Translate

viernes, 13 de mayo de 2016

Capítulo 18

Después de aquello, consigo esquivar el verdadero motivo por el que me reuniré con Coleman y acordamos un plan para mañana. Él me acompañará allí, pero no va a entrar hasta que yo se lo indique. Prefiero controlar yo primero la situación.
Amy se fue a comunicar las noticias a comisaría hace rato, cuando Alex y yo salimos de la cafetería y se lo indiqué sin palabras. Hemos estado por la playa, paseando entre el gentío que camuflaba nuestras voces y las hacía pasar desapercibidas, hablando de todo y nada a la vez. Lleva la camisa abierta hasta la mitad del pecho y remangada por los codos, y los pantalones por la mitad de las espinillas, mientras que yo llevo ropa más acorde con el clima; me he cambiado con la ropa que llevaba en el coche antes de que mi compañera se fuera. Esté bien o mal, disfruto el momento de tranquilidad, ambos cogidos de la mano, arrancando sonrisas al otro. Parece que el miedo que ha debido pasar por mí le ha hecho tomar la decisión de seguir adelante conmigo, y no sólo eso, sino que siento que su seguridad hacia ello no es cosa de un día, sino que estaba seguro mucho antes. Suerte para mí, ya que me temo que yo siento lo mismo. Mi 'detonante' ha sido hace un rato, cuando Smirnov me ha agarrado y me he dado cuenta de lo incorrecto que parecía, por mucho trabajo que fuera. Necesitaba sentirle a él a mi lado para limpiar lo que el ruso había dejado, para que me sintiera de nuevo respetada y...bueno, amada. Y ahora, con él a mi lado, es como si todo se hubiera calmado, como si no hubiera pasado jamás nada entre nosotros que nos ha separado y enfrentado. La naturalidad que aparentamos es incluso dolorosa, sé lo que tengo que hacer, pero...
Todo lo bueno se acaba. El teléfono suena y tengo que cogerlo, prácticamente estoy obligada a ello, no es que sea una cláusula en el contrato, aunque infringir conllevaría menos consecuencias que ignorar a mi compañera.
¾   Al, tienes que venir a la comisaría principal cuanto antes —reconozco la voz de Amy.
¾   ¿Para?
¾   Mejor en persona. Ven lo más rápido que puedas —cuelga antes de que pueda decir nada.
¾   ¿Quién era? —Alex me mira con curiosidad.
¾   Policía —levanto la mirada, improvisando—. Quieren que vaya a comisaría.
¾   ¿Para qué?
¾   No me lo han dicho.
¾   Entonces no vayas, es una trampa —me agarra por el brazo.
¾   No he hecho nada malo.
¾   No he dicho que sea para ti. Han podido encontrar pruebas contra mí y utilizarte como rehén, como trato a cambio de confesar.
¾   ¿Te entregarías por mí?
¾   Mataría con mis propias manos a quien te pusiera un dedo encima —esquiva la verdadera respuesta y le desafío a o hacerlo con la mirada—. Vamos, te llevaré.
Se baja las mangas y las perneras y me saca de la playa empujándome por la base de la espalda. Hay un coche negro esperándonos, como siempre, para llevarnos a donde él le pida. Le indico la comisaría que me ha indicado Amy y nos ponemos en camino en silencio. No quiero obligarle a responder, por mucho que desee oír la verdad. ¿Sería capaz de dejar todo por mí? Lo dudo mucho, y me duele reconocerlo, pero he llegado a pensar en bastantes ocasiones, más de las que me gustaría, que yo sí podría haberlo hecho, podría haberme ido con él, traicionar a la policía. Sin embargo, ahora, no lo veo tan claro. Cada uno tiene sus intereses, y aunque en cierto momento lleguen a ser los mismos, rápidamente toman sus caminos respectivos. Además, apenas nos habrán visto juntos un par de ocasiones, no tiene lógica que le tendieran una trampa así. A no ser que él me haya colocado en una posición...privilegiada y comprometida de cara a sus hombres. Quizá por eso temía en el tiroteo, cuando ha descubierto que había un topo. Personalmente, me siento algo inútil. Se supone que era yo quien debía averiguar eso, quien debía, incluso, sobornar a ese topo para que nos ayudara a nosotros. Hasta ahora, todo lo que he hecho ha sido andar de un lado a otro, provocando problemas y sin trabajar en serio. Debo centrarme de una vez en la misión, por difícil que sea con él a mi lado, intentando cogerme la mano que rechazo con disimulo. No estoy de humor para cariños, no cuando ha dudado tanto en responder. O así estaría Du'Fromagge, al menos. Le veo formar una mueca, no obstante, consigo ignorarle sin problemas.
No me sorprende que tenga un coche esperando, pero sí quién está: Paul, apoyado en la puerta del conductor mirando el móvil. Me detengo súbitamente, y cuando Alex me pregunta qué ocurre, el joven se da la vuelta y me ofrece una pícara sonrisa.
¾    Hola, extranjera.
¾    ¿Qué hace él aquí? ¿Sabes lo que me hizo?
¾    Sí, Alice, lo sé. Hizo lo necesario para calmarte, y convencerme de no sacarte del Estado.
¾    Alucino —comienzo a andar en dirección contraria, pero me retiene por el brazo.
¾    Pensaba que lo mejor para ti era alejarte de esto, ya lo hemos hablado.
¾    De nada, por cierto —Paul interviene y le fulmino con la mirada.
¾    Paulie es mi protegido, Al —susurra—. Tengo que cuidar de él, y es el único en quien confío para protegerte a ti. Por favor, entra en el coche.
Cedo refunfuñando y entro sin permitir que me toque. No sé si enfadarme por permitir que ese tipo me inyectara droga o alegrarme por la confesión que ha hecho. Desde luego eso sí que son buenas noticias, y en un fogonazo ya sé de qué me sonaba la primera vez: él salía en algunas fotografías con Alexander, era el chico del que nadie sabía nada. Y a decir verdad, yo debería aprovecharme de mi posición e intentar sacarle información, quizá incluso pueda manipularle lo suficiente para ponerle de mi lado, aunque sé que lo tengo muy difícil. Parece estar muy unido al capo, y necesito saber su historia para poder hacerlo bien. Anoto todo mentalmente para hablarlo con Amy, que seguro se pondrá contenta por el repentino avance. Supongo que esto, aunque no sea por méritos propios, le da un empujón a la investigación y compensa mi anterior inactividad.
Oigo al chico decir «Qué genio» cuando cierro de un portazo y por suerte ninguno habla durante el trayecto, sólo lo justo para indicarle la dirección a la que debe llevarme. Por si fuera poco, necesito encontrar una excusa para aparecer aquí, porque no podía simplemente desaparecer esperando que no me fuera a seguir. Al menos he ganado algo de tiempo e incluso confianza, si ve que no hay repercusiones a corto plazo de mi visita.
Bajo del coche, aparcado en la misma puerta de la comisaría, y me dirijo a la entrada, sin embargo, me agarra por la muñeca izquierda, justo por la mitad de la cicatriz; no me suelta ni siquiera cuando se da cuenta de ella. Clava sus ojos en los míos, creando una especie de burbuja que nos rodea y que no puedo explotar, aunque no estoy segura de estar intentándolo.
