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jueves, 23 de mayo de 2013

Cap. 13


El lunes comienza duro. Alex ya me está esperando donde suelo aparcar. Me abre la puerta y se ofrece a ayudarme a salir con la mejor de sus sonrisas.

    Bonjour, mon ange. (Buenos días, mi ángel)

    Bonjour. Hablamos en la puerta trasera ¿vale?

    Bueno…Pero antes dame un b…

    Allí —cierro la puerta y se dirige al punto de encuentro.

Lo miro andar, tan tranquilo en apariencia y tan ansioso por dentro. Me pregunto cómo lo hará. Indica algo a sus amigos y me camuflo entre la multitud para ir también.

Al llegar está apoyado en la valla de metal; me ve y se dirige a mí:

    ¿Podrías decirme a… —no le da tiempo a terminar, porque ya le he callado con un beso.

Me responde y rodea mi cintura instintivamente, al igual que yo me apoyo en sus hombros.

    Me gustaría decir que no vuelvas a interrumpirme cuando hablo, pero si es así, estaría mintiendo —sonríe y vuelve a inclinarse para seguir. Me aparto.

    Espera, quiero hablar contigo.

    Si me vienes con algo del estilo “no podemos estar juntos” te juro que haría lo imposible por remediarlo —esta declaración repentina me pilla de improviso—. Espero que lo sepas —puedo oír a Anne decirme «Sigue a tu corazón».

    Me encanta oír eso dicho por ti —confieso.

    ¿Acaso hay otro?

    ¿Tú qué crees?

    Pues estoy empezando a dudarlo porque no quedas ningún fin de semana. En las vacaciones desapareces y luego me sueltas que estás en Colorado y que no quieres que quien quiera que sea te vea hablando con otro —no puedo evitar reírme.

    ¿Te sigues acordando de eso?

    No es que sea muy agradable imaginarte en brazos de otro.

    Que sepas que en este tiempo yo te he visto con otras y no me enfado.

    ¿Cómo lo consigues? Yo es sólo pensarlo y me pongo…

    Bueno, ya vale. Has conseguido que me desvíe del tema. Lo que quería decirte es que prefiero que no se sepa lo que pasó.

    Yo no tengo problemas en decir que eres mi novia. ¿Tú sí?

    No, yo tampoco. A lo que me refería es a que necesito un poco de tiempo para asimilarlo respecto a otros. Además, así me besarás con más ganas —me pongo de puntillas y esta vez es él el que se aparta.

    ¿Cuánto es un poco?

    Lo que necesite. Mientras podemos seguir tú y yo, pero a escondidas.

    No sé si podré tenerte tan cerca sin poder…

    Lo has hecho antes.

    Ya, pero no estaba seguro de que yo te gustaba.

    Sigamos con nuestro juego y haremos que surja.

    No te entiendo.

    Pues que cada día nos acerquemos más hasta que por fin nos besemos. Desde ahí sería todo normal —le sonrío. Mira al horizonte, pensativo. Me encanta esa cara de concentración. Intenta hacerse el duro, pero no puede.

    Está bien. Pero será mejor que lo hagamos rápido o de lo contrario te besaré directamente. Aunque esté en medio de clase, me da igual.

    Eso sería un escándalo —me río.

    Y la profesora Chastain nos enviaría al aula de castigo…—se para de repente— solos…—piensa—. Decidido, te beso en medio de clase de economía.

Ambos nos reímos y entramos a clase. Nos sentamos al fondo en la mesa más apartada. Durante la hora mantiene la mano en mi muslo mientras yo trato que no suba más de ahí. Al cabo de un tiempo desiste y acaba rodeándome la cintura.

    Creo que deberías tomar apuntes.

    Estoy demasiado ocupado abrazándote. De todas formas no puedo concentrarme. ¿Tú sí?

    Tampoco —sonrío—, pero alguien tendrá que hacerlo.

    Tengo un remedio para que te concentres —se acerca aún más.

    ¿De clase? —oculto una risilla.

    Anatomía —está a milímetros.

    ¿Anatomía?

    Nivel práctico —se lanza a besarme, pero me aparto riéndome aún más—. Eso no es justo.

    Por supuesto que no. Pero es el trato. Después “estudiamos” lo que quieras.

    ¿Lo que quiera?

    Te voy a dar una oportunidad: si te pasas, se acabó. ¿Entendido?

    ¡Los del fondo! —nos reprime el profesor— ¿Algo que decir?

    No profesor —intervengo.

    Bien, pues los dos a la calle. Si no sabéis parar, esto es lo que os espera — suspiramos y nos vamos rápido.

    Toda la clase nos ha visto.

    Da igual. Yo siempre estoy intentando meterte mano ¿no?

    Pero yo nunca te dejo.

    Así vamos allanando el terreno —me agarra y vuelve a intentar besarme. De nuevo me aparto.

    Espera, aún tengo que decirte algo.

    Me das miedo.

    No hemos hablado eso de que yo sea tu novia.

    ¿Hace falta? Porque, digo yo, después de esto…

    Después de esto eres un lío. Nada serio ni formal.

    Es decir, me mato a contentarte, hago por ti lo que no he llegado a hacer por ninguna otra, no te presiono… ¿y me vienes con esto?

    ¿Me has preguntado acaso si quiero serlo?

    ¿Tengo que hacerlo?

