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viernes, 5 de julio de 2013

Cap. 8


Recobro el conocimiento bruscamente. Tengo el vello de la nuca y de los brazos erizado por el frío que me ha provocado el cubo de agua que han vaciado sobre mi cabeza. Intento apartarme el pelo de la cara, sin embargo no puedo mover  las manos de detrás de la espalda. Forcejeo en vano, pues la cuerda que las mantiene unidas me quema la piel. Tampoco puedo ver —parece que me han puesto una venda en los ojos— ni apenas respirar debido a la mordaza. Echo la cabeza atrás antes de recibir la primera tanda de golpes, trabajando sobre todo las costillas. 

No hay que pensar mucho para llegar a las respuestas a todas las preguntas que se formulan en mi mente. Estoy, aparentemente, secuestrada; lo peor no es que me vayan a matar, es el recuerdo que dejaré a aquellos que conocieron cada parte de mí. Espero que acabe rápido y que no tenga que sufrir demasiado, aunque lo dudo.

    Suficiente —una voz ronca me saca de mis pensamientos.

Me quitan la venda de los ojos y la mordaza; al menos puedo respirar. Ya había reconocido su voz, pero verlo me produce náuseas. Le escupo la sangre que se acumula en mi boca. Me dirige una mirada de desprecio que contrasta con la falsa sonrisa.

    Tan joven y tan necia. Te advertí, te dije lo mejor para ti y aun así…

    Volví a arreglar algunas cosas.

    Nunca te fuiste Alice Sanders —me quedo de piedra al oír eso—. Sé quién eres. Te criaste en un barrio pobre con tus amigos pandilleros. Sin embargo, hay algo que se me escapa: cómo te metiste en la policía. Es obvio que fueron ellos quienes te dieron la nueva personalidad y las facilidades. ¿Podrías decírmelo tú? Porque tus amigos tampoco lo saben, se han quedado en la pelea de instituto.

    No sé de dónde te has sacado eso, pero quien te lo haya dicho miente.

    Lo he comprobado, tranquila. Tienes otra oportunidad. Dímelo y será rápido —uno de los matones saca su pistola.

Tengo las muñecas en carne viva, aunque he conseguido aflojar el nudo bastante. Mantengo su mirada en silencio hasta que me decido lo que decir.

    ¿No te da asco mirarte cada día en el espejo? ¿Ver esas manos manchadas de tanta sangre? Mataste a Sarah Evans —la que fue novia de Alexander— y a la madre de tu hijo. Todo por tu estúpida teoría de no tener punto débil.

Sonríe y asiente levemente. Acto seguido la puerta de la habitación —fría y vacía. Con un fluorescente pegado al techo resaltando el blanco impoluto de las paredes y el suelo a excepción de unas gotas rojas en este último— se abre. Entra casi a rastras un chico con la camiseta raída y manchada de sangre, con los espacios que deja ver magullados. Se regocija ante mi cara de espanto y le quita la bolsa de la cabeza. Sus cabellos rubios se alborotan y sus ojos oscuros, antes con un brillo natural que ahora ha desaparecido, se acomodan a la brillante luz. Lo empujan hasta caer de rodillas.

    Admito —Ronald Moore reclama mi atención— que el truco del accidente de coche estuvo bien. Y lo del pelo fue buena idea, pero ¿sabes el problema? Te crees mucho más lista que la mayoría.

    ¿Acaso no lo soy? —le desafío antes de sacar con cuidado las manos de sus ataduras— Cuando esto acabe, toda la policía, por no mencionar el FBI y posiblemente la CIA, caerá sobre ti. No tardarán en meterte en la cárcel y, si tienes suerte, te concederán la pena capital.

    ¿Cuándo acabe? —profiere una risa gutural— Si tuviste un accidente. Chocaste contra un árbol con tu precioso Mustang. Una pena, tan joven… ¡Cállate!

Grita a PJ cuando le oye protestar, a pesa de que no se le entiende con la mordaza. Vuelven a golpearle hasta que Moore les indica que paren.

    Dile a tu amigo que se calle.

    No le conozco —empiezo a idear un plan de fuga. Ahora es mucho más difícil.

    ¿En serio? Cada vez estoy más convencido de esto. Le dejas pasar un día entero, con sus dos noches en tu casa y luego haces esto. 

    ¿Nunca te han dicho que tienes una gran imaginación? —« ¿cómo podría desatarme los tobillos de la silla sin que se note?».

    ¡Maldita niñata! —él mismo me golpea fuertemente en la cara.

Tengo que agarrarme a la silla para caer con ella y no por separado. «Gracias». Me da la oportunidad perfecta para sacar los pies. No se dan cuenta gracias a PJ, que protesta de nuevo. Ordena que me levanten y sujeto la cuerda con los pies. Incluso se ha hecho daño en la mano.

    Pues parece que él si te conoce —le aferran con más fuerza y R. Moore termina de romperle la camiseta. Señala una inscripción en la parte izquierda de su pecho en negro.

    Eso no demuestra nada —en la inscripción se lee perfectamente Alice. Eso antes no estaba.

    Igual que lo que has dicho antes. La chica desapareció, mi esposa nos abandonó cuando Alexander sólo tenía dos años, tú te mataste en un accidente de tráfico y el chico se metió en una pelea y salió mal parado.

    Monstruo —mascullo—. Quédate conmigo si quieres, pero a él déjale irse—PJ insiste en gritar—. ¡Déjame hablar!