¾    Ten cuidado.
¾    ¿Con ellos o contigo? No pienso decir nada, si eso es lo que te preocupa.
¾    Alice, yo...
¾    ¿Qué? Ambos sabemos que es lo único que te interesa. Salvar tus espaldas.
¾    ¿A qué viene esto? —protesta, haciéndome daño en el brazo— ¿Es por lo de antes?
¾    Averígualo —me deshago de él con un tirón del brazo y comienzo a andar.
¾    ¡Alice! —intenta seguirme, pero se para en seco cuando me oye.
¾    ¿Estás seguro que quieres entrar conmigo? Eso me temía.
Amy me está esperando un par de pasos más allá, mirando a través de las puertas de cristal. Sabe con quién he venido, y aunque no quiero oírla, aún así, no va a callarse.
¾    ¿Qué haces con él aquí? ¿Es que no sabes...?
¾    No podía escaquearme. Te traigo información importante, de todos modos, y se me está ocurriendo algo —añado en un murmullo, siguiendo la idea que me ha saltado en la mente y enlazando poco a poco cosas con sentido.
¾    Luego hablamos de eso —dice con cautela—. Ven conmigo.
Está intentando pensar qué he podido descubrir en tan poco tiempo que tenga ese nivel de importancia, por la manera que me mira e intenta sonsacármelo mientras me guía por la comisaría. Respondo con una ligera sonrisa que se me borra en cuanto entro en la sala que ella quería. Tiene una pantalla enorme con fotografías del club, una mesa que ocupa toda su longitud, y sillas para llenarla, no obstante, los hombres se encuentran sentados en la mesa o de pie alrededor de la pantalla. Se giran para mirarme un instante y otro después comienza la reunión. Al menos para ellos, porque yo estaba tan distraída con mis asuntos que me cuesta bastante concentrarme en lo que ocurre y analizarlo todo. Parecen gente del FBI, por el traje, sin embargo, pueden ser simples detectives, aunque lo dudo. Primero escuchan el resumen de la situación por boca del que parece estar al mando y de mí, dándoles todo los detalles que puedo sobre el burdel —me sorprende cómo Amy ha conseguido reunirlos tan deprisa—; después hay una ronda de preguntas seguida por otra de sugerencias que vamos corrigiendo hasta conseguir un plan aceptable. No tardo demasiado en convencerles de los puntos clave que quiero que sean a mi manera, y como mi papel es sencillo y sólo tenía que informarles correctamente de lo que he visto, termino mucho más pronto que el resto. Ellos, incluida Amy, se quedan para organizarse una vez que todos estén dentro, pero como esa es la parte que no me incumbe, decido salir de allí y no levantar más sospechas para Alexander.
Su coche sigue donde le dejé, sin embargo, él no está en el mismo lugar, de hecho no hay nadie, ni siquiera el estúpido conductor. Miro alrededor, pero no hay nadie que conozca. Supongo que quizá es mejor así, cada uno por su lado hasta mañana cuando tengamos que ir al burdel clandestino. Tampoco es que haya nada que planear, sólo decirle que me deje actuar y que debe controlarse, algo que dudo que consiga, pero al menos debe intentarlo. No creo que soporte ver cómo me toca Smirnov, yo también tengo que prepararme a mí misma para ello, va a ser de todo menos agradable; y, ya que estamos, también necesito algo de tiempo para poner en orden mis pensamientos. Nunca dijo que me quisiera, no tiene sentido que me ofenda o siquiera que me afecte de cualquier manera. Cada uno tiene su mundo y por mucho que nos guste estar juntos o que lo disfrutemos, acabaremos volviendo a donde pertenecemos: él a la cárcel, y yo...
Bajo la cabeza y comienzo a andar hacia la casa donde vivo, no está muy lejos de aquí y un buen paseo no me vendrá mal. No obstante, al poco de moverme, me agarran por los hombros y me levantan la cabeza por la barbilla. Reconozco el olor, y cada forma de su cuerpo, los cortes que le da el traje y la manera de moldearle. Lleva, como siempre, su corbata y americana. Al parecer ha tenido el tiempo suficiente para cambiarse, por lo que su casa no debe estar demasiado lejos. Eso descarta algunas localizaciones que tenía en mente, tengo que añadir eso a la lista de cosas que tengo que decirle a Amy. Con un suspiro de cansancio, cedo ante él y posa sus labios en los míos. Debo reconocer, y odio, que me gusta demasiado. Puede ser extremadamente dulce cuando quiere, y por suerte conozco esa faceta de él bastante bien; mejor que nadie me atrevería a decir. No profundiza el beso, lo deja en un lugar el cual ambos extrañamos: donde la inocencia de la juventud era superior a nosotros, donde planeábamos pasar una noche juntos durante semanas, donde pasear de la mano era tan importante como para quitarnos el aliento. Apoyo la frente en su pecho cuando él susurra, no quiero oírle, sólo refugiarme en los momentos así.
¾    Lo siento.
«Lo sé» querría decirle, pero no sería ni apropiado ni lo que de verdad siento. Por el contrario, hay una manera de hacer ambas cosas.
Alzo la mirada y sus ojos me atrapan unos instantes, me dan cierta seguridad que parece una locura aceptar, pero que también lo sería rechazar. Respiro hondo cuando me acaricia y coloca su mano en mi nuca. Con la otra mano, me coge la mía y la aprieta.
¾    No estás bien, Alice, dime qué ocurre. ¿Es por algo que ha pasado en la comisaría? —asiento con la cabeza, bajando la mirada de nuevo— ¿Puedo ayudar? —lo que se me había ocurrido antes comienza a tomar forma y me arriesgo a decirlo.
¾    Sólo...Por favor, dime que no tienes nada que ver con Nathan Aldrich.
¾    ¿Nate? —pregunta extrañado— Éramos amigos en el instituto hasta que tuve que huir por lo de mi padre. Pero eso ya lo sabías —me mira con recelo, no sabe a dónde quiero ir a parar, y a decir verdad yo tampoco estoy segura.
¾    ¿Y Adam Lawler, nuestro antiguo profesor?
¾    No entiendo nada, Al.
¾    ¿Desde hace cuánto que les veías? —me separo un paso.
¾    Desde el instituto, ya lo sabes —parece irritarse—. Explícamelo ya.
¾    Ambos han aparecido muertos. Al viejo estilo, ya me entiendes.
¾    ¿Al de mi padre?
¾    ¿No es el tuyo? —me extraño, aunque confirma mis sospechas.
¾    No, claro que no. Mi padre era...demasiado sangriento para mi gusto. ¿Y qué tienes que ver tú en eso?
¾    Aparecieron cuando llegué aquí. Querían preguntarme si sabía algo, por conocerles y por las técnicas que usaron. Me han dicho que tenga cuidado.
¾    ¿Saben que estás conmigo?
¾    Ni idea. ¿Eso es todo lo que te preocupa? ¿Que se sepa?
