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viernes, 8 de abril de 2016

Capítulo 13

Despierto bastante confundida, tumbada en una cama que no conozco y con un martilleo constante en la cabeza. Parece que esto va a convertirse en una costumbre, levantarme a punto de chillar porque a la cabeza no le apetece relajarse y bajar su nivel de intensidad con los dolores. Sin embargo, al intentar centrarme en un punto concreto al abrir los ojos, algo tan sencillo como el techo, todo empieza a brillar de una manera extraña. Intento mover las manos, pero se hace difícil con el vendaje que me han puesto, y sorprendentemente no me duelen tanto como temía, sólo es un leve hormigueo, igual que el resto de mi cuerpo, de cual comienzo a tener consciencia.
A mi lado, encuentro una butaca, ahora vacía, y a una mujer, creo, que sale rápidamente de la habitación. Tanto el brillo como el dolor de cabeza me hacen imposible concentrarme y distinguir correctamente las formas.
En un par de minutos, que aprovecho para cerrar los ojos e intentar que desaparezca esta sensación extraña, oigo la puerta abrirse y me cogen de la mano al instante.
    Te ha costado despertarte —comenta una voz demasiado familiar y dulce.
Abro los ojos y veo a su propietario mirándome con ternura, una ternura que llevo sin ver en esos ojos azul cristalino años. Se lleva la mano a la boca para besarla y se la deja en la mejilla, abrazándola con la suya. Lucho contra la confusión mirando mi cuerpo, perfectamente tapado hasta el pecho con una sábana blanca y vestido con lo que diría que es una camiseta de algodón varias tallas más grande.
Intento incorporarme, sin embargo, la habitación da vueltas y tengo que dejarme caer de nuevo en el cómodo colchón. Ni siquiera puedo mirar alrededor sin que vuelva ese irritante brillo. Es como si estuviera en el Cielo y no en el mundo de los vivos, sobre todo por el aspecto de ángel que parece tener ahora Alexander, vestido con una camisa blanca remangada hasta la mitad del antebrazo y abierta los primeros botones, dejando ver su pecho fuerte y bronceado, a pesar de ser un hombre de negocios, como él mismo presume. Se nota que le sigue gustando el deporte, solo que esta vez es por entretenimiento y no por conquistar a chicas. Espero.
No, hay algo mal en todo esto, ha intentado matarme y ahora no puede simplemente cogerme de la mano y pretender que haga como si no ha ocurrido nada. No. Está loco, es un psicópata. ¿Por qué si no actuaría de esa manera? Ya lo dijo una vez, me tendría a la fuerza si era necesario, y ahora está intentando convencerme, llevarme a su terreno. Pero es tan dulce que nada lejos de sus palabras tiene lugar en mi mente, deja a un lado el dolor y el mundo se reduce a unos insólitos tiernos ojos.
    Tranquila —intenta sonreír—. El médico llegó antes de que tuvieras nada grave. Estás bien, sólo necesitas descansar.
Me besa la frente y, casi en mi contra, caigo rendida en un sueño profundo de...¿cuánto; dos, tres horas? No tengo ni idea de cuánto duermo, porque desde luego no era consciente del verdadero cansancio que provoca un accidente de coche. Supongo que mi cuerpo necesita estar lo más tranquilo posible y sabe que no lo conseguirá si mi mente no le obliga a dormir, porque de lo contrario estaría saliendo de dondequiera que esté e iría a...cualquier sitio lejos de aquí, eso es seguro.
Cuando me despierto de nuevo, él sigue a mi lado, con un libro sobre el regazo y mi mano vagamente cogida; no obstante, no está pendiente de eso, sino de mí. Tiene la mirada clavada en mis somnolientos ojos y me esfuerzo por hablar,  mas tengo la garganta seca y el mero intento hace que me convulsione por la tos. Con una ligera sonrisa, aparentemente complacido de que esté bien, coge un vaso de agua de la mesilla y me lo ofrece antes de ayudarme a beber.
    ¿Mejor? —asiento lo justo para que lo perciba— ¿Te apetece darte una ducha primero para despejarte? Yo no haré nada, lo juro —levanta una mano y vuelvo a asentir.
