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miércoles, 7 de agosto de 2013

Cap. 8


Recobro el conocimiento bruscamente. Tengo el vello de la nuca y de los brazos erizado por el frío que me ha provocado el cubo de agua que acaban de vaciar sobre mi cabeza. Intento apartarme el pelo de la cara, sin embargo no puedo mover  las manos de detrás de la espalda. Forcejeo en vano, pues la cuerda que las mantiene unidas me quema la piel. Tampoco puedo ver —parece que me han puesto una venda en los ojos— ni apenas respirar debido a la mordaza. Echo la cabeza atrás antes de recibir la primera tanda de golpes, trabajando sobre todo las costillas. 

No hay que pensar mucho para conseguir las respuestas a todas las preguntas que se formulan en mi mente. Estoy, aparentemente, secuestrada; lo peor no es que me vayan a matar, es el recuerdo que dejaré a aquellos que conocieron cada parte de mí. Espero que acabe rápido y que no tenga que sufrir demasiado, aunque lo dudo si mis sospechas sobre el responsable de esto están en lo cierto, y estoy bastante segura de tener razón.

    Suficiente —una voz dura me saca de mis pensamientos.

Me quitan la venda de los ojos y la mordaza; al menos puedo respirar. Ya había reconocido su voz, pero verlo me produce náuseas. Le escupo la sangre que se acumula en mi boca. Me dirige una mirada de desprecio que contrasta con la falsa sonrisa.

    Tan joven y tan necia —se limpia la cara con un pañuelo—. Te advertí, te dije lo mejor para ti y aun así…

    Volví a arreglar algunas cosas —digo con esfuerzo.

    Nunca te fuiste, Sanders —me quedo de piedra al oír eso—. Sí, sé quién eres —confirma mis temores—. Te criaste en un barrio pobre con tus amigos pandilleros. Sin embargo, hay algo que se me escapa: cómo te metiste en la policía. Es obvio que fueron ellos quienes te dieron la nueva personalidad y las facilidades así que, ¿podrías decírmelo tú? Porque tus amigos tampoco saben más allá de la pelea de instituto.

    No sé de dónde te has sacado eso, pero quien te lo haya dicho, miente.

    Lo he comprobado, tranquila. Tienes otra oportunidad. Dímelo y será rápido. Ya me has dado demasiados problemas —uno de los matones saca su pistola.

Es la primera vez que consigo apartar la vista de Ronald Moore. Está flanqueado por un par de hombres altos y anchos de espaldas con armas ocultas dentro de las chaquetas americanas azules marino.

Tengo las muñecas en carne viva, aunque he conseguido aflojar el nudo bastante. Moore no esperaba que el entrenamiento también tuviera cosas tan prácticas como esta. Mantengo su mirada en silencio hasta que decido lo que decir.

    ¿No te da asco mirarte cada día en el espejo? ¿Ver esas manos manchadas de tanta sangre? Mataste a Sarah Evans —la que fue novia de Alexander— y a la madre de tu hijo. Todo por tu estúpida teoría de no tener punto débil.

Sonríe y asiente levemente. Acto seguido la puerta de la habitación —fría y vacía. Con un fluorescente pegado al techo resaltando el blanco impoluto de las paredes y el suelo a excepción de unas gotas rojas en este último— se abre. Entra casi a rastras un chico con la camiseta raída y manchada de sangre, con los espacios que deja ver magullados. Se regocija ante mi cara de espanto y le quita el saco de la cabeza. Sus cabellos rubios se alborotan y sus ojos oscuros, antes con un brillo natural que ahora ha desaparecido, se acomodan a la brillante luz. Lo empujan hasta caer de rodillas.

    Admito —Moore reclama mi atención— que el truco del accidente de coche estuvo bien. Y lo del pelo fue buena idea, pero ¿sabes el problema? Te crees mucho más lista que la mayoría.