¾    Por supuesto que no. Voy a ponerte seguridad, y a aumentar la mía. A parte de hacer que investiguen eso. Si hay alguien en mi territorio que pretende hacerse pasar por mí, y de una manera tan desagradable y ofensiva, lo pagará. Sobre todo si asesinan a un viejo amigo.
¾    ¿Y Adam?
¾    Adam...No le apreciaba, precisamente, pero tú sí, y eso le hacía intocable. Encontraré al culpable, no te preocupes.

Me deja en nuestro punto de encuentro del paseo marítimo con un beso antes de irse. Sentados en un banco, fingiendo de nuevo ser una pareja normal, hemos acordado un plan sencillo para mañana, no sin discutir, por supuesto. En eso sí que somos una pareja normal, pues las discusiones están a la orden del día, aunque son comprensibles. Él quiere protegerme, y yo necesito espacio para poder actuar sin ponerle más en peligro de lo que ya hago por costumbre y trabajo. Una vez más, la pregunta del detector de mentiras del primer día en la Agencia retumba en mi cabeza: ¿Puedes separar la vida profesional de la personal? Aún me río al recordarlo. Por supuesto que respondí que podría, pero lo mejor fue la cara del que tenía el ordenador cuando, después de responder que sí llegué a enamorarme de mi primer objetivo, el ordenador dio pruebas inconclusas al decir que no seguía sintiendo lo mismo. En ese momento, me enfadé conmigo misma, pero supongo que fue el destino. Si me lo preguntaran hoy, estoy segura de que podría engañar al polígrafo sin problemas.
Amy me espera en casa con la cena hecha y todo preparado para mañana, a excepción de los detalles que he comentado yo con Alex hace diez minutos escasos. Los turnos que nos pusimos para hacer las tareas me los estoy saltando últimamente, aunque parece que a ella no le importa cocinar. Además, eso significa que está más tiempo sola en casa, lo que puede ser muy útil.
¾    Le necesitamos —argumento cuando se niega a que él participe.
¾    Es uno de ellos, Al, por mucho que quieras hacerlo ver mejor.
¾    No quiero... —intento rebatir, pero quizá tenga razón—. Precisamente por eso. Smirnov piensa que es su socio, en vez de Coleman, así que quiero descubrir al traidor, pillarle in fraganti.
¾    Un momento, ¿has dicho 'traidor'?
¾    Eso creo —mascullo.
¾    Espero que sepas en qué bando juegas.
¾    Ahora es el mismo: atrapar a Kyril Smirnov y a Sean Coleman.
¾    ¿Y cuando haya pasado eso? ¿Serás Du' Fromagge o Sanders?
¾    Sólo Alice —la desafío con la mirada; me duele que dude de mí—. Alex está dentro, te guste o no.
Me levanto de la mesa y me voy. Tan sencillo como eso. No soporto que me pongan en duda, por mucha razón que tenga, pero no tiene ni idea de lo que está suponiendo para mí estar con él sabiendo que le voy a traicionar, que cada palabra que sale por mi boca es una mentira o está basada en una. Está siendo duro para todos, y parece que la culpa sólo recae en mí, bien por ser quien da la cara o por tener que jugar a dos bandas, porque yo jamás quise eso, fueron ellos quienes me obligaron.
En mi habitación, comienzo a repasar los casos, a leer los informes una y otra vez, anotando cualquier detalle. Es algo que me relaja, me ayuda a mantener la mente ocupada, y me recuerda a cuando todo era tan sencillo como coger a un asesino y cambiar de caso. Pero supongo que jamás lo fue. He perdido la cuenta de la cantidad de veces que he hecho lo mismo, todo está guardado en el doble fondo de mi armario, pero siempre es distinto, siempre me falta algún detalle o veo otro que en un principio parece vital, pero que analizado fríamente, sin conjeturas, no tiene ningún valor. Aun así, lo tengo archivado todo junto por si podría serme útil en cualquier momento.
Amy llama a mi puerta después de un buen rato.
¾    ¿Puedo? —dice, tímidamente.
¾    Supongo —se queda de pie, frente a mí.
¾    Siento lo de antes.
¾    Está bien —suspiro—, déjalo. Mañana... Puedo hacerlo todo sin que nadie se de cuenta. Alex no sabrá que las autoridades están en ello, ni la Agencia que él está.
¾    Sabes que ese no es problema.
¾    Para mí no hay problemas. Sé que confía en mí, pero esto ayudará. No quiero que su propia gente me ataque, ¿entiendes?
¾    Si tanto te quiere lo impediría.
¾    Si llegara a enterarse, por supuesto.
¾    ¿Qué quieres decir?
¾    Él no tiene nada que ver con los asesinatos; ni de las chicas, ni de mis antiguos conocidos. Le conozco lo suficiente para ver cuándo me miente, y no sabía de lo que estaba hablando. Es el estilo de su padre, pero no ha sido él quien lo ha ordenado. No tenemos pruebas concluyentes, pero mi intuición nunca me falla, y estoy segura de que ha sido alguno de sus subordinados. Sólo me queda un móvil creíble y una relación.
¾    Le amas —ella concluye.
¾    No es eso, es...
¾    Sí que es eso, siempre lo es. Te empeñas en algo y no paras hasta conseguirlo. No es su estilo, en eso tienes razón, pero aun así...
¾    Es difícil, lo sé. Todas las chicas se acostaron con él antes de morir —comienzo a pensar y mi amiga se sienta a mi lado—, pero por las mañanas sale a correr, no pudo dejar los cadáveres sin llamar la atención.
¾    Tiene a gente para que lo haga.
¾    Vale, pero todas tienen un tiro en la cabeza a bocajarro. Limpiar los cuerpos, trasladarlos, limpiar el escenario...demasiado tiempo, y demasiadas personas. Mantiene los secretos como tales, no se arriesgaría.
¾    Todo es circunstancial, Alice, no hay nada que se sostenga.  
¾    Confía en mí, estoy segura de ello.
¾    ¿Y qué hay de los otros dos? Esos sí que eran de su estilo, tú misma lo dijiste al principio.
¾    No del suyo, del de su padre. Piénsalo, no han habido víctimas con las mismas lesiones antes, durante todo el tiempo que lleva...Un momento —mi mente comienza a encajar piezas que no tienen sentido, pero aun así encajan.
¾    Uno apareció justo al llegar nosotras —Amy está en mi misma onda—; y el otro cuando os visteis.
¾    La conexión es conmigo —le doy la razón a lo que está pensando, cuando frunce el ceño, me corrijo—. Con Du' Fromagge, quiero decir.
¾    ¿Y si querían matarte y él se vengó?
¾    ¿Por qué querrían matarme?
¾    Sólo estás intentando sacarle del caso, no estás buscando al asesino.
¾    Todos lo hemos hecho alguna vez, Amy —repongo, seria—. A demás, si nos hubieran seguido, ¿no crees que alguna lo notaría? Llama a Murray, que consiga todos los datos que haya de la investigación, me da igual si son confidenciales, él sabe cómo burlarlos —ya se lo dije una vez, y estoy segura de que desde entonces han tenido que avanzar algo.