    ¿No decías que no lo conocías? —«tengo que conseguir la pistola de alguno de ellos».

    Es inocente. No tiene nada que ver conmigo.

    Te propongo un trato. Me has caído bien y has hecho que gane bastante dinero así que… Dime el nombre de todos los agentes encubiertos que te han ayudado y os dejaré marchar. Yo mismo os pagaré un vuelo de ida a donde queráis a vivir vuestro amor…

    ¡No somos nada!

    Bueno, bueno, no te pongas así. Quiero los nombres reales y de su tapadera. ¿Hay trato?

    ¿Por qué voy a creerme que nos vas a dejar libres?

    Porque yo organizaré todo. Me aseguraré de que no vuelvas al país, ni siquiera de que pises una comisaría.

    Hecho —confirmo después de pensar un rato.

    Espléndido. Estás tardando en hablar.

    Prefiero escribirlo, así es más oficial —me mira con recelo—. Ahora soy de los vuestros.

    ¿Y él?

    Se mantendrá callado ¿verdad? —le miro y me da la razón con la cabeza— ¿Te importaría desatarme?

    Resulta que la niña no era tan estúpida…

Ordena a un guardia que lo haga y al acercarse a mí me levanto con brusquedad. Lanzo la silla con las piernas al que venía a quitarme las ataduras, cayendo al suelo; no antes de darme el suficiente tiempo y espacio para coger la pistola de su cinturón. Apunto directamente a Ronald Moore a la cabeza. Los guardaespaldas restantes se dirigen a mí, con cierto miedo de que me decida por hacer una locura y matar a su jefe. Por si acaso se me ocurre llevar a cabo el sueño de tantas personas, el que parece más fuerte pega el cañón de su arma a la cabeza de PJ.

    Un paso más y juro que disparo. Aunque vaya contigo al infierno, Moore.

    Vaya, vaya. No paras de sorprenderme. Si quisiera ya estarías muerta. Te estoy dando la oportunidad de salir con vida y ¿así me la pagas?

    Como has dicho antes, no soy estúpida. Después de darte la información nos matarás.

    Tienes la mente muy retorcida para tener… ¿quince?

    Diecisiete.

    Haz como tu amiga y habla antes de que ocurra. Pasaré por alto este incidente y haré que no sufra mucho —se dirige a PJ.

    ¿Qué amiga?

    No me acuerdo bien del nombre, pero era baja, rubia… —sólo hay dos chicas rubias en el grupo: yo y…

    Emma…—murmuro.

    Exacto. No se lo tomes en cuenta, necesitaba el dinero para su novio. Al parecer le han encerrado por homicidio —me quedo blanca al oírlo. « ¿Hood? No puede ser…él no haría tal estupidez». Agarro mejor el arma con miedo a que se me cayera por la impresión—. Sabes que no te mentiría, Alice. Odio la mentira.

    Eres un…—pego a su frente el arma y siento otras dos a cada lado de mi cabeza.

    Apartadla, chicos. No quiero que me salpique. Primero a él —señala a mi amigo—; que sienta el dolor.

Se me hace un nudo en la garganta. ¡Soy una niña! Esto es demasiado. Debo encontrar una salida, una distracción, una mentira…

    ¡Espera! —les paro cuando cargan la pistola para rematarme cuando lo hagan con él.

    ¿Últimas palabras a tu amante? Qué tierno.

    No. A ti.

    ¿Me has cogido cariño como suegro? Aún mejor —se ríe.

    No te preocupes que no es eso. Porque prefiero morir mil veces a que mi hijo te tenga como abuelo. A tener un niño con tu misma sangre —escupo.

    ¿Hijo? Más quisieras que Alexander… —se para ante mi expresión— No es posible, sois muy jóvenes.

    No tanto. Ya me has subestimado bastante ¿no crees? Además, las nuevas generaciones estamos saliendo muy rápidos —pongo una sonrisa de superioridad.

    Si fuese verdad… ¿Alexander ya lo sabría?

    Acababa de decírselo cuando me has cogido. Lo sabe todo: las amenazas, los intentos…el bebé —continúo a pesar de la cara de dolor que intenta ocultar sin conseguirlo PJ—. Y está ansioso por verme y… —oigo la bala prepararse.

    Le contaré que…

    ¿Qué? Ya no te creerá. Iba a reservar unos billetes para Marsella, ya sabes, para vivir lejos de la mafia. Lejos de ti. No quiere que sufra lo mismo que su padre.

Empiezo a contar mentalmente «3…». Hago una seña a PJ para que vayamos sincronizados y me facilite el trabajo —seguro que apenas puede andar—. Unas gotas de sudor caen a la vez del rostro de Ronald Moore que las de sangre proveniente de mi nariz. Me siento mucho más empapada que al despertar.

Miro con disimulo la puerta; fácil de abrir. Me cuelo entre ese y luego el otro. Le cojo, disparo a aquel…

    Mi hijo me quiere. Nunca me abandonaría por una puta —«2…»—. Y menos a la que ha dejado embarazada.

    En realidad no te quiere —«1…»—. Lo que siente por ti es miedo y, ahora, desprecio.

«0…» Me agacho y las balas que iban dirigidas a mi cabeza se las llevan la pared y el hombro del que amenazaba a PJ. Desde abajo barro con una pierna al autor de un disparo y cae sobre el otro, sin pistola una vez en el suelo. Todo lo que tienen de músculo les falta de cerebro, sin embargo no hay tiempo para risas. El plan debe desarrollarse en apenas unos segundos o fracasaré. Disparo al ya herido guardia y cae inmóvil al suelo, formando un charco rojo.