    ¿Acaso no lo soy? —le desafío antes de sacar con cuidado las manos de sus ataduras— Cuando esto acabe, toda la policía, por no mencionar el FBI y posiblemente la CIA, caerá sobre ti. No tardarán en meterte en la cárcel y, si tienes suerte, te concederán la pena capital —saco fuerzas de donde no las tengo.

    ¿Cuándo acabe? —profiere una risa gutural— Si tuviste un accidente. Chocaste contra un árbol con tu precioso Mustang, ¿recuerdas? Para el mundo estás muerta, Alice. Una pena, tan joven… Y si te referías a tu vida en Harlem, Sanders corrió la misma suerte que su homónima Du’Fromagge. ¡Cállate!

Grita a PJ cuando le oye protestar, a pesar de que no se le entiende con la mordaza. Vuelven a golpearle hasta que Moore les indica que paren.

    Dile a tu amigo que se calle —vuelve a referirse a mí.

    No le conozco —mi tono es tranquilo e impasible. Empiezo a idear un plan de fuga. Ahora es mucho más difícil: debo llevármelo conmigo.

    ¿En serio? Cada vez estoy más convencido de todo. Le dejas pasar varias noches en tu casa y luego haces esto. 

    ¿Nunca te han dicho que tienes una gran imaginación? —continúo de la misma manera. « ¿Cómo podría desatarme los tobillos de la silla sin que se note?».

    ¡Maldita niñata! —él mismo me golpea fuertemente en la cara.

Tengo que agarrarme a la silla para caer con ella y no por separado. «Gracias». Me da la oportunidad perfecta para sacar los pies. No se dan cuenta gracias a PJ, que protesta de nuevo. Ordena que me levanten y sujeto la cuerda con los pies. Incluso se ha hecho daño en la mano, por cómo se la masajea levemente.

    Pues parece que él si te conoce —le aferran con más fuerza y R. Moore termina de romperle la camiseta. Señala una inscripción en la parte izquierda de su pecho en negro.

    Eso no demuestra nada —en la inscripción se lee perfectamente Alice escrito con mi propia letra. Eso antes no estaba.

    Igual que lo que has dicho antes. La chica desapareció, mi esposa nos abandonó cuando Alexander sólo tenía dos años, tú te mataste en un accidente de tráfico y el chico se metió en una pelea y salió mal parado.

    Monstruo —mascullo—. Quédate conmigo si quieres, pero a él déjale irse —PJ insiste en gritar—. ¡Déjame hablar! —le grito.

    ¿No decías que no lo conocías? —me mira con una sonrisa triunfante. «Tengo que conseguir la pistola de alguno de ellos. En total son cuatro más Moore».

    Es inocente. No tiene nada que ver conmigo.

    Te propongo un trato. Me has caído bien y has hecho que gane bastante dinero así que… Dime el nombre de todos los agentes encubiertos que te han ayudado y os dejaré marchar. Yo mismo os pagaré un vuelo de ida a donde queráis a vivir vuestro amor…

    ¡No somos nada!

    Bueno, bueno, no te pongas así —intenta tranquilizarme—. Quiero los nombres reales y de su tapadera. ¿Hay trato?

    ¿Por qué voy a creerme que nos vas a dejar libres? Acabas de decir que engañé a tu hijo.

    No te voy a negar que tu traición me dolió, pero Alexander ha conseguido aceptar tu muerte y no permitiré que dé un paso atrás. Yo mismo me aseguraré de que no vuelvas al país, ni siquiera de que pises una comisaría en lo que te queda de vida.

    Hay trato —confirmo después de pensar un rato.

    Espléndido. Por fin entras en razón que lo mejor es estar de mi lado.

    En realidad sólo hay uno. ¿Me podrían aflojar las muñecas? —Moore me mira con recelo—  La cuerda me está cortando la circulación —aclaro y sigue sin fiarse de mí—. Prometo que no voy a intentar nada. Ya tengo lo que necesito.