¾    No debemos ponernos en contacto con nadie fuera de la Agencia.
¾    También dijeron que nos informarían de absolutamente todo y no hemos recibido noticias en absoluto. Ahora que todos mentimos —me levanto de la cama y recojo los papeles—, o lo haces tú o yo, pero voy a descubrir quién les ha matado y por qué. Lo quiero todo para cuando me levante.
No debería exigirla nada, pero creo que algo de presión no viene mal a nadie. Es cierto lo que digo, nos aseguraron que conoceríamos cada detalle de los casos, pero no nos han informado de absolutamente nada, a pesar de haber preguntado en repetidas ocasiones.
Empujo a mi amiga fuera de la habitación y vuelvo a guardar los papeles en su lugar, no obstante, acabo de recordar todo lo que tenía que decirle (hablarle de Paulie, por ejemplo), pero debo descansar para mañana, y si nos ponemos con ello, pasaremos una noche más en blanco, así que lo escribo todo rápidamente a ordenador y pongo una nota para que lo lea cuando tenga tiempo, ya hablaremos de ello más tarde, y si tengo suerte, habré conseguido algo más.
Lo de mañana no va a ser demasiado complicado, pero aun así no quiero arriesgarme y necesito dormir todo lo que me sea posible. Moviendo documentos, una fotografía cae al suelo, y al recogerla, no puedo apartar la mirada. Fue la primera que vi de él después del tiempo que habíamos pasado separados. Teléfono en mano, con  su traje gris mate y camisa blanca, gafas de sol para ocultar sus ojos y sombrero para la cara. Aun así, la Agencia le reconoció, si no fuera así yo no estaría aquí. Miro otra fotografía, esta vez sin tanto disfraz, saliendo de una tienda a punto de ponerse el sombrero. Sus ojos miran a un lado de la cámara, evitando al resto de la gente incluso con la mirada, y sus hombros se encuentran en tensión. No hay ninguna imagen en la que muestre cualquier señal de tranquilidad, en todas está expectante por lo que pueda suceder, buscando posibles amenazas. Entonces recuerdo que no tengo nada que pueda recordarme a él, ninguna fotografía o incluso regalo. Supongo que así es como debe ser, siendo lo más discretos posible, siguiendo la regla de 'si no hay pruebas, nunca ocurrió'. Odio reconocer que esa idea me duele, pues no debería, pero tampoco puedo evitarlo.
Recuerdo lo que me hicieron sentir esas fotografías, el corazón me dio un vuelco, aunque no lograba saber por qué, lo achacaba al odio, pero sabía que no era verdad. Tuve miedo, pero no de él, sino de que la confianza que teníamos se hubiera disipado hasta tal punto de haberlo convertido en un sentimiento horrible. Sin embargo, quien lo convirtió fui yo, habíamos empezado a odiarnos para suplir nuestra ausencia, por muy loco que suene. Echo un último vistazo a todo, y lo vuelvo a esconder mejor que antes.
Por la mañana, tengo un montón de papeles sobre la mesa de la cocina con el desayuno al lado y una nota. Parece que no soy la única que lo hace. Amy se ha ido desde temprano a organizarlo todo con la policía, quienes serán nuestro apoyo, y si quiero cualquier cosa sólo tengo que llamarla. También ha dejado preparada la ropa para más tarde; no sé qué haría sin ella. Sin embargo, no ha puesto nada del protegido, así que supongo que se lo reservará para hablarlo en persona, es muy importante como para dejarlo así.
Abro las carpetas con los papeles para descubrir todos los informes, no obstante, para el caso que más me preocupa, el de Nathan Aldrich y Adam Lawler, mis supuestos compañero y profesor, respectivamente, sólo está el informe de la autopsia que ya vi en su momento. Aún no han comenzado a investigarlo en serio, pues es un caso demasiado complejo para ellos, o quizá demasiado comprometido. Es difícil y peligroso, todo el mundo lo sabe, pero esperaba que fueran algo más competentes y que no temieran a una supuesta mafia. Estamos en el siglo veintiuno, la policía debería actuar sin problemas de ese tipo, no han aprendido nada en todo el tiempo que ha pasado.
Yo no soy así, no es que me apasione el riesgo, pero no tengo miedo de correrlo si es necesario. Y conozco a alguien que tampoco. Cojo el teléfono y marco su número. No creo que le guste que le interrumpan dos veces en el mismo día, pero conociéndole, más como una interrupción lo verá como que nos acordamos de él, y lo más importante, que le necesitamos. Tras el segundo tono, responde. El sonido de su voz me resulta incluso tranquilizador. Es un pequeño cómplice que mantendremos siempre en secreto.
¾    Agente Murray —responde.
¾    Hola, ¿qué tal te va? —casi puedo verle aguantar la respiración.
¾    Un minuto —oigo pasos y el ajetreo de la oficina—. Bien, como siempre.
¾    La línea es segura. Me alegro de que te vaya bien, pero te necesito.
¾    Dime —por suerte, me conoce lo suficiente como para saber cuándo decirme cada cosa; estoy segura de que, en cuanto terminemos, hablaremos.
¾    Primero gracias por los informes. Pero el caso que más me preocupa no es ese, sino el de los hombres mutilados.
¾    ¿Los de Miami?
¾    Exacto. La investigación se ha estancado, ¿verdad?
¾    Sí, según he descubierto, no encontraron pruebas, ni siquiera huellas.
¾    Creo que no quieren encontrarlas, más bien. De todas formas, necesito que mires algo en el ordenador. Busca cualquier tipo de coincidencia de esos tipos conmigo en reconocimiento facial, tanto en Los Ángeles como en Miami.
¾    ¿Qué tramas?
¾    Yo nada, eso es precisamente lo que me preocupa —oigo el sonido de las teclas—. ¿Conoces a Alexander Moore?
¾    ¿El narco? Sí, claro.
¾    Pues bien, quieren cargarle el muerto. Nunca mejor dicho —murmuro—. Pero él es inocente.
¾    Es cierto que el modus operandi concuerda.
¾    Ha sido una trampa, no tiene motivos para matarlos —salto a la defensiva.
¾    Tienes a alguien en mente, ¿verdad?
¾    Algo así. Pero desde luego no a él.
¾    Algo me dice que no puedo preguntar sobre el tema.
¾    Conoces mi historia, sabes que ha vuelto a las andadas, que ahora le estoy defendiendo y que estoy en una misión 'secreta'. No creo que haga falta decir nada más.
¾    ¿Cómo está siendo?
¾    Duro. Gracias por preguntar, por todo.
¾    No te preocupes. Sabes que... Espera.
¾    ¿Qué? ¿Has encontrado algo?
¾    Sorprendentemente. Lawler te estuvo siguiendo por Los Ángeles. Y Aldrich por Miami desde el día que llegasteis. Un par de días después, el segundo desapareció.
¾    ¿Sabes por cuánto tiempo me siguió?
¾    Desde la primera muerte de las chicas —responde, sorprendido.
