Oigo mi nombre detrás, pero al reconocer la
voz que lo pronuncia, decido continuar, aunque he de decir que no me desagrada
del todo. Prefiero no esquivarle, va a acabar encontrándome y mejor que sea él
a cualquiera de sus matones. Me dejo alcanzar parándome en mitad de la calle;
él me mira a los ojos, o lo intenta entre tanta gente, y se acerca lentamente
esquivando a los paseantes que nos separan. Cuando estamos a la misma altura,
no se atreve a tocarme por miedo a que me enfade, y aunque me parece incluso
tierno que resista lo que quiere hacer por mí, así está bien, quiero ser yo
esta vez quien dé ese paso, pero él debe hablar primero.
¾ Sólo
hay dos cosas que protejo en mi vida: mi negocio y a ti. Pero sólo daría la
vida por una de ellas, y tiene unos preciosos ojos azules que anulan el resto
del mundo cuando los veo.
Tomando aire, bajo la cabeza. No sé si
está bien que me iguale a sus negocios, al menos sé que soy lo suficientemente
importante, pues lo segundo que ha dicho me ha dejado sin aliento. Ojalá
alguien más lo hubiera oído, así verían que no es el hombre cruel por el que
quieren hacerle pasar. Pero no, este es un momento íntimo en el que el resto de
la calle ha desaparecido, tan solo somos nosotros pasando desapercibidos entre
la multitud. De otro modo, sin gente alrededor que nos tape y dificulte las
fotografías, escuchas o cualquier otra cosa que pueda captar el momento, jamás
lo habría dicho. Y posiblemente yo tampoco habría tenido intención de
contestarle; sin embargo, no sé qué decirle, siento que cualquier cosa que
salga de mi boca va a estropearlo.
¾ Al,
mírame —se agacha para verme la cara, pero le esquivo—. Al principio me dijiste
que para que funcionara ambos tendríamos que aportar lo mismo, y yo ahora te
pido que cumplas la promesa.
¾ No
es así de fácil, no somos una pareja normal, rompemos promesas, nos hacemos
daño, pero aun así seguimos juntos.
¾ Porque
amamos de manera diferente —suena desesperado y me coge la cara entre las
manos—. Reconozco que he sido una persona despreciable contigo, y estoy
tratando de enmendar esos errores. He ordenado que te hicieran daño porque era
un cobarde, y si no fuera por mí no estarías en todo esto, así que lo único que
puedo hacer es tratar de protegerte. Y
quizá no sea de la manera más correcta, pero es lo que sé hacer.
Al no contestar, me besa suavemente,
pero no me veo con ánimos de devolvérselo. Nuestro problema es que somos
iguales y me niego a aceptarlo e insisto en que él haga lo mismo, pues la única
persona que protegí con ahínco acabó muerta, precisamente por el empeño que
puse. Si no me hubiera cegado con esa idea, hubiera visto que su mayor amenaza
era yo. Yo soy la única culpable de su muerte aunque lleve años negándolo y
echando las culpas a su padre o a Ronald Moore. Dejé morir a mi hermana.
Cuando me rodea con los brazos, no me
aprieta contra él como siempre hace, sino que me besa la frente y acaricia mis
costillas con cuidado.
¾ ¿Te
duele? —dice, recordando el gesto de dolor de antes.
¾ Estoy
bien. ¿Cómo va tu brazo?
¾ Poco
a poco —me coge por los hombros y, tras echar un vistazo atrás para asegurarse
de que nadie nos sigue, echamos a andar.
Amy seguramente nos haya visto y
prefiere no intervenir, pero no me cabe duda de que mantiene sus ojos en
nosotros un buen rato. Me dejo llevar por él, parece que sabe a la perfección
adónde nos dirigimos, y sé que no es a ningún sitio que me desagrade, sino todo
lo contrario; me conoce demasiado bien para ello. Por el contrario, si yo
tuviera que hacer lo mismo, no sería capaz, de nuevo él está por delante, y no
sé si es por mi miedo a llegar más allá o porque sabe esconderse muy bien;
seguramente ambos.
