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jueves, 13 de octubre de 2016

Capítulo 40

Dejo que Alex conduzca la mitad del camino hacia la cabaña. Le he dicho que me he chocado con una puerta y que me he encontrado con un viejo amigo, del cual era el coche, pero sé que no me cree y está enfadado por mentirle. No me responde cuando le hablo, así que no creo que venga mal una demostración de confianza por mi parte diciéndole a dónde vamos. A demás, no hace más que empeorar la situación, porque me da tiempo para pensar en qué voy a hacer en adelante, y es lo último que quiero. Ahora es momento de estar con él, de olvidarme del mundo y que sólo existamos nosotros, y con la confirmación de antes —con la colaboración de Patrick—, estoy más segura que nunca de lo que siento y quiero que dure lo máximo posible, aprovecharlo hasta el final como si fuera el último día, porque es posible que lo sea.
Sin embargo, él ni siquiera comenta mis indicaciones, se limita a conducir como si yo no estuviera a su lado. Me enfada que esté enfadado, es a mí a quien le duele la nariz, pero también quien acaba de besar a otro, aunque no haya significado nada, así que será mejor que no diga nada de lo que ha pasado, pero no se solucionará hasta que lo haga.
Espero a llegar a la casa para hablar con él, al menos será un lugar seguro en el que si cualquiera se altera no provocará un accidente. He decidido que me da igual si ve fotografías, a fin de cuentas ya ha visto a mi hermano, así que se puede figurar que es suya y que me ha dado las llaves, lo que es cierto. Me sigue en silencio mientras busco una habitación en la que dejar las maletas; no habrá problema en que sospeche que ya he estado antes, porque siento como si no fuera así: la decoración es muy parecida, quizá algo modernizada, pero las habitaciones están cambiadas. La de mis padres sigue igual, no obstante, la mía ahora es el cuarto de un bebé; la de mi hermano y la de invitados han sido juntadas y es una de matrimonio; y el sótano, que usábamos como cuarto de juegos, es otra habitación casi independiente del resto de la casa, pues hay un baño y una pequeña cocina. Sea de quien fuere la idea, debo reconocer que es buena, incluso tentadora; el sótano es tranquilo, aislado, sin problemas...pero no creo ser capaz de aguantar ahí durante un tiempo indefinido, así que me instalo en la de mi hermano, subiendo las escaleras igual que el resto. El piso de abajo es una estancia diáfana, con el comedor pegado a la cocina y el salón ligeramente alejado, presidido por una chimenea y una enorme televisión encima —un punto para el que lo haya pensado, aunque no está en mis planes utilizarla—. Desde luego que antes no era así, se parecía más a las típicas casas de las películas, antigua, sin tecnología, todo hecho de madera que cruje con mirarla... Ahora entiendo que mi hermano quiera venir, es un pequeño paraíso.
Con las maletas una vez en la habitación, bajo para encender la chimenea —no consigo encontrar el panel de la calefacción— y Alex se queda arriba, deshaciéndola y colocándolo todo en el armario, incluido lo mío. De no saber por qué lo hace, hasta me gustaría, pero sé que es para alejarse de mí, y de verdad que duele casi tanto como el golpe, que ha comenzado a hincharse y me cuesta respirar hondo. Sinceramente, aunque suene mal, espero que Patrick tenga un gran moretón por toda la mandíbula.
Cuando él baja, yo ya he colocado en la nevera la comida y la chimenea arde como nunca, y aunque estoy deseando hablar con él, no me salen las palabras. Está vestido con los pantalones vaqueros que se probó en Nueva York y una sudadera abierta hasta la mitad del pecho, dejando ver los desarrollados pectorales —no sé de dónde saca tiempo para hacer ejercicio con tanto trabajo, pero vaya si lo aprovecha— y lleva una vela en la mano que no tengo ni idea de dónde ha sacado.
¾    ¿Arriba no hay luz?
¾    Ven.
Ni siquiera espera a que le siga, lo da por sentado, y vuelve a subir las escaleras. Le hago caso sólo por curiosidad, y resulta que tengo que reconocer que sabe cómo sorprenderme. Me lleva hasta el baño principal, que está iluminado sólo con velas y tiene la bañera preparada, a demás de un botiquín abierto en el lavabo.
¾    ¿De dónde has sacado todo esto?
¾    Lo pedí en el hotel.
Deja la vela que llevaba y me coge de la mano para sentarme en un taburete que había escondido tras la puerta. Él se pone en el borde de la bañera con el botiquín y comienza a limpiarme la herida del puente de la nariz con cuidado, aún serio. Cierro los ojos y me muerdo el labio por dentro para que no se dé cuenta de que me duele aun así, sin embargo, noto que se queda mirándome fijamente y tengo que abrirlos. Se levanta de un movimiento brusco y se aleja.
¾    Soy idiota. Dejo que vayas sola y... ¡Joder!
¾    Alex, ya me conoces, sabes que iba a entrar de todos modos. No habría cambiado nada, me hubiera dado contra la puerta igualmente.
¾    Tendría que haberte protegido.
¾    ¿De una puerta? —me río— Vamos, Alex, hay cosas superiores a nosotros.
¾    Bueno, al menos sé que en casa tengo que dejarlas siempre abiertas —sonríe.
¾    Tampoco te pases —le desabrocho la sudadera, no lleva nada debajo.
Parece que está de mejor humor y aprovecho para besarle, saboreando cada sensación: el pequeño escalofrío, el posterior calor creciente, el ansia, el corazón agitándose en el pecho, mis manos inquietas por su cuerpo... Comparar siquiera sería una ofensa. Por suerte, me corresponde y acabamos en la bañera hasta que estamos arrugados como pasas y el agua fría, pero nuestros cuerpos no tienen esa sensación hasta mucho después.
Como no nos apetece cocinar, pido pizza a domicilio —tardan casi una hora en llegar, comprensible pero intolerable para mi estómago hambriento— y pasamos el resto del tiempo leyendo un par de libros de la estantería hasta que nos quedamos dormidos en el sofá, aunque por la mañana me despierto en la cama.
La nuestra no es la historia más bonita ni la más perfecta, simplemente es nuestra y con eso basta.
Durante los siguientes días, por la mañana nos dedicamos a pasear por la zona hasta que estamos empapados por la nieve o la lluvia y tenemos que volver para darnos un baño y quedarnos en la chimenea para entrar en calor —aunque también hay otros métodos, pero intentamos no abusar demasiado—; mientras que por las tardes leemos, jugamos a juegos de mesa, o simplemente seguimos frente a la chimenea, observando el fuego junto al otro y rivalizando su temperatura y ardor de vez en cuando. Con esta calmada rutina pasamos dos semanas enteras, con la Navidad y el Año Nuevo de por medio; de hecho no nos enteramos de que lo era hasta el día siguiente, a esa hora de la noche estábamos ocupados.
Sé que él ha estado en contacto con sus hombres, dirigiendo sus negocios, pero yo también he estado hablando con Amy de vez en cuando para descubrir que, con la firma de Alex en una servilleta que le mandé por fotografías, ha conseguido falsificarla y colarse en su casa como una ''limpiadora especial'' para recoger pruebas como restos de sangre, ADN, huellas, archivos... De manera que el caso ha dado un enorme avance, tal que la Agencia ha dejado de preguntar por mi paradero en comisaría y ahora escucha a mi compañera, que está consiguiendo esquivar las preguntas hábilmente —aunque tampoco sabría responderlas— y formando una operación en secreto que hasta que no la tenga completamente planeada no dirá nada a nadie, ni siquiera a mí. Supongo que Aaron será la única excepción; Alex lo sería para mí.
A diferencia de Moore, él nunca llega a saber que yo estoy usando el teléfono, pero sí sabe que le he visto utilizándolo, de manera que procura hacerlo cada dos o tres días y apenas unos minutos para ponerse al día y organizar sin implicarse demasiado y así no distraerse de lo importante en este momento: nosotros.
Por otro lado, yo me siento algo culpable, estoy pendiente de lo que diga Amy en todo momento, pues me ha dicho que será mejor para todos que no vuelva hasta que ella se encargue de Florida, y como confío ciegamente en ella, obedezco sin preguntar. Lo bueno es que mi acompañante está cómodo aquí y ninguno de los dos tiene prisa. Sin embargo, lo mejor de esto no es estar juntos, sino que me he dado cuenta de lo que es en realidad la felicidad, la estoy experimentando como hacía años que no sucedía. Ser feliz no es tener una vida perfecta, ser feliz es apegarse a la alegría y reconocer que la vida vale la pena a pesar de las dificultades, y nosotros hemos tenido demasiadas.
Finalmente, el cinco de enero decidimos poner la televisión por primera vez. ¿En qué momento se nos ha ocurrido hacerlo? Todos los canales están siguiendo la misma noticia: la imputación de un cártel que actúa por todo el país con diferentes tipos de mercancías. Los nombres aparecen en pantalla una y otra vez —Grady, Cacciatore y Hayes—, mientras que Alex pierde el color de la cara y yo me quedo sin palabras. Por eso insistía Amy que esperara para volver, quería que nos mantuviéramos alejados de ellos durante este tiempo para que no nos implicaran, a pesar de que Alex ya está hasta las cejas. Me está protegiendo, y doy gracias a que esa protección se extienda al hombre al que amo, porque no lo soportaría de otra manera.
Parece que Amy ha encontrado en casa de Moore mucho más de lo que me imaginaba, pues era difícil encontrar algo lo suficientemente sólido para imputarles, aunque no creo que haya sido la mejor idea. Ahora él estará a la defensiva y será más difícil hacerle tropezar; no es como ellos creen, no se precipitará.
Se levanta de repente y sale corriendo hacia el piso de arriba, conmigo detrás.
¾    ¿Adónde vas? No puedes hacer nada.
¾    ¡Me van a entregar, Alice! Harán lo que sea para salvarse.
¾    ¿Y crees que yendo allí vas a impedirlo? —le cojo de la mano para que se detenga.
¾    Aquí sentado tampoco —se deshace de mí de un empujón; me doy contra la pared.