    Sería lo propio —suspira.

    Está bien. ¿Quieres salir conmigo?

    ¿Adónde?

    Alice, no estoy para bromas —me río.

    Pues hace un momento estabas dispuesto a todo.

    Porque hace un momento creía que era más que un rollo.

    No te enfades —le agarro de la delgada cintura.

    Sí me enfado. Estoy en mi derecho. Yo me he abierto y tú me vienes con esto.

    Mira, yo nunca he tenido novio. Esto es nuevo para mí. Sólo te pido que sepas esperarme y que me enseñes cómo es esto —no apartamos la mirada de los ojos del otro.

    Prefiero aprender juntos. Y te juro que me voy a esforzar por esperarte; porque quiero que tu primera vez sea especial. Si soy el indicado, claro…

    Por supuesto que lo eres —acepto un beso: lento y tierno. Perfecto.

Es lo más sincero que he dicho en mucho tiempo.

Por el día estamos más cariñosos de lo que me gustaría expresar, pero sencillamente no podemos evitarlo a pesar de intentarlo.

 

 

La semana pasa dura, al igual que otras, pero por diferentes motivos. Aunque Alex me supone un gran apoyo, todos estos días los he pasado con Lily. Llegaba al hospital y no sólo tenía que hacer los deberes y estudiar (lo que se hacía completamente imposible), sino también hablar con el nuevo psicólogo, buscar trabajo, jugar con ella, ayudarla  con sus estudios y, por supuesto, comentar con Tom los avances. Esto también a veces me resulta interesante, porque investigo con él, pero apenas puedo conducir de vuelta a casa de lo agotada que me encuentro y las horas de sueño escasean; igual que el dinero. Tengo que pagar en dos semanas la primera mensualidad y aún sigo sin trabajo. Para colmo tampoco he recibido respuesta del mensajero respecto a la carta hacia PJ.

Alex tampoco tarda en darse cuenta, pero el viernes a penúltima hora, en el descanso, no aguanto más.

Me coge de la mano y no me importa, me apoya contra las taquillas y se pega a mí; y tampoco me importa.

    Ahora mismo me vas a decir qué te pasa —me exige.

    Es cansancio, ya te lo he dicho mil veces.

    Pues no te creo, algo más te sucede que no me quieres contar. ¿No confías en mí?

    No es eso…—me apoyo contra él.

    ¿Entonces?

    Ando algo atareada. Quizá más de lo normal, pero de momento puedo con ello.

    No, no puedes. Mírate. Estás destrozada. No duermes, en clase tampoco te enteras… Ni siquiera reaccionas cuando te beso o te abrazo con gente delante.

    Tan sólo tengo que coger el ritmo.

    ¿Cómo te puedo ayudar?

    No puedes. Es cosa mía.

    Nuestra. Recuerda que estamos juntos, te guste o no —me abraza con fuerza y no lo puedo evitar. Me da igual que las lágrimas empiecen a caer y le mojen la camisa. A él tampoco le importa.

    Estoy agotada, llevo toda la semana sin dormir, la cabeza me va a estallar y tengo que conseguir trabajo para pagar el recibo, pero llevo una semana y no encuentro nada.

    ¿Necesitas dinero? ¿Tu padre no te lo da?

    No…lo tengo que conseguir por mi cuenta, pero no sé cómo —me separo un poco de él. Lo suficiente para mirarnos a los ojos.

    ¿Cuánto?

    Tengo que conseguirlo yo, te lo he dicho.

    ¿Cuánto? —insiste.

    500 dólares.

    Ya los tienes. ¿Efectivo o cheque?

    No los voy a aceptar. Los necesito cada mes y ni siquiera sabes para qué son.

    Me da igual. Lo que me importa es que los necesitas y yo los tengo; los de cada mes también.

    ¿Y si son para algo malo?

    He dicho que me da igual. Te daría mil veces más, hasta quedarme en la ruina si hiciera falta, con tal de que fueses feliz.

    Gracias, pero no los quiero. Tengo que conseguirlos con un trabajo.

    ¿Por qué?

    Es lo que he acordado con mi padre.

    No tiene por qué enterarse.

    Pero yo sí lo sabré. Soy honesta y no me gusta hacer trampas.

    Bueno. Pero si cambias de opinión, ya sabes.

    Lo sé, y te lo agradezco, pero no lo voy a hacer.

    Te advierto, como sigas así por más tiempo, yo mismo te seguiré y averiguaré lo que estás haciendo para ayudarte. No quiero verte más así de mal.

Entramos a clase de la mano, oyendo los rumores que están empezando a formarse. Me parecen patéticos, hablan sin saber. Aunque tampoco es que mi aspecto ayude demasiado en contrarrestar los más venenosos, como por ejemplo, el que dice que hasta que no he conseguido acostarme con él no he aceptado que me coja de la mano en público. También los hay más livianos, pero no mejores; oigo uno que dice que le estoy lavando el cerebro para que me acepte, pues seguro que ya he estado con media Francia y Carolina del Norte y por eso me he mudado aquí: para probar chicos nuevos.