Para mi sorpresa, acabamos en unos
grandes almacenes. Le miro extrañada mientras andamos por los pasillos, no solo
por el lugar, sino porque continuamos de la mano a pesar de las cámaras de
seguridad —que analizo disimuladamente, es una manía o costumbre, como se
prefiera llamar—. Se quita la americana y se afloja la corbata, así que yo me
pongo en frente para quitársela por completo y me la guardo en el bolsillo
antes de desabrocharle un par de botones de la camisa. Así parece algo menos
formal, más joven, y podemos dar la sensación de, por al menos un momento, ser
como el resto. También atraeremos menos miradas, y no sería tan incómodo. Me
coge por las caderas y me besa el cuello, haciéndome cosquillas cuando murmura:
¾ Si
lo que quieres es quitarnos la ropa, en la segunda planta hay un probador
bastante grande, aunque yo prefiero los pequeños —me empuja poco a poco, pero
no veo hacia dónde.
No puedo evitar sonreír, echaba de
menos esto de él. Ha estado tan centrado en protegerme, en mantenerme alejada
en vano de su mundo que, por suerte o por desgracia también es el mío, ha echado
a un lado la verdadera vida en pareja, en todos los aspectos. Y a ser sincera,
yo he hecho lo mismo, aunque también tenía demasiadas cosas en la cabeza y en
el corazón; ahora, simplemente, he aprendido a apartarlas y Alex me hace
dejarme llevar, sin quererlo me está enseñando a vivir de nuevo.
¾ Sabes
mucho, ¿no? —me río.
¾ Casualidad
—responde igual.
¾ Pero
no me has traído para eso.
¾ Puedo
cambiar el plan —le aparto suavemente y entiende el mensaje de inmediato—. Está
bien —dice con un suspiro—, ¿ves esto? —coge un reloj de muestra de un estante—
Quince dólares que no son nada, pero si sabes lo que quieres, es un tesoro. Si
lo que buscas es un subidón de adrenalina, da lo mismo que robes un reloj de
plástico de un maniquí a que pases droga o que te hagas pasar por prostituta.
¾ ¿Es
lo que tú haces? ¿Robas para un subidón? —lo pronuncio en tono de burla, aunque
su expresión seria me dice que no está de broma.
¾ Cuando
abusas de algo, acaba por resultarte indiferente. Estoy tan harto de hacer a
diario lo que la gente común hace para buscar riesgo y adrenalina, que nada es...excitante
—tiene la mirada perdida.
¾ ¿Nada?
Engancho los dedos en las trabillas
del pantalón, hablando con los labios pegados a los suyos, atrayendo toda su
atención. Quizá por eso cambiaba tan a menudo de amante, por eso se ha
reprimido conmigo en ese aspecto, no quiere descubrir que le pueda ocurrir
conmigo y cambiar todo. No he sido la única que ha pasado por cosas duras, y
creo que por eso continuamos juntos, comprendemos lo que el otro siente,
entendemos el dolor más profundo porque lo hemos sufrido muy jóvenes, vemos que
el mundo sí es blanco y negro, todo gris acaba decantándose hacia uno de los
dos extremos. Entiendo que no me haya contado sus cosas, yo tampoco le he
contado las mías, simplemente es difícil volver a traer el pasado a nuestro
lado y evitar que nos afecte. Agradezco que no haya insistido en las
cicatrices, por ejemplo, pues serían muy difíciles de explicar desde Du'
Fromagge, y desde Sanders me tomarían por loca, y con él sería imposible, ella
no existe o no es nadie de quien preocuparse a no ser que se inmiscuya en sus
asuntos, que en ese caso debería tomar medidas. Espero no saber nunca cuáles.