Me giro y automáticamente hago lo mismo con los otros dos detrás de mí, teniendo en cuenta que uno ya tenía el dedo en el gatillo. Si no recuerdo mal estas pistolas tenían unas dieciocho; me quedan catorce.

    ¡Corre! —consigo gritar en plena acción, no obstante él se levanta torpemente.

Ataco al último que me queda para quedarme a solas con el verdadero enemigo. Noto algo debajo de las costillas en la parte derecha y me cambio la pistola de mano —a la izquierda—, esto no me detiene de disparar de nuevo; fallo y le remato en el pecho. Sin bajar el arma de la cabeza de Moore doy una patada a la mano del último para que suelte la pistola y la recojo con cautela. No puedo evitar dudar dispararlo aquí y ahora.

    Venga, maté a toda esa gente, me lo merezco. Y tú también. Acabas de matar a cuatro hombres, uno de ellos desarmado. Cuando salgas de aquí yo seré el asesino y tú la heroína. Yo sólo he vendido lo que me pedían y he intentado hacer lo mejor para mi hijo. Igual que tú para el tuyo —cierra los ojos—. En realidad no somos tan diferentes.

    Tienes razón…excepto una pequeña diferencia. Yo no mato por placer, ni tampoco a mujeres y niñas. Y que no se te olvide que soy mejor que tú.

Gasto otra bala en su espinilla; once. Así me aseguro que no vendrá. Me tiran de la blusa y al girarme encuentro a un PJ maltratado y angustiado. Asiento con la cabeza, ignorando su mirada y salgo corriendo por la puerta. En un momento empezamos a recorrer un laberinto que parece no tener fin —me encargo de más guardias mientras tanto— hasta reconocer la puerta del despacho. Cierro los ojos, intentando concentrarme para encontrar la salida y empiezo a guiar a mi acompañante. La tarea se hace más ardua mientras avanzamos, mi memoria está difuminada por la adrenalina y el tiempo, y también hay que sumarle que seguimos encontrando guardias —a mitad de camino tengo que tirar la primera pistola y quedarme con la otra.

Conseguimos salir y rompemos con la pistola la ventanilla. PJ hace un puente a la furgoneta que está aparcada en la puerta y al meterme descubro que la vista no se me había nublado por la adrenalina, sino por la herida de bala que tengo en el hígado. Ni siquiera tengo fuerzas para taponarme la herida, aunque por suerte, él si lo hace. Se quita lo que queda de su camiseta y me aprieta con toda la fuerza que puede. Intento no mirar la gran mancha de sangre que es ahora mi cuerpo, sin embargo me parece imposible. A duras penas desvío la mirada a un desesperado Patrick con lágrimas en los ojos y suplicándome.

    Por favor…otra vez no…venga, Baby, Alice…como quieras que te llame, aguanta, un poco más.

    Conduce —consigo decir con un esfuerzo—. Salgamos de aquí —fallo mi intento de sonrisa, que se torna en una desagradable mueca de dolor.

    Pero estás…

    Vendrán más —los ojos empiezan a cerrárseme.

    No te duermas —el coche empieza a andar rápidamente—. ¡Eh! No voy a dejar que te mueras ¿me entiendes? —se le quiebra la voz al final.
Pero yo ya no puedo soportar más. Los párpados parecen plomo y empiezo a sentir la paz que parece proporcionarme el sueño que, ridículamente, me intenta arrebatar una de las personas que más me quieren.

miércoles, 3 de julio de 2013

Cap. 7


Anne me levanta al amanecer para poder hablar solas. PJ ya no está conmigo, quizá le haya echado antes de despertarme a mí. Preparamos un café para cada una y comenzamos a hablar.

    Apenas comes ¿verdad?

    No tengo hambre.

    Me da lo mismo, tienes que engordar mínimo cinco kilos. Ahora estás demasiado débil para hacer nada.

    Estoy bien. Puedo disparar.

    Pero no defenderte cuerpo a cuerpo. Te lo digo por tu bien.

    Lo sé mamá —me besa la frente.

    A propósito, los de arriba han dicho que necesitamos otro testimonio para poder meterle entre rejas —da un sorbo a su café.

    Yo lo haré, no tengo problemas en…

    Aparte del tuyo. Quieren el de Alexander —añade tanteando el terreno.

    Y, ¿se puede saber cómo pretenden conseguirlo? —se queda mirándome— No, eso sí que no. ¿Qué quieren que haga? ¿Ir y decir: «Hola, Alex, perdona por abandonarte y utilizarte pero ¿te importaría traicionar a tu padre?»? —hago uso de mi tono sarcástico.

    Eres la única forma de acceder a él. Y quizá si le cuentas lo que te dijo Moore…

    A saber qué porquería le habrá metido en la cabeza.

    No hay pruebas suficientes para encerrarle —suelta de sopetón.

    Venga ya. He recopilado montañas de información…

    La mayoría son conjeturas.

    ¡Pasaron de verdad!

    No podemos demostrarlo en un juicio.

    ¿Y ya está? ¿Si no lo hago se va de rositas mientras yo estoy amenazada de muerte aquí?

    Podríamos empezar a tirar del hilo, pero tardaríamos mucho en encerrarle todo el tiempo que se merece.