En clase no paro de oír cosas de estas y cada una me taladra de una manera diferente, pero en el mismo lugar. Alex me aprieta la mano y deja que me apoye en su pecho. Me relajo escuchando a su corazón y cerrando los ojos. Intenta convencerme de que no haga caso al resto, que sólo estamos él y yo y que nada más importa. Pero por mucho que se esfuerza no lo consigue y me escabullo de clase tan rápido como puedo nada mas sonar el timbre. En la entrada consigo acordarme de mi pequeño trozo de cielo, como le llamo en mi mente desde que se declarara unos días atrás. No me he despedido de él y seguro que querrá verme antes de otro largo fin de semana sin vernos. La gente ya empieza a salir, acompañada de sus miradas ponzoñosas, faltaría más. Pero él aparece como una exhalación de aire nuevo entre la multitud. Los aparta a empujones y no espera a decirme nada. Al momento de llegar a mi altura enreda la mano en mi pelo y me besa diciéndole al mundo que está orgulloso de estar conmigo. Yo le respondo sin problemas agarrándome a su brazo, tenso por estar sujetando la mochila y a su espalda ancha y musculada. Me rodea la cintura y arqueo la espalada para juntarme más a él. Le damos la espalda al mundo y en el tiempo que pasa reivindicamos a todos que nos dan igual sus habladurías o lo que piensen sobre nosotros. No existen problemas de dinero, ni de trabajo, ni de una familia desestructurada por culpa de mi padre, ni siquiera existe el pasado que me persigue continuamente. Pero todo lo bueno se acaba, y no siempre de la mejor manera: un torrente de imágenes que no deberían haber salido me golpea con fuerza, haciendo que me aparte bruscamente para mi desagrado. Intento mirarle a los ojos de nuevo, pero todo lo que veo es a PJ en vez de la realidad. Doloroso y aplastante, sin duda. Me siento horrible, él se está entregando, me ofrece todo el dinero que me hace falta y yo se lo agradezco confundiendo su cara después de besarme con la del que fue mi mejor amigo y el que también me ha hecho más daño. Por mucho que represente a mi pasado no puedo dejarlo encerrado ahí; siempre consigue la manera de salir e influir en mi vida de manera devastadora.

Definitivamente tengo que acabar con esto de una vez por todas, pero al parecer escribir esa carta, sincera aunque falsa a la vez, no funciona. Lo mejor será esperar a que cambie por sí solo, si no lo consigo, lo afrontaré en persona, por mucho que cueste.

    ¿Bien?

    S…sí —consigo balbucear—. Tengo que irme, ya hablamos.

Remato con otro pequeño beso y subo al coche sin mirar atrás —tengo miedo de volver a ver a quien no debo.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Cap. 12


Entro en la habitación que le han dado a Lily, pero no está. Dejo el peluche que la acabo de comprar para disculparme y la pequeña tarta de chocolate, que tiene la misma intención. No sólo no está, sino que su cama tampoco. Lo que sí hay es un dibujo, bastante bien para su edad, donde salimos ella y yo, cogidas de la mano frente a la casa que juntas nos imaginamos vivir algún día.

Salgo a recepción y me atiende una enfermera antes de llegar:

    ¿Es usted familiar de Emily Sullivan?

    Soy su hermana. ¿Ha pasado algo? —nunca me lo habían preguntado.

    Lo siento, pero necesito a sus padres. Si pudiese contactar con ellos…

    No, no se puede. Está a mi cargo.

    ¿Es mayor de edad?

    ¿Y eso qué le importa? ¿Dónde está Lily?

    Tranquilícese, por favor.

    No hasta que me responda.

    ¿Estaba al corriente de todo?

    Por supuesto, le estoy hablando de mi hermana, no de una desconocida.

    Entonces sabrá…

    Lo sé todo. Todo excepto dónde está —no la ha podido pasar nada. El otro día estaba perfectamente. Ante mis malos modales me responde cortante.

    Ha sido trasladada al Silver Lake Medical Centre.

    ¿Sin mi consentimiento?

    Estaba avisada.

    Pero eso es al otro punto de la ciudad —calculo que puedo tardar una hora desde casa en llegar sin tráfico. Normalmente para venir aquí son unos quince minutos—. ¿No había otro más cerca?

    Que admitiesen su coste no. Ahora debe despejar la habitación para futuros pacientes. Buenos días.

    Pero…—ya es tarde.

Por lo menos no la han cambiado de estado. Y ese hospital tampoco está tan mal. Debo dirigirme allí cuanto antes para empezar con el papeleo. Mi niña…

    ¿Frank? Consígueme el teléfono del Silver Lake Medical Centre.

    ¿Para? ¿Ha pasado algo?

    Han trasladado a Lily allí. Voy para allá para revisar la custodia.

    ¿Por dónde vas?

    Acabo de salir del otro. Ni siquiera se la han llevado con sus cosas —farfullo.

    Vale, pásate por aquí y vamos juntos.

    No hay tiempo.

    Ya está hecho, no puedes hacer nada.

    Pero ella está sola. Tiraré de contactos para intentar que la vuelvan a llevar a donde estaba.

    ¿Contactos? ¿Tú? No me tomes el pelo.

    Hablaré con Moore.

    No conseguirás nada.

    Ponme a prueba —doy un giro brusco para ir a recogerle—. Estate preparado en la puerta con dinero. En cinco minutos estoy — cuelgo el teléfono y acelero.

Ya en el hospital, después de discutir largo y tendido en el coche, decidimos que la custodia siga siendo mía. Pondremos una queja al otro hospital para intentar que pasen por alto este cambio.