No me vendría nada mal dejar que mis pensamientos corrieran junto al agua y se vayan por el desagüe. Está claro que no puedo hacer nada, no con él supervisándome —independientemente de cuáles sean sus intenciones— ni tampoco pudiendo casi andar. No sé exactamente por qué, y estoy segura que en cuanto me ponga en marcha conseguiré andar normalmente, pero nada me quita las marcas de cristales clavados y los puntos de papel en el muslo.
Me ayuda a llevarme al baño y me deja sola cuando se asegura de que puedo sostenerme. Me miro en el espejo de cuerpo entero después de quitarme la camiseta que llevaba puesta que me llegaba por la mitad de los muslos. Tengo un par de cicatrices nuevas, supongo que, después de la tercera, eso deja de importarte ¿no? Una es un corte limpio y aún unido por puntos en las costillas, específicamente entre dos de la parte derecha. La otra es un feo corte a medio curar en la clavícula. Obviamente, el resto de cortes, de menor tamaño, repartidos por las manos enrojecidas y los antebrazos que usé a modo de escudo para no dañarme la cara, no los he contado, porque también tienen marcas de los cristales que saltaron, aparte de lo del muslo, que no he contado porque apenas se verá si tengo un poco de cuidado. El cuello me duele y me hace marearme durante la ducha, pero, una vez en el agua caliente, me dejo llevar y tienen que aporrear la puerta para asegurarse de que no he hecho nada malo y de que sigo bien.
Me agarro al lavabo después de ponerme la misma camiseta que antes para combatir el mareo, y, al salir, con la cabeza algo más clara, consigo enlazar varios pensamientos —agradezco bastante que las cosas hayan dejado de brillar considerablemente— y una imagen se empieza a formar en mi mente. Apenas recuerdo lo que pasó después del golpe, creo que Alexander me atacó...No, él impidió que me dispara un hombre del que no tengo ni idea de nada más de él que está bajo su nómina. Recuerdo el olor a metal quemado, retorcido, a gasolina en el asfalto, sangre, el sonido de la ambulancia, dolor...
Casi tan intenso como el de ahora, que me hace suspirar y quejarme sin siquiera percibirlo, la cabeza me va a explotar y comienzo a perder fuerza de nuevo.
Alexander entra al momento y me coge por los codos para que no me caiga. Cierro los ojos con fuerza, necesito saber dónde estoy, cómo salir de aquí y sobre todo por qué me ha traído en vez de dejarme en cualquier hospital, es mucho menos arriesgado y puede permitirse una pequeña factura médica a cambio de que le deje en paz.
Me lleva a la habitación y me sienta en la cama con cuidado y puedo calmarme sin caerme, lo que es un gran avance.
    No tienes buen aspecto —frunce el ceño.
    Gracias —acepto una caricia intentando controlar el tambor de la cabeza.
    Será mejor que llame al médico.
    Espera —le cojo del brazo.
    Será sólo un instante —me acaricia un punto de la frente y se va.
Me llevo la mano allí donde me acaba de tocar y descubro una pequeña tirita encima de la ceja izquierda. Vuelvo a cerrar los ojos al ahogarme en un torrente de imágenes, igual que el de antes pero con la ventaja de que si pierdo el equilibrio esta vez no me haré daño y que puedo concentrarme con él fuera en lo verdaderamente importante. De una manera extraña aquí estoy a salvo, a fin de cuentas Moore acaba de ir a por un médico, pero hay alguien de quien no sé nada y que puede estar en un terrible riesgo: Amy.
No tengo ni idea de dónde está, o siquiera cómo. ¿Y si la ambulancia no pudo hacer nada? ¿Y si ya está muerta? ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
Tan rápido como empiezo a reaccionar, mi cuerpo acompaña a mi mente y me levanto de un salto. Aún tengo muchas fuerzas que recuperar, pero consigo reunir las suficientes para correr hacia la puerta. Quizá debería fijarme en dónde estoy, aprovechar que me han dejado sola para buscar algo de información, no obstante, técnicamente ya no existe investigación, así que no estoy haciendo nada mal; y a decir verdad, aun habiéndola, reaccionaría igual. Por mi culpa Amy está a saber cómo y dónde, por lo que lo más justo sería que yo lo remediara. Pero primero he de encontrarla.