Moore asiente levemente y ordena a un guardia que lo haga. Al acercarse a mí, me levanto con brusquedad. Lanzo la silla con las piernas al que venía a quitarme las ataduras, cayendo al suelo; no antes de darme el suficiente tiempo y espacio para coger la pistola de su cinturón. Apunto directamente a Ronald Moore a la cabeza. Los guardaespaldas restantes se dirigen a mí, con cierto miedo de que me decida por hacer una locura y matar a su jefe. Por si acaso se me ocurre llevar a cabo el sueño de tantas personas, el que parece más fuerte pega el cañón de su arma a la cabeza de PJ.

    Un paso más y juro que disparo. Aunque vaya contigo al infierno, Moore.

    Vaya, vaya. No paras de sorprenderme. Dijiste que no ibas a intentar nada.

    Porque no se va a quedar en un simple intento. Voy a conseguir que te pudras en la cárcel —el que mantenía encañonado a PJ se tensa aún más.

    Eso si sales con vida de aquí, ¿no? Te estoy dando la oportunidad de salir con vida y ¿así me la pagas?

    No soy estúpida. Después de darte la información nos matarás.

    Tienes la mente muy retorcida para tener… ¿quince?

    Dieciocho.

    Haz como tu amiga y habla antes de que ocurra. Pasaré por alto este incidente y haré que no sufra mucho —se dirige a PJ.

    ¿Qué amiga?

    No me acuerdo bien del nombre, pero era baja, rubia… —sólo hay dos chicas rubias en el grupo: yo y…

    Emma…—murmuro.

    Exacto. No se lo tomes en cuenta, necesitaba el dinero para su novio. Al parecer le han encerrado por homicidio —me quedo blanca al oírlo. « ¿Hood? No puede ser…él no haría tal estupidez». Agarro mejor el arma por miedo a que se me cayera con la impresión—. Sabes que no te mentiría, Alice. Odio la mentira.

    Eres un…—pego a su frente el arma y siento otras dos a cada lado de mi cabeza.

    Apartadla, chicos. No quiero que me salpique. Primero a él —señala a mi amigo—; que sienta el dolor.

Se me hace un nudo en la garganta. ¡Soy una niña! Esto es demasiado. Debo encontrar una salida, una distracción, una mentira…

    ¡Espera! —les paro cuando cargan la pistola para rematarme cuando lo hagan con él.

    ¿Últimas palabras a tu amante? Qué tierno.

    No. A ti, Moore.

    ¿Me has cogido cariño como suegro? Aún mejor —se ríe. Es una risa siniestra y malévola: sin sentimientos.

    No te preocupes, no es eso —clavo mis ojos en los suyos. Cuatro ojos azules midiéndose e intentando entrar en la mente de su adversario—. Porque prefiero morir mil veces a que mi hijo te tenga como abuelo. A tener un niño con tu misma sangre —escupo.

    ¿Hijo? Más quisieras que Alexander… —se para ante mi expresión— No es posible, sois muy jóvenes.

    No tanto. Ya me has subestimado bastante ¿no crees? Además, las nuevas generaciones estamos saliendo muy rápidas. Tú mismo dijiste que Alexander ha llegado a amarme con mucha intensidad —pongo una sonrisa de superioridad.

    Si fuese verdad… ¿Alexander ya lo sabría?

    Acababa de decírselo cuando tus matones me secuestraron. Lo sabe todo: las amenazas, los intentos…el bebé —continúo a pesar de la cara de dolor que intenta ocultar sin conseguirlo PJ—. Y está ansioso por verme y… —oigo la bala prepararse.

    Le contaré que… — Moore intenta convencerse.

    ¿Qué? Ya no te creerá. Iba a reservar unos billetes para Marsella, para vivir lejos de todo esto. Lejos de ti. No quiere que sufra lo mismo que su padre. No quiere que tenga su misma vida.

Empiezo a contar mentalmente «3…». Hago una seña a PJ para que vayamos sincronizados y me facilite el trabajo —seguro que apenas puede andar—. Unas gotas de sudor caen a la vez del rostro de Ronald Moore que las de sangre proveniente de mi nariz por los golpes de antes. Me siento mucho más empapada que al despertar.

