le envío un mensaje
para que venga de inmediato; no quiero que me oiga pedir ayuda, tengo que
evitar al máximo que se alarme.
Aprieto el puño con fuerza antes de
encararle, cierro los ojos y respiro hondo. Todavía no sé qué decir, así que
opto por no decir nada. Le cojo el brazo, le abro la palma, y a la vez que le
doy un beso en la mejilla, deposito el anillo con cuidado. Cuando me retiro,
veo su cara de estupefacción, pero no respiro aliviada, por el contrario, sigo
en tensión, esperando una verdadera reacción. Cuanto más tarde será peor, le da
tiempo a pensar.
¾ ¿Qué
es esto?
¾ Lo
siento, David. No puedo hacerlo.
¾ ¿Qué
quieres decir? ¿No puedes ahora o...? —por primera vez parece realmente incapaz
de actuar; quizá sea algo bueno, quizá esté cambiando de verdad.
¾ No
puedo casarme contigo. Ni ahora ni nunca.
¾ ¿Entonces
por qué aceptaste? —los músculos comienzan a hinchársele y pienso a toda
velocidad un medio de escape.
¾ No
lo sé, pensé que era lo apropiado —me echo el pelo hacia atrás, me estaba
empezando a agobiar. Baja la mirada a mi cuello y casi veo cómo la ira comienza
a inundarle.
¾ ¿Qué
es eso? ¿Tienes un chupetón? — ¡maldito Alexander y su obsesión por mi cuello!
¾ David,
escúchame —intento calmarle, tengo miedo de lo que ocurra en adelante y
comienzo a buscar mi salida mentalmente—. No...
¾ ¿Es
eso? ¿Me estás dejando por otro? —aprieta los puños y me preparo para esquivar.
¾ No
es eso, David... —intento explicarme, pero me interrumpe.
¾ ¡¿A
cuántos te has tirado?! —me grita con la cara pegada a la mía.
No puedo evitar apartarme y poner los
brazos para protegerme, pero aun así consigue lo que quiere. No me golpea, eso
sería demasiado sencillo, y él está corrompido por los celos y la ira, y no me
dará la oportunidad de salir corriendo, me conoce lo suficiente para saber lo
que soy capaz de hacer, aunque tenga tanto miedo que no haya sido capaz de leer
sus movimientos, lo más sencillo que enseñan, más si conoces al agresor.
Ahora me doy cuenta de que usamos
demasiado la expresión ''quedarse sin respiración'', la usamos a la ligera sin
saber lo que significa de verdad, la angustia y el sufrimiento que se siente
cuando eso es verdad, cuando te están estrangulando y no puedes hacer nada
porque, aunque hayas sido entrenada para zafarte de situaciones así, tu
contrincante, si se le puede llamar así, es un marine diez veces más fuerte que
tú y que te saca una cabeza de altura. Al principio intento golpearle, pero
pronto me doy cuenta de lo difícil que es hacerle daño: mis golpes están
debilitados por la falta de aire y no consigo acertar, ni siquiera las patadas;
y cuando le doy en los codos para romper la tensión, sólo me baja unos segundos
antes de alzarme de nuevo. Mis pies no tocan el suelo y consigo alcanzar algo
con la mano que no distingo lo que es, pero da igual, al levantarlo para
golpearle, se me cae sin fuerza y arma un gran estruendo. Sus ojos están
inyectados en sangre, miran pero no ven; sus bíceps abultados no se relajan,
continúan dando fuerza a los dedos alrededor de mi garganta. Siento la cabeza
embotada, el oxígeno está comenzando a no llegarme, y también se refleja en mis
pulmones ardientes y vista nublada. Cada célula de mí lucha por mantenerme
despierta, pues una vez que se pierde la consciencia, todo está perdido. Mi
cuerpo comienza a no responderme, se niega a forcejear sin oxígeno y sin
correcta circulación de sangre.
No sé si soy yo que comienzo a tener
alucinaciones, pero oigo una voz familiar gritando que me suelte. Por supuesto,
David no lo escucha, está demasiado concentrado en ahogarme, pero algo le hace
cambiar de opinión. La voz se repite y cambia su atención, de manera que afloja
la prisión de sus manos y me permiten caer al suelo, libre de él aparentemente.
Comienzo a toser sin control, siento que me ahogo, pero esta vez por demasiado
aire y necesito de varios segundos para recobrar mínimamente la compostura y
parar las convulsiones de mi cuerpo por la tos. La garganta me duele como nunca
y es posible que esté dañada de alguna manera, pero la vista comienza a
normalizarse de nuevo muy poco a poco y necesito saber lo que está pasando. No
tengo tiempo para compadecerme de mí misma, he de actuar, pase lo que pase.
Alzo la cabeza desde el suelo, pues es
lo único que me responde, y, al igual que antes, no puedo reaccionar, mi mente
va mucho más lenta de lo que debería. Veo a David propinarle un puñetazo a
alguien que le tira al suelo, pero al ver la cabeza morena y el cuerpo trajeado
que se levanta placando a mi ex prometido es cuando comienzo a darme cuenta de
lo que está pasando. No sé cómo ni por qué, pero Alexander está aquí, ha venido
a ayudarme y ahora es quien más en peligro está. David no se contendrá en
golpearle, y menos cuando me pregunta, o eso me parece, en un grito.
¾ ¿Es
él? ¿Me quieres dejar por este inútil? —aprovecha que Alex ha vuelto a caer,
habiendo fallado su placaje, para darle una patada— ¡Tú! ¿Te la has tirado?