¾    Demasiadas coincidencias para ser creíbles.
¾    Al, tenemos que investigar esto. Es algo muy gordo, podrías estar en peligro.
¾    Lo sé. Yo me encargo de todo, tú sólo procura guardar las imágenes.
¾    No puedes hacerlo todo sola.
¾    ¿Quién te ha dicho que lo estoy? Te quiero, Murray.

Cuelgo el teléfono con una sonrisa de victoria. Alex no ha tenido trato con nadie de su época de instituto, así que es imposible que él lo hubiera ordenado. Ahora sólo tengo que intentar convencer al resto de ello, ahora que tengo pruebas, aunque no sean fáciles de sostener, pero tengo más que antes, mucho más. Anoto cada pensamiento para no olvidar nada, y voy a mi habitación, a unirlo al resto de casos. El resto del tiempo hasta que me da la hora para prepararme, lo dedico a leer completamente cada informe de cada chica, varias veces, memorizándolo. Cada víctima es importante, cada una tenía una familia que la quería, una vida por delate que le ha sido arrebatada. Y pienso coger a quien se lo ha hecho y llevarle ante la justicia. O la ley, al menos, que es lo más parecido sin tener que ir yo a la cárcel.

viernes, 6 de mayo de 2016

Capítulo 17

Hablamos hasta que consigue todas las respuestas que quiere —podría haber preguntado mucho más, pero parece tener miedo a ello, quizá por no hacerme sentir peor o por el suyo propio a descubrir más cosas que no son agradables de saber para una amiga. Ya sabe muchas, más incluso que la mayoría de los que conozco y considero de cierta confianza, sin embargo, no he llegado a abrirme así con nadie desde hacía tiempo.
Resulta liberador, la verdad, ahora siento una carga menos encima, y espero que me ayude a que me comprenda mejor en las cosas que hago, al menos ahora conoce toda la historia y no sólo retazos. Podré hablar libremente de lo que quiera porque ya lo sabrá todo, y si es necesario, creo que podría defenderme. Aunque depende de la situación.
En casa, Amy decide dar uso a la piscina que tenemos en el patio trasero, ya que, como mucho, creo que la hemos usado un par de veces —y con 'hemos' me refiero a 'ha', tuvo su utilidad en su proceso de recuperación, pero yo me limitaba a mirar y animar desde fuera—. Ahora que lo pienso, no sé por qué en la mayoría de series policíacas los asesinos se deshacen de las pruebas con agua, cuando es más que obvio todo lo que hace es eliminar las huellas dactilares, y hay ciertas herramientas que aun así consiguen sacarlas; es mucho más eficaz un fuego debidamente controlado, a lo mejor en una chimenea para no despertar sospechas. Creo que no debería pensar en cómo destruir pruebas, dado mi expediente, aunque conocer a tu enemigo es el mejor arma, así que lo tomaré como excusa.
    Al —Amy reclama mi atención desde el agua.
    ¿Eh?
    Cámbiate de ropa, no vamos a salir —señala mis vaqueros largos, aún con la ropa de Los Ángeles; lo cierto es que hace más calor de lo que esperaba, aunque sea casi de noche—. He pedido cena y debería llegar en un rato.
    No tengo hambre. Y he quedado —alzo los informes que estaba leyendo—, acabo de recordar algo sobre el hermano de Nancy Torres y quiero continuar.
    Sabes que eso es siniestro, ¿no? —me saca una sonrisa a la fuerza—. Y ya lo resolvimos, fue un ajuste de cuentas. Como todo últimamente —suspira.
¿En serio que ya se resolvió? Reconozco que no he estado muy al día con los asuntos de la policía, pero pensaba que al menos podía mantener un ritmo algo atrasado, no tanto. De todas formas, corren rumores de que su hermano, un tal Paul de unos veinte años o así, está relacionado con Moore, por lo que dejaré el informe cerca para echarle un vistazo más tarde a ver si consigo algo en claro. No hay nada en la base de datos sobre él, de manera que esperaré a que se delate solo o que pueda verle con Alexander, aunque sinceramente, con lo grande que es la mafia, tengo mis dudas.
    Mañana iré a buscar a Moore a ver si puedo sacarle algún tipo de información.
    ¿De esto?
    De lo que pueda —me encojo de hombros.
    ¿Entonces nada de margaritas? Pues tendré que beber sola —intenta darme pena cuando me levanto de la tumbona para meterme en la casa.
    Llama a Aaron. Pondré la música alta.
Le propongo con una sonrisa maliciosa y, antes de darme la vuelta, veo cómo empieza a sonrojarse. No está mal que sea yo quien me meta en sus temas amorosos por una vez. Me río y sé que se enfadará conmigo por decirlo, pero la verdad es que prefiero divertirme un rato a haberme callado, demasiado tengo que hacerlo fuera de estas paredes. Y yo le he dado carta blanca para hablar conmigo de lo que quiera, lo que no es poco, conociéndome, así que tengo el mismo derecho con ella.
Echo un vistazo al cielo con el característico naranja atardecer, y subo a mi cuarto. Me pongo unos pantalones anchos de pijama y la camiseta de tirantes de siempre antes de sentarme en la cama y abrir el cajón de la mesilla para sacar mi antigua navaja. Es increíble cómo una simple charla puede cambiar tanto a una persona, hace unas horas no quería ni oír hablar de mi antigua, verdadera vida, y ahora, sin embargo, me han entrado ganas incluso de volver. No para quedarme, claro, sino para ver qué ha sido de aquello. Me ha hecho pensar en qué habría sido de mí de no haber entrado en el FBI. Podría haber llegado a algo serio con Patrick, habríamos seguido en la banda hasta… ¿cuándo? No lo sé, seguramente hasta que uno de los dos hubiera muerto por una pelea o por una complicación en alguna enfermedad por el ritmo de vida que llevábamos; no descarto nada, ya que fácilmente podríamos habernos enganchado a alguna droga dura, no es una idea tan descabellada, dado que yo lo estaba a la marihuana y bebía bastante a menudo. Quizá esa vida hubiera sido mejor que esta, al menos no habría sufrido tanto.
La navaja me la dio mi hermano una vez que le visité, con intención de hacerme volver, diciéndome que prefería verme pelear con navajas que codearme con tipos con pistolas y con un chaleco antibalas. De momento, no he visto a Alexander empuñar un arma, así que por esa parte no debe preocuparse, aunque sus guardaespaldas tengan dos cada uno y yo vaya desarmada con un hombre que se deshace de las mujeres con las que sale en cuanto cree que le empiezan a molestar.
En este caso, ha sido él quien ha insistido en intentarlo, sin embargo, no sé cuánto puede durar este estado de embriagadora felicidad, por falsa o fingida que sea. No lo tengo claro todavía. Él tiene el corazón demasiado roto como para sentir correctamente y la mente demasiado perturbada por las ideas de venganza que su padre le inculcó. No sé lo que pasaría si descubriera lo que hice. Es sólo cuestión de tiempo.