«Miro con disimulo la puerta; fácil de abrir. Me cuelo entre ese y luego el otro. Le cojo, disparo a aquel…»

    Mi hijo me quiere. Nunca me abandonaría por una puta —«2…»—. Y menos a la que ha dejado embarazada.

    En realidad no te quiere —«1…»—. Lo que siente por ti es miedo y, ahora, desprecio.

«0…» Me agacho y las balas que iban dirigidas a mi cabeza se las llevan la pared y el hombro del que amenazaba a PJ. Desde abajo barro con una pierna al autor de un disparo y cae sobre el otro, sin pistola una vez en el suelo. Todo lo que tienen de músculo les falta de cerebro, sin embargo no hay tiempo para risas. El plan debe desarrollarse en apenas unos segundos o fracasaré. Disparo al ya herido guardia y cae inmóvil al suelo, formando un charco rojo.

Me giro y automáticamente hago lo mismo con los otros dos detrás de mí, teniendo en cuenta que uno ya tenía el dedo en el gatillo. Si no recuerdo mal estas pistolas tenían unas dieciocho; me quedan catorce.

    ¡Corre! —consigo gritar en plena acción, no obstante, PJ se levanta torpemente.

Ataco al último que me queda para quedarme a solas con el verdadero enemigo. Noto algo en la parte derecha del abdomen, bajo las costillas, y me cambio la pistola de mano —a la izquierda—, lo que no me detiene de disparar de nuevo; fallo y le remato en el pecho. Sin bajar el arma de la cabeza de Moore doy una patada a la mano del último para que suelte la pistola y la recojo con cautela. Me la guardo en la parte trasera del pantalón y  con otro tiro limpio en el cuello, acabo con el último. No puedo evitar dudar disparar a Moore aquí y ahora; terminarlo todo de una vez.

    Venga, hazlo. Maté a toda esa gente, me lo merezco —me anima—. Y tú también. Acabas de matar a cuatro hombres, y la mayoría estaban desarmados. Cuando salgas de aquí yo seré el asesino y tú la heroína. Yo sólo he vendido lo que me pedían y he intentado hacer lo mejor para mi hijo. Igual que tú para el tuyo —cierra los ojos—. En realidad no somos tan diferentes —finaliza su discurso con un suspiro.

    Tienes razón…excepto una pequeña diferencia. Yo no mato por placer, ni tampoco a mujeres y niñas. Y que no se te olvide que soy mejor que tú.

Gasto otra bala en su espinilla; diez. Así me aseguro de que no se atreverá a seguirme él solo, porque esta vez no podría controlarme. Algo me tira de la blusa y al girarme encuentro a un PJ maltratado y angustiado. Asiento con la cabeza, ignorando su mirada y salgo corriendo por la puerta. Extrañamente, a mi cuerpo le cuesta responder y, a medida que avanzamos, se cansa incluso más de lo que lo hizo cuando salí a correr. Se supone que la adrenalina debería anular esta sensación. La mansión resulta ser un enorme laberinto que parece no tener fin —me encargo de más guardias mientras tanto— hasta reconocer la puerta del despacho. Cierro los ojos, intentando concentrarme para encontrar la salida y empiezo a guiar a mi acompañante. La tarea se hace más ardua mientras avanzamos, mi memoria está difuminada por la adrenalina, el cansancio y el tiempo; y también hay que sumarle que seguimos encontrando guardias —a mitad de camino tengo que tirar la primera pistola y vaciar también la otra, sobre todo porque gasto una media de varias balas por guardia.

Conseguimos salir y rompo la ventanilla con la culata de la pistola. PJ hace un puente a la furgoneta que está aparcada en la puerta y, al sentarme, descubro que la vista no se me había nublado por la adrenalina, sino por la herida de bala que tengo en el hígado. Ni siquiera tengo fuerzas para taponarme la herida, aunque por suerte, él si lo hace. Se quita lo que queda de su camiseta y me aprieta con toda la fuerza que puede. Intento no mirar la gran mancha de sangre que es ahora mi cuerpo, sin embargo, me parece imposible. A duras penas desvío la mirada a un desesperado Patrick con lágrimas en los ojos y suplicante:

    Por favor…otra vez no…venga, Baby, Alice…como quieras que te llame, aguanta, un poco más —solloza.