No sé si ha dolido más eso o lo que ha dicho. Comprendo que se sienta así, yo también estoy nerviosa, pero no pienso permitir que me trate de esa manera cuando todo lo que quiero es ayudar, así que cuando saca un teléfono móvil de un cajón, se lo quito de un manotazo, reclamando su atención.
¾    ¿Qué coño estás haciendo?
¾    Salvarte.
¾    Alice, devuélvemelo —me acorrala contra la pared lentamente, usando su cuerpo como escudo.
¾    No.
¾    ¡He dicho que me lo des! —golpea el muro, demasiado cerca de mi cabeza.
¾    No me grites —susurro después de darle una bofetada que le hace retroceder.
No siento haberlo hecho, me había asustado y he respondido como he sido capaz, sin pensar. Se ha pasado de la raya, no voy a permitir que haga nada parecido bajo ninguna circunstancia. Ya he pasado por eso.
Sus ojos expresan todo el temor que no se atreve a decir con palabras, soy consciente de que es duro para él, pero tampoco es fácil para mí —para ninguna de las dos Alice—, y él debe comprenderlo también.
¾    Mírame, Alexander —le ordeno, seria, pues se ha dado la vuelta, incapaz de mirarme a la cara—. Si apareces ahora después de dos semanas te van a relacionar de todos modos. No sabemos si tienen algo contra ti, pero sí que creen que sigues en Nueva York. Podemos usar eso a nuestro favor.
¾    ¿Pretendes que me quede de brazos cruzados mientras...
¾    Mientras nada. No sabemos lo que ocurre, la policía manipula las noticias, ya lo sabes. Por ahora, evita...
¾    ¿Tú no tenías contactos con la policía? —me interrumpe súbitamente.
¾    Claro, por eso me detuvieron, porque me echaban de menos —respondo con ironía.
¾    No lo entiendes —se frustra, se cree que me lo tomo a broma—, no puedo comprar a tanta gente para salvarnos a ambos, lo que gano lo estoy usando para cubrirte las espaldas, yo ni siquiera puedo permitirme un abogado que le interese el caso, y la gente no me teme como para conseguirlo a la fuerza después de lo de Paulie y Coleman.
No consigo asimilar lo que ha dicho. ¿Es cierto lo que dice? ¿Se está poniendo en tal riesgo por mí? Algo me dice que tiene sentido lo que dice, es capaz de hacerlo, pero espero que no sea tan estúpido como para quedar indefenso ante la policía. Se está cavando su propia tumba, y yo seré la que eche el primer puñado de tierra.
Ha hablado tan rápido que lo que ha dicho parece irreal, como una mentira demasiado elaborada —o un hombre realmente asustado—. Tiene la respiración agitada y la mejilla enrojecida, toma una bocanada de aire cuando se deja caer sobre la cama, derrotado. Me parte el corazón verle así, débil, necesitado y sabiendo que puedo impedirlo a pesar de que sigo como una mera observadora en una tragedia protagonizada por ambos, igual que una cobarde. A fin de cuentas, sólo un gran cobarde sería capaz de llevar a cabo todo esto. Me siento a su lado y le cojo la mano a modo de consuelo, con el móvil a su alcance.
¾    Necesito que me perdones, mon ange. Sé que sólo quieres ayudar —al fin se ha dado cuenta; ya tiene un punto— y me he portado como un gilipollas —está en racha, ahí va el segundo— que no te merece —auch. Apoya su cabeza en mi pecho y me abraza como un crío en busca de protección.
¾    Ya basta —le levanto la cabeza para que me mire a los ojos—. Te quiero, y eso es todo lo que importa, no si eres rico o estás en bancarrota.
¾    No estoy en bancarrota, aunque mi cuenta está algo...necesitada después de ir de compras en Nueva York.
¾    ¿Y se puede saber por qué lo hiciste si no tenías dinero? ¿Qué era tan urgente que no podías esperar un par de meses; o tan caro? —le regaño.
¾    Lo verás cuando esté listo; y cuando sea el momento —me besa—. Pero no te preocupes por nada, esa es la cuenta estadounidense, las de...
¾    Suficiente —le corto—. No quiero saberlo.
Me sorprende haberlo dicho tan segura, pero es cierto. Es lo mejor para la seguridad de ambos, si a mí me obligan a delatarle, simplemente no podré, y tampoco serán capaces de acusarme de nada. Aunque no diga nada, puedo ver que le ha gustado el gesto, seguramente porque ha pensado lo mismo que yo y aprecia que seamos conscientes del peligro. Esto es lo que hacemos, proteger al otro hasta la temeridad, hasta el último aliento y sin tener en mente más que procurar el bienestar de quien nos interesa. Es una relación peligrosa, lo sé, casi tanto como tóxica por el mismo motivo, pero no se puede pedir otra cosa a dos críos maltratados hasta hacerse adultos; dos adultos heridos y abrazados a un cuchillo, esperando suavizar el filo a base de fe y amor, tan loco y desesperado como necesitado y sincero.
Clavo sus ojos en los míos y de alguna manera siento que puede verme el alma, sólo espero que no salga demasiado asqueado de ella, y lo pienso seriamente cuando se levanta y abre el cajón de su mesilla. Por suerte, lo que coge es pequeño y no parece nada con lo que pueda herirme —aunque no sería capaz de hacerlo—, no obstante, se queda mirándolo y se lo mete en el bolsillo tras hacer un amago de darse la vuelta y tomar una profunda bocanada de aire. Estoy tentada a preguntar, no obstante, si hay algo que sé de él, es que no dirá nada que no quiera.
¾    ¿Qué vamos a hacer? —oculto una sonrisa cuando nos incluye a ambos.
¾    Puedo llamar a Amy, por si sabe algo.
¾    ¿Tu amiga? —responde, desconfiado.
¾    Es seguro llamarla y se puede mover sin sospechas por la ciudad; conoce a un par de policías, creo, que quizá echen una mano. Mover hilos, ya sabes.
¾    ¿Por ella? —se extraña, aunque sé que está de broma, sólo quiere molestarme.
¾    ¡Oye! —le doy un golpe amistoso en el brazo y se ríe (es maravilloso oír su risa de nuevo después de lo de antes).
¾    No perdemos nada por intentarlo. 

viernes, 7 de octubre de 2016

Capítulo 39

Después de aquello, digamos que he sido invitada a marcharme del edificio por dos tipos de seguridad que fácilmente podrían romperme la mandíbula de una simple bofetada, así que será mejor que no oponga resistencia. De hecho, debería dar gracias a que no me han encerrado en algún sitio bajo tierra. No ha sido una gran idea gritarle a la jefa de todo esto, pero supongo que a veces no me puedo controlar, y juro que lo he intentado, es sólo que esa mujer sacaría de quicio a cualquiera; quería hacerme tropezar desde que he entrado en su despacho y lo ha conseguido.
¿Qué voy a hacer ahora? Con ella en contra ya no puedo posponerlo más, está claro que era un ultimátum mucho más serio de lo que me imaginé, preferiría que me hubieran echado, así al menos podría decidir por mí misma qué hacer. Lo que está claro es que la Agencia quiere deshacerse de mí, al menos durante algún tiempo, y más me vale callar y obedecer si no quiero que sea permanente y esto acabe en una caza de brujas. Tanto para Alex como para mí.
Sin embargo, todavía tengo tiempo hasta que terminen de ultimar los detalles de su plan para yo elaborar el mío propio, será complicado actuar a espaldas, pero no imposible. No. No voy a hacerlo a sus espaldas, sino a la cara, quiero que vean que soy capaz de llevarlo a cabo sola, aunque quizá no acabe bien. Tengo que encontrar a las personas adecuadas que se atrevan a desafiarles, seguro que presentando mis pruebas y un plan razonable que no implique mi muerte o secuestro, junto con algo de persuasión con ayuda de Amy, podré reunir a un buen equipo para convencer a la CIA de que mi idea es mucho mejor. Con tan poco tiempo no podré terminar con los capos que amenazan a Alex mediante una investigación a fondo, no obstante, con los micros que espero mi compañera me consiga, puedo reunir pruebas suficientes para poder presentar cargos.
Me sorprende la frialdad con la que estoy llevándolo, sin embargo, no tengo otro remedio. O actúo rápido o estoy muerta, tanto Du'Fromagge como Sanders; ambas tienen los días contados, sólo intento alargarlos lo máximo posible. Y tengo por segura una cosa: no voy a renunciar a ayudar a Alexander tan fácilmente, pienso luchar por que se haga verdadera justicia y no le acusen vagamente de lo que sea más rápido. Cada quien elige los labios que quiere besar, los ojos que quiere mirar, el corazón que quiere cuidar y a la persona que quiere alegrar, y ya que en su momento no me dieron esa opción, pienso tomarla por mí misma.
Paseo por la zona intentando pensar en una manera de hacerlo todo lo más velozmente posible, con las menores complicaciones y por supuesto sin sospechas. Dudo que sea siquiera posible, aunque no tengo otra salida. Primero tengo que arreglar las cosas desde aquí, y después conseguir una manera de volver a Nueva York; desde luego que no me esperaba que me dejaran tirada en medio de la nada. Encuentro una cafetería y pregunto la mejor manera de llegar al aeropuerto cuando pido un café irlandés. No hay mejor mezcla para despertarse que café y whiskey. Por suerte cogí la tarjeta de crédito de emergencias que me proporcionó la Agencia, y no encuentro un motivo mejor para usarla. A demás, consigo que un tipo me deje usar su teléfono móvil a cambio de pagarle la porquería que estaba engullendo; el mío está intervenido y no creo que sea buena idea conspirar con ellos escuchando. Marco el número de memoria y contesta.
¾    Amy, tengo poco tiempo, así que calla y escucha. Estoy en Langley, tenía una reunión con la jefa de no sé qué, pero me han echado. Van a matar a Du'fromagge para que Moore se entregue y pienso evitarlo, pero no sé cómo.
¾    Espera, ¿es en serio?
¾    Te he dicho que tengo poco tiempo, le he pedido el móvil a un tipo. Voy a estar unos días sin contactar con nadie para pensar las cosas y espero que él venga conmigo, así que su casa estará bastante libre de seguridad.
¾    Explícate, Alice.