    Cadena perpetua. Sabemos lo que hizo con su mujer, con esa chica… y aún así…

    No hay pruebas. Es horrible, lo sé.

    No puedo hacerlo, sabes lo que supondría para mí, Anne. Y más ahora, con él aquí —señalo con la cabeza las escaleras.

    En un rato se irá.

    No del todo. Pensaba que ya no estaba, sin embargo…

    Os he visto. Me he dado cuenta de cómo os miráis, pero yo no siento la misma intensidad que había entre Alex y tú.

    En un tiempo podría ser incluso más.

    Dudo que alcances jamás tu primer amor.

    No es…PJ lo fue, no Alexander.

    No intentes negarlo. Los que os hemos visto juntos lo sabemos, se notaba demasiado que os amabais. Miradas, sonrisas, cómo intentabais tocaros… Nunca te sentirás de la misma manera. Alguien así nunca se olvida.

    Pues seré la primera.

    Por tu bien, espero que así sea. Parece que te gustan los mayores —bromea.

    Alexander iba a mi clase —replico.

    ¿No lo sabías? Empezó dos años después el colegio por “motivos familiares”.

    ¿Por qué soy siempre la pequeña? —que sea mayor que yo explica varias cosas.

Ahora sé la razón de su experiencia con mujeres, y de su madurez. También me hace comprender lo mucho que me quiere o quería al haberme sabido esperar y no presionarme.

    Eres muy dulce, por eso todos intentan protegerte —añade un poco después.

    ¿Dulce? Creo que te has equivocado de adjetivo.

    Sé perfectamente lo que digo. No niegues lo que tuviste con ese chico, fue amor de verdad. Y lo sigue siendo, sin lugar a dudas.

    Patrick también me quiere.

    No he oído que tú también —me paro a pensarlo.

    Yo le quiero.

    Ya es tarde. Has tenido que pensarlo. Si cuando te preguntan si quieres a una persona dudas, sea la respuesta que sea, es un no. No te engañes y déjale ir.

    Eso intento, pero no quiere aprender a volar.

    Pues habrá que tirarle del nido.

    Puedo hacerlo solo.

PJ entra en la cocina y dirigimos la mirada a él inmediatamente. No nos hemos dado cuenta de que estaba hasta que ha hablado. Salgo corriendo para perseguirle y le detengo en la puerta.

    Suéltame. ¿No querías que me fuera?

    No saques las cosas de contexto —cierro la puerta.

    Has dicho que tengo que irme; después de lo que pasó estos días atrás.

    Lo hago por tu bien, porque te quiero.

    No, no me quieres. Yo soy un sustituto a ese tal Alex.

    Por favor…—los recuerdos afloran en forma de lágrimas—espera a que te ponga a salvo  por lo menos. No soportaría que te pasara nada malo.

    ¿A mí o al otro? —me reprocha. No se compadece de mí ni viéndome llorar.

    A ninguno. ¿Crees que si no hubiera sentido nada por ti te habría dejado estar conmigo? Porque he cambiado, pero aún tengo mis principios. Prefiero llorar sola a buscar un sustituto a alguien. Y si no recuerdo mal, tú sí lo hiciste. ¿O ya no te acuerdas de Amber?

    No tienes derecho a decir eso. Yo te echaba de menos.

    Y buscaste a alguien que te consolara por las noches ¿no? ¿Tienes idea de lo que dolió verte con ella? ¿Ver cómo te besaba, te tocaba… y tú no hacías nada por impedirlo aunque yo estuviese delante?

    ¡Tenía que seguir adelante! ¿Pretendes que te llorase durante el tiempo que estabas fuera?

    No eso, pero sí respetarme al menos un poco. Esperar a ver si volvía ¡o cogerme el teléfono! Si hubieras sido un hombre me habrías dicho lo de ayer antes de irme.

    ¿Habría cambiado algo?

    Posiblemente. ¡Ahora tendría una razón por la que volver y no huir! —a pesar de los gritos Anne no se mueve de la cocina.

    ¿Me estás diciendo que huyes de mí?

    Sí. Huyo de lo que podríamos haber sido y nunca conseguiremos.

    Aún podem…

    ¡Porque estoy enamorada de otro! —continúo— No me digas que lo superaré porque no creo que pueda olvidarlo en mucho tiempo. Y lo peor de todo es, que intento quererte como al principio, como antes de irme, pero en cuanto más empeño pongo más imposible e inalcanzable se vuelve.
»Ojala te sientas alguna vez como yo lo hacía cuando estaba a su lado, porque es la sensación más maravillosa del mundo. Ahora, si quieres irte, adelante; yo ya no pienso detenerte más.

Abro la puerta y me voy al amparo de mi madre en la cocina. Me abraza directamente y me la quito de encima nada más aceptarlo para terminarme el café. Oigo la puerta cerrarse y cómo se acercan unos pasos. Cuando empieza a hablar me levanto y voy a mi habitación, seguida por su mirada. Aun así, me llega algo de la conversación.

    Rubia, perdona…

    Déjala. No te va a escuchar por mucho que se lo repitas.

    Tengo que hablar con ella —replica.

    Si la sigues será peor, hazme caso.