Preguntamos por ella, pero nos hacen rellenar varios y abundantes papeles antes de decirnos nada. Absurdo protocolo que debemos cumplir para ver a una niña de la cual ya teníamos a nuestro cargo. Cuando conseguimos terminar estoy de los nervios; ando de un lado a otro mientras Frank ordena los papeles y se pone en pie. Le quito de las manos los impresos y voy corriendo hasta entregárselos al encargado. A paso lento y tranquilo me guía hasta su habitación, antes de entrar Frank ya me ha alcanzado y lleva las cosas. El enfermero se aparta de la puerta y entro a toda velocidad para abrazarla. Al no poder levantarse de la cama extiende los brazos y nos fundimos en un cálido abrazo.

    Lo siento tanto. Te prometo que no volverá a pasar. Perdóname.

    Tenía miedo. No querían decirme dónde estabas —rompe a llorar.

    No pasa nada, me voy a quedar contigo. No te preocupes —nos separamos.

    ¿Me voy a quedar aquí?

    En principio sí. Pero si quieres volver donde antes, dímelo.

    Esta habitación es más grande —me río.

    Ni me había fijado —es casi el doble que la anterior.

    Buenos días. Siento la interrupción, pero debo hablar con vosotras —un médico, entre los veinticinco y los treinta y cinco, entra con una carpeta en la mano.

    Yo soy la responsable.

    Bien, entonces eres la señorita… Du’Fromagge ¿verdad?

    Soy su padre —Frank entra y le estrecha la mano—. Fraques Du’Fromagge.

    Encantado —también me estrecha la mano—. Tengo que hablar con ustedes dos. Después vendré por la pequeña —Lily me mira con cara de terror.

    No te va a hacer nada, sólo va a hablar contigo. Yo estaré en todo momento ¿vale? —asiente temerosa— Muy bien —la beso la frente y salimos de la habitación.

    Soy el doctor Parker. Pueden llamarme Tom, si lo prefieren. Pero siento decirles que esta no sería la habitación definitiva de Lily.

    ¿Cómo podría hacer para que sí lo sea?

    Señorita…

    Alice, por favor.

    Está bien, Alice. Necesitaríamos una contribución económica dado al espacio extra. Por desgracia esto funciona a base de dinero.

    ¿De cuánto estamos hablando?

    De unos 500$.

    ¿Al mes?

    Sí señor. Por suerte contamos con un programa de financiación respecto a menores sin familia directa.

    Yo soy su hermana.

    No oficialmente. En realidad es sólo eso lo que cuenta.

    Un momento. Necesito consultarlo con mi hija —le miro ansiosa—. Alice, no podemos hacernos cargo, apenas nos llega para la misión. Y no nos van a dar un extra para esto.

    Yo podría pedir un sueldo.

    ¿En base a qué? No te lo concederán.

    Pues trabajaré.

    No me convence…Te cuesta terminar el día de una pieza, imagínate trabajando.

    Sería algo sencillo. Con el sueldo justo para pagar esto y si me sobra os lo daré a vosotros.

    ¿Y si no llegas o no lo consigues?

    Se lo pediré a…

    No termines esa frase. Con ellos es mejor no tener dudas.

    Él no es como su padre.

    Discutiremos eso en otro momento. —Piensa unos instantes— Te doy un mes de prueba, si no lo consigues por tus propios medios, tendrá que ir a otra habitación.

    Hecho —lo abrazo—. Doctor…Perdón, Tom. Hemos decidido que se queda aquí.

    Me alegro. La habitación también dispone de un sofá cama por si alguno quiere quedarse a dormir.

    Gracias, me vendrá muy bien —sonrío al médico y se va.

Es más elegante de lo que parece a simple vista. Rubio, despeinado y con los ojos grandes y oscuros. Las facciones angulosas lo hacen más atractivo de lo que pensaba.

    ¿No se supone que iba a hablar con la pequeña?

    Eso creía —me encojo de hombros y aparece de nuevo por el pasillo.

    Tengan —nos ofrece un par de llaves— Con estas se abre el armario de la habitación. Pensé que os vendría bien tenerlas.

    ¿Nos las quedamos?

    Mientras que la habitación sea suya también lo son las llaves, señor.

    Le agradezco el detalle, doc…Tom.

    No es que no me gusta que me llamen doctor, Alice, lo que pasa es que lo veo demasiado serio para estar rodeado de niños.

    ¿Es pediatra? —pregunta Frank.

    En realidad jefe de planta y cirujano. Pero me gusta estar con ellos antes de operar.

    Es muy joven para tal cargo.

    Estudié y trabajo duro. Supongo que si me gusta el trabajo lo haré mejor.

    ¿Y es así? —curioseo.

    Esta profesión es totalmente vocacional. Es muy bonita, pero dura.

    Lo suponía… —Frank se retira a la sala de espera. Lo seguimos con la mirada hasta que continúo— ¿Sabes la historia de Lily?

    Lo he leído. ¿Qué le pasó a tu padre?

    Está en la cárcel y… no es mi padre.

    No debes renegar de él —pone la mano en mi hombro.

    Lo digo en serio, no somos hermanas de sangre.

    Oh, lo siento, yo no… bueno, os parecéis y como me has dicho…

    No te preocupes, a veces pasa —sonrío—. Sólo te pido que tengas cuidado con lo que dices.