La puerta se abre desde el lado contrario, empujándome y haciendo que trastabille. Un chico joven, podría decir que incluso más que yo, cuya cara me es familiar aunque no consigo situarle, me agarra del brazo para impedir que caiga y le aparto de un empujón. No quiero que me toque, que nadie lo haga; quiero escapar de aquí, y la única salida es la puerta que está bloqueando, ya que no hay ventanas —aunque las hubiera, no creo que fuera capaz de usarla como vía de escape si estuvieran en una altura superior a un primer piso, y aun con esa altura me sería difícil—. Estoy segura que en plenas condiciones podría ser un digno oponente, parece rápido y sus ojos vivos lo confirman, pero ahora mismo me machacaría en un minuto.
¾    Déjame salir —exijo.
¾    ¿Así? Ni de coña —me mira de arriba abajo.
¾    Quítate o te aparto yo.
¾    Explícame cómo —es él quien me quita de en medio agarrándome por los hombros; tiene que hacerlo con más fuerza cuando forcejeo—. Para de una vez; o lo hago por las buenas o Alexander me mata.
Cedo durante unos segundos, sopesando mis opciones y pensando en lo que ha dicho. Desde luego que sería capaz de matar a alguien que no le obedezca, su padre lo hacía y él simplemente lo reproduce; algo en mí me hace detenerme, de verdad no quiero que este chaval se meta en líos por mi culpa, pero pensándolo mejor ha sido él quien se ha metido en esto, a mí me están arrastrando, así que no tengo por qué ayudarle. Vuelvo a resistirme, ignorando sus gruñidos de «Cálmate o tendré que hacerlo yo», y me estampa contra la pared para controlarme mejor con un brazo mientras que noto que hace algo con el otro, no obstante, no puedo aprovechar la oportunidad, yo me estoy empezando a marear de nuevo —el dolor de las cervicales no lo mejora— y es más fuerte de lo que pensaba, de manera que no puedo hacer nada cuando me clava algo en el cuello y siento mis músculos relajarse hasta no poder soportarme, y todo se vuelve negro.

El sueño en el que me mete la extraña inyección lo es tanto como ésta o más. Estaba Amy, Murray, David, Alexander, Patrick…incluso aparecían el resto de personas que me acompañaron la primera vez que me metí en todo esto, los que se hacían pasar por mis padres y luego me abandonaron en cuanto estuve a punto de morir. Nunca olvidaré su traición, eso lo tengo claro. Consiste en que todas estas personas están a ambos lados mientras yo paseo entre ellos, simplemente se limitan a hacerme tropezar o bien llamando mi atención, o distrayéndome con otra cosa, o poniéndome la zancadilla. Al final del pasillo, se encuentran dos chicas rubias, iguales y completamente diferentes por otro lado: la de mi derecha es elegante, orgullosa, digna, con ropa bastante cara y que le sienta con un guante, ese brillo de picardía en los ojos te indica que siempre tiene un as guardado en la manga: hay personas que tienen algo que te hace confiar en ellas al instante, aunque sepas que podría salir mal o y traicionarte sin que te diera tiempo siquiera a parpadear, esta chica es de esas, demasiado perfecta para ser real; la de mi izquierda tiene un aspecto enfermizo, con la piel un tanto amarilla, los ojos azules saltones, la ropa le queda grande, es extremadamente delgada, aunque lo peor de todo es, que a pesar de ser tan joven como la otra, parece bastantes años mayor porque sus ojos no te dicen otra cosa que no sea adicción o, incluso, locura.
No hace falta ser demasiado inteligente para darse cuenta de que las dos versiones de lo que podría haber sido están ahí para empujarme al agujero que ha aparecido en la tierra, tal y como hacen. En realidad soy yo la que se deja, porque podría haberme defendido: una es demasiado débil físicamente y la otra no entiende de violencia. Así que caigo en silencio al oscuro vacío y me relajo.
Curiosamente, despierto en otra cama, vestida con mi propia ropa, limpia y con olor a detergente. Ya no brilla nada, ni me duele tanto la cabeza, tan sólo tengo la boca pastosa y un extraño sabor dulzón en la boca, pero por el resto me encuentro perfectamente. Incluso me levanto sin sentir mareo. En mucho mejor estado que antes, decido ojear la habitación por mera curiosidad, que consta de una cama individual pegada a una pared de madera con una ventana tapiada. Una mesilla es el resto del mobiliario. Estoy en una cabaña oscura, a saber dónde, y no tengo ni idea de por qué estoy aquí. Si en realidad me quieren muerta, podrían haberlo hecho ya, pero por una extraña razón mi querido Alexander no se decide; tanto protegerme y atacarme a la vez es realmente confuso y frustrante. No sería un mal gesto que pensara algo congruente de vez en cuando.