¾    Necesito acabar el caso antes que ellos, y no puedo hacerlo sola si también me tengo que esconder para que no me secuestren.
¾    ¿Crees que lo harían sin avisar?
¾    La duda ofende. Vale, voy a dibujarte cómo llegar al dormitorio de Alex para que le eches un vistazo. No sé si la pistola seguirá ahí; cada segundo cuenta.
¾    ¿Y se puede saber cómo voy a entrar?
¾    No lo sé, aún estoy en ello. Quizá su firma te es útil —dudo.
¾    A lo mejor —responde, pensativa—. Todavía no tengo la orden para los micros, pero intentaré conseguirla cuanto antes. ¿Hasta cuándo tengo?
¾    Tampoco lo sé. Es una locura, soy consciente, pero te necesito. Tengo miedo de lo que puedan hacerme con tal de conseguir meter a Alex entre rejas.
¾    Está bien, tranquila, yo me ocuparé de todo. ¿Qué hago si consigo la pistola?
¾    Averigua todo lo que puedas. Cuando vuelva a Miami trazaremos un plan para hacerlo en una semana, como mucho. No puedo evitarlos por más tiempo si de verdad quieren cogerme.
¾    Siento aguarte la fiesta, pero si quieren localizarte lo harán de todos modos.
¾    Ahí entras tú. Piensa un plan viable y preséntaselo, no pienses en mí, yo me encargaré de mantener a Moore lejos. Si tu plan es mejor que el suyo, lo aceptarán, o si se manchan menos las manos —y así ella ganará puntos para un posible ascenso—. Te lo enviaré a la comisaría cuanto antes.
¾    Ten cuidado.
  
La verdad es que me da igual lo que piensen de mí, mucho más después de lo de hoy. Haga lo que haga sé que no le va a gustar a los de arriba, no con lo que estará diciendo la tal Meghan de lo que he hecho y dicho, que seguro que adereza las palabras con algo de maldad para hacerme ver incluso peor. No es que fuera mi sueño ascender en la Agencia, pero tampoco vendría mal algo de confianza extra en mí. Aunque si lo pienso, dudo haberla conseguido de cualquier manera, con echar un vistazo a lo que he hecho en esta misión sería suficiente para suspenderme como mínimo; se supone que siendo policía tengo que respetar la ley en todo lo que me sea posible teniendo en cuenta las características de mi misión, pero yo no he tenido ningún reparo en delinquir por donde pisaba, no precisamente con hurtos, por no mencionar ayudar a un sospechoso para no añadir cargos a su lista. Si le hubieran cogido en la playa, el caso podría haberse cerrado. No estoy segura de que mi inmunidad cubra todo eso, aunque por el momento nadie lo niega, pues todo lo que he recibido ha sido una llamada de atención. Algo me dice que va a cambiar dentro de nada. Ha sido contundente, eso sí, pero a fin de cuentas no piensa usarlo en mi contra si obedezco con la cabeza gacha y la boca cerrada. No obstante, para variar, no pienso hacerlo. En verdad no sé por qué exactamente, sería lo mejor para mí, pero hay algo que me lo impide, llámalo temeridad, estupidez o un sentido extraño de la justicia, la cuestión es que no paro de meterme en líos de los que me será muy difícil salir. Espero que esta vez sea diferente y salga tal y como lo he pensado, como Amy lo planee; siendo ella no creo que signifique ponerme en demasiado riesgo, quizá el justo para que todo vaya bien y sea creíble.
Lo que tengo que hacer ahora es desaparecer, al menos hasta saber si van completamente en serio sobre lo del secuestro. Visto lo visto, dudo que me lo pregunten siquiera. Supongo que para que todo sea ''más realista'' optarán por no avisar, así si estoy con Alex cuando suceda —lo que veo más factible, esperar a que estemos sin guardias—, no cabrá duda de que tengo miedo, porque será verdad. Qué triste que tenga más miedo de las fuerzas del orden antes que de un traficante.
Aunque, si lo pienso, lo que menos me provoca Alex cuando estamos juntos es miedo. Quizá cuando amenaza a alguien, pero sé que no me haría daño de todas formas.
Así que todo lo que me queda hacer es irme, preferiblemente con él, lo más lejos que sea posible y prudente a la vez; no puedo irme de vacaciones a Hawái sin levantar sospechas —por mucho que quiera—. Salgo de la cafetería sin que el tipo al que he cogido el móvil me vea, no me vendrá mal tenerlo a mano y le he hecho un favor, así su mujer no descubre que la ha estado engañando con una tal 'Shelby' —por desgracia he recibido un par de mensajes...interesantes en lo que me decidía a qué hacer—. Un taxi me lleva al aeropuerto y cojo el primer avión que sale al JFK, por supuesto todo a cargo de la mágica tarjeta de la CIA. Lo único bueno que he sacado en claro es que van a tapar mi estropicio, tanto en el almacén como en Miami, por lo que se podría decir que he aprovechado el día, dejando aparte que he tirado por la borda mi futuro profesional, pero para eso también se necesita esfuerzo, así que lo doy por válido.
Ante la duda si Alex me acompañará o no, decido darle algo de tiempo y paso por un restaurante de comida rápida para comer algo antes de ponerme en marcha. Puede que esté cansada y que necesite dormir para conducir bien, ya que es un viaje largo y no me apetece volver a comer comida de cafetería grasienta; a saber qué lleva. Normalmente me gusta la comida basura, pero todo tiene un límite, simplemente me he hartado.
No puedo sorprenderme más cuando, volviendo al hotel andando, me encuentro a mi querido mafioso apoyado al lado de la puerta con dos maletas a los pies y un cigarro encendido en la mano. Un cigarro. ¿Qué hace fumando?
Lo peor no es eso, sino que a pesar de todo, él se ve tremendamente atractivo, como un antiguo gánster de los cincuenta, misterioso y expectante a la par que tranquilo. Mientras que yo llevo una bolsa de papel con un refresco barato. No puedo ser más oportuna. En cuanto me ve, baja la mano del cigarro e intenta ocultarla.
¾    No has perdido el tiempo —señala la bolsa; no pasa desapercibido que es lo primero que hablamos desde que discutimos.
¾    Tú tampoco. ¿Desde cuándo fumas? —frunzo el ceño.
¾    Desde hace un rato. Tenía que encontrar una excusa para estar aquí durante horas y que no me miraran como un loco.
¾    Hubiera funcionado si no siguiera entero —se lo quito de la mano antes de que lo tire; hay cierta gracia en la imagen de verle todo el día con un cigarro encendido sin mirarlo siquiera.
¾    O si hubieras venido antes.
¾    Te dije que no sabía cuánto tardaría —no tiene ni idea de lo que me está costando no dar una calada; lo apago contra la pared y lo guardo en el bolsillo de la chaqueta—. ¿Eso es que vienes? —miro las maletas.
¾    Sí —dice soltando aire, sé que le cuesta renunciar a todo, aunque sea sólo por unos días.
¾    Entonces, ¿puedo saber por qué no me has besado ya?
Dejo que se me escape una sonrisa y él me responde con otra antes de abrazarme y pedirme disculpas por lo de ayer. Fue culpa de los dos, yo me enfado demasiado rápido y él tiene que aprender a ceder y confiar de vez en cuando, por lo que no hay nada que perdonar. Recojo las llaves del coche y permito que Alex pague la fianza —sé que le están controlando las cuentas bancarias, igual que a mí, por eso ya he pensado en librarnos del coche cuanto antes— antes de ponernos en marcha. Por suerte no es demasiado dinero, y si por ''cierta casualidad'' el coche aparece abandonado dentro de los límites de la ciudad, no habrá coste extra. Algo bueno tenía que haber en los hoteles de lujo. Aprovecho que la tarjeta de la Agencia aún sigue activa y saco todo el dinero en efectivo que permite en dos cajeros distintos después de mandar a mi acompañante a comprar refrescos con cafeína y comida a un supermercado cercano. Palpo el cigarro del bolsillo constantemente hasta que al fin decido pedir fuego y fumármelo, quizá sea el último que fume en meses, así que más me vale disfrutarlo mientras pienso en qué coche podría coger y dónde. Desde luego no en el centro, tampoco es que el Upper East Side tenga coches que pasen fácilmente desapercibidos, aunque las denuncias por robo aquí son bastante escasas, seguramente pensarán que su hijo ha cogido el coche para hacer de las suyas. No obstante, hay otro lugar en que las denuncias son ínfimas, aunque por otro motivo completamente distinto: mi amado y temido Harlem. Reconozco que llego a fantasear con quitarle el coche a mi padre, y si la cabaña hubiera tenido vecinos cerca lo hubiera hecho —mato dos pájaros de un tiro: le molesto a él y los vecinos no sospecharían—, pero finalmente opto por otra opción no menos satisfactoria y mucho más fácil: el del padre de Beth. Pensarán que se lo ha quitado algún camello por no pagar sus deudas, y de todas formas tampoco lo usan porque se encuentran demasiado colocados o borrachos para atinar con la llave, y aunque pudieran, dudo que lograran pensar en un lugar a dónde ir. Es duro pensarlo, su madre no era una mala mujer, pero se ha dejado llevar por aquel hombre asqueroso y ha tirado su vida por el retrete. Pobre Beth. Al menos tiene a Hood para cuidar de ella, y espero que Patrick entre en razón y se digne a visitarla, o si no tendré que hacerlo yo; además de obligarle.
Con el destino ya fijado, Alex cruza la carretera y tiro el cigarro al suelo, tragándome el humo —me quedaba sólo la última calada— cuando se acerca.
¾    ¿Tú me reprochas que fume y luego lo haces? —mete las bolsas en el asiento trasero, hablando sin mirarme.
¾    ¿Qué dices?
¾    Te he visto antes guardarte el cigarro y ahora lo estabas usando. ¿Desde cuándo? —es inútil que lo niegue, ya lo sabe; un secreto tan bien guardado y en dos días ya lo saben dos personas. Idiota.
¾    Siempre. Lo dejé antes de conocerte, pero acabé volviendo. ¿Estás enfadado? —nos metemos en el coche.
¾    No. Me hubiera gustado que me lo dijeras, eso sí. Debería haberme dado cuenta antes.