Le beso suavemente la mandíbula más
para eliminar cualquier pensamiento racional de mi cabeza que por él, se la
recorro así mientras le atraigo a unos probadores cercanos que he visto antes
—la experiencia me ha enseñado que nunca está de más fijarse en los máximos
detalles posibles de donde te encuentres, por si tienes que escapar—; crispa
los dedos alrededor de mi cintura, clavándomelos con fuerza, pero me da igual,
sólo quiero besarle, alejarnos de todo y perdernos el uno en el otro. Me alza
la barbilla una vez dentro y con el cerrojo echado para mirarme a los ojos; nos
mantenemos unos instantes interminables así hasta que prácticamente se lanza a
besarme con la mano en el cuello. Sus ojos no tienen ternura o cariño siquiera,
parecen estar nublados, ausentes, como si buscaran en los míos algo que le
ancle a mi lado. Voy a dárselo lo mejor que sepa, voy a mantenerle lo más cerca
posible todo el tiempo que se me permita. El beso es feroz, no sé si de rabia o
algo parecido a la pasión, pero no es ni mucho menos tranquilo o delicado; pero
yo tampoco lo rechazo, sino que respondo de igual manera, agarrándole por los hombros
para juntarle más a mí. Ambos queremos lo mismo, es obvio cuando baja a besarme
el cuello y tira de la blusa hasta que, simplemente dejando los brazos muertos,
cae sin problemas. Tengo que entretener mis dedos desabrochándole la camisa
para que no se contraigan demasiado y le clave las uñas. Quiero que continúe y
así hace, para bien o para mal, pues siento donde me toca pequeñas cuchillas
que recorren todo mi cuerpo, activando cada nervio. Apenas roza las cicatrices,
pues sabe que es algo de mí que no me gusta y me incomoda, y no quiere
estropear el momento, pero tampoco le hace detenerse ni mucho menos. Se
entretiene en mi cuello mientras me desabrocha el pantalón, el cual en cuanto
mete las manos para agarrarme el trasero, cae de inmediato. Me arqueo para
sentirle aún más, para quemarme con su fuego, aunque no sé quién se quemará
antes; mis manos en su espalda, recorriendo cada trazo de sus músculos en
movimiento; mis piernas en torno a su cintura cuando me coge por los muslos; y
mi boca besando la suya o mordiéndome el labio cuando él no me corresponde.
Enredo los dedos en su pelo para que eso no ocurra, pero la sed que me provoca
tampoco la aplaca, es tanto el remedio como la enfermedad, me corroe por
dentro. Nuestros movimientos se vuelven torpes, nerviosos ante tanto que hacer
y con tan poco tiempo; sin embargo sabemos exactamente lo que queremos y
deseamos más, no pararemos ninguno de los dos, ni siquiera aunque pudiéramos.
Estamos tan dentro del otro que no pensamos por nosotros mismos, nos centramos
en complacerle, pero ni siquiera tanto como, egoístamente, en buscarle para
conseguirlo para nosotros. Yo no quiero soltarle ni él a mí, de manera que nos
apretamos el uno contra el otro, haciéndonos incluso daño con las manos como
tenazas para sentirnos al máximo, pero el dolor no existe; mis uñas han acabado
en su espalda, no soy capaz de controlarme, y él me sube las manos para
ponerlas contra la pared, para tener el control, y yo se lo permito, o al menos
de momento, ya que es a lo que ambos estamos acostumbrados. Estoy prácticamente
inmovilizada, pero mi confianza en él es plena, dependo de lo que haga al
completo, y a pesar de ello me encuentro mejor que nunca; ambos estamos
cómodos, al menos todo lo que se puede estar en un probador pequeño de unos
grandes almacenes cutres.
De repente oigo un sonido bajo, amortiguado
por la ropa procedente del suelo. Por el momento me tenso, pero Alex continúa
con sus besos. Parece que también se da cuenta y murmura:
¾ Déjalo
sonar —me indica, despreocupado.
¾ No
es mío —mi móvil se lo quedó Amy, así que sólo puede ser el de él.
De repente, es él quien se tensa y me
deja caer al suelo. Empieza a revolver la ropa hasta encontrar la chaqueta y
sacar del bolsillo interior el teléfono. Para él, acabo de desaparecer, ni
siquiera se ha preocupado de si he caído bien o de sí las costillas magulladas
se han resentido, que ya digo yo que bastante, cuando me ha soltado. No puedo
evitar hacer una mueca y llevarme la mano al lugar del moratón, pero aun así no
me presta atención, está concentrado en la llamada. Frunce el ceño en cuanto
coge el teléfono, y tras asentir un par de veces y decir que se pone en marcha,
cuelga y me pasa la ropa mientras con la otra mano se abrocha el pantalón.
¾ Vístete;
nos vamos.
¾ Yo
me quedo. Quiero dar un paseo con Amy, tranquilizarme un poco.
¾ Lejos
de mí, te refieres —parece que el tiempo se detiene cuando me clava su fría
mirada.
¾ Sí,
Alex —suspiro—. Quiero...hablar con una vieja amiga, hablar de Marsella.
¾ ¿Vas
a volver? —diría que hay cierto miedo en su voz, aunque pretende disimularlo.
¾ Supongo
—me encojo de hombros y trato de cerrarme la blusa con los botones que le
quedan, evitando sus ojos.