Pruebo a manejar la navaja equilibrando el peso en la palma, abriéndola y cerrándola con facilidad. Sonrío inconscientemente al ver que no he perdido destreza y la lanzo contra la pared, que se clava exactamente donde quería con una ligera vibración. Esta vez sí me doy cuenta de que las comisuras de mi boca se alzan.
Me levanto para recogerla y la pongo en su sitio, guardándome el sueño junto a la pistola, antes de dormirme. Después del día tan intenso, es lo que más necesito.

Nada más despertarme, hago el desayuno para las dos y me como el mío saboreando cada gramo. Hacía tiempo que no comía y la verdad es que se agradece, y más después de dormir hasta casi mediodía. Amy sigue en la cama, a saber cuándo se acostó. No creo que me haya hecho caso, así que lo más probable es que se haya quedado hasta tarde viendo cualquier culebrón en la televisión, sin embargo, al ver sobre la mesa papeles, comprendo que se quedó trabajando. Leo por encima lo que pone y me doy cuenta que es un seguimiento a Alexander durante el tiempo que no estuvimos activas esperando a que ella se recuperara. Ha aumentado su seguridad, aunque se sigue sin saber exactamente la posición de su casa, dado que siempre hay algo que distrae al agente que lo hace, bien un hombre, una furgoneta o un semáforo. Me resulta increíble que una sola persona (con cierta seguridad de apoyo) sea capaz de burlar a varios agentes especialmente entrenados para el seguimiento de sujetos. Aunque seguramente su padre le haya enseñado a él a esquivarlos, a no dejar huella, lo que no me sorprende tanto. Debería intentar que me lleve a su casa, o al menos encontrar algún indicio que pueda llevarme hasta ella más allá de lo que han logrado mis compañeros.
Creo que lo mejor sería que me pusiera al tanto del caso con lugares que frecuenta y cosas por el estilo, lo que me puede dar pistas de los locales que controla y de la gente que está de su lado.
De momento, sólo se sabe que mantiene trato con la mafia rusa y sospechan que son ellos los principales proxenetas. Sin embargo, de lo que están seguros es que respecto a la droga, se la proporcionan los italianos a cambio de protección en algunas zonas y que las armas son completamente suyas. Yo podría conseguirle mercancía mejor con los contactos de la policía, aunque no creo que sea cien por ciento legal. Supongo que me arriesgaré a que me descubra el FBI a cambio de la confianza de Alexander, no tengo demasiado que perder hoy por hoy. Dejémoslo como un plan B, por si acaso.
Cuando Amy se levanta y ve lo que estoy haciendo, en seguida se pone a ayudarme con lo que le pido e ideamos un plan bastante descabellado y completamente en su contra, pero no tiene nada que hacer contra mi tozudez. Al menos sabe dónde estoy y qué voy a hacer, no obstante, quizá sea peor, pero es mi compañera a las buenas y a las malas.
Me visto con un vestido demasiado atrevido para mi gusto, pero es lo que hay si quiero conseguir lo que me propongo, me arreglo más de lo necesario y salimos por la puerta.
Sabemos la existencia de algunos prostíbulos clandestinos llevados por los rusos y Moore, pero sólo hay uno que sea del estilo que nos interesa. Alto standing. Las mayores fortunas de Miami se reúnen aquí para engañar a sus esposas o simplemente pasar un buen rato con alguien escogido a la carta a cambio de mucho dinero.
Mi compañera me desea suerte en un susurro cuando bajo del coche y me encamino a la puerta. Por fuera parece un club de copas cualquiera, exclusivo para ricos, eso sí, y lo refleja claramente el aparcacoches y el gorila de la puerta con traje y corbata, pero lo que alberga dentro es un verdadero infierno para las chicas.
Hace un tiempo tuve la oportunidad de hablar con una chica que consiguió escapar con vida, nadie se figura cómo, pero la tortura psicológica era bastante notable, y la forma de tratarlas no parecía mucho mejor: palizas, violaciones, amenazas... Pero quizá no sea igual con las de lujo, los clientes son exigentes y quieren a chicas perfectas, sin marcas de golpes o tan frágiles que puedan romper a llorar sólo con un gesto amable.
Me acerco al gorila directamente y, cuando me bloquea el paso, pregunto por Smirnov, el apellido del que controla la zona en este negocio, cortesía de una investigación previa de la policía que ha obtenido Amy, no quiero saber cómo.
Alguien que está fuera de esto no lo conocería así de fácil ni mucho menos se atrevería a decirlo abiertamente, por lo que me deja pasar e indica a un hombre que había al lado del guardarropa que me guíe. Me lleva por un pasillo casi escondido, donde a mitad de camino me cachea —yo diría que excede con creces lo reglamentario— para asegurarse de que no llevo micros ni armas, me pregunto qué tipo de micros se pensará que se usan hoy en día para que se puedan detectar con un simple cacheo. Me quita el bolso con el móvil dentro y sé que el juego ha comenzado.
Continuamos hasta una sala redonda gigante, llena de sofás y chicas en ropa interior repartiendo copas a los hombres sentados en éstos. Hay desde casi adolescentes hasta algún que otro que rozará los ochenta, pero todos quieren lo mismo y no se reprimen en pedirlo ni en demostrarlo. Algunos me miran con descaro y me muerdo la lengua, pues no hay nada de lo que esté pensando que no me meta en serios problemas. Hay chicas más jóvenes que yo, algunas estoy segura que ni siquiera alcanzan la mayoría de edad y a nadie le importa lo más mínimo. Miro al frente hasta que el hombre se detiene ante una puerta sencilla y llama con los nudillos. Una voz rota nos indica que pase y mi acompañante le cuenta que estoy interesada en hablar con él. En seguida le ordena retirarse para estar conmigo a solas. Respiro hondo para ocultar el miedo y le miro a los ojos. Tiene un rostro duro, de mandíbula cuadrada y ojos claros, al igual que el pelo, que no estoy segura si es rubio o blanco. Marcas en la piel de picaduras rematan el aspecto peligroso que intenta disimular vagamente con traje.
¾    ¿Sabes quién soy? —es lo primero que dice con su marcado acento.
¾    Kyril Smirnov —yo también sé jugar a los acentos y hago uso del mío francés.
¾    No era eso exactamente lo que quería decir.
¾    Lo sé. Quiero trabajar para usted. Aquí.
¾    Francesa...no tengo a nadie así... ¿Cómo te llamas?
¾    Ginette Alizé. Me trajo un buen cliente hace un par de meses, pero las cosas se torcieron y ahora estoy en la calle.
¾    ¿Cómo? —me inspecciona con la mirada y se acerca lentamente.
¾    Se arruinó. Sin dinero, no hay servicios. Pero me habló de usted, y decidí intentarlo. Me han dicho que es el mejor de la ciudad.
¾    Del estado —me corrige—. ¿Quién era ese cliente?
¾    No me diga que es un trabajo que requiere referencias —sonrío sarcástica.
¾    Era curiosidad, la verdad. Pero necesito varias cosas, no todo es tan fácil.
¾    Adelante.
¾    Un contrato de exclusividad y disponibilidad veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Comprenderás que nuestros clientes solicitan lo que quieren cuando quieren, y eso no se somete a horarios.