¡Ella es mía!
Continúa golpeándole frenéticamente y
sé que o hago algo o le matará. No ha dudado conmigo, así que siendo él quien
cree que es, lo hará con más ganas aún. Me arrastro por el suelo hasta llegar a
la encimera en mitad de la cocina —lo consigo gracias a que es una estancia sin
paredes y la tengo a unos dos o tres metros, por el contrario no creo que
hubiera podido dar unos pasos apenas—; tengo un arma guardada ahí como
seguridad inmediata, ahora doy gracias por ser tan precavida.
Abro el cajón indicado y prácticamente
arranco la pistola cargada de debajo, pues estaba pegada con cinta aislante. Tomo
aire para sostenerla en las manos sin temblores y grito para llamar la
atención, pero ambos están tan enzarzados en la pelea que no me oyen, así que
disparo al techo, lo que resulta bastante efectivo, pues ambos paran y se
quedan mirándome. Alex levanta las manos, lo cual aprovecha David para
agarrarle como escudo humano. Sería difícil acertar estando en plenas
condiciones, son casi de la misma altura y complexión, pero ahora es
completamente imposible. Mi garganta continúa queriendo toser, mi cabeza da
vueltas y mis músculos se quejan por la tensión y el retroceso de la pistola
que han tenido que controlar; pero aun así mantengo mi posición e incluso
consigo levantarme sin tambalearme demasiado, aunque tengo que sujetarme a un
mesa. No puedo soportar verlos así, Alex está realmente golpeado, con sangre
saliéndole de la nariz, boca y ceja, que adivino se ha partido; mientras que
David tiene apenas unas gotas en la barbilla, aunque podría decir con seguridad
que no son suyas.
¾ ¿Qué
vas a hacer, Alice? ¿Te vas a arriesgar a matarle? ¿Me vas a matar?
«Tú no tenías reparos en hacer
exactamente eso» —quiero decir, pero mis cuerdas vocales se niegan a trabajar,
me escuecen demasiado como para hablar, ya las he forzado con ese grito y no
están dispuestas a repetirlo. Entonces hago lo que, quizá no sea más
inteligente, pero es una salida a fin de cuentas. Disparo de nuevo al techo
tantas veces como son necesarias para vaciar el cargador excepto dos balas que
mantengo por seguridad. Con tanto alboroto, seguro que la policía estará aquí
en menos de cinco minutos, y si tenemos suerte, acompañados de al menos una
ambulancia. Ambos me miran desconcertados, pero Alex es más inteligente y se
escurre entre los brazos de su captor, aprovechando la confusión, para llegar a
mi lado, al resguardo de la pistola.
Cuando se apoya en mi hombro y se
dobla de dolor, no puedo contenerme, y a pesar de que mi ex prometido tenga las
manos en alto en señal de rendición, le disparo.
Ha hecho daño a lo único bueno que me
estaba sucediendo últimamente, aunque sea lo mismo que me da los dolores de
cabeza, pero es a fin de cuentas a quien quiero y por quien daría la vida. Me
asusta pensar esto, dado al futuro que nos espera, pero es la verdad, me guste
o no. Nunca pude decir lo mismo de él, llegué a pensar que le amaba, pero sólo
era comodidad ante el mundo, era fácil aparentar sentir felicidad delante de
los demás, incluso engañarme a mí misma respecto a todo. Por eso una parte de
mí seguía odiando a Alexander, porque amenazaba mi perfecta y falsa calma.
David cae al suelo fulminado y reprimo
un grito. ¿Qué ha pasado? Sí, le he disparado, pero no he apuntado a ningún
sitio vital, y aunque hubiera fallado por mi pulso inestable, desde luego no
habría sido mortal. La pistola se desliza entre mis dedos hasta chocar contra
el suelo; pero en la pequeña burbuja de incredulidad que se forma a mi
alrededor hay algo que me llama la atención: un hombre. Mi mirada se divide
entre él y el cuerpo boca abajo, y cuando Alex se mueve hasta el que empuña el
arma, me decido por asistir a David. Por suerte, no le ha disparado más veces y
continúa vivo, pero me temo que no por mucho tiempo. Presiono la herida
mientras el capo tira de mi brazo, intentando separarme, pero no pienso
dejarlo, no de esa manera tan rastrera. No ha demostrado ser el mejor de los
hombres, pero ¿qué sería yo si le dejara morir?
— Al,
muévete, hay un coche esperando —prácticamente me grita.
— Hay
que llamar a una ambulancia.
— Lo
haremos, pero tenemos que salir de aquí.
— Vete
tú, lo único que te faltaba es que te encontraran con un tipo a punto de morir
—consigo enlazar un par de pensamientos—. Esta es mi casa, diré lo que ha
pasado, que yo le disparé. Dame tu pistola y llévate esta.
Le ordeno al matón y comprende
exactamente a lo que me refiero, por lo que obedece sin rechistar y consigue
sacar a Alex de allí entre protestas después de intercambiar armas. Le oigo
jurar que vendrá a por mí en una hora, cuando la policía ya lleve tiempo, para
no levantar sospechas.
Mientras, mis manos y mi ropa
comienzan a teñirse de sangre, una sangre que jamás esperaría ver más allá de
un corte con un cuchillo o al afeitarse, cosas cotidianas que no sé si tendré
alguna vez en la vida.
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