    No entiende que…

Empiezo a preparar la maleta y a sacar el dinero que tengo escondido. Lo cuento antes de volver a revisar los horarios de los autobuses: en total, son dos mil dólares. Lo suficiente para sobrevivir un tiempo, creo. El siguiente autobús sale en una hora —las nueve— y tenemos treinta minutos de viaje. El trayecto será de unos tres días. Me pongo un pantalón largo negro y una blusa azul claro —por supuesto, todo entallado— antes de bajar. Sigo oyendo sus voces, algo más bajas que antes.

    Tenemos cuarenta y cinco minutos antes de que salga el autobús —informo al llegar.

    Gracias, Alice. Tan sólo quería conocerle un poco. En un momento estaremos listos.

    Más os vale. Hay…

    Media hora de viaje —me interrumpe Anne—. Entendido.

Me sonríe amistosamente e ignoro a PJ al hablarme de nuevo. Anne le dice lo mismo que antes y lo agradezco, pues yo no se lo diría con tanta paciencia. Ya me la ha agotado. Vuelve con una camisa negra que le queda algo ancha. A pesar de ello, le queda realmente bien —le resalta el pelo rubio.

    Cuando quieras nos vamos —intenta acercase a mí.

    Ahora —cojo las llaves y salgo tapándome la cara hasta el coche.

Anne conduce y le dejo el asiento del copiloto, sin embargo, se sienta conmigo atrás. No para de mirarme y tampoco giro la cara de la ventanilla tintada. Intenta iniciar conversación en varias ocasiones, pero no estoy dispuesta a enfrentarme a él después de lo que le dije. No entiendo por qué sigue intentándolo. Aparcamos lo más cerca posible y le doy la cartera con dinero a Anne.

    Dásela. Dile que hay dos de los grandes y que mande un fax a este número cuando llegue sin remitente.

    Es tu…como quieras llamarlo. Para pasar página…

    Ya, pero no quiero. Hazme este favor, mamá.

    Si eres capaz de aceptarlo en tu cama, tienes que hacer esto.

    No pasó nada.

    Lo sé. Igual que lo intentaste y que salió mal.

    ¿Te lo ha contado?

    No hace falta. Ve —me da un ligero empujón.

    Patrick… —digo con un hilo de voz y mirando al suelo.

    Rubia, perdona lo que te dije. No te merecías…

    Toma —le tiendo el dinero—.Dentro hay instrucciones para cuando llegues. Si te preguntan por mi diles que no me has visto —asiente y me retiene al intentar irme—. Mira, quiero que sepas que te agradezco todo lo que has hecho por mí. Eres estupendo; seguro que encuentras a alguien que te merezca de verdad, porque está claro que yo no— no sé el qué, pero hay algo que me retiene a su lado.

    ¿Podré llamarte? Me sentaría mal no felicitarte por tu cumpleaños.

Tiene tanto que decir que las palabras se le agolpan en la garganta y no puede hablar. Sé cómo se siente, yo he pasado antes por lo mismo y no quiero que le hagan daño. Conseguimos deshacer el nudo de nuestras gargantas.

    Hazlo si quieres, de todas formas no voy a contestar. Y no te preocupes por lo último; ya lo has hecho antes.

Ni siquiera sé por qué voy a hacerlo, pero hay algo que me grita que debo hacerlo. Le doy un ligero beso antes de irme y no nos vamos hasta ver a su autobús marcharse.

 

 

Modifican la señal de teléfono para que parezca que la llamada proviene de Francia antes de ponerme en contacto con él. Como siempre hacía, le mando un mensaje por Internet y en un par de minutos el móvil suena. Me ha costado todo el día dar el paso y ahora que lo he dado, estar rodeada de gente tampoco ayuda a tener una conversación privada.

    Alice, ¿se puede saber dónde te has metido? Llevo llamándote semanas y tú…

    Alex, escúchame —le corto—. Tu padre me amenazó con matarme si no te dejaba. No he tenido más remedio que volver a Marsella. Necesito que lo denuncies y... es posible que no me creas, pero te estoy diciendo la verdad.

    ¿Estás loca? Mi padre jamás haría eso.

    Es la única forma de estar juntos. Si te vuelvo a ver...

    ¿Por qué haces esto? No voy a traicionarle.

    ¿Prefieres que yo esté muerta a él entre rejas?

    No va a pasar nada de eso porque estás mintiendo. Todo este tiempo me has utilizado, en realidad no me...

    Ni se te ocurra decir eso. Préstame atención porque nada mas decirlo voy a colgar. En la vida repetirás lo que hemos vivido, al menos no tan intensamente ni con tanta sinceridad. Y juro que no mentía cuando te dije todas esas veces que te quiero, igual que no te estoy mintiendo ahora. Jamás encontrarás a alguien que te quiera como yo lo he hecho. Como sigo haciéndolo.

Cumplo mi promesa y tiro el teléfono contra la pared de enfrente ante la mirada atónita del resto de la comisaría. No hago caso de los que intentan retenerme y salgo a toda velocidad. El enfado me nubla el entendimiento y ando por la calle, a pesar de lo que pudiera ocurrir; no me doy cuenta de que alguien me seguía hasta que me pone un trapo en la cara y siento a mis piernas fallar y dejarme caer.

domingo, 30 de junio de 2013

Cap. 6


Avanzo de la mano con PJ por el parque donde hemos estado antes. No hay nadie excepto un grupo de hombres trajeados, liderados por otro aparentemente menos amenazador.

Poco a poco reducen las distancias hasta rodearnos. Su líder nos mira con desprecio y fija sus gélidos ojos azules en nuestras manos entrelazadas.