    Conduce —consigo decir con esfuerzo. Estoy terriblemente cansada—. Salgamos de aquí —fallo mi intento de sonrisa, que se torna en una desagradable mueca de dolor.

    Pero estás…

    Vendrán más, Patrick —los ojos empiezan a cerrárseme.

    ¡No te duermas! —me grita. El coche empieza a andar rápidamente—. ¡Eh! No voy a dejar que te mueras ¿me entiendes? —se le quiebra la voz al final.
Pero yo ya no puedo soportar más. Los párpados parecen plomo y empiezo a sentir la paz que parece proporcionarme el sueño que, ridículamente, me intenta arrebatar una de las personas que más me quieren. Al fin parece que todo comienza a tener sentido: dejar de luchar, abandonarme de una vez, dormir para siempre…

Cap. 7


Anne me levanta al amanecer para poder hablar a solas. PJ ya no está conmigo, quizá le haya echado antes de despertarme a mí. Preparamos un café para cada una y Anne decide, para mi alivio, comenzar con la conversación. Necesitamos aclarar algunas cosas.

    Apenas comes ¿verdad?

    No tengo hambre —me encojo de hombros.

    Me da lo mismo, tienes que engordar mínimo cinco kilos. Ahora estás demasiado débil para hacer nada.

    Estoy bien —digo con tono cansado—. Puedo disparar, no necesito más.

    Tienes que poder defenderte cuerpo a cuerpo, Alice. Te lo digo por tu bien.

    Lo sé, mamá —me besa la frente.

    A propósito, los de arriba han dicho que necesitamos otro testimonio para poder meterle entre rejas —da un sorbo a su café.

    Yo lo haré, no tengo problemas en…

    Aparte del tuyo. Quieren…el de Alexander —añade tanteando el terreno.

    Y, ¿se puede saber cómo pretenden conseguirlo? —se queda mirándome— No, eso sí que no. ¿Qué quieren que haga? ¿Ir y decir: «Hola, Alex, resulta que sigo viva, perdona por abandonarte y utilizarte pero ¿te importaría traicionar a tu padre?»? —hago uso de mi tono sarcástico.

    Eres la única forma de acceder a él. Y quizá si le cuentas lo que te dijo Moore…

    A saber qué porquería le habrá metido en la cabeza —protesto—. Y recuerda que para él estoy muerta, Anne.

    Si le cuentas lo que pasó con su padre, quizá comprenda lo que tuviste que hacer.

    ¿Y si hace preguntas?

    Le diremos que nos lo contaste y que pagamos a la prensa para que publicara eso. Sabes que se puede hacer.

    Sigo pensando lo mismo. No me convence —me cruzo de brazos.

    No hay pruebas suficientes para encerrarle, Alice —suelta de sopetón.

    Venga ya. He recopilado montañas de información…

    La mayoría son conjeturas.

    ¡Pasaron de verdad! —golpeo la mesa.

    Pero no podemos demostrarlo en un juicio.

    ¿Y ya está? ¿Si no lo hago se va de rositas mientras yo estoy amenazada de muerte aquí?

    Podríamos empezar a tirar del hilo, pero tardaríamos mucho en encerrarle todo el tiempo que se merece.

    Cadena perpetua —adivino lo que en realidad quería decir—. Sabemos lo que hizo con su mujer, con esa chica… y aún así…

    No hay pruebas. Es horrible, lo sé.

    No puedo hacerlo, sabes lo que supondría para mí, Anne. Y más ahora, con él aquí —señalo con la cabeza las escaleras.

    En un rato se irá —intenta animarme— y…

    No del todo, mamá. Pensaba que ya no estaba, y sin embargo… —la voz se me apaga poco a poco.

    Os he visto. Me he dado cuenta de cómo os miráis, pero yo no siento la misma intensidad que había entre Alex y tú.