Encuentro la puerta casi a tientas y, tras unos golpes con toda la fuerza que consigo reunir, se abre, dejando paso a un aire caliente y húmedo, con un fuerte olor a sal.
Es una cabaña, sí, pero una cabaña en la playa. Una playa aparentemente abandonada, pero si me giro puedo ver a lo lejos una carretera. Sé que estoy débil, llevo cerca de un día sin comer, aunque en verdad no tengo ni idea de cuánto tiempo, ya que siempre hay algo o alguien que se empeña en mantenerme inconsciente como un animal peligroso, pero tengo que salir como sea de aquí y averiguar algo sobre mi compañera. Comienzo a andar a paso inseguro y poco a poco voy ganando confianza y consigo mantener un ritmo aceptable, teniendo en cuenta la situación.
Después de casi asfixiarme por el esfuerzo, una chica a la que doy pena me recoge de la cuneta y me lleva hasta el centro sin hablar. Ella me mira extraño y yo intento pasar desapercibida, ya que ha sido ella quien me ha dicho que me suba, aun así, consigo mantenerme callada los quince minutos en coche. No tiene mucho sentido que me hayan dejado así, pero ahora no estoy de humor para pensar en nada que no sea encontrar algo de comer y una comisaría, preferiblemente la misma con la que he estado colaborando.
Por suerte, conozco bien la zona, así que no me cuesta mucho dirigirme a una comisaría. Me identifico al instante y, tras comprobarlo en la base de datos, me ofrecen la información que necesito con un par de miradas sospechosas, aunque debo dar gracias de que no hagan preguntas ni de mi estado ni de por qué estoy allí en vez de en la que me corresponde. Creo que tiene que ver que, cuando comprobaba si estaba mintiendo en el ordenador, mi historial aparecía como clasificado y necesitaba un código especial para acceder. Por supuesto, me lo sé de memoria: las fechas del nacimiento e hipotética muerte de Alice Du’Fromagge; el día en que los agentes me reclutaron y el que se inundaron los periódicos con titulares del estilo de ''hija de importante empresario francés muere en un trágico accidente de coche'', respectivamente.
Me proporcionan un coche patrulla para ir al hospital donde está ingresada Amy, pero lo rechazo tozudamente varias veces. Lo último que quiero es llamar la atención. Por ello, el encargado de la comisaría se ofrece a llevarme en su coche. Normalmente preferiría ir en taxi, pero ni tengo dinero, ni tampoco ganas de andar. Creo que la droga que me dieron aún sigue vigente, porque sigo algo adormilada cuando subo al coche de camino al Mercy Hospital, uno de los mejores de la zona. Al menos la policía se ha estirado en eso.
    Bueno…creo que no me vendría mal saber quién eres —Daryl García, el inspector jefe de la comisaría, intenta romper el hielo. Sí, me he fijado en su nombre, quiero saber dónde me estoy metiendo.
    Discrepo.
    Venga, no hace falta apellido, sólo un nombre. Necesito alguna manera de llamarte.
Le miro y le veo por primera vez. Los efectos de la droga empiezan a disiparse y, con ella, la neblina de mi cabeza. Ojos y pelo oscuro y piel morena. Latino. Parecido, incluso, a los que fueron mis amigos tiempo atrás. No puedo evitar pensar en la horrible persona que he sido. No le pregunté nada a Patrick sobre ellos, ni volví una sola vez a casa para ver a mi madre —ya que mi padre no se lo merece—, o ver a la gente con la que pasé varios años. Supongo que ignorar el pasado es mucho más fácil.
Descarto la opción de mentir aún más, ya estoy cansada. Quizá alguien que pueda informarme por esta parte de la ciudad no me vendría mal, y si mantengo mi pose de hielo no se prestará para hacerlo, por lo que intento bajar un poco las defensas y permitirle hablar, poniendo mi mejor falsa sonrisa.
    Alice.
    Alice. Vaya… —sonríe para sí.
    ¿Qué? —me pongo a la defensiva. ¿Es posible que sepa algo?