    Suéltala —le ordena.

    No. Es mía —PJ me rodea con los brazos y me atrae más hacia él.

    Nunca lo fue. Tú sólo la preparaste para mí, estúpido.

Como respuesta al insulto PJ me abraza con más fuerza y se prepara para besarme. En el momento en el que sus labios se posan sobre los míos oigo un sonido seco y cae desplomado al suelo. El autor del disparo me dedica una dulce sonrisa y se la devuelvo. Me tiende la mano y le ofrezco la mía que la sujeta con firmeza. Al acercarme a él paso por encima del cuerpo inerte de PJ, pisando el charco de sangre que comienza desde su espalda con mis pies descalzos. Alex me recibe con los brazos abiertos, dispuesto a estrecharme por la eternidad. Me mira con su característica ternura y le rodeo la cintura hasta conseguir lo que quiero. Espero a que su boca se abra sobre la mía después de besarme levemente. Con la misma suavidad que me trata, coloco la pistola en su estómago y aprieto el gatillo; enfocando el cañón hacia arriba para asegurarme que sea rápido. Al ver su cuerpo caer con un gesto de incredulidad y chorreando sangre, sonrío satisfecha por mi trabajo.

 

Me despierto empapada en sudor e implorando aire. Siento que me ahogo tras gritar hasta quedarme sin voz. Miro alrededor y encuentro a PJ sentado en la cama a mi lado; estoy acostada en mi habitación. Me fijo en él y la imagen del sueño se implanta en mi mente. Me lanzo a abrazarle para arrancarla y no permitirle jamás su entrada.

Sus dedos me acarician el pelo, tranquilizándome. Lentamente, nuestras respiraciones se igualan y me recuesta de nuevo en la cama como a una niña pequeña que debe proteger. Intenta levantarse, mas se lo impido. No hace falta decir nada, con un intercambio de miradas entiende lo que quiero: se tumba a mi lado y acepta mi beso antes de acomodarme junto a él.

Cuando vuelvo a despertarme siento sus dedos rozando mi brazo. Le miro y para inmediatamente.

    Perdona, yo…

    Tranquilo. Me gusta —sonrío y nos olvidamos de la hora.

Continúa bastante tiempo, incluso por mi vientre con la mano bajo la camiseta. Dejamos pasar el tiempo hasta que el sol inunda la habitación y el estómago nos ruge. El mío en particular lleva meses sin hacerlo por hambre como ahora.

Mientras hago la comida él aprovecha para ducharse y al poner los platos sobre la mesa me abraza y consiento otra sesión de besos más —esto me acabará pasando factura.

    Baby…

    ¿Mm? —intento desperezarme del sofá.

    ¿Por qué te fuiste de casa en la madrugada?

    No podía dormir —apoya la cabeza en mi regazo y me hace cosquillas en la tripa con la barba de algunos días al besarme.

    Haberte venido conmigo.

    Salí a correr un poco. Me relaja y despeja la mente.

    ¿Correr? El máximo deporte que te he visto hacer es con el monopatín.

    Por algo se empieza —nos reímos.

    Estás diferente. Más mayor.

    Será el pelo —bromeo.

    Lo digo en serio. Vine con una idea de ti, sin embargo te veo ahora y no eres la misma.

    La gente cambia. Supongo que he madurado —me encojo de hombros.

    Me encantas —sonrío y me raspa con la barbilla al volverme a besar—. Pero no es sólo eso.

    ¿Entonces el qué?

    No lo sé, pero me gusta. Tú entera me…

    Ya lo has dicho suficientes veces —le corto.

    Es que quiero que sepas que te quiero.

    Me gusta como te queda el pelo ahora —cambio de tema después de tomar aire.

Normalmente lo lleva corto, como un marine, pero ahora puedo enredar los dedos y perderlos de vista fácilmente. No recuerdo habérselo visto así de largo.

    Tengo que cortármelo.

Se aparta el pelo, encontrándose con mi mano. Me la agarra con fuerza y se incorpora para besarme.

    Como sigas así me vas a desgastar —le ofrezco una sonrisa.

    Me gusta la idea.

Se sienta y me coge la cara mientras continúa con los besos. Cada vez más seguidos y apasionados. Hoy le estoy dando una tregua a Alice para dejar pasar por última vez a Baby. No somos la misma persona, me doy cuenta de lo que he cambiado y de lo equivocada que estaba al principio cuando cojo la navaja o veo a PJ. Mañana todo esto deberá quedar en el olvido y tendré que afrontar lo que venga sola; sin ningún tipo de ayuda, incluidos mis padres —los cuatro—. Mañana me despediré de Nueva York para siempre y en unos días también de Los Ángeles. Con el dinero que he ahorrado me cambiaré de ciudad otra vez e intentaré empezar de cero con otro nombre. Si lo he hecho una vez ¿por qué no otra? Y si las cosas me van mal al cabo de un año, he pensado en alistarme en el ejército para poder optar a un puesto en la CIA si me niegan la entrada a uno de sus internados. Me tomaré un año de descanso y empezaré a plantearme mi vida en serio. En caso de entrar, tendré que renunciar a mi familia, aunque, teniendo en cuenta que llevo unos bastante tiempo sin verlos, tampoco sería tan difícil; viajaría muy a menudo; debería aprender más idiomas, pero eso tampoco me supone un problema, ya que he conseguido hablar francés fluidamente en seis meses.