No es una mentira completamente,
quiero ir a Marsella, ver cómo me sentiría estando en un lugar que llevo
diciendo tanto tiempo que es mi hogar. A lo mejor me siento así de verdad, o me
llevo una gran decepción, no lo sé, pero quiero comprobarlo por mí misma,
pasear por las calles que he estudiado, entrar a los edificios con los que se
supone que debo estar familiarizada y hablar con la gente para ver si es como
dicen. Seguramente, cuando me retire o cuando termine todo esto, será lo
primero que haga, salir corriendo lo más lejos posible de aquí.
¾ Si
me vas a dejar, lo mejor sería que te fueras ya. Por el bien de ambos —adopta
una pose fría en insensible que duele más de lo que imaginé.
¾ ¿Vuelta
a las amenazas, Moore? Ahora sí que me voy.
No puedo permitirme ceder de nuevo,
tengo que poner mis cartas sobre la mesa. Yo no soy como las chicas con las que
ha estado antes, y él lo sabe, pero parece que lo ha olvidado, y no voy a dudar
en recordárselo. No me va a hacer nada, o al menos en un periodo de tiempo en
el cual no pueda prepararme así que confío en él, en que tendrá algo de cordura
y ya no se dejará llevar por un enfado de niño pequeño, no después de lo que
hemos pasado, de lo que he hecho por él.
¾ Es
una advertencia —me coge del brazo cuando voy a abrir la puerta—; y sabes que
yo no soy el problema.
¾ Pues
entonces no me des órdenes, estoy cansada de eso —añado en un murmuro.
¾ ¿Quién
fue? —le miro, algo confusa— Mira, si no quieres contármelo, está bien, ya lo
harás, todos tenemos algo de lo que queremos huir, pero ahora te vienes
conmigo.
¾ No
sé de qué estás hablando, ya te conté...
¾ Lo
que quisiste decirme, no la verdad. Te han hecho daño de formas que ni puedo ni
quiero imaginar; especialmente por el bien de él —adivina en lo que estoy
pensando, aunque han sido tantas cosas que ya no sé quién es el verdadero
culpable.
¾ Amy
no sabe nada —cambio de tema, no de forma muy sutil—. No quiero que se
preocupe. Dame una hora y...
¾ No
tengo tanto tiempo, Alice. Llámala —me tiende el teléfono tras pensárselo unos
segundos.
Podría mirar qué tiene dentro,
conseguir información que no podría siquiera soñar, pero ni tengo tiempo ni me
veo capacitada para hacerlo. Intentaron enseñarme a poner virus en teléfonos y
ordenadores, pero la verdad es que nunca fue lo mío, y ni siquiera lo he
intentado desde que llegué a Miami. Puedo meterme en algunos servidores que no
tengan demasiada seguridad, de hecho quizá haya abusado un poco de ello desde
que me enseñaron en la academia del FBI, pero ahora no me servirá de nada. Y
tampoco quiero traicionar la confianza que ha depositado en mí, antes ni siquiera
me hubiera dado el número, lo conseguí casi de milagro, y ahora me ha dado el
teléfono completo; si eso en él no es confianza, no sé qué lo es.
Asiento con la cabeza, cediendo, y
marco el número de mi amiga sin detenerme a mirar nada, tan sólo me fijo en que
no tiene ningún fondo de pantalla, simple negro. Él no aparta los ojos de mí, y
aunque me siento algo incómoda, hago el esfuerzo de acercarme, sin importar lo
que pueda oír. Si llamo desde un teléfono extraño es lo suficientemente
inteligente para suponer que no es una línea segura. Por suerte, me coge por la
cintura y dejo caer la cabeza en su pecho, escuchando su corazón aún acelerado,
por lo que coloco la mano libre sobre él para tranquilizarlo y me besa la
frente. Me siento horrible si pienso en todo, nada más darme su teléfono lo
primero que me ha venido a la cabeza es el estúpido trabajo.
¾ ¿Quién
es? —mi amiga coge el teléfono alerta.
¾ Amy,
soy yo. Te llamo desde... —Alex me mira para que no continúe— No importa, voy a
pasar el resto del día con Alex, y quiere que le acompañe a un sitio.
¾ ¿Dónde?
—él estaba oyendo toda la conversación, y me quita el teléfono de la mano.