    Me vendría bien tu apoyo.

    Estaré siempre con ella.

    Me alegra oír eso —entramos en la habitación y me sitúo al lado de Lily, que me agarra la mano con fuerza.

    Cariño, este es Tom. Va a ser tu médico y te va a cuidar cuando yo no esté ¿vale?

    Pero no lo conozco.

    Hola Lily —se oculta tras mi mano—. Soy Tom. Yo voy a hacer que te pongas buena para que puedas estar con tu hermana ¿quieres? —asiente muy lentamente.

Poco a poco la va convenciendo y ella pierde la vergüenza. Entre los dos hacemos que se ría y que le caiga bien. Tom parece un buen médico y se porta bien con ella, en realidad es lo único que realmente me importa.

Yo me quedo hasta tarde y él me pide el teléfono para mantenerme al tanto de los progresos durante la semana. Accedo amistosamente y vuelvo a casa, bastante cansada.

lunes, 20 de mayo de 2013

Cap. 11

En el coche aún me dura el entusiasmo y el desasosiego que acababa de pasar. Hay algo en la entrada o más bien, alguien. Frank me mira y asiente serio. Ellos continúan al parking y yo bajo en la entrada. Se levanta y cuando el coche gira la esquina corre a abrazarme.

    Estaba tan preocupado. Llevo todo el día aquí esperándote porque tu portero no quería decirme si estabas o no.

    Me estás haciendo daño —afloja el abrazo, pero no se separa.

     Lo siento, es que oí algo raro anoche y me preocupé y te he buscado hasta dar donde vives.

    Tranquilo, relájate —respira hondo y se aparta muy lentamente.

    Déjame verte —me inspecciona—. Vale, estás bien —vuelve a abrazarme y me acaricia el cuello muy lento.

    ¿Nunca has oído que hierba mala nunca muere? —intento quitar tensión, pues el señor Calhoun nos mira fijamente.

    No bromees con eso —me riñe. Miro al suelo en busca de alguna respuesta, pero ahí no las encontraré.

    Tengo que entrar, mis padres ya habrán llegado.

    ¿Puedo ir contigo? —niego— Pues no te vayas.

    No empieces, por favor.

    Sólo quédate un poco más. He estado todo el día aquí para verte y asegurarme de que estabas bien. Vamos a comer algo y me iré.

    No sé…

    Venga, será muy poco tiempo —me ruega y me lleva la mano a su mejilla sin afeitar. Sus grandes ojos azules contrastan con el hostil mundo del que viene.

    Ven —le cojo de la mano y entrelaza los dedos como si fuese lo más normal del mundo. Subimos a casa sin hablar, pero sé que está tenso.

    Te espero aquí —me dice cuando estamos delante de la puerta.

    Entra —abro y tiro de él con suavidad—. Mére, me voy a comer algo con Alex. Voy a darme una ducha. Volveré pronto —anuncio a Anne, que estaba en el salón,  y entramos a mi habitación.

    Esto me va a suponer un problema.

    ¿El qué? —me quito la camiseta y cojo ropa limpia.

    Se me ha olvidado lo que iba a decir —noto como me sigue con la vista. Me río.

    No rompas nada —le prevengo desde el baño.

    ¿Saldrías para ver qué he hecho?

    Mi padre.

    Entonces mejor me quedo quietecito.

    Tampoco hace falta tanto —salgo un momento para coger lo que se me había olvidado.

    No hagas eso. Eso no es bueno para mi salud mental —me mira fijamente.

    Será la primera vez que ves a una chica en ropa interior.

    No, pero tú no eres una chica.

    ¿A no? —me acerco a él hasta estar enfrente suya, a unos centímetros de su cara.

    No una cualquiera; eres especial —alza la mano para besarme pero me aparto rápidamente.

Seguimos en silencio hasta que salgo de la ducha con una toalla. Él se da la vuelta mientras me visto y salimos como si nada. Me despido de mis padres y me coloco el pinganillo sin que nadie lo note. Ni una palabra hasta llegar a una cafetería a un par de manzanas de mi edificio. Ni siquiera nos soltamos para sentarnos o pedir lo que queramos. Con la luz indirecta se remarcan sus ojeras.

    ¿Has dormido esta noche?

    No —traen su hamburguesa y mi batido de chocolate.

    Y llevas todo el día sin comer ¿no es cierto?

    ¿Tanto se nota? —deja la hamburguesa y sonríe con timidez.

    Un poquito —volvemos a reírnos.

Volvemos muy despacio hasta casa. Quiero alargar el tiempo lo más posible.

    ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

    ¿A qué te refieres?

    A esto. A andar por la calle de la mano, sin preocuparnos de que nos vean.

    No lo sé —se encoge de hombros—. Contigo estoy bien, ya sabes, me siento yo mismo. No necesito fingir —trago saliva y me paro súbitamente — ¿Pasa algo?

    Nada —fuerzo una sonrisa—. Yo también estoy bien contigo —me rodea la cintura y me va empujando poco a poco hasta dar con la pared.

    Alice… —susurra mientras agacha la cabeza lo suficiente para besarme el cuello.