¾    Comprensible. ¿Mi sueldo? Quiero un...
¾    Antes —me interrumpe—, debes pasar un par de pruebas —alzo una ceja, interrogante—. Mi socio debe darte el visto bueno antes de nada, y si la superas, debemos... —me mira de arriba abajo— comprobar que eres apta para el trabajo.
¾    Por qué será que no me extrañaba —se me escapa y no fuerzo el acento; espero que no lo haya notado.
¾    No te importará ¿no? Nuestros clientes son exclusivos, sólo les podemos dar lo mejor.
¾    No esperaba menos —paseo una mano por su pecho, provocándole, con la esperanza de desconcentrarle.
¾    Bien —me agarra el trasero con tanta fuerza que duele, y me muerdo el labio para no golpearle—. Mañana pásate a esta hora y le conocerás.
¾    Seré puntual —susurro en su mejilla— ¿Puedo preguntar quién es?
¾    Alexander Moore. Pero él siempre está ocupado para estas cosas, así que vendrá su segundo al mando, Sean Coleman.
¾    Hasta mañana entonces —le rozo los labios con los míos y él con se conforma con eso, sino que me aprieta hasta besarme.
¾    La esperaré —se separa y me lleva a la puerta.
Salgo de allí a paso tranquilo, observando cada detalle para comunicárselo a la policía para cuando hagan la redada. Cojo una copa que lleva una chica en una bandeja y me la bebo de un trago, necesito algo que me ate a la razón y que aplaque mis impulsos, y eso ahora sólo lo puede conseguir la sensación de ardor en mi garganta que deja el alcohol, por no hablar de las ganas que vomitar que me han entrado. Ha sido verdaderamente asqueroso. Por mal que pueda estar, no puedo esperar a borrar todo aquello con alcohol y, si tengo suerte, con Alexander. Él es peligroso, pero no hay ni punto de comparación.
Sé que no es bueno para mi hígado, que lo estoy destrozando y que es lo peor que puedo hacer y bla bla, pero tampoco es que tenga grandes expectativas a largo plazo.
Cruzo la calle y entro en el coche sin decir nada, pensando en mi próximo movimiento. Hay algo raro en todo esto, pero no consigo averiguar el qué. Amy me mira, esperando explicaciones de vuelta en el coche.
¾    Necesito ver a Alex. Y vomitar.
¾    ¿Necesitas?
¾    Hay algo raro. Ha salido como esperábamos, pero me han pedido una prueba.
¾    ¿Una prueba de...? —arranca el coche y nos movemos.
¾    Exactamente —adivino sus pensamientos—. La cuestión está en que el socio de Smirnov me tiene que dar el visto bueno.
¾    Por favor no me digas que Moore te va a descubrir —cierra los ojos.
¾    Ahí quería llegar. Él ''siempre está ocupado y no se ha pasado nunca por allí''.
¾    ¿Quieres decir que está utilizando su nombre para enriquecerse?
¾    No, sabe las consecuencias de eso, y no creo que tenga ganas de acabar atado a la hélice de algún barco. El club es suyo, eso es seguro —añado pensativa.
¾    Si te digo la verdad, a mí no me parece un tipo de los que trafican con mujeres. No me cae bien, pero tiene ciertos principios. Retorcidos, eso sí, pero los hay.
¾    A mí tampoco. Por eso quiero hablar con él.
¾    ¿Al paseo?
¾    Sí.
Nada de esto tiene sentido. Conozco a Alex y sé que no sería capaz de esto, ni siquiera su padre, pero lo que he visto no dice lo mismo. Otra cosa sería cómo explicárselo, cómo decirle que me he hecho pasar por una prostituta para ¿qué? ¿Para ver si era verdad que regentaba un prostíbulo con otro mafioso? Supongo que eso lo veré sobre la marcha, pero ahora la cuestión es averiguar qué está pasando y comenzar a trabajar en serio. Tengo que dejarme de sentimentalismos, estoy aquí para detener a cuantos más mejor, y eso pienso hacer. Pero tiene que ser poco a poco y de manera que pueda mantener mi tapadera a salvo. No será fácil.
Amy aparca en el paseo marítimo, justo donde le indico que lo haga, y se baja conmigo.
¾    ¿Y ahora qué? —me pregunta.
¾    Esperar. No suele tardar mucho, no te preocupes.
¾    ¿Va a venir?
¾    No lo sé —me siento en el borde del muro que separa la playa del paseo—. A veces sí, a veces no.
¾    Qué intriga —murmura con un tono sarcástico digno de mí.
Se pone a mi lado y observa la playa, esperando al igual que yo. Normalmente Alex vendría dentro de un rato, como mucho media hora, pero no creo que hoy sea así. Le dije que contactara conmigo cuando estuviera decidido, y si lo ha intentado cuando estuve fuera, seguro que se habrá enfadado. La paciencia nunca ha sido su fuerte.
Al cabo de un rato, un chico joven, cuya cara no consigo situar, pero estoy segura de que le conozco. Lo único que puedo recordar es una extraña neblina, un pinchazo... ¡Mierda! Este chaval es quien me inyectó aquella droga para dejarme inconsciente.
Tenso cada uno de mis músculos cuando se acerca hasta que me tiende un teléfono, el cual comienza a sonar con un número oculto en la pantalla. Ambas lo miramos y lo cojo sin pensar. Sé quién es y no necesito más. Mientras, el chico se aparta unos pasos para darnos una nimia privacidad.
¾    ¿Alex?
¾    Alice, ¿estás bien? —la voz de Alexander resuena por el teléfono.
¾    Sí, sólo quería hablar contigo.
¾    ¿Es urgente?
¾    Puedo esperar —digo con tono cansado.
¾    Te veo en media hora en el Café Solo. Por cierto, quédate el teléfono, es tuyo. Tiene mi número en la agenda, así podrás hablar conmigo cuando quieras.
¾    Ahora te veo.
Cuelgo y le digo a mi compañera dónde tengo que estar; por otro lado, el chico se ofrece a llevarnos, pero según Amy, llegaremos en diez minutos, así que podemos ir con tranquilidad e incluso preparar lo que decir. Sólo tengo que librarme de ese tipo.
¾    Francesa —llama mi atención—. Siento lo del otro día, me obligaste a hacerlo.
¾    Sí, claro. ¿Quién coño eres?
¾    Paul —me ofrece la mano, pero se la rechazo—. Soy su amigo, te lo aseguro.
¾    Qué pena que no te haya matado por hacerme eso —me cruzo de brazos.
¾    Vale, francesa, suficiente odio por ahora. Vete ya si no quieres meterte en problemas con él. Sería una pena, me gustan tus piernas. Entre otras cosas.
Se ríe sin reparos y nos deja en paz con las manos en los bolsillos. Está demasiado seguro de sí mismo para tratarme de esa manera, nadie de la mafia de Moore se había atrevido jamás siquiera a dirigirme la palabra, así que no quiero ni pensar quién se supone que es este crío como para poder llamar a Alexander ''amigo''. Amy esperaba en el coche, con la mano en la pistola preparada, y cuando me acerco, nos ponemos en marcha. Ha escuchado la conversación y seguro que estará atando cabos como yo.