¾    No lo hago siempre, sólo de vez en cuando. Llevaba quizá... —hago cálculos mentales— dos meses sin nada, y cuando lo hago es uno o dos. Para aliviarme el estrés, ya sabes.
¾    Nunca he fumado, así que no, no sé, pero la próxima vez que te sientas así me hablas, no te metes esa mierda en los pulmones. Sabes que me tienes para lo que quieras.
¾    Te quiero —se deja besar con cara de asco.
¾    Si no fueras tú me hubiera apartado.
¾    Me lo temía.
Suelto una leve carcajada y arranco el coche, camino a mi antiguo barrio. Él se deja llevar sin protestas, no obstante, cuando entramos en la zona y comienza a ver los graffitis de bandas, me mira preocupado a pesar de que mi gesto continúe gélido. No puedo mostrar la mínima debilidad, no aquí, no en un nido de tiburones. Alex no sabe nada de esto, y esta vez tendrá que confiar en mí ciegamente, por mucho que me pregunte qué hacemos aquí si se suponía que íbamos a un lugar tranquilo y alejado. Pobre diablo, no sabe dónde le estoy metiendo. Puede que haya estado en tiroteos, pero esto es completamente distinto, no saber a quién te vas a encontrar al cruzar la esquina, si amigo o enemigo, y pobre del que se encuentre con el segundo y le pille de improviso, pues hoy en día se puede dar por muerto, o como mínimo por apaleado.
No me esperaba que reconociese el barrio, sin embargo, me pregunta si vamos a encontrarnos con Beth, claramente consciente de dónde estamos. O en parte.
«Algo así» es todo lo que sale de mis labios antes de aparcar al final de la calle que me interesa, paralela a la de mis padres y pidiendo a lo que sea que haya por encima de nosotros que no salgan de casa ahora mismo. Saco de la maleta una camiseta de tirantes con la espalda baja y unos pantalones anchos junto a una chaqueta igual —sabía que sería buena idea traerlos por si acaso los necesitaba— y me cambio en el coche antes de recogerme el pelo en una coleta, dejando el tatuaje al descubierto. Puede que me traiga problemas, puede que no, todo depende de quién controle ahora esta zona. Espero que The Wolves, o de verdad será un asunto serio, pues no quiero sacar la pistola con Alex delante. Él no tiene nada que se adecúe a la zona —tampoco me esperaba otra cosa—, así que le indico que no se separe de mí más de medio metro y se quite la corbata y el reloj. Asiente, confuso pero obediente, y se lo agradezco con un ligero beso. Puede ver que sé moverme con soltura, mientras que él es un cordero en la cueva de los lobos. Ojalá sea así, por nuestro bien. Igualmente, no es lugar en el que hacer preguntas, por lo que no protesta ni una vez y adopta una expresión fría, decidida, como si de verdad supiera lo que estamos haciendo.
No parece haber movimiento en la casa, pero la puerta está entreabierta y siento cómo mi corazón se acelera a medida que nos acercamos. ¿Y si es verdad que hay un camello? ¿Y si estoy interfiriendo en un ajuste de cuentas? Alex nota mi duda y me coge de la mano, sin embargo, no hace sino ponerme más nerviosa, podría sobrellevarlo si fuera sola, no obstante, con él aquí, todo será más difícil. ¿Por qué no habré cogido un coche cualquiera? Puede que en el futuro hubiera sido peor, pero ahora ya estaría de camino lejos de este lugar, y a saber qué ocurre en adelante, si la denuncia llegaría a nombre de una Du'Fromagge muerta o una Sanders exiliada.
Me freno en seco cuando se abre una ventana y, teniendo en cuenta que son corredizas, es imposible que haya sido el viento. Podría robar el coche de todas formas, aunque el resultado sería una chapuza: un puente funcionaría hasta que llegáramos o quedarnos sin gasolina, y a la vuelta no podríamos usarlo, lo que conllevaría otro robo y más problemas. No, de ninguna manera. Si empiezo algo lo termino. Y no voy a ponerle en peligro.
¾    Alex, ve al coche.
¾    No sin ti. ¿Qué hacemos aquí? ¿Así? —me señala.
¾    Uno: tenemos que cambiar de coche, después de salir en las noticias no voy a arriesgarme a que nos sigan; y dos: no llamar la atención, esto es Harlem.
¾    ¿Y por qué aquí? ¿Por qué ese? —se desespera porque no entiende nada.
¾    Porque es lo mejor —no pienso dar más explicaciones—. Pensaba que no había nadie en casa, pero ahora tengo que comprobarlo.
¾    No eres una heroína, Alice, no tienes por qué ayudar a todo el mundo —habla en tono condescendiente.
¾    A estos sí. Dame la pistola —tiendo la mano.
¾    No sé...
¾    Te la he visto antes —interrumpo—. Confía en mí, por favor —finalmente cede y me entrega el arma que se saca de la parte trasera del pantalón—. Gracias. Coge las cosas del coche para irnos cuanto antes.
¾    Espérame aquí —me agarra de la muñeca con fuerza.
Asiento con la cabeza para que se aleje, pero en cuanto está a unos pasos de distancia salgo corriendo ligeramente agachada en dirección a la casa, tal y como enseñan en la policía. No puedo evitarlo, llevo demasiado tiempo haciéndolo y lo he tomado por costumbre tanto como la temeridad o la postura a la hora de asaltar una casa, con la pistola por delante, cuerpo en tensión y sentidos alerta.
Abro lo suficiente la puerta para mirar dentro y aseguro el salón antes de continuar con el resto. Tengo que llevarme la mano a la nariz para amortiguar el olor ácido de la comida en putrefacción. O al menos espero que sea de eso. El salón tiene ropa tirada por el suelo, comida e incluso alguna jeringuilla. No es que antes fuera un cuento de hadas, pero desde luego que no se podría decir jamás que acabaría así, supongo que son los efectos de la droga. Eso y perder a tus hijos; ahora comprendo a Beth y sus ganas de escapar, yo hubiera hecho lo mismo.
Piso con cuidado de no caerme, me parece que lo más peligroso de la casa es tocar el suelo. Una vez asegurada también la cocina, sólo me queda el pasillo, así que me aproximo con cautela, escuchando con atención cualquier ruido, consciente de que si hay alguien, me habrá oído entrar. Empujo suavemente la única puerta abierta del pasillo, apuntando al espacio que me permite ver, no obstante, no llego más allá. La puerta me golpea en la cara y alguien sale, dispuesto a continuar el trabajo. Tengo que sobreponerme al dolor de la nariz —bastante fuerte, por cierto— para defenderme con un rápido movimiento, consciente de que un disparo, aunque accidental, no haría sino complicar las cosas. Ataco al agresor con la culata de la pistola directa a su mandíbula, aprovechando que trastabilla para hacer una simple llave con los brazos alrededor del cuello con él de rodillas. Noto el labio húmedo y un sabor férreo en la boca, por no decir el dolor palpitante que empeora por momentos, aunque por suerte no hay nada roto.
¾    ¿Quién eres? —gruño, forcejeando para no dejarle escapar.
¾    ¿Alice? —susurra, y por desgracia reconozco su voz.
No se me puede culpar de no saber quién era, ha sido él quien me ha atacado primero y técnicamente no es allanamiento si la puerta estaba abierta. De hecho, espero que el golpe le duela y deje marca, porque desde luego que la mía lo va a hacer.
Le suelto y se queda mirándome perplejo, no menos que yo, y me limpio la sangre de la nariz con la mano cuando me habla, la verdad es que no tengo ganas de estar siquiera en la misma habitación que él, si ya era difícil afrontar esto esquivando a la gente, así me será imposible.
¾    ¿Qué coño haces aquí? —tiene la voz irregular.
¾    ¿Y tú?
¾    Es mi casa —buen punto.
¾    He visto que la puerta estaba abierta y...
¾    Llevas sin hablarme meses, sin saber si estás viva...
¾    Patrick, de verdad que no estoy de humor para tus dramas —pruebo a abrir el cajón donde antaño escondían las llaves del coche—. Bingo.
Miro de reojo por la ventana y Alex está a punto de entrar. Lo que me faltaba. Abro una ventana y, tapándome la cara, le lanzo las llaves para detenerle. No puedo permitir que me vea con sangre, y menos a PJ, sería una situación de lo más incómoda, y estoy segura de que muchos secretos saldrían a la luz. Demasiados.
¾    Ve arrancando, ahora voy —obedece mirándome de reojo.
¾    ¿Qué estás haciendo? Ese es el coche de...
¾    Como si te importara. Mira, Pat, lo necesito urgentemente, y de todas formas no lo van a usar.
¾    ¿Por qué te fuiste sin decir nada?
¾    Trabajo. Y no puedo hablar más, pero te prometo que cuando termine intentaré ponerme en contacto.
¾    Sí, claro. Llegas un año tarde. Estoy cansado de esperarte, de aguantar que estés con cualquiera y de que no me tomes nunca en consideración. Y para colmo, apareces en mi casa para robarle el coche a mi madre.
¾    En verdad es de tu padrastro, y nunca te pedí que lo hicieras, eras tú quien se empeñaba en que podríamos ser algo. Te quiero, pero eres mi amigo y nada va a cambiarlo, por mucho que te odie a ratos.
¾    ¿Y también me vas a decir que ese tipo es del trabajo?
¾    Exacto.
¾    Te ha cogido de la mano.
¾    No te voy a dar explicaciones —le sonrío irónicamente—. Si quieres denunciarme, adelante. No sería la primera vez que nos vemos en un juzgado.
Me voy a la cocina para lavarme las manos y la cara manchadas de sangre y me palpo la nariz con cuidado. Puede que no esté rota, pero duele como si lo estuviera. Espero que Alex se crea que me he chocado con una puerta, a fin de cuentas tiene cierta verdad.
Me coge del brazo y me da la vuelta, manteniendo sus ojos oscuros en los míos, con una mirada dolida y dubitativa, con rastros de juventud en toda esa amargura. Le afecta estar aquí, lo sé, siempre lo ha evitado, y ahora, por una vez que viene, me ataca, sabiendo lo que sigue sintiendo por mí. Ojalá se digne a pasar tiempo con su hermana, podrían aprender mucho el uno del otro y, quién sabe, quizá ser la luz para salir de esa espiral de rencor. Han pasado por cosas muy parecidas y son quienes de verdad se van a entender, no yo, quien salió de aquello lo suficientemente pronto como para salvarme la vida.