Intento resistirme, pero estoy acorralada. De todas formas una parte de mí tampoco quiere negarse: la misma que no dudó un instante en salvarlo de entre los escombros, aun con la posibilidad de perecer en el intento. Reúno fuerzas para apartarle cambiando las manos de su espalda al pecho; en el tiempo en que las dejo quietas ahí me asusto. No es él, sino su corazón y el ritmo tan acelerado y frenético que lleva.

    No podemos…Lo siento —apoyo la frente en su pecho y él en mi hombro.

    Ha sido culpa mía —se quita de mi lado.

    Espera —lo retengo—. No es el momento, ni mucho menos el lugar. Mis padres están arriba y…

    Lo sé. No quiero presionarte.

    Es que hay un problema —me acerco a él hasta sentir su piel bajo la mía. Me aparto el pelo para disimular cómo me quito el pinganillo y lo meto al bolsillo.

    ¿Cuál?

    Que yo sí quiero que lo hagas —me pongo de puntillas y le beso.

Poco a poco, disfrutando cada segundo, cada caricia que me propina con sinceridad e incluso ternura. Saboreo cada instante como si fuese el último. Sus brazos me rodean sujetándome como tenazas y yo le rodeo el cuello, acariciándole a su vez la nuca. Me aprieta con tanta fuerza que me hace daño, no puedo liberarme y bajo la cabeza para parar. Le cojo las manos y las dejo delicadamente en la aparte baja de la espalda.

    Con cuidado.

    Perdona —está sin aliento.

    Será mejor que me vaya.

    Ahora sí que no pienso dejarte —repetimos la operación con menos calma.

Apoyo de nuevo la cabeza en su pecho y me aprieta contra él. Andamos muy lentamente hasta la puerta e intento despedirme.

    Mañana te llamo y quedamos. Damos un paseo o lo que quieras, pero no puedo estar más de doce horas sin verte. Y menos ahora —habla muy rápido para que no lo detenga.

    No puedo. Perdona —me pongo de puntillas y poso mis labios en los suyos.

    ¿Ni un poco? —interrumpe.

    No —vuelvo a la carga.

    Pero…Sólo…Un…—no le dejo terminar apenas las palabras sin besarle. Ante su insistencia me separo y le miro a los ojos.

    Me tengo que ir y puedes hacer dos cosas: seguir hablando de por qué no puedo verte mañana o darme tal beso que me dure su sabor hasta que te vuelva a ver.

    Casi prefiero la primera, porque cuando empiece no podré parar —se inclina y no interrumpe más.

El mundo se detiene durante ese tiempo, no sé decir cuánto, pues estoy demasiado ocupada intentando dejar mi mente en blanco para disfrutar del momento. Lo agarro con más fuerza para que el efecto sea mayor. Él hace lo mismo, aunque con diferentes intenciones. Poco a poco lo voy consiguiendo, pero siempre está el inoportuno…

    ¡Alice! ¡Arriba, ya! —nos separamos bruscamente.

    Je viens, père —me dirijo a Alex y me voy corriendo—. Lo siento.

Frank no me dirige la palabra hasta que llegamos de nuevo al apartamento. Anne se me acerca y se frena antes de abrazarme. Mira a Frank, que da su aprobación y lo hace.

    ¿Por qué has tardado tanto?

    Estaba algo ocupada, ¿no es cierto, Alice? —se le escapa una sonrisa en su habitual gélido rostro.

    Es lo que pedíais ¿no?

    Vale, me he perdido —admite Anne—. ¿Es por ello por qué no contestabas?

    No he hecho nada. He continuado con el plan, ya está —me voy a mi habitación.

    Vuelve aquí señorita —me ordena Frank—, y explica qué estabas haciendo.

    Por favor —interviene Anne.

    Me…estaba con Al…Moore.

    ¿Haciendo qué? —insiste Frank.

    B…—me cuesta decirlo abiertamente— Díselo tú, ya que nos viste.

    Ya eres mayor como para hablar de esto. Además, sólo es un detalle de la misión ¿no?

    Nos besamos ¿vale? Ya está, no sé por qué le dais tanta coba a una tontería.

    Que debería haber pasado hace dos meses —recalca.

    Debió ser incómodo oírnos mientras tanto — Anne me ayuda.

    Y es hablarlo.

    Antes de que te vayas dame el pinganillo. Debo revisarlo, hemos perdido conexión durante un tiempo. Seguro que se ha roto.

    No creo que haya sido eso, querido —la mira extrañado y le tiendo el pinganillo después de verme cómo lo saco del bolsillo.

    No vuelvas a hacer eso —me reprime—. Sabes que es para tu seguridad.

    Ya, como si fuese importante oír cómo nos besamos. ¿Y si lo hubiese visto?

    ¿Cómo lo iba a ver?

    Pues mientras… bueno cuando… no pienso entrar en detalles.