Me tumbo en el sofá y, tirándole de la camiseta, le pongo encima de mí. Se queda en vaqueros y me deja igual que él. Alzándome ligeramente de la cintura me besa el pecho e ignora el cuello, por suerte o por desgracia. PJ nunca ha conocido esta faceta de mí, ni siquiera se puede figurar qué me gusta o cuál es mi punto débil, y por eso no le culpo. Aunque hubiese agradecido que por lo menos lo intentase. Me agarra de la mano y clava los dedos en las heridas recientes. La mueca de dolor nos impide seguir —tan sólo hacen unos días desde que me quitaron los puntos.

    ¿Estás bien?

    Sí, suelta un momento la mano… —lo hace con cuidado— Mejor.

    ¿Qué es esto? —mira la cicatriz aún blanda.

    No es nada, ni siquiera me duele. ¿Por dónde íbamos? —me lanzo a besarle y se aparta.

    No mientas. ¿Cómo te lo has hecho?

    Si no me aprietas no me duele —sigo intentando besarle y recibo la misma respuesta—. Venga, tenemos poco tiempo hasta mañana.

    ¿Mañana?

    Mañana te vas. Hoy era…es —corrijo— un día de tregua.

    ¿Y piensas dejarme después de hacerlo conmigo? —se levanta de un salto.

    Dicho así parece mal.

    Lo parece de cualquier modo. ¡Me estabas utilizando para olvidar al estúpido ese que te envió el peluche y las flores! —grita enfadado.

    ¡No te estaba utilizando! ¡Sólo quería pasar un último día contigo especial!

    Tendremos más tiempo, rubia. Aquí quizá no, pero en casa… —me pone la camiseta y me aparta el pelo avellana de la cara tras arrodillarse ante mí.

    No voy a volver, Patrick.

    ¿Cómo? Allí todos te esperan.

    Deja de mentir. Al que esperan es a ti. A mi no me necesitan. Llevan sin mí más de un año.

    Yo te necesito. Y si no hubieras luchado aquel día…

    Lo habrías hecho tú y nadie hubiera salido herido. Nueva York ya no es mi sitio.

    ¿Y esto sí? ¿Acaso una ciudad en la que llevas tan poco tiempo lo es antes de otra en la que te has criado?

    Llevo un año en el cual me han pasado una barbaridad de cosas; todas aquí. No obstante, tampoco pertenezco a aquí.

    ¿A cuál entonces?

    Ninguno. Aquí no puedo quedarme y tampoco puedo volver allí. Como te he dicho antes, ya no conozco nada. Hemos cambiado y sobro con vosotros.

    Nunca sobrarás, eres lo más importante para mí.

    Lo siento, pero no voy a ir a un sitio donde se me va a recibir mal.

    ¿Qué harás, si es así?

    Me iré a otro.

    ¿Prefieres quedarte sin nadie antes de enfrentarte a tu pasado? —ha dado justo en el clavo.

    Exacto.

    No me lo puedo creer —se pone la camiseta y comienza a andar.

    ¿Adonde vas? —le paro antes de que abra la puerta— No puedes salir.

    A dar una vuelta. Y saldré si quiero.

    No es tan sencillo. Te lo pido por favor: no salgas. Al menos no sin mí.

    Me voy para intentar perderte de vista y poder pensar y ¿me dices que vienes conmigo? Esto es el colmo.

    No te digo que estemos pegados. Sólo déjame estar cerca de ti —aunque tenga que poner nuestras vidas en peligro.

    ¿Por qué?

    Porque te quiero.

    Ya, claro —me aparta y le cojo del brazo.

    Ven conmigo. Voy a enseñarte algo —ya me ha hartado.

Asiente a regañadientes y se deja guiar hasta la habitación donde tengo escondida el arma y el chaleco. Lo saco con la naturalidad que me corresponde y él lo mira con el asombro de un niño y la confusión de un anciano ante un ordenador.

    Póntelo —le tiendo el chaleco—. En la habitación donde has dormido hay alguna chaqueta con la que puedes ocultarlo.

    ¿Qué es?

    Chaleco antibalas —se lo quito de la mano y deja que se lo ponga—. No te protege mucho, pero al menos cubre algunas partes vitales.

    ¿Qué haces con esto? —se mira y luego al arma que cargo— ¿Y con eso? —se escandaliza.

    Hay cuatro cosas que no se preguntan a una mujer: la edad, el peso, los hombres con los que se ha acostado y por qué tiene una pistola —me la meto en la parte trasera del pantalón—. Y ya has hecho pleno. Ponte esto —le lanzo una sudadera ancha que a él le quedará ajustada— y nos vamos.

    ¿Y tú? —comienza a desabrocharse el chaleco.

    No lo toques —le regaño—. Yo voy bien.

    Pero… ¿sabes usarla?

    Un poco. Ah, se me olvidaba —pongo el silenciador. Es mucho más incómodo, aunque también más útil.

    ¿Por qué tienes que salir con un arma y con esto?

    Es una larga historia.

    Tengo tiempo.

    Pues yo no. ¿Salimos o qué?

Asiente lentamente y en el porche nos ponemos la capucha. Andamos un rato, se le ve raro y al acecho, como si esperase a que algo fuese a hacernos daño.

    No estés así. Levantarás sospechas.

    ¿Quién eres? Digo, esta no es la chica de siempre; con pistola, chaleco, superior de un policía…

    Todos tenemos secretos. ¿Ya le has contado a la banda lo de tu padrastro?