    En un tiempo podría ser incluso más —rebato.

    Dudo que alcances jamás tu primer amor.

    No es… —no tengo fuerzas para decirlo— PJ lo fue, no Alexander.

    No intentes negarlo. Los que os hemos visto juntos lo sabemos, se notaba demasiado que os amabais. Miradas, sonrisas, cómo intentabais tocaros… Nunca te sentirás de la misma manera. Alguien así nunca se olvida —intenta convencerme aunque sepa que es prácticamente imposible.

    Pues seré la primera —sigo en mis trece.

    Por tu bien, espero que así sea. Parece que te gustan los mayores —bromea tras un rato de silencio.

    Alexander iba a mi clase —replico.

    ¿No lo sabías? Empezó dos años después el colegio por “motivos familiares”.

    ¿Por qué soy siempre la pequeña? —digo con resignación.

Que sea mayor que yo explica varias cosas: ahora sé la razón de su experiencia con mujeres, y de su madurez. También me hace comprender lo mucho que me quiere o quería al haberme sabido esperar y no presionarme.

    Eres muy dulce, por eso todos intentan protegerte —añade un poco después.

    ¿Dulce? Sinceramente, creo que te has equivocado de adjetivo.

    Sé perfectamente lo que digo. No niegues que lo que tuviste con ese chico fue amor de verdad. Y lo sigue siendo, sin lugar a dudas.

    Patrick también me quiere.

    No he oído que tú también —dice, perspicaz.

    Yo le quiero —completo tras unos momentos de reflexión.

    Ya es tarde. Has tenido que pensarlo. Si cuando te preguntan si quieres a una persona dudas, sea la respuesta que sea, es un no. No te engañes y déjale ir.

    Eso intento, pero no quiere aprender a volar.

    Pues habrá que tirarle del nido.

    Puedo hacerlo solo.

PJ entra en la cocina y dirigimos la mirada a él inmediatamente. No nos hemos dado cuenta de que estaba hasta que ha hablado. Salgo corriendo para perseguirle y le detengo en la puerta.

    Suéltame. ¿No querías que me fuera? —dice con rabia.

    No saques las cosas de contexto —cierro la puerta.

    Has dicho que tengo que irme; después de lo que pasó estos días atrás.

    Lo hago por tu bien, porque te quiero.

    No, no me quieres. Yo soy un sustituto de ese tal Alex.

    Por favor…—los recuerdos afloran en forma de lágrimas— espera a que te ponga a salvo, por lo menos. No soportaría que te pasara nada malo.

    ¿A mí o al otro? —me reprocha. No se compadece de mí ni viéndome llorar.

    A ninguno. ¿Crees que si no hubiera sentido nada por ti te habría dejado estar conmigo? Porque he cambiado, pero aún tengo mis principios. Prefiero llorar sola a buscar un sustituto a alguien. Y si no recuerdo mal, tú sí lo hiciste. ¿O ya no te acuerdas de Amber?

    No tienes derecho a decir eso. Yo te echaba de menos.

    Y buscaste a alguien que te consolara por las noches ¿no? ¿Tienes idea de lo que dolió verte con ella? —alzo la voz para ahogar la angustia y presión del momento— ¿Ver cómo te besaba, te tocaba… y tú no hacías nada por impedirlo aunque yo estuviese delante?

    ¡Tenía que seguir adelante! ¿Pretendes que te llorase durante el tiempo que estabas fuera?

    No eso, pero sí respetarme al menos un poco. Esperar a ver si volvía ¡o cogerme el teléfono! Si hubieras sido un hombre me habrías dicho lo de ayer antes de irme.

    ¿Habría cambiado algo?

    Posiblemente. ¡Ahora tendría una razón por la que volver y no huir! —a pesar de los gritos, Anne no se mueve de la cocina.

    ¿Me estás diciendo que huyes de mí?

    Sí. Huyo de lo que podríamos haber sido y nunca conseguiremos.