¾ Alice
estará bien. Sabes quién soy, así que no tengo que decirte que tengo
compromisos a los que debo asistir y que me preocuparé por su seguridad. hablará
contigo cuando la lleve a casa.
Cuelga al instante y se guarda el
teléfono tras hablar con alguien para que nos recoja de nuevo, supongo que Paul.
Confía demasiado en él como para ayudarle a protegerme, y sinceramente, yo espero
que haga lo mismo con él. Paul es la única persona que puedo considerar como un
verdadero aliado con Moore, me ayudará a que no se meta en demasiados líos, que
no se arriesgue más de lo necesario.
Intenta salir prácticamente corriendo,
pero se lo impido cogiéndole de la cintura, una vez desenvuelto de mi abrazo.
¾ Es
de confianza, Alexander, no tienes por qué ser así con ella.
¾ Sólo
he sido directo.
¾ Y
desagradable —me mira de reojo y le dejo ir.
Es increíble cómo puede cambiar tanto
en tan poco tiempo, pasar de ser tierno y protector a frío y manipulador,
incluso. Pero yo no voy a dejarme, y no le vendría mal saberlo; de hecho se
está dando cuenta de que no me puede controlar, que no me dejo manejar, y tengo
cierto miedo de adónde pueda llevarme todo esto.
Me quedo sola en el probador más de
diez minutos sin parar de andar de un lado a otro, pensando qué ha podido
suceder para que se dé ese cambio. No cabe duda que ha sido a raíz de esa
llamada de teléfono. Evito pensar en nada malo y doy gracias cuando llega
porque estaba empezando a perder los nervios.
¾ ¿Qué
pasa? —dice nada más entrar— Alice, estás pálida —me toca la mejilla con el
dorso de la mano.
Ahora es cuando sale la verdadera Du'
Fromagge, ahora que necesito estar atenta ante lo que pase y centrada. Siempre
que pueda achacar esa debilidad, ese defecto —uno de muchos— a mi tapadera en
vez de aceptar que el problema es sólo mío y lleva sucediéndome más tiempo del
que sería capaz de admitir. No sé qué ha podido ocurrir, estaba bien y de
repente todo ha comenzado a sobrepasarme: las heridas, las dudas, el estrés por
no saber si estoy a salvo o no, las mentiras, David...
Llevaba mucho tiempo sin pensar en él,
y la verdad tampoco me siento tan mal como esperaba. Quizá no estaba tan bien
con él, quizá todo esto me ha ayudado a darme cuenta. Recuerdo cuando no podía
soportar estar más de una semana sin verle, por no decir sin hablar con él;
aunque no fue al principio como suele pasar, sino a los meses de estar
saliendo, supongo que no era amor, si lo pienso fríamente hay más
probabilidades de que fuera porque había encontrado cierta comodidad en su
presencia y no quería perder eso de nuevo. Cuando acabe todo, aclararemos las
cosas. No sé si lo comprenderá, pero al menos tendrá que aceptarlo. Debería
prepararme para cuando se lo diga, la verdad, temo su reacción más que nunca.
¾ No
es nada.
Suspiro cerrando los ojos para
calmarme; cuando los vuelvo a abrir tengo los suyos clavados y no me permite
esquivarle. Necesito preguntarle para ver si tengo razón o no, para comprobar
qué quiere de mí, porque temo que en alguno de sus bruscos cambios de humor
salga yo mal parada.
¾ Siento
haber sido así, no te lo merecías.
¾ Tienes
razón —tomo aire—. Y ahora tú te mereces una bofetada, pero como ambos estamos
recibiendo lo que no merecemos... —le doy un suave beso en los labios y abro la
puerta—. Espérame fuera.
Quiero tranquilizarme antes de irnos,
recuperar la compostura sin ningún tipo de presión. Puedo soportar que él me
vea mal, ya lo ha hecho y me temo que no será la última vez; no obstante, que
cualquier extraño me vea en un momento de debilidad como este, sería más de lo
que mi autoestima aguantaría.
Cuando la gente dice que no piensa las
cosas antes de decirlas está mintiendo, hay una pequeña fracción de segundo en
la que te preguntas a ti mismo si decirlo o no y sabes lo que pasará si haces
una cosa o la otra, el problema es que las consecuencias no son tan simples. En
ese tiempo sólo consigues rascar la superficie, sabes que algo malo sucederá,
pero no te das cuenta de cuán grave ha podido ser el error hasta que ha salido
por la boca, y es entonces cuando de verdad comienzas a pensar, y a veces ni
siquiera en ese momento.