    Nada, es… Mi hija se llama así, nació en mayo. Es preciosa, se parece tanto a mi mujer… Lo siento, es pensar en ellas y no me centro —intenta disimular una sonrisa sin conseguirlo.
    Perdona… Si no le importa, ¿cuántos años tiene?
    ¿Yo? Treinta, ¿por qué?
No soy capaz de razonar más. La misma edad que David. Si no hubiese pasado todo esto, ¿habría sido él el que tuviera esa mirada? Sé que siempre ha querido tener hijos, me lo insinuó bastantes veces, y cuando he tenido alguna falta o retraso, en vez de aterrorizarse como yo, era extremadamente positivo y daba a entender que no habría problema alguno, sin embargo, a mí nunca me ha atraído esa idea. Aunque, parados a pensar, tampoco la de casarme y estoy prometida, aunque siga sin saber bien por qué, supongo que para auto convencerme de que eso estaría bien, sentar la cabeza, formar una familia, hacer a alguien feliz aunque eso incluyese vivir una vida que no me perteneciera. Pero, ¿quién sabe? A lo mejor le encontraría el gusto y me sentiría bien. Algo me dice que no lo comprobaré, al menos no a corto plazo después de que esto termine, como mínimo.
    Nada…curiosidad —miro por la venta para relajarme un poco, pero es difícil.
    Si no quieres hablar más no pasa nada, no te ves muy sana, de todas formas —«gilipollas»  cruza mi mente, pero consigo que no salga de ahí.
    No es tu problema.
Sin siquiera mirarnos, nos ponemos de acuerdo en no volver a hablar. No quiero estropear nada, aunque tampoco es que haya hecho un gran progreso en las relaciones públicas. Me parece que lo máximo que conseguiré será aguantarme algún que otro insulto espontáneo de vez en cuando, pero no prometo nada.
Tardamos cerca de una hora en llegar y entra conmigo para darnos libre acceso con su placa y así no tener problemas con mi identificación; la verdad es que no sé por qué lo está haciendo, uno no se ofrece simplemente a algo así, tendrá trabajo que hacer ¿no? Le enseña la placa a la recepcionista para que nos diga dónde tenemos que ir y subimos tan rápido como nos lo permite la gente. Cuando estoy en el pasillo, acelero el paso sin darme cuenta, ansiosa por ver a mi amiga y, especialmente, de dejar de sentirme culpable con suerte. Si está bien, me libraré de una gran carga.
Muevo las manos nerviosamente, buscando el número que nos ha dado la recepcionista y pidiendo que sea el correcto; no le gustaría verme enfadada en este momento. Lo único bueno que me recorre la mente es que puedo descartar que esté muy grave, ya que el pasillo no es de Cuidados Intensivos, pero no que esté en coma. Sería demasiada mala suerte. Apresuro el paso hasta casi correr, esquivando visitantes, carritos y enfermeras hasta que el rótulo con el número de habitación se hace realidad en una puerta cerrada. Abro de golpe, temiéndome lo peor y casi sin aliento, no obstante, consigo respirar tranquila cuando veo a Amy sentada en la cama, jugando a las cartas con un hombre que desenfunda su pistola en cuanto entro, pero al verme la guarda de nuevo. Aaron, como siempre, más protector con ella de lo que incluso yo debería. Fuerzo una sonrisa al acercarme y ella suspira de alivio antes de fundirnos en un sentido abrazo.
Creo que no me he sentido tan aliviada en mucho tiempo.
    Al —murmura.
    Lo siento. Siento todo esto, no era mi intención, no quise dejarte, me obligaron —intento justificarme, pero la verdad es que podría haber luchado más y no lo hice. Supongo que esa cuenta la tendré que saldar conmigo misma.
    Tranquila, estoy bien. Dolorida, pero a salvo.
    Tendría que haberme dado cuenta del coche antes, así no...
    Y quizá nos hubieran matado de todas formas, lo harán si quieren.
    Eso te lo aseguro —nos entendemos con una mirada y pide a Aaron que se vaya.
Al fin solas, le cuento todo lo que he visto con el máximo detalle del que soy capaz teniendo en cuenta la droga que me hayan metido, que de momento no parece tener más efectos, pero tampoco me vendría mal hacerme un análisis o algo por el estilo, no quiero llevarme sorpresas. No me gustan.