¾    ¿Siempre ha sido así? —me mira de reojo, sin apartar la atención de la carretera.
¾    ¿Qué? —me ha pillado desprevenida.
¾    Que si Moore siempre te ha regalado cosas caras.
¾    Más o menos. Estuvimos poco tiempo, y nos controlaban, así que...
¾    ¿Conservas aún los regalos?
¾    Sólo...fueron unos pendientes. Bastante caros, eso sí, pero no más.
¾    No has respondido.
¾    Está bien; sí, aún los tengo. En una caja de seguridad en Nueva York.
¾    ¿Y si empieza a regalarte más cosas, qué harás cuando terminemos?
¾    No lo he pensado, pero supongo que lo pondré todo junto.
¾    Buena idea.
¾    Lo sé.
La conversación se acaba hasta que llegamos al café que nos ha indicado. No quiero continuar, la verdad, ahora mismo me supera. El sitio es bastante sencillo, me sorprende que él lo conozca. Mesas pequeñas y redondas con dos sillas y grandes ventanales para aprovechar la luz. Elijo la mesa de la esquina, al lado de la ventana y así poder controlar quién llega, aunque no sea demasiado seguro, seríamos un blanco fácil. Amy se fija en el detalle y no se calla, para variar, cuando traigo los cafés.
¾    Vaya, qué sorpresa.
¾    ¿Por qué?
¾    Has superado tus neuras —señala al cristal.
¾    La última vez que las dejé de lado casi nos matan, deberías estar agradecida. Y si sacan una pistola, les veré; puedo ver toda la calle, de hecho —me recuesto.  
¾    No todos van a querer matarnos.
¾    Yo no he dicho todos.
Me dirige una mirada de reprobación antes de cambiar de tema. Intentamos encontrar alguna manera de abordar el tema a Alexander sin que suene sospechoso o sin que se enfade, aunque lo último ya aseguro que es imposible. Es muy protector conmigo, y si se me ocurre contarle lo que he hecho se pondrá como una furia. Comprensible, sí, pero no muy soportable. Por no decir cómo me ha tocado el ruso. Él si que tendría una tumba ya cavada.
Ninguna de las ideas que me propone me parece aceptable siquiera, por lo que prefiero dejarlo para el momento, encontraré la manera de sacar el tema sutilmente y así podré preguntar con cierta tranquilidad. A falta de cinco minutos para que llegue, me levanto para ir al baño y quitarme el maquillaje. Me siento ridícula con tanto, me parece incómodo y falso, no entiendo cómo les puede gustar, pero qué se le va a hacer.
Sin embargo, cuando estoy a punto de pasar al pasillo que da a los baños, siento cómo me agarran y me entierran en un amasijo de carne y ropa. Aunque reconocería a quien me abraza a millas de distancia y su olor y abrazo me es tan familiar casi como si fuera yo misma, es el hecho lo que me preocupa. No es normal que no se controle con gente delante, que se deje llevar tan fácilmente por sus emociones o sentimientos. Por esto, le separo con esfuerzo y le miro a los ojos, pero estos me analizan de arriba abajo.
¾    Alice... Estás bien. No te han hecho nada, ¿verdad?
¾    Tranquilo, estoy perfectamente —le cojo de la mandíbula para obligarle a calmarse—. ¿Qué ocurre? —por primera vez veo el pánico en sus ojos, que poco a poco va disipándose.
¾    No es seguro —mira alrededor.
¾    Ven, tengo una mesa.
Le llevo de la mano hasta nuestra mesa, donde Amy no le quita el ojo de encima. Él duda al verla a mi lado, pero le convenzo con un apretón de manos de que se siente.
¾    Es de fiar —le aseguro.
¾    Siento lo de...bueno, lo de la pierna —dice con apuro.
¾    Yo también —le contesta ella—. Mejor os dejo solos, te espero fuera.
¾    Como quieras —la observamos irse y cuando cruza la puerta, él me coge más fuerte de la mano y la besa; esto sí que no es normal—. ¿Qué pasa? —intento decir con la máxima dulzura.
¾    Hay un traidor. Uno de mis hombres ha estado pasando información a otro...empresario.
¾    ¿Cómo lo sabes? —se tensa cada músculo de mi cuerpo, incómodo.
¾    Organicé una llegada de mercancía para anoche, nadie excepto mis más allegados lo sabían, y aun así sus hombres estaban esperando en la orilla.
¾    Pudo ser una coincidencia.
¾    No, ese es mi territorio, saben dónde se meten. Hubo un tiroteo, nada serio, pero...
¾    ¿Te hirieron? —no sé si estoy más nerviosa por él por mí; ahora soy yo quien le busca heridas, pidiendo estar equivocada. 
¾    No, me mantuve al margen. Pero podrían saber quién eres, podrían... —vuelve a alterarse.
¾    Tranquilo —le beso con suavidad—. No ha ocurrido nada, estamos bien. ¿Sabes quiénes eran los de la playa?
¾    No, nunca los había visto. Cuando hemos hablado pensaba que...
¾    Ya está, Alexander, sé cuidarme, lo sabes. Deja de preocuparte tanto por mí y hazlo más por tus negocios.
¾    ¿Se puede saber dónde te habías metido? Estuve todo el día buscándote y no encontré ni rastro. ¿Por qué no me avisaste?
¾    Emergencia familiar que te contaré más tarde. Ahora responde a una cosa, ¿conoces a Sean Coleman? —¿para qué la sutileza?
¾    Es uno de los míos, ¿por qué?
¾    ¿Importante?
¾    No, un traficante más. ¿A qué viene...?
¾    Le he visto —le interrumpo— hace un rato. Se las da de tu segundo al mando en un club de Miami Beach.
¾    ¿Te ha hecho algo? —se tensa en la silla.
¾    No, no. Pero sí a un montón de chicas.
¾    No te entiendo.
¾    Es un chulo, Alex. Y dime por favor que no tienes nada que ver con eso.
¾    ¿Con la trata de blancas? Ni en broma, Al. Yo vendo cosas, no obligo a nadie a comprarlas. No es mi problema qué hagan con ello. Pero eso es asqueroso, las personas son libres de elegir, en eso se basa mi negocio; y no seré yo quien lo permita en algún local mío —se pone en pie, hinchado en dignidad.
¾    Espera —le detengo por el brazo—. Si vas ahora, no le encontrarás y no tendrás pruebas. Mañana nos vemos, ven conmigo y será todo tuyo.
¾    ¿Qué haces viéndote con él?
¾    He hecho...algo para lo que necesitaba que nos viéramos, eso es todo. Negocios.
¾    Sospechabas de él, ¿verdad?
¾    De todo en general, no te creo capaz de hacer aquello a esas chicas. Tienes buen corazón —le susurro con una media sonrisa.

¾    Me estás haciendo débil, Du' Fromagge —me responde serio, con la mirada clavada en mis ojos y tan bajo que apenas lo oigo.