Alex no me replica aunque quiera,
porque sabe que sería inútil, ya ha perdido la discusión antes de comenzarla.
Deja que cierre la puerta, pero enseguida la empuja y vuelve a entrar, a lo que
respondo sacando todo el aire de mis pulmones para no decirle cualquier cosa de
la luego me arrepienta.
¾ No
puedes simplemente escuchar y hacer caso, ¿no?
¾ Igual
que tú —touché—. No voy a esperarte fuera porque soy un gilipollas, y si lo
hiciera...
¾ ¿Me
darías mi espacio? —interrumpo.
¾ Es
que no entiendes que no quiero ''espacio'', ya ha habido demasiado. No voy a
arriesgarme a perderte de nuevo.
¾ Es
un probador, Alex, no voy a irme a ningún lado.
¾ Eso
pensé cuando te subiste a aquel coche.
Su mirada es tan intensa que mis
pulmones se bloquean al instante. Tiene razón, jamás se imaginaría que, tras
pasar la noche juntos, tras acostarnos por primera vez, iba a estamparme contra
un árbol y morir, para luego volver a la vida exclusivamente con el fin de
delatar a su propio padre. Reconozco que fue duro para ambos, pero al menos yo
conocía la verdad; no me imagino estar en su situación, sentirme responsable de
todo el mal que mi propio padre ha causado, incluido a quien más quiero, y
además querer vengar su ingreso en una prisión más que merecida; por no
mencionar el tiempo que ha tenido que pasar solo, recuperar su imperio desde
las sombras y expandirlo más aún.
¾ Lo
siento —es lo único que consigo articular.
¾ ¿Por
qué lo hiciste, Alice? —no hay rabia en su voz, tan solo tristeza—. ¿Por
qué...? —suspira, echándose el pelo hacia atrás antes de dejar caer los brazos.
¾ Tenía
miedo.
¾ Pero
ahora estás conmigo igualmente.
¾ Ya
no soy la cría de antes. He...hecho cosas horribles, y me arrepiento de algunas
de ellas, pero otras las repetiría hasta que no pudiera mantenerme en pie.
¾ ¿Como
mentirme?
¾ Si
con ello te protejo, no lo dudaría.
¾ ¿Protegerme
de qué? —pone una sonrisa de suficiencia— Creo que no te has dado cuenta de
quién soy, Alice. No soy yo quien necesita protección.
¾ Actitudes
así son las que meten a tipos como tú en la cárcel, así que déjame actuar por
mi cuenta.
¾ ¿Eso
hiciste con mi padre? ¿Actuar por tu cuenta? —frunzo el ceño, no estoy segura
de saber a lo que se refiere— ¿Testificaste en su contra?
¾ ¿Me
matarás si te digo que sí, aunque lo hubiera hecho a cambio de que tú salieras
airoso?
¾ Tomaría
medidas, sí, pero no esas. Dime la verdad —me agarra por los hombros hasta
hacerme daño, y reconozco que ahora sé lo que es el miedo.
¾ Intenté
hacer un trato. Él a cambio de ti, pero no lo aceptaron, así que me negué. No
quería que fueras detrás.
¾ Le
condenaron a perpetua; está en aislamiento permanente; sin visitas. Probablemente
le hayas salvado la vida no diciendo nada.
No es que se la haya salvado, sino que
se la he perdonado mirándole a los ojos. Estoy orgullosa por no haberle matado
cuando tuve la ocasión, aunque haya tenido mis momentos de debilidad en los que
me arrepentía de ello, pero así no hubiera solucionado nada; al menos así vive
lo suficiente para lamentar cada delito que haya cometido. La pena capital
raramente se aplica, hay demasiado miedo para hacerlo, y seguramente moriría en
el corredor de la muerte de todas formas con la cantidad de recursos que
presentarían en contra.
Alex parece volver en sí y afloja la
presión hasta sólo apoyarse, pero no tarda en abrazarme por completo,
envolviéndome con todo su cuerpo. Quiere aparentar que me apoya, sin embargo,
quien de verdad lo necesita es él, sobre todo cuando se agacha lo suficiente
para poner la cabeza en mi hombro; si no fuera por su envergadura y altura, se
podría decir que es un crío abandonado, y juraría que es así como se siente. No
está tan mal, somos una pareja de niños que crecieron demasiado rápido, que de
una manera u otra se han visto sin padres cuando más los necesitaban. Y a mí me
ha pasado dos veces.