Con suavidad, me acaricia la nariz golpeada y hace una mueca de disgusto, enfadado consigo mismo. Sé lo que está pensando, ahora su cabeza es un frenesí de autocompasión, odio a sí mismo por lo que ha hecho ahora y en el pasado, y miles de preguntas sobre mí, sobre nosotros. No obstante, no dice nada, se mantiene callado, concentrado en la caricia, mientras yo le miro a los ojos, esperando que diga algo que rompa la burbuja en la que estamos. El tiempo se ha detenido, aunque de alguna manera no es igual que antes, es cierto que echaba de menos a un Patrick más calmado, menos a la defensiva, como era cuando estábamos en la banda, no obstante, eso es imposible, ambos hemos crecido y madurado, y por desgracia lo hemos hecho por caminos distintos. No me hubiera desagradado haberlo hecho juntos, llegar incluso a salir y tener algo más, de hecho si no hubiera conocido a Alexander estoy segura de que hubiera pasado, y veo en sus ojos que está pensando lo mismo, o al menos algo parecido, así que no me sorprende que se acerque para darme un lento beso. Y tampoco que yo le corresponda.
Sus labios son ácidos de una manera embriagadora, provocan un cosquilleo por mi boca que hace que quiera probar más, no obstante, se trata de mera curiosidad, no hay nada que no debiera estar ahí, ningún sentimiento especial. Me hace recordar cuando las cosas eran más sencillas, cuando lo único que importaba era que no nos echaran del instituto o que no nos vieran volver a casa como una cuba apestando a alcohol. Ahora no es el hombre que tantos dolores de cabeza me ha dado durante estos años, sino el joven que se metía conmigo por ser la pequeña del grupo, quien me enseñó a usar la navaja demasiado bien, el que me ha salvado tantas veces...
Cuando quiero darme cuenta, me ha apretado contra sí y yo estoy agarrada a su camiseta, que la he manchado con la mano de lavarme la cara antes. Me gustaría decir que no sé lo que ha pasado, que estoy confusa y otras cosas que se suelen decir en estas situaciones: en las que tu novio te está esperando a veinte metros de distancia y te besas con otro, pero no puedo. Sabía exactamente lo que hacía, y no me arrepiento. No suena bien, vale, aunque he de decir que ha sido una especie de experimento. Eso tampoco lo mejora. Patrick siempre ha sido parte de mi vida, para bien o para mal, y quería saber si en el fondo seguía sintiendo algo por él, o si lo de Alex es completamente verdadero, y he comprobado que mi viejo amigo es sólo eso, un amigo. No se me ha acelerado el corazón, ni he tenido ganas de seguir por mucho tiempo, ni querer estar más cerca o cualquier otra cosa que siento cuando estoy con Alex. Ha sido raro aunque no del todo incómodo, así que supongo que es cierto que le amo, pero de una manera tan profunda y extraña que no se puede comparar a nada. Es más que un amigo, desde luego, pues jamás se me ocurriría besar a Hood con la misma intención que ahora, pero tampoco llego a sentir nada especial que marque un antes y después. Simplemente es Patrick, y es algo que nunca va a desaparecer.
¾    Lo siento —dice cuando se separa.

¾    Yo no.

sábado, 1 de octubre de 2016

Capítulo 38

Mi hermano aparca enfrente de su casa y llama a un taxi para que me recoja. Lo hubiera hecho yo antes, pero insistió en que tenía que pasar por aquí por si no volvíamos a vernos. Me hace prometer que le esperaré cuando entra en casa y me quedo apoyada en el capó, intentando dejar la mente en blanco. Descubro que es más fácil de lo que pensaba, simplemente fijo la mirada en una hoja y me dejo llevar, es tan sencillo como verla revolotear y seguirla por la calle cuando sube y baja. Sin mayor complicación. Justo lo que necesito.
¾    ¿Ocupada? —Bertie al fin sale de la casa con una sonrisa—. Si quieres vuelvo luego.
¾    No estoy de humor, así que al grano, por favor —respondo con voz cansada.
¾    Pues lo siento, porque necesito hablar de algo antes de nada. ¿Qué pasa con el tipo de antes?
¾    No puedo hablarte de ello, es peligroso. Mi trabajo es peligroso.
¾    Y, a pesar de ello, sigues. Te gusta el peligro, siempre ha sido así; por eso le quieres. Venga Al, no me mires así, sabes que tengo razón, no es solo ''trabajo''. No te molestas en discutir con alguien que te da igual, simplemente te vas —pensaba que no nos había visto.
¾    Me gusta resolver casos, no esto. Y de todas formas no puede ser —me cruzo de brazos, cabizbaja.
¾    Eso no es lo que me dicen tus ojos —me acaricia la cara—. Escucha, como abogado, o incluso hermano mayor, te diría que corrieras lo más lejos y rápidamente posible, pero me guste o no, lo que he visto no era fingido. Y un hombre que toca así a alguien jamás le haría daño.
¾    Sería más fácil así —murmuro.
¾    Necesitáis algo de tiempo libre —me pone una llave en la mano—. Los dos.
Reconozco la llave al instante. Es antigua y pesada, de una cerradura que hace demasiados años que funciona en una casa en mitad de un bosque, al lado del lago Geenwood. Solíamos ir cuando éramos pequeños a pasar las vacaciones, pero lo dejamos cuando mi hermano cumplió los quince, pues a ninguno nos interesaba estar en mitad de la nada —el pueblo más cercano se encuentra a media hora en coche, junto con el resto de casas. Nunca me interesé en demasía por ella, por lo que le ocurriría cuando cada uno fuera por su cuenta, pero parece que mi hermano sí. Supongo que uno se preocupa más por los recuerdos familiares cuando tienes la tuya propia e intentas repetir los mejores y evitar los no tanto. No lo conseguirá conmigo a su lado.
¾    Ya que no vas a pasar las navidades con nosotros... —suspira— Al menos estarás en casa.
¾    No puedo. No soy quien él cree, nada de esto existe —miro alrededor.
¾    Invéntate cualquier cosa, puedes hacerlo.
El taxi ha llegado hace un par de minutos y me abre la puerta sin aceptar que le devuelva la llave. Nada tiene sentido, no me puedo arriesgar a que haya fotografías de cuando era pequeña o ese tipo de cosas, pero si tengo cuidado podría quitarlas antes de que las viera. Es un plan estúpido, pero tan atrayente al mismo tiempo...
Nos despedimos con un fuerte abrazo que, si fuera por nosotros, no se acabaría nunca. Ahora sabe todo lo que siempre evité por miedo, para protegerlos a ellos y a mí de su rechazo y a pesar de eso, me sigue queriendo, aún resulta un gran apoyo, quizá el único seguro del que dispongo ahora.
Indico al conductor el hotel una vez cerrada la puerta para que mi hermano no lo oiga —toda precaución es poca—, se pone en marcha con las indicaciones de ir lo más rápido posible, sin importar el dinero. Me espera un buen rato de viaje, así que saco el teléfono del bolsillo para comprobar cuán roto está; parece que es sólo el cristal, por suerte, pues se enciende con normalidad, lo único distinto es que va más lento que antes, aunque tampoco es que me importe realmente. Tengo una llamada perdida de Alex; sólo una. Normalmente la pantalla estaría llena de avisos de mensajes y llamadas, no obstante, se ha dado por vencido esta vez. No sé si es para bien o para mal, sin embargo, si lo que quiere es alejarse de mí, es posible que lo consiga, pero si Langley me obliga a continuar será muy difícil. Pase lo que pase, su destino está sellado: irá a la cárcel. En cuanto antes me mentalice de ello, menos difícil me resultará llegado el momento. Reconozco que me he alejado del caso, podría seguir por mi cuenta, tampoco es que haya mucha diferencia con lo de ahora, prácticamente nos han abandonado en Florida esperando que no nos maten. Incluso podría dejarlo, irme lejos y empezar desde cero en otro país: Canadá, México o Europa incluso serían buenas opciones. Y quedarme con él a pesar de todo también, esperando que le detengan, vivir de su mano hasta entonces...tengo miedo de que sea demasiado tentador.
En el hotel, me resisto a preguntar si han entregado alguna llave mi habitación, él no dejaría tantas pistas si se fuera. El ascensor parece tardar horas, parando cada pocas plantas y yendo más lento que nunca. Reviso teléfono antes de abrir la puerta, con la esperanza de que haya algún mensaje que no haya oído, pero sigue igual. Miro a todos lados al entrar y una maleta sobre la cama llama mi atención: mi maleta. Alex no está, pero tampoco se va a ir, me está echando. Es mi culpa por decir aquello justo después de que él me hiciera la promesa de estar juntos, de insinuar que quería algo más que lo que tenemos ahora, por muy cómodo que sea —para él, al menos, y para mí no es tan fatal como lo que él pretende—; seguro que ha investigado sobre mi pasado, harto de mis evasivas, o ha preguntado a Hood y me ha descubierto. Si es eso, debo dar las gracias a seguir con vida, sin embargo, no creo que dure demasiado. Me dispongo a salir corriendo de allí, a intentar contactar con la policía o incluso la Agencia, pero un sonido aislado capta mi atención: el aire abre la puerta del baño y el sonido del agua junto con el vapor trae consigo una mota de esperanza y hace que gire la cabeza. Antes de que pueda pensarlo, echo a andar para encontrarle de espaldas en la ducha, apoyado en la pared dejando el agua correr por su cuerpo. Se da la vuelta cuando siente mi presencia; no consigo descifrar su mirada, tan sólo veo la misma incertidumbre que hay en la mía al principio, pues no soporto verle así de vulnerable por mi culpa, por no saber manejar la presión y pagarlo con él. Sin importarme nada más, elimino la distancia que nos separa de un paso y le beso. Me da lo mismo el agua, quien esté en nuestra contra, policía o mafiosos. Ahora sólo estamos los dos, aferrándonos al otro porque es lo único que tenemos seguro. Intento hundirme en el momento, dejar todo a un lado y abrazarle con todo lo que tengo, pero para ello necesito sacar lo negativo, lo que me retiene y tira de mí intentando hacerme caer; y sólo hay una manera de que eso suceda: sin quererlo, rompo a llorar en sus brazos, entre caricias y con el agua caliente ocultando mis lágrimas. Es el único sitio donde me permitiré llorar por más de unos segundos, la ducha lo hace menos importante, como si no estuviera mal sentirme tan débil. Trato de mantenerme fuerte ante todo, de sonreír a los problemas, de no dejar que algo estúpido me afecte, pero a veces es muy difícil.