Doy la conversación por terminada. Programo el despertador y me tumbo en la cama después de ponerme el pijama. Debo terminar con el pasado, pensar qué es lo que realmente sentí cuando pasó eso con PJ. ¿Fue el momento, quiero decir, el cúmulo de circunstancias o realmente fue como lo recuerdo? Lo recuerdo suave, cómodo, pero sobre todo esperado. La verdadera pregunta es: ¿podría haber seguido sin besarle? El problema de esto no es la pregunta, que por fin la tengo clara, sino la respuesta. Por más que lo pienso no llego a una conclusión. Me gustó, de eso no cabe duda, y por supuesto que fue especial, aunque algo tópico; delante de su novia, tras un tiempo separados sin poder siquiera hablar, habiendo terminado de tal manera, con la nieve, la posibilidad, y casi certeza, de no volvernos a ver en, seguramente, años o incluso para siempre… He aquí el fallo, la cuestión por la que ese momento sigue rondándome: es idílico pero terriblemente imposible. Ya no nos conocemos, yo he cambiado de todas las formas posibles y ya no sabe nada de mí. Por no hablar de si yo sé si él ha cambiado o no y sobre si seríamos capaces de aceptar cada nuevo detalle, suponiendo que pudiésemos estar juntos. Así que la conclusión debe ser un rotundo NO.

Pero como recuerdo que dije una vez, nosotros no mandamos en el corazón. «Pero podemos controlarlo» diría Frank para contradecirme de nuevo y volver a tener la razón en gran parte.

Pongo freno a todo y me levanto de un salto hacia mi escritorio. Ignoro el pequeño mareo y cojo papel y bolígrafo. No sé que escribir. Tras un largo rato me aprieto las sienes, esperando que las ideas salgan de golpe, que sea capaz de plasmar en un simple papel todo lo que siento. Repito la operación hasta que me duele la cabeza sin éxito.

    ¡Joder! —exclamo a ninguna parte.

    Creía que habías dejado de decir esas cosas —Anne asoma la cabeza por la puerta—. ¿Puedo?

    Claro, pasa —me froto los ojos cansados.

    Me gustaría hablar contigo —cierra la puerta de nuevo tras ella.

    Lo que quieras —respira hondo y se sienta.

    Sé que no quieres hablar sobre esto, pero necesito que lo hagas.

    Sin rodeos, por favor.

    Tienes que asegurarte de que esto es solo trabajo.

    ¿A qué te refieres?

    Tienes que poner un candado a tu corazón. Es difícil, lo sé, y más con tu edad...

    No me lo puedo creer. ¿Tú precisamente me dices esto?

    No te enfades, te lo estoy diciendo por tu bien.

    Ese es el problema. Todos me decís qué tengo que hacer y ya estoy cansada. Para lo que os interesa soy una niña y para otras cosas soy adulta. Todo esto me ha destrozado la vida ¿no entiendes? —rompo a llorar y Anne me abraza.

    Tranquila.

    No puedo. Es todo por culpa de mi padre, si él no hubiese robado; si hubiese sido legal, yo ahora no estaría así.

    La decisión fue tuya.

    ¿Y qué iba a hacer? ¿Ver cómo mi familia se desmoronaba, pudiendo ayudar? Sabes que no soy capaz.

    Por supuesto que lo sé pero, ¿qué te crees? ¿Que tu familia ahora es feliz?

    Por lo menos no hay nadie en la cárcel.

    ¿Has pensado en ti? Esto, créeme, es en parte bastante peor.

    Pues no te creo, lo dices para que no me ponga tan mal.

    Lo digo en serio. ¿Acaso no estás privada de libertad, viendo que todos sí la tienen?

    Perdón.

    No te preocupes. De todas formas quiero decirte que sé lo que estás haciendo.

    Pues explícamelo porque estoy perdida.

    No lo estás. Pretendes alejar a todos de ti para, por si algo ocurriese, que sufran lo menos posible. Así no conseguirás nada, sólo quedarte sola y hacerte débil, como tanto temes. Aprovecha ahora que alguien ha conseguido derribar tus muros, pues si sigues haciendo eso, no durará. Al final se hartará de esperar por algo que ni siquiera estás dispuesta a dar o siquiera dejar ver que tienes: tu corazón. Todos tenemos uno pequeña, y hay que aprovechar al máximo los momentos así, porque no durarán para siempre.

    Ahora sí que no lo entiendo. Frank insiste en que lo debo tomar sólo como trabajo, incluso al principio tú también. Y ahora…mírate.

    Como has dicho, al principio intentaba que tu idea fuese esa, al igual que Frank; pero desde entonces sabía que iba a ser imposible. Es una tarea ardua y requiere mucho empeño. Por supuesto, no he tenido dudas en que te esforzarías al máximo, pero no es fácil hacerlo sin implicarse emocionalmente, y más con tu edad y en estas condiciones.

    Entonces, ¿por qué sigue insistiendo Frank?

    Porque aún tiene esperanzas de que entres en razón.

    Tú misma has dicho que es muy difícil.

    Pero no imposible. Él se agarra a eso.

    ¿Tú me apoyas?

    Yo te comprendo, y, bueno, supongo que un poco también. Hay que admitir que  el objetivo es un chico muy apuesto y…

    No es sólo eso. Alex —no intento ocultar nuestra afinidad por primera vez— se porta muy bien conmigo, es un auténtico cielo. Siempre está pendiente de mí y de que estoy bien. Cuando estamos solos…no sé cómo decirlo.

    ¿El mundo se detiene? —me ayuda con una pícara sonrisa.

    Exacto. Solo tenemos ojos el uno para el otro, lo noto cuando me mira. Y creo que él también lo sabe.

    Hija mía, lo noté hasta yo. Y eso que estuve un minuto —se ríe y consigue sacarme una sonrisa—. No me imagino en el instituto tantas horas juntos.

    Allí es diferente.

    ¿Cómo es, en ese caso?