Nos mantenemos unos segundos en silencio, inmersa cada una en sus pensamientos, hasta que ella decide tomar las riendas.
¾    El médico estaba esperando a que aparecieras para darme el alta. Mañana podemos irnos, esta vez con escolta.
¾    Creo…que no me has entendido. No has captado lo que te quería decir —alza una ceja a modo de interrogante—. Yo no me voy. Pienso quedarme, estoy segura de lo que quiero hacer; quiero averiguar por qué no me mata de una vez. Quiero meterle entre rejas con  su padre. Quiero justicia.
¾    Pues deja que otros la hagan. Nosotras ya no estamos a salvo aquí, puede cambiar de opinión.
¾    No. Esto es personal, Amy, ha ido directamente a por mí, me ha puesto una pistola en la cabeza. Este loco quiere jugar a la ruleta rusa conmigo, y pienso dejarle hacerlo.
    Al, no puedes estar hablando en serio. Siempre que alguien actúa con rabia acaba muerto, ya lo has vivido. He perdido la cuenta de las veces que han intentado acabar contigo por venganza o cosas así. Pase lo que pase, tú saldrás perdiendo, si no te mata él, lo harán en la cárcel.
    No voy a matarle —si hay algo de lo que estoy segura, es eso.
    ¿Y si te descubre? Toda tu vida es una mentira, Alice. ¿Cómo crees que reaccionará cuando se entere? Sólo serás un casquillo más si tienes suerte y no te tortura como a los otros.
Pues ayúdame. 

viernes, 1 de abril de 2016

Capítulo 12

Amy me despierta entre gritos no muy amables que digamos, y tampoco ayuda a la jaqueca. Anoche no pude dormir apenas pensando en cómo lo he fastidiado todo otra vez, y, he de reconocer, también por el miedo. No sé cómo reaccionarán cuando estén al corriente de las cosas, desde luego que mi compañera no se lo tomará bien, y eso es sólo un aperitivo comparado con la Agencia. Pero ahora no es momento de eso, tengo que hacer algo para arreglar las cosas, no puede ser que en el mismo día haya encaminado la misión y lo haya tirado a pique, no puedo permitirlo.
Sé de sobra que el alcohol no es la solución, sin embargo, cuando bebo, de alguna manera, el dolor de cabeza se me calma y me deja pensar. Es algo que he descubierto hace poco, pues de joven, en Harlem, simplemente bebía por diversión hasta tal punto de tener el hígado dañado y los pulmones no estaban mucho mejor por el tabaco, tenía muestras de cansancio prematuro y el entrenamiento entonces fue duro. Después de que me dispararan, recuerdo que los médicos dijeron a mis padres que para ser tan joven era casi un milagro que no hubiera tenido problemas como, incluso, principios de hepatitis alcohólica, lo que me hizo llevar una vida ''sana'': nada de alcohol y mucho deporte, a riesgo de empeorar aún más. El órgano tendría que trabajar más y con resultados inferiores a los de alguien que no le haya pasado nada, por supuesto, aunque no me puedo quejar, teniendo en cuenta que con la gravedad del tiro, bien podría haber sido mortal.
    ¿¡Se puede saber dónde estabas?! —al fin presto atención a una Amy hecha una furia— ¡Te he llamado millones de veces!
    Te dije a lo que iba —intento defenderme.
    Precisamente por eso. ¿Cómo pretendes que esté tranquila sabiendo que vas con él?
    Confiando en mí. Ahora necesito que te calles, me dejes comer en condiciones, y escuches atentamente, porque creo que la he cagado.
    Espera, Al, no estamos...
Intenta detenerme en vano, ya que cuando bajo las escaleras veo a Aaron, un policía de la comisaría con el que hemos estado colaborando apoyado en la valla del porche, con la puerta abierta y aparentemente incómodo. No obstante, se acerca y me estrecha la mano, preguntándome que cómo me encuentro; además me dice que Amy ha estado muy preocupada por lo tarde que aparecí anoche, así que él se ofreció a acompañarla hasta que yo volviera. Por mucho que lo intente ocultar, es demasiado notable que le gusta mi compañera, y a ella tampoco la vendría mal una distracción de este tipo, desde que apareció Alexander en aquella fiesta está obsesionada con el trabajo, y sé por experiencia que eso no es bueno.