Ahora, por poco que me guste, él es mi fortaleza, y espero cambiarlo, pero no hay nada malo en derrumbarse de vez en cuando, todos necesitamos sacar los sentimientos fuera, las frustraciones y preocupaciones. Se separa serio para mirarme a los ojos enrojecidos y limpiarme las mejillas con cuidado.
¾    Maldito maquillaje —le resto importancia e intento sonreír.
¾    Te estás empapando.
¾    Cada uno hace la colada como quiere —consigo que se ría—. Siento lo de antes.
¾    Lo importante es que estás aquí.
¾    Ambos.
Volvemos a besarnos, aunque esta vez con más ansia. Me ayuda a quitarme la ropa, tarea difícil con el agua cayendo sobre nosotros. Poco a poco sus movimientos se suavizan, una vez que hemos calmado el hambre del otro, pero nunca parece tener suficiente; sus manos inspeccionan mi cuerpo, su boca saborea cada centímetro de mi piel y debo hacer un máximo esfuerzo para no responderle o no saldremos nunca de aquí, por muy tentador que resulte. Sin embargo, me sujeta por las caderas cuando intento salir y suelta un quejido igual que un crío. No puedo evitar que me haga sonreír, después de tanta responsabilidad, esto es todo lo que necesito, descansar de lo importante, de la seriedad y pasar todo el día haciendo nada, tumbada con él y 'disfrutando de la vida'; quizá tenga razón mi hermano, quizá sea una buena idea a pesar de todo.
¾    Estoy hambrienta.
¾    Yo también —me muerde el hombro.
¾    No soy comestible —protesto con una leve carcajada.
¾    Lo puedo intentar.
Le beso ligeramente antes de salir con las yemas de los dedos como pasas. Meto la ropa en el lavabo mientras él se seca —y me abraza con la excusa de pasarme la toalla. Me cuesta bastante convencerle de salir a la calle, aunque no lo diga tiene miedo de que nos reconozcan y nos entreguen, sin embargo, en Nueva York hay tanta gente, especialmente en esta época, que aunque estuvieras horas buscando a alguien, no lo distinguirías aunque pasara en frente de ti. Cuando salimos ya es completamente de noche, pero eso no significa que haya menos gente, al contrario, hay incluso más que antes; el colegio se ha acabado, igual que la jornada laboral, y las tiendas amplían su horario para hacer caja. Y ahí es donde nos dirigimos. He conseguido, no sin esfuerzo, que se quite su inseparable traje y lo cambie por unos vaqueros y camiseta, y cuando le veo me doy cuenta de lo maravilloso que sería verle así a menudo: feliz, tranquilo, desenfadado...en vez de la constante tensión. Él hace una mueca al verse en el espejo.
¾    Parece que he vuelto a los quince años.
¾    Quizá no esté tan mal.
La camiseta se le levanta en el pecho y el cuello en uve deja entrever los desarrollados pectorales, que normalmente se encuentran disimulados bajo las corbatas y camisas. No obstante, las mangas son lo suficientemente anchas para darle cierta comodidad a pesar de los abultados bíceps; igual que la espalda, de la cual cae la camiseta como un manto lleno de aire debido a la anchura de sus hombros. Por otro lado, los vaqueros le hacen incluso más fina la cintura y le estilizan de una manera que un traje jamás podría.
Consigue que me muerda el labio al fijarme bien, no importa las veces que le haya visto, siempre consigue una reacción en mi cuerpo difícil de frenar e imposible en mi corazón. Me aparto de la pared en la que estaba apoyada y me acerco poco a poco.
¾    ¿De verdad te gusta?
¾    Bueno, te prefiero sin nada —le empujo dentro del probador y cierro la puerta tras de mí; él sonríe y acepta el beso que le doy.
¾    Eso se puede arreglar.
¾    Luego, tal vez. Aquí no cabemos —intento separarme, pero me aprieta contra él.
¾    Entonces tendremos que juntarnos más —me dejo besar la clavícula, incluso quitar la camiseta.
No sé lo que pasará mañana, es posible que me retiren del caso o que sólo sea una simple charla, no obstante, la Agencia no suele hacer nada parecido, así que tengo que mentalizarme por si ocurre lo peor; voy a disfrutar al máximo del poco tiempo que tengo, ya me preocuparé más adelante del caso, pues hasta que me recojan para llevarme a Langley sólo somos dos jóvenes enamorados saboreando la vida en los labios del otro.
¾    ¿Es que nunca te cansas? —consigue que se me escape una ligera risa.
¾    No de ti —no sé cómo se las apaña para cambiar posiciones—. Creo que tengo un déjà vu —murmura.
Me sonríe cuando le corrijo la pronunciación. Tiene razón, a mí me da la misma sensación de recuerdo cuando nos conocimos (o él me conoció, yo ya le había estado vigilando antes), con la diferencia que yo no estaba tan dispuesta como ahora.
¾    Al menos esta vez no te intento abofetear.
¾    Aprecio el cambio —sonríe.
Me acaricia con suavidad y me besa la frente de modo protector. Aprecio los momentos de calma como un pequeño oasis entre tanta locura y pasión, hace que lo valore aún más. Me apoyo en su pecho y escucho su corazón, deteniéndose el tiempo a nuestro alrededor. Lo único de lo que soy consciente es de nuestros cuerpos fundidos en uno, rodeando al otro como si fuera parte de nuestra propia naturaleza, y de algún modo, así es. Entonces me decido, no puedo estar más tiempo huyendo, necesito un descanso.
¾    ¿Tienes planes para Navidad? —rompo el íntimo silencio.
¾    ¿Quieres que nos quedemos aquí? —ambos hablamos en voz baja.
¾    No —niego de inmediato—. Quiero que estemos solos más tiempo, siempre que hay terceros hay problemas. Conozco un sitio al que podemos ir, pero necesito dos cosas —no dice nada para escucharme—: que me prometas que vamos a estar realmente solos, nada de teléfono o trabajo.
¾    Al, sabes que no puedo dejarlo tan fácilmente —suspira.
¾    Lo otro que necesito es que confíes en mí. Te pido que me creas cuando te digo que desaparecer por un tiempo es lo mejor, sólo por si acaso.
¾    Si abandono mis negocios ahora se irá todo a pique, no puedo simplemente irme.
¾    Yo voy a ir, Alex —me separo, seria—, y es la única opción que tienes si mañana... —me callo sin terminar, aún no he pensado qué decirle.
¾    Mañana ¿qué, Alice? ¿Qué vas a hacer?
¾    Te he dicho que yo me encargaría de arreglar todo esto —me pongo la camiseta.
¾    No merece la pena si te pones en peligro. No lo merezco.
¾    Por supuesto que sí; y lo hago por mí —murmuro—, porque no podría soportar que nada te pasara.
¾    Estaré bien —intenta acariciarme, pero me aparto.
¾    Ya. Me voy esta madrugada y no sé cuándo volveré, pero cuando lo haga espero que te vengas conmigo.
¾    ¿Es un ultimátum? —se sorprende.
¾    No lo sé.

Hace más frío que cuando entramos. Es curioso cómo el tiempo puede cambiar tan rápidamente, impasible ante los que pueda hacer daño. Resisto mirar atrás cuando oigo que grita mi nombre, sólo continúo caminando para entrar en calor; por suerte no me sigue. Camino sin rumbo, con las manos en los bolsillos del abrigo y la cabeza gacha, dejándome distraer por los ruidos de la ciudad, los cuales encuentro incluso relajantes, por loco que suene. Me hace pensar que soy parte de algo más grande, que dentro de tanta diversidad hay un objetivo común: mantener la ciudad viva. Lo que lo hace incluso más interesante es que no saben la importancia que tienen en ese objetivo; incluso yo, estando de paso, soy un eslabón indispensable de la cadena. No obstante, tiendo a salir del centro, prefiero pasear entre barrios. Me ayuda a hacerme idea de los distintos tipos de personas que pueden convivir, me da algo de esperanza saber por qué hago mi trabajo, por qué arriesgo mi vida para mejorar las suyas. No estoy segura de que merezca la pena, pero supongo que alguien tiene que hacerlo, y aunque yo no creo que sirva para ello de un modo heroico como muchos piensan que la policía es, al menos no me achanto ante una pelea o incluso una pistola; hoy en día el trabajo de policía es el que menos vocación por ayudar a los demás tiene y el que más comodidad y temeridad enlaza entre compañeros.
No sé qué hora es, pero es bastante tarde, las calles se han vaciado hace rato y lo único que queda abierto es un bar de mala muerte con el letrero de neón parpadeante —bueno, las letras que funcionan— y un callejón asqueroso que debe dar a la puerta trasera. Apuesto a que ni el peor de los camellos estaría dispuesto a citarse con su mejor cliente allí. Por eso me pongo alerta al oír ruido a medida que me voy acercando; aunque no llevo pistola ni nada con lo que defenderme, tampoco creo que una pelea de borrachos me suponga mucho esfuerzo. Me recojo el pelo, así será más fácil separarlos sin que me alcancen. Sin embargo, al asomarme, es más que eso: es un ajuste de cuentas. Hay un chaval de rodillas en el suelo y otro hombre en frente, sosteniendo una pistola con su temblorosa mano. Joder, soy un maldito imán de problemas, pero tampoco puedo quedarme de brazos cruzados. Le llamo la atención con un gesto y comienzo a acercarme a paso seguro a pesar de estar apuntándome directamente. No va a disparar, seguramente sea un camello enfadado, por la forma que actúa tiene miedo de las consecuencias de no pagar a sus jefes. El chico se gira para mirarme cuando llego justo detrás de él, pero rápidamente se centra de nuevo en el hombre.