Cuando se separa, me mira a los ojos y
deposita un tierno beso en mis labios.
¾ Te...
—traga saliva— agradezco todo esto.
¾ Yo
también —le sonrío, aunque no es capaz de decirlo, sé lo que era su primera
idea.
Me sorprende no ver a Paul, con su
permanente sonrisa de superioridad, esperándonos apoyado en el coche a la
puerta, como siempre. Que sea un desconocido significa toda una muestra
involuntaria de poder, lo que lo hace más intimidante. La ciudad obedece sus
órdenes, y quien no lo haga ha de temerle; y que haya aparecido tan rápido muestra
tiene una red de comunicaciones tan eficaz y rápida que muchas organizaciones
oficiales deben envidiar —llevo meses sin recibir noticias de la Agencia por
mucho que yo les envíe toda la información que consigo—, lo cual me da un lugar
por donde empezar a trabajar a fondo. Si consigo averiguar y entender cómo
funciona, un solo golpe podría hacer caer todo el negocio como un castillo de
naipes, incluidos los que estén dentro. Además, debe tener subordinados, debe
existir una cadena de mando por la que empezar a desarticular todo, porque ya
me he dado cuenta que atacando directamente a la cabeza no sirve para más que
para salir golpeado una y otra vez.
Reconozco que vamos atrasados por mi
culpa, pero no fui quien pensó que lo mejor sería empezar por Alexander en vez
de por cualquiera de sus camellos o de los que estén bajo su poder. Sin
embargo, ahora que estoy tan cerca de tener acceso a sus negocios, estoy
convencida de que iré más deprisa, lo difícil será conseguir más pruebas que mi
testimonio o, como mucho, una grabación ilegal de una conversación.
Me siento sola en la parte trasera del
coche mientras ellos hablan, aparentemente en clave, de una operación que planean
para mañana por la noche. Por suerte estoy familiarizada con todo eso, así que
me entero fácilmente: mañana, en una zona alejada de playa van a desembarcar
inmigrantes con ''mercancía'', supongo que será droga, pero no dicen nada al
respecto, tan solo que esperan no tener problemas y que habrá gente allí para
recibirles. No se les escapa ningún detalle, para mi desgracia, pero aun así mi
intención es informar en cuanto tenga un teléfono a la comisaría con la que
estamos trabajando para que envíen refuerzos y llamen al FBI, porque ellos
solos no podrán. Es posible que haya algún otro que quiera asaltar el envío, ya
ha pasado anteriormente, así que se verían en medio de un tiroteo en el que
sólo perderían tiempo y hombres.
Quizá sea algo arriesgado que informe
tan rápido, pero si queremos agilizar las cosas hay que comenzar cuanto antes
para asegurarnos de que todo sale a la perfección.
Intento recordar el camino, pero mi
mente está muy cansada después de un día tan largo y no razona correctamente; además,
siendo de noche todo es más complicado: las luces de otros coches y carteles
luminosos me ciegan en varias ocasiones y no soy capaz de ver los desvíos. Entramos
en una carretera secundaria sin luz, por lo que es imposible saber qué hay más
allá de los faros del coche. Es inútil intentarlo siquiera, así que cierro los
ojos y me relajo escuchando el sonido del motor. Sin embargo, a los pocos
minutos, oigo que comienzan a hablar de nuevo y oigo vagamente la conversación:
¾ Se
ha dormido.
¾ Pues
cállate y no la despiertes. Ha sido un día...complicado.
¾ Sí,
jefe. Sólo digo que no lleva venda —baja la voz.
¾ Lo
sé —hay un silencio de varios segundos—. Se ha entregado a un chulo y acabo de
sacarla de un calabozo; si confía en mí, yo también en ella.
¾ ¿Un
chulo?
¾ Lo
explico con todos. No me gusta repetirme —esta vez ha sonado mucho más serio.
Parece que va a haber una reunión en
la que contará lo de esta tarde. Sin lugar a dudas, me he metido en la boca del
lobo, y ahora mismo, con el cansancio, no soy más que un cordero asustado;
mientras que debería estar atenta a cada detalle. Lo intentaré, pero no prometo
nada. Supongo que habrán más situaciones parecidas, o eso espero.
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