    Aún podem…

    ¡Porque estoy enamorada de otro! —continúo— No me digas que lo superaré porque no creo que pueda olvidarlo en mucho tiempo. Y lo peor de todo es, que intento quererte como al principio, como antes de irme, pero en cuanto más empeño pongo, más imposible e inalcanzable se vuelve.
»Ojala te sientas alguna vez como yo lo hacía cuando estaba a su lado, porque es la sensación más maravillosa del mundo. Ahora, si quieres irte, adelante; yo ya no pienso detenerte más.

Abro la puerta y me voy al amparo de mi madre en la cocina. Me abraza directamente y me la quito de encima nada más aceptarlo para terminarme el café. Oigo la puerta cerrarse y cómo se acercan unos pasos. Cuando empieza a hablar me levanto y voy a mi habitación, seguida por su mirada. Aun así, me llega algo de la conversación.

    Rubia, perdona…

    Déjala. No te va a escuchar por mucho que se lo repitas.

    Tengo que hablar con ella —replica.

    Si la sigues será peor, hazme caso.

    No entiende que…

Empiezo a preparar la maleta y a sacar el dinero que tengo escondido. Lo cuento antes de volver a revisar los horarios de los autobuses: en total, son dos mil dólares. Lo suficiente para sobrevivir un tiempo, creo. El siguiente autobús sale en una hora —las nueve— y tenemos treinta minutos de viaje. El trayecto será de unos tres días. Me pongo un pantalón largo negro y una blusa azul claro —por supuesto, todo entallado— antes de bajar. Sigo oyendo sus voces, algo más bajas que antes.

    Tenemos cuarenta y cinco minutos antes de que salga el autobús —informo al llegar.

    Gracias, Alice. Tan sólo quería conocerle un poco. En un momento estaremos listos.

    Más os vale. Hay…

    Media hora de viaje —me interrumpe Anne—. Entendido.

Me sonríe amistosamente e ignoro a PJ al hablarme de nuevo. Anne le dice lo mismo que antes y lo agradezco, pues yo no se lo diría con tanta paciencia. Ya me la ha agotado. Vuelve con una camisa negra que le queda algo ancha. A pesar de ello, le queda realmente bien, le resalta el pelo rubio.

    Cuando quieras nos vamos —intenta acercase a mí.

    Ahora —cojo las llaves y salgo tapándome la cara con disimulo hasta el coche.

Anne conduce y le dejo el asiento del copiloto, sin embargo, se sienta conmigo atrás. No para de mirarme y tampoco giro la cara de la ventanilla tintada. Intenta iniciar conversación en varias ocasiones, pero no estoy dispuesta a enfrentarme a él después de lo que le dije. No entiendo por qué sigue intentándolo. Aparcamos lo más cerca posible de la puerta de la estación y le doy la cartera con dinero a Anne cuando salimos del coche.

    Dásela. Dile que hay dos de los grandes y que mande un fax sin remitente a este número cuando llegue.

    Es tu…como quieras llamarlo —no encuentra la palabra adecuada—. Para pasar página…

    Ya lo sé, pero no quiero —la interrumpo—. Hazme este favor, mamá.

    Si eres capaz de aceptarlo en tu cama, tienes que hacer esto.

    No pasó nada.

    También lo sé. Igual que lo intentaste y que salió mal.

    ¿Te lo ha contado?

    No hace falta. Ve —me da un ligero empujón.

    Patrick… —digo con un hilo de voz y mirando al suelo al llegar frente a él.

    Rubia, perdona lo que te dije. No te merecías…

    Toma —le tiendo el dinero—. Dentro hay instrucciones para cuando llegues. Si te preguntan por mí, diles que no me has visto —asiente y me retiene al intentar irme—. Mira, quiero que sepas que te agradezco todo lo que has hecho por mí. Eres estupendo; seguro que encuentras a alguien que te merezca de verdad, porque está claro que yo no— no sé el qué, pero hay algo que me retiene a su lado.

    ¿Podré llamarte? Me sentaría mal no felicitarte por tu cumpleaños.