    No. ¿Y él sabe todo esto?

    ¿Quién?

    Con el que…bueno, el chico…

    Prefiero no hablar de eso.

    ¿No te quiere?

    ¿Tú no escuchas?

    Sí, pero quiero saber por qué fue él el indicado y no yo.

    Porque cuando estaba contigo era muy pequeña.

    Ha pasado sólo un año.

    Yo he madurado más de eso.

    Dime, ¿te quiere? —insiste.

    Sí —suspiro cansada—. Me lo decía cada día durante casi cinco meses.

    No entiendo por qué no estáis juntos, entonces.

    ¿A ti qué te importa? Mejor para ti, ¿no?

    Resulta que en eso te equivocas. No estoy ciego; sé que cuando me besas no me ves realmente a mí, sino a otra persona, a él. Pareces ausente cada vez que te miro y anoche cuando te dormiste en un regalo suyo, te llevé a la cama con la cara aún mojada por las lágrimas.

No sé qué responder a eso. De nuevo ha conseguido dejarme sin palabras. Seguimos andando —yo voy algo adelantada— hasta que termina su reflexión personal cuando entramos en casa. La brisa del atardecer parece haberme sentado bien, pues tengo hambre y sueño.

    ¿Sabes qué? Que me da igual. Me voy a quedar contigo hasta que lo superes y aceptes estar conmigo, aunque sólo sea un amigo. Me da igual lo que hayas hecho antes o que tengas una pistola. Yo te quiero en todos tus aspectos, incluido este. Aprenderé a aceptarlo y a amarte de la forma que tú me dejes.

    Gracias, pero mañana te vas definitivamente.

    No pienso dejarte sola con gente que quiere matarte.

    No es así.

    Sí lo es. ¿Por qué si no ibas a tener esto? —se quita el chaleco.

    Me da igual lo que me digas, mañana te vas.

    ¿Y si no me subo al bus? —me desafía.

    Irás a la fuerza. Si te sacaron del calabozo por mí, también puedo hacer que vuelvas dentro. O que te lleven donde yo quiera —amenazo.

    Volveré. Vendré a verte de nuevo.

    Te detendrán. Puedo hacer muchas cosas, Patrick. No me hagas mover hilos.

    ¿Me estás amenazando?

    Sí. Si no te vas o vuelves te meterás en problemas.

    Me meterás tú, querrás decir.

    Por eso te lo estoy diciendo ahora. No entiendes lo peligroso que es estar aquí. Cualquiera que se acerque a mí acabará mal —digo con un sorprendente tono frío.

    Prefiero morir a tu lado a vivir sin ti.

    ¡Pues yo no! ¡Eres un estúpido idiota! ¡Una vez me dijiste que no querías ver cómo me pegaban, y yo ahora te digo lo mismo! No pienso verte morir sin poder hacer nada.

Salgo de casa con la conciencia suficiente para coger la pistola y el teléfono. Cierro la puerta por fuera y la atranco para que no pueda escapar PJ. Al alejarme oigo los golpes que da, pero solamente conseguirá hacerse daño.

    Hija ¿qué pasa? —Anne me responde asustada.

    Nada, es que necesito comida para la cena.

    ¿Comida? Pero si…

    Mamá, tráeme algo que me pueda hacer rápido.

    Voy para allá.

Me entiende más rápido de lo que esperaba. A los cinco minutos veo el coche acercarse al final de la calle. Se detiene y viene hasta mí corriendo. Me abraza.

    ¿Qué ocurre? ¿Qué haces aquí?

    Necesito ayuda. Hay alguien en casa…

    ¿Alguien? —se lleva la mano a la pistola.

    No, no es de ellos —la paro—. Es un fantasma.

La mente se le aclara al recordar la charla que tuvimos, en la cual me dijo que «siempre hay alguien que nos atormenta y que queremos olvidar a toda costa, pero que siempre vuelve». A esas personas decidimos llamarlas fantasmas.

    ¿El chico? —asiento— ¿Cómo te ha descubierto?

    Me lo encontré y me dijo que estaba viviendo en la calle y le di casa a cambio de que se fuera al día siguiente. Ahora quiere quedarse.

    ¿Cómo te lo encontraste si no puedes salir de aquí?

    Bueno, quizá salí un poco. Fue sólo una vez —añado rápidamente al ver su cara— y Frank me llevó al hospital para que me cosieran porque había roto un vaso y se me clavaron los cristales. A la vuelta paramos un momento en la comisaría y…le trajeron.

    Encima es un delincuente…

    No lo es. Es un artista. La culpa la tiene el policía. Él estaba pintando y…

    En una pared ¿no? —asiento— Sabes que es ilegal.

    Es una falta, no una noche en los calabozos.

    Ahí tienes razón. ¿Por qué no quiere irse?

    Porque me quiere, Anne. Por una estúpida razón que no llego a comprender, me quiere.

Le explico estos dos días detalladamente hasta llegar a casa. Anne se presenta a PJ y tampoco le da opciones. Esta noche dormirá con nosotros y mañana le llevará a la estación de autobuses.

No puedo dormir, pero tampoco salir por estar Anne. Me paseo por la casa un par de veces y vuelvo a acostarme. Al rato siento la sábana moverse y se tumba abrazado a mí. Nos tapa de nuevo y después de susurrarme al oído «lo siento» consigo conciliar el sueño.