¾    ¿No crees que llamará mucho la atención un disparo en mitad de la noche?
¾    ¡He dicho que te vayas!
¾    ¿Por qué no bajas la pistola antes de que te metas en un verdadero lío? —alzo las manos.
Sin embargo, nunca he sido buena con la negociación, prefiero actuar y luego preguntar. Mejor pedir perdón que pedir permiso, ese podría ser mi lema sin problemas. Calculo la fuerza que tengo que usar y espero que funcione la locura que estoy pensando. Me quito el abrigo lentamente para tener mejor facilidad de movimiento y miro con intensidad al agresor, retándole a disparar. No es la mejor idea, pero basta para distraerle. Normalmente, en un entrenamiento —es la única vez que he hecho esto—, tomaría aire, cerraría los ojos para visualizar mejor lo que querría hacer y entonces actuaría. No obstante, ahora no puedo seguir mi ritual, debo hacerlo confiando en que la locura y yo misma seremos suficientes para conseguirlo.
Tomo impulso, apoyo las manos en los hombros del rehén y hago uso de su espalda para dar un gran salto y caer sobre el hombre armado, con el hombro por delante para hacerme el menor daño posible. La pistola se desliza por el suelo, lo que aprovecho para incorporarme y dar un puñetazo medido en un lugar estratégico de su mandíbula, dejándole inconsciente. Al fin puedo respirar, había estado conteniendo el aliento sin darme cuenta. Recojo la pistola para desmontarla y la tiro a una basura antes de fijarme en el chaval sentado en el suelo, sin quitarme la vista de encima. Con esta luz parece latino, con rostro aniñado, aunque no sé si es por la forma que me mira o si es verdad.
¾    ¿Quién eres? —me pregunta, aún sorprendido.
¾    Du'Fromagge —digo tras dudar unos segundos, será mejor que me asocien con ese nombre; le tiendo la mano para ayudarle a levantarse—. ¿Estás bien?
¾    Sí —se sacude la ropa—. ¿Cómo has dicho que te llamabas?
¾    Te invito a un trago —respondo a la pregunta a mi manera mirándole de arriba abajo; no tendrá más de dieciocho años, y beber es el menor delito que puede cometer en este barrio, estoy segura de que tiene más aguante que muchos adultos.
¾    No sé de qué me suenas —insiste—. Tu nombre también, pero no me pega con tu cara.
¾    ¿Quieres beber o no?
Recojo el abrigo y me voy de allí sin responder ni dejar que continúe, y tal y como pensaba me sigue en silencio. En el bar atraemos alguna vaga mirada, pero nada de lo que deba preocuparme. Nos sentamos en la barra, pido dos chupitos de vodka, el más fuerte que tenga, y los sirve sin objetar nada al ver el billete en mi mano; no tiene reparos en servir alcohol a un menor, y ahora lo agradezco como si fuera yo la ilegal.
Se quita la chaqueta y remanga la sudadera hasta el codo. No puedo evitar fijarme en el dibujo del interior del antebrazo; tomo la bebida de un trago, esperando que haya sido mi imaginación, sin embargo, el lobo en forma tribal, aullando a la luna, continúa en el mismo sitio. ¿Cuántas posibilidades hay que me encuentre con un miembro de The Wolves, y a demás le salve la vida? Son tan pocas que ni siquiera mi mente paranoica llegó a tenerlas en cuenta ni de lejos. El barman rellena el vaso al indicárselo y el chico se lo bebe para igualar condiciones; estúpida competitividad adolescente. Estoy segura de que bebería hasta entrar en coma sólo por ganarme; espero que no se le ocurra, no acabaría bien. Aunque en su situación, reconozco que quizá un susto como ese le haga abrir los ojos y salir de esa vida, pero sé que no es tan fácil. Estoy pensando en una utopía.
¾    Me llamo Juan —me ofrece la mano, pero no se la estrecho.
Estoy ocupada observando el líquido transparente del vaso. Se supone que no debo beber por el bien de mi hígado, ya está lo suficientemente destrozado como para colaborar, sin embargo, no creo que dure tanto como para desarrollar un cáncer y que éste me mate. Antes de dejar que eso ocurra prefiero pegarme yo un tiro.
Y si tuviera que estar preocupándome por cada órgano dañado, no viviría nunca. A demás, llevo un estilo de vida relativamente sano, no hay razón por la que deba atacarme; y no tengo antecedentes familiares así que las probabilidades son muy bajas.
¾    Estás muy lejos de Harlem —señalo con la vista el tatuaje.
¾    ¿Sabes lo que es?
¾    Antes —«ahora no sé en lo que os habéis convertido».
¾    Lo sabía —una mirada de triunfo hace brillar sus ojos—. Eras de los nuestros. He visto el tatuaje cuando le has pegado al camello. 
¾    ¿Conoces a Beth? Sé que está con vosotros —aprovecho mi oportunidad.
¾    Estaba. ¿Por qué lo dices?
¾    Porque me debes una, te he salvado la vida. Y pienso cobrármela.
Es un movimiento arriesgado, no sé si se sigue teniendo eso en cuenta, han pasado muchas cosas desde que me fui y puede que hayan cambiado tanto como parece; o puede que en eso sigan igual. De todas formas, ahora que sabe más o menos quién soy, tampoco tengo nada que perder, y menos con un crío demasiado fácil de impresionar.
¾    ¿Qué quieres a cambio? —se tensa— Podemos encargarnos de ella, pero no...
¾    Cállate, niñato —pierdo los nervios un instante y le agarro por el cuello, cortándole la respiración—. Vas a protegerla, tú y tus amigos, y como tenga el mínimo rasguño, te aseguro que os arrepentiréis.

Cuando aparezco de nuevo en el hotel me quedan apenas unas horas para tener que marcharme, así que me quedo en recepción para redactar una especie de diario, con todo el detalle que consigo recordar, y me encargo de que se lo envíen por correo urgente a mi compañera, de modo que lo más posible es que por la tarde lo reciba. No voy a arriesgarme a que de verdad me vayan a suspender y a que la relacionen conmigo; a demás, es muy tarde y no quiero despertarla tampoco, sé que ha tenido que trabajar duro, más conmigo fuera. Pase lo que pase, quiero mantenerla informada por mis propias palabras, que no se crea las cosas si se las cuentan terceros.
Lo bueno de un hotel de lujo es que puedes pedir lo que sea y te lo conseguirán, de modo que aprovecho para encargar que haya un coche mañana esperándome desde mediodía, listo para marcharme en cuanto llegue de Langley. También pido que no digan nada a mi ''acompañante'' y que por la mañana me preparen la maleta —si lo hago ahora despertaré a Alex—, lo que viene bastante bien para la imagen de excentricidad que quiero dar como Du'Fromagge. No obstante, subo para cambiarme de ropa y despedirme con un ligero beso. No puedo evitar taparle con la sábana y acariciarle la cabeza; sé que no está bien, pero algo en mí me impulsa a protegerle. Va a resultar un gran problema de cara al futuro.
Apenas tengo que esperar a que un coche bastante ordinario aparque en la puerta del hotel cuando bajo. Abro la puerta y, tras intercambiar un par de frases estúpidas de seguridad, me monto y se pone en marcha, rumbo al aeropuerto sin decir nada. No sé si el silencio es mejor, porque me aporta tranquilidad, o peor, pues me da la sensación de que es más grave de lo que temía. Igualmente, no es el mismo tipo de ayer, así que a lo mejor no sabe ni quién soy, cosa que agradecería; aunque tampoco llego a verle con detalle, podría responder perfectamente al prototipo de ''federal amargado'', quizá lo fue antes de entrar en la Agencia y le reclutaron por su cara de pocos amigos. ¿Quién sabe? Es entretenido imaginar de dónde viene y lo que hace, y a pesar de que suelo ser buena leyendo a las personas, reconozco que a veces —especialmente cuando la información no me servirá de nada— me dejo llevar por la imaginación y creo vidas al completo. No viene mal para cuando quieres evadirte, siempre y cuando seas capaz de diferenciar a tiempo entre ficción y realidad. Eso me hace fijarme de nuevo en la carretera; acabamos de pasar el aeropuerto y no ha hecho siquiera intención de ir, sin embargo, se mete en una salida sin señalizar hacia dónde va, razón por la que somos los únicos y me alarmo, obviamente, pero él no varía su expresión.
¾    ¿Dónde vamos? —cuando no me responde, pienso en seguida en una salida: las  puertas están cerradas y él parece más fuerte que yo, así que no puedo quitarle el control del volante sin salirnos de la carretera; incluso abro la guantera en busca de algo que usar a mi favor.
¾    Estate quieta —cierra la guantera bruscamente.
¾    Pues dime adónde vamos.
¾    No vas a encontrar nada; no soy tan estúpido para dejar un arma a tu alcance —quizá rompiendo la tapa de la guantera de una patada pueda usarla para golpearle—. Para de moverte de una vez. Hay un avión en las pistas privadas.
¾    La Agencia no repara en gastos ¿eh?
¾    No querrán problemas —supone mirándome de reojo.
Su mirada severa es suficiente para impedir que siga protestando; es como si mi padre me regañara con cinco años, cuando replicaba demasiado a los adultos o hacía demasiadas preguntas. Pero no, no soy una niña y nadie tiene que decirme cuándo he de callar. Aunque reconozco que es el momento adecuado, por mucho más que quiera saber; de todas formas, lo averiguaré en apenas unos minutos.
En efecto, hay un avión pequeño esperando en la pista de aterrizaje a la que hemos accedido sin ningún tipo de control. Un hurra por la seguridad. No obstante, un hombre me cachea y busca micros antes de subir e incluso me quita el teléfono móvil; lo que es una exageración, no dejo de ser un agente, por mucho tiempo que haya estado con Moore o que haya obrado en contra de la policía, pero era —y es— todo por la investigación. Creo. El hombre que me ha traído se sube de nuevo al coche en cuanto la puerta del avión se cierra, dejándome con el que me ha cacheado antes. Me siento como un juguete nuevo en una guardería, pasando de mano en mano sin importar lo que le pueda ocurrir. Ninguno de los dos tenemos ganas de charlar, y sinceramente me da igual lo que piense de mí, así que reclino el asiento para intentar dormir algo, dos horas son suficientes para despejarme y aguantar un rato, aunque no demasiado. Caigo rendida al poco de acomodarme.