Tiene tanto que decir que las palabras se le agolpan en la garganta y no puede hablar. Sé cómo se siente, yo he pasado antes por lo mismo y no quiero que le hagan daño. Conseguimos deshacer el nudo de nuestras gargantas.

    Hazlo si quieres; de todas formas no voy a contestar. Y no te preocupes por lo último; ya lo has hecho antes.

Ni siquiera sé por qué voy a hacerlo, pero hay algo que me grita que debo hacerlo. Le doy un ligero beso antes de irme y no nos vamos hasta ver a su autobús marcharse.

Mi cumpleaños será en un par de días y pretende ser mucho más deprimente que el anterior.

Después de unas horas de reflexión, cedo ante la idea de convencer a Alex de testificar. Me preparo una pequeña conversación previendo lo que podría contestarme para hacerlo más fácil y me llevan hasta la comisaría en una especie de convoy policial repartido por un par de calles hasta mi destino.

Modifican la señal de teléfono para que parezca que la llamada proviene de Francia antes de ponerme en contacto con él. Al cabo del tiempo, conseguí que me diese un teléfono para poder contactar con él, aunque lo más probable sea que ya no exista ese número. Me ha costado todo el día dar el paso y ahora que lo he dado, estar rodeada de gente tampoco ayuda a tener una conversación privada.

    ¿Diga? —Alex responde al tercer tono y le recibo con un suspiro de alivio y presión en el pecho por la culpa.

    Alexander… —oír su voz hace que se me quede la mente en blanco.

    A… ¿Alice? —tartamudea. Casi puedo ver su cara de sorpresa y terror.

    Alex, escúchame —consigo responder y despejarme—: siento muchísimo lo que pasó, de verdad, pero no tuve elección. Tu padre me amenazó con matarme si no desaparecía de tu vida y tuve que volver a Francia y contratar a periodistas para que propagasen…eso porque seguían rondando mi casa de Los Ángeles —digo de carrerilla para que no pueda interrumpirme.

    Tú…tú estabas…Y ahora…

    Por favor, Alex, espabila. Te necesito. Ayer intentaron matarme —digo con premura—. Tengo muchísimo miedo y hay hombres que me siguen.

    ¿Qué quieres decir? —parece estar atento aunque confuso.

    Que no podremos estar juntos si tu padre sigue libre, Alex. En cuanto puedan me matarán; a no ser que su líder esté entre rejas. Así se acobardarán y podré volver a tu lado, para siempre.

    No te entiendo… ¿Pretendes que delate a mi padre a cambio de…?

    De mi vida, mon Prince. Te estoy diciendo que apenas aguantaré un mes más viva.

    No pienso hacerlo —su tono es frío.

    ¿Me prefieres muerta que a él entre rejas? —intento hacerle sentir culpable.

    Tú me traicionaste. Me abandonaste cuando más te necesitaba y ni siquiera me dijiste que te ibas. Me utilizaste —habla con un rencor que no creí que fuese capaz de tener.

    No digas eso. Si te hubiese dicho que me iba, habrías querido seguirme y se lo habríamos puesto demasiado fácil a tu padre. Yo te quiero y…

    ¡Deja de mentirme! —explota— Nunca me quisiste para otra cosa que…

    No sigas, por favor —susurro entre lágrimas.

    ¿Sabes? Prefería cuando pensaba que habías muerto —vuelve a su tono frío—. Incluso será mejor si es verdad que lo estás. Así no tendré que volver a soportarte —cuelga el teléfono.

No puedo creer lo que acaba de decirme. Ni siquiera soy capaz de asimilarlo cuando ya estoy fuera de la comisaría. De repente el mundo da vueltas a mi alrededor y no puedo hacerlo parar, ni tampoco el creciente pitido en mis oídos que me impide oír al resto de policías junto con mis falsos padres llamándome. No recuerdo con claridad cómo he llegado a la calle, pero me pongo a andar sin pensar en nada. Estoy absolutamente bloqueada, por lo que  no me doy cuenta de que alguien me seguía hasta que me pone un trapo en la cara y siento a mis piernas fallar y dejarme caer.