    No es tan dulce, pero de todas formas… hace que me estremezca. Tenemos un juego que es sólo nuestro: él me hace de rabiar y yo se lo hago a él. Pero en realidad nunca nos enfadamos, sabemos qué decir, cómo y cuando. Lo más divertido de todo es que nadie puede entrar porque cambiamos de forma de ser tan rápido que al intentarlo el otro sólo consigue que le ignoremos.

    ¿Cómo es él en general?

    Divertido, mujeriego, tierno, dulce, algo arrogante… Lo último es lo que hace que salten chispas. Para mal, porque no soporto ese tipo de gente y para bien…bueno, no sé por qué, pero me gusta. Me enfada y no puedo resistir estar más de un par de horas viéndonos sin hablarnos porque cuando se da cuenta, que apenas tarda, me pide disculpas y está dispuesto a hacerme de reír y a jugar de nuevo; dejándose ganar, claro.

    Suena muy romántico —reflexiona.

    No creo que sea eso exactamente.

    Desde dentro no se ve igual. Recuerda que si ves las cosas demasiado cerca, pueden parecer muy distintas a como lo son en realidad.

    Lo que pasa es que tú nos ves con buenos ojos —la sonrío.

    No es eso. Fíate de mí —se levanta.

    ¿Algún consejo?

    Aprovecha el momento. Sobre todo al chico que te está brindando por ahora la vida. Ya veremos qué hacemos más adelante.

Me siento de nuevo en el escritorio, con la mente algo más clara para escribir la carta que terminará con todo. Definitivamente Alexandre Moore es con quien debo estar, por varios motivos, aunque el más importante y por el cual si no lo tuviese, sería muy distinto es, sin duda alguna, porque lo quiero como sólo he llegado a querer a una persona. Teniendo en cuenta que la carta que estoy a punto de escribir representa el amor y el sacrificio que puede llegar a pasar una sola persona por otras, especialmente una persona que he querido desde que lo conocí.

Va a ser un golpe duro después de lo que pasó, pero no puedo retrasarlo más. Tango que hacerlo y superarlo, igual que él.

En la carta aprovecho a decirle las cosas malas que me he aguantado. Debo asegurarme de que no venga a buscarme —cosa de la cual estoy completamente segura que está planeando hacer—; y si tengo que hacerle daño para ello, lo haré.

Termino la carta, con este resultado:

 

PJ:

Es horrible tener que decirte esto, sobre todo después de lo que ocurrió el último día. Me encantaría estar frente a ti para contártelo, pero me resulta imposible dadas las circunstancias en las que me encuentro. No pienses que soy cobarde, sólo lo hago por nuestro bien y seguridad.

No podremos volver a hablaren mucho tiempo. Es doloroso, pero necesito una salida a este mundo extraño donde no conseguía diferenciar entre el pasado y el presente.

Eres mi pasado y ahí debes quedarte. Hemos vivido infinidad de cosas juntos, tanto buenas como malas, siendo en todo momento un gran apoyo en intentando protegerme ante el mundo; pero debo decirte que no todo se arregla con peleas o con un beso. No puedo olvidar esto, pero tampoco lo malo.

No sé si tengo derecho a reprocharte lo que hiciste con Amber, pero sí a reclamar algo más de lealtad de tu parte, independientemente de que no fuésemos nada de manera oficial, puesto que el sentimiento existía. Fuiste un cobarde al no querer aceptarlo por mucho que te lo quise decir a la cara. Reaccionaste como un niño malcriado destrozando tu dibujo y poniéndote celoso por tonterías. Cruzaste los límites defendiéndola y es más de lo que pude soportar. Con esa actitud no hiciste si no derribarme.

Tan solo he puesto lo que más daño me hizo, porque prefiero no revolver tanto el pasado.

 

Ya no soy tuya, ni tú nunca fuiste mío.

 Alice

 

Remato el nombre con una pluma y doblo la copia menos emborronada por las lágrimas para meterla en el sobre. Voy a contratar a un mensajero para que se la entregue en mano, así me aseguraré que le llega. Miro el reloj: las tres de la madrugada. Me levanto y paseo por el apartamento para estirar las piernas. En casa hubiese salido al patio trasero y me habría tirado en la hierba húmeda mientras buscaba constelaciones. Aún me gusta, pero llevo tanto tiempo mirando todo lo relacionado con la misión que me he olvidado de lo que realmente me gusta.

Salgo a la amplia terraza, mirando las luces de la calle. Coches, bares, farolas…parece que la ciudad nunca descansa. Apenas se ven coches, pero sí algún que otro taxi, un grupo de amigos medio borrachos que intentan mantener a otro en pie, una pareja remoloneando separarse en la acera de enfrente… Todo tan tranquilo y alborotado a la vez, porque nadie sabe la razón que puede llevar a hacer lo que están haciendo. Quizá la pareja no quiere separarse porque alguno de ellos esté enfermo u otro tenga que irse a otro país, o simplemente porque se quieren. Tampoco nadie excepto ellos sabe por qué están llevando a su amigo y no le han abandonado después de llamar a una ambulancia. Es posible que le peguen en casa, o que su novia lo haya dejado, o tan sólo se ha pasado de la raya con la diversión. Las cosas nunca son lo que parecen, y si hay que fiarse de alguien, que sea de ti mismo.