Despierto por el descenso de altura en el aterrizaje y el hombre me mira fijamente, no sé de seguro por qué, pero el caso es que me incomoda. Es como un crío curioso y hostil a la vez, no sé si me va a golpear o abrazar. Todo pasa lento y rápido a la vez, bajamos del avión enseguida y me llevan a Langley en otro coche, siempre en silencio, mientras noto en el estómago cómo aumentan los nervios. Antes de dejarme pasar más allá del aparcamiento, me retienen en una habitación donde, con una foto, hacen una identificación de visitante — ¿visitante? ¿En serio? — que debo llevar a la vista en todo momento. Después de esperar en una interminable fila para cruzar el detector de metales, me guían por pasillos laberínticos hasta dar con una sala diáfana, con mesas dispersas y trabajadores ajenos al mundo en ellas, con cascos, micrófonos, teléfonos... Al fondo hay unas escaleras a una plataforma que da acceso a un despacho, sin duda con vista privilegiada del resto de la sala. Supongo que será del que está al cargo, y lo confirmo cuando prácticamente me empujan hasta allí, con dos agentes flanqueándome. Como si tuviera algún sitio donde huir, o interés siquiera —por ahora—. Por suerte, todos siguen a su trabajo y ni siquiera notan mi presencia hasta que me paro en la puerta del despacho; apenas un par me dirigen una vaga mirada antes de entrar.
Es justo como me esperaba, con las paredes sobrias a pesar de las ventanas por las que vigilar, el escritorio a un lado, de madera sólida, y una butaca que parece de un alto ejecutivo, grande y cómoda para pasar horas en ella. Y quién sabe, quizá incluso para ayudar con el ambiente intimidatorio; al menos consigue un grado de respeto sólo con su presencia: una mujer, a la que saco fácilmente media cabeza y rondando los cuarenta, con cuerpo atlético y facciones suaves, aunque su expresión revela que su carácter no es así en absoluto.
¾    Llegas tarde —se acerca a nosotros y no sé a quién se dirige exactamente.
¾    El piloto no parecía entender lo que es ''urgente''.
¾    No quiero excusas. Espera fuera, Booth —él obedece y ella espera a ofrecerme la mano—. Meghan O'Connor, directora de operaciones encubiertas.
¾    Alice Sanders —le estrecho la mano.
¾    Lo sé, aunque te conozco como ''agente'' —me mira de arriba abajo— ¿Por qué no lo dices?
¾    Se supone que es secreto, si no me acostumbro a decirlo, no tendré problemas.
¾    Ya lo eras en el FBI, ¿no? —se sienta en su butaca y me invita a que lo haga en frente antes de revisar unos archivos que tiene en la mesa— Sería comprensible que se te escapara.
¾    Por supuesto —alza la mirada para centrarse en mis ojos, esperando a que continúe.
No pienso hacerlo, es muy probable que si hablo, lo haga de más y me meta en algún otro lío. Está claro que entendemos la policía, o cualquier cosa parecida, de maneras distintas. Diría que ella es de las que anteponen el deber y la seriedad ante todo, con la Agencia por delante; mientras que a mí todo eso me parece una tontería, desde siempre, si quería hablar con algún sospechoso, testigo o incluso familiar me presentaba como «Alice», me parece menos frío. Aunque he de reconocer que tampoco tardaba demasiado en responder con cierta...violencia. No pondré excusas, tan sólo diré que, si yo me esfuerzo por tender la mano y hacerlo todo lo más amistosamente posible, me gustaría que hicieran lo mismo, pero si oponen resistencia no tengo otro remedio que contraatacar más fuerte para recordarles quién tiene el poder.
Pero no, esta tal Meghan es de las que estaría horas en una sala de interrogatorios para conseguir el mínimo de información, siendo un ''toque de atención'' —quizá algo brusco— la manera más eficaz. Apuesto a que su ''poli malo'' consiste en recitar los cargos por los que se acusan y el tiempo de cárcel correspondiente. Já.
¾    Agresión a civiles, insubordinación, desacato, brutalidad policial... —y, en efecto, ahí está, antes de lo que esperaba—. Eso por no mencionar los recientes homicidios en Nueva York o la aparición de un militar condecorado con un tiro por la espalda en el salón de tu piso franco, bajo extrañas circunstancias.
¾    ¿No pone nada de que me secuestraron como media hora después? Añádalo, a lo mejor sirve de algo —me gustaría arrepentirme de decirlo, pero por desgracia no es así. Al menos me he callado a tiempo.
¾    Sí, aquí aparece la escena de...cinco crímenes. Cinco cadáveres en un piso, uno de ellos con un tiro a quemarropa en la cabeza —ambas nos quedamos en un silencio tenso unos segundos—. Y permíteme decir que tienes fama de gatillo fácil, hay bastantes investigaciones abiertas por ello, e intervenidas para que no llegaran a más. Este es el mayor expediente disciplinario que he visto en mi vida.
Ya está. Lo saben todo. La verdad es que era obvio, pero una parte de mí continuaba negándolo. Me van a despedir. No, me van a detener. Saben todo lo que he hecho y van a acusarme por eso, y teniendo en cuenta que se considera asesino en serie a partir de tres víctimas y yo lo supero con creces, la pena no será ni mucho menos pequeña.
Pase lo que pase, debo quedarme en silencio para no estropear más las cosas y empeorar la sentencia, si se puede.
¾    ¿Nada que añadir esta vez? —fija su mirada, instándome a hablar.
¾    ¿Serviría de algo?
¾    Inténtalo.
¾    Aquello fue en defensa propia. ¿Qué se supone que debo hacer si me disparan, intentar razonar?
¾    ¿Y qué hay de los desarmados?
¾    Puede que mis métodos no sean los mejores o los más apropiados; la mayoría ni siquiera son legales, pero resuelven casos, y eso es todo lo que importa en el FBI.
¾    Es lo que enseñan, desde luego. Se encargaron de las investigaciones personalmente; debes ser muy valiosa, y puede que sigas viva por eso; todas las infiltraciones de jóvenes han acabado...antes de tiempo.
¾    ¿Hay más críos infiltrados? —se me escapa con demasiado énfasis.
¾    En tu época los había; ahora no lo sé, las agencias colaboran poco, y se enseña lo mejor de cada una, no los experimentos. Aunque el tuyo es bastante ambiguo: has demostrado problemas de inestabilidad mental —entre otros—, pero un excepcional don para la doble infiltración. Te has hecho pasar por policía, federal, relaciones públicas, prostituta, narcotraficante...Todo eso dentro de otra tapadera. ¿Cómo lo haces? —no estoy segura de a dónde quiere llegar.
¾    El psicólogo lo definiría como una necesidad patológica de mentir.
¾    Está claro que eres una buena líder, las cifras mejoran donde estés, al menos hasta que te trasladan por insubordinación —aquí hay gato encerrado, no puede estar felicitándome por desobedecer y estar loca—. Sin embargo, estás perdiendo el rumbo —al fin dice la verdad—. Du' Fromagge es esencial para Moore, quiero ver de lo que es capaz por ella. Un secuestro con asesinato sería lo mejor, estoy segura de que cedería al chantaje y tendríamos el caso cerrado.
¾    No. No pienso hacerlo. Me disteis carta blanca.
¾    Nadie es irremplazable, Sanders —ahora sí que es intimidante—. Te has demorado demasiado, prácticamente me estás obligando a intervenir.
¾    Dame unos meses más, estoy llegando a algo...
¾    Otro lo completará, entonces. Es por tu bien, sé que te has involucrado demasiado, tan sólo estoy ayudándote a verlo con perspectiva. Déjalo antes de que te acusen a ti de lo mismo que a él.
¾    ¿Perdón?
¾    Verás, nadie puede negar que hay una relación...estrecha entre vosotros. No serías la primera en cambiar de bando sin que nadie pudiera evitarlo. Con este expediente, ningún juez dudaría de hacer su trabajo.
No me lo puedo creer, no puede estar hablando en serio, pero lo peor es que así es. Si el Gobierno lo ocultó, también puede destaparlo. Ya está, eso es todo. Un final tan simple como el principio. Amenazas y chantajes, así es como funciona el mundo, sin tener en cuenta a quién se pisotea con tal de conseguir los intereses personales. ¿Cómo fui tan idiota de creérmelo todo? Estaba claro que no me permitirían durante tanto tiempo ir por libre, dejando todo el trabajo de cara a la Agencia a Amy, pues para ellos, soy una inútil, alguien que no puede separar el trabajo de la vida personal. Y aunque es verdad, aunque lo dije el primer día en aquella estúpida entrevista, no puedo permitir que continúe así. Tengo que pensar algo, encontrar la manera de arreglarlo.
¾    ¿Qué pasará después?
¾    La Agencia se encargará de que tengas unas vacaciones pagadas fuera del país hasta que termine el proceso. Te avisaremos para que testifiques por videoconferencia.
¾    Es decir: me estáis echando del país.
¾    Es lo mejor para tu seguridad —estoy realmente harta de que todos digan lo mismo; no saben nada de mí o de lo que ocurre en verdad.
¾    Y para vuestra imagen. Ya he aprendido la lección, dejarlo todo entre las sombras colabora en lo que queréis que la gente piense sobre la CIA: está en todos lados pero en ninguno a la vez.
¾    El secretismo es esencial en este trabajo. Nuestros agentes están en peligro continuo...
¾    Sí, claro, por eso les despojáis de su personalidad, viven por y para la Agencia y sus secretos, se convierten en autómatas y vosotros en titiriteros.
¾    Esto es voluntario —voluntariamente obligado por chantaje, querrá decir—; es necesario para mantener al país en pie. Nuestros agentes son entrenados, saben a lo que se atienen cuando dejan de ser personas individuales para un bien mayor.

¾    Pues felicidades, lo hicisteis demasiado bien. No soy nadie.