    Gracias por cuidármela, Aaron, anoche perdí la noción del tiempo. Pero estoy bien —asiento mirando a mi compañera—, así que ya puedes volver tranquilo al trabajo, si necesitamos cualquier cosa te avisaremos —asiente y se despide de Amy con un apretón en el brazo y una inclinación de cabeza hacia mí.
Es curioso ver a gente más mayor que yo admirarme, o presentándome tal respeto, como si fuera realmente importante. Supongo que sólo les habrá llegado mi reputación resolviendo casos y no de los problemas que causo —no sé cuál ocuparía más.
Mi compañera tampoco está muy cómoda con él aquí, pero algo me dice que no es por él exactamente, sino porque me conoce, y he visto que el sofá está como nuevo. Ahí no ha dormido nadie. No pienso juzgarla, de hecho me alegro por ella, él parece un buen tipo, y me siento mucho peor ahora. Si es cierto que tenemos que irnos, ella tendrá que dejarle atrás, y sé cómo se siente eso, y no es nada fácil.
A diferencia de ella, yo no disfruto poniéndola incómoda, y hago como si no supiera nada, si ella no me lo cuenta, no es mi asunto, y confío en que sabrá mantenerlo en secreto mientras yo continúe con Alexander. Si lo hago, claro.
Cierro todas las ventanas de la casa y echo el cerrojo a las puertas para que la información no tenga oportunidad de salir de aquí, quizá sea algo paranoico, pero no estoy como para arriesgarme. Tomando aire, y le cuento detalladamente lo que ha ocurrido con Moore desde que salí, y para mi sorpresa no me insulta de ninguna manera, sino que se levanta en silencio y vuelve a mi habitación.
¾    ¿Qué haces? —pregunto con cautela.
¾    Tu maleta. Porque si te dejo que la hagas tú, seguramente o me convencerás de quedarnos, o me engañarás para quedarte tú sola.
¾    Amy, no —digo lentamente.
¾    ¿No qué?
¾    Que no voy a hacer nada de eso. Tienes razón, es peligroso.
¾    Pero... —espera a que continúe.
¾    Sin peros. Lo prometo.
¾    Siempre los tienes, no puedes mantener la boca cerrada, y menos con algo así. Habla o te lo acabaré sacando igualmente.
¾    Para de una vez, sé que quedarnos es muy arriesgado, y no estoy segura de que irnos sea lo mejor, pero es lo correcto. 
No termina de fiarse de mí, sin embargo, yo cumplo mis promesas y pienso irme de aquí, por muy en contra que vaya de mi ética de terminar todo lo que empiezo, siempre que alguien le planta cara a Alexander Moore como yo lo he hecho, no vuelve a dar señales de vida, así que, si no me voy rápidamente, tengo los días contados.

Por suerte, ella se encarga de hablar con la Agencia, maquillando algo la verdad para que no me echen las culpas y los días siguientes los dedicamos a recoger la casa y dejarla como si jamás hubiésemos pasado por ella, ni tampoco policías, por lo tanto hemos tenido que revisar todos los escondites secretos donde se guardaban armas desde hace años —resulta que la casa ha sido una especie de piso franco para la policía incluso antes de que yo naciera, así que me siento fatal al hacerles esto, pero ellos pueden buscar una casa, yo una vida no.
En principio cogeremos un avión a Washington, donde unos agentes nos recogerán y nos llevarán a la oficina central de la CIA, Langley, para hablar sobre lo que hemos podido conseguir. La verdad es que no es mucho más de lo que ya teníamos, sin embargo, algunos detalles son bastante útiles para una posterior investigación, ya que, después de esto, descartarán una nueva infiltración de alguno de sus agentes, por muy expertos que sean, pues, por mi culpa, el pequeño Moore que ya no lo es tanto, aumentará su seguridad y no permitirá ni un solo cabo suelto cerca de él o una persona mínimamente sospechosa.
Dejo que Amy conduzca hasta el aeropuerto como agradecimiento por tanta ayuda, y sé que lo valora, pues para mí conducir es uno de los mayores placeres. Muchas veces, cuando me he sentido sobrepasada, cojo el coche y sigo la autopista hasta que anochece o me canso. Esto me ha creado ciertos problemas con David, no le gustaba que me fuera sin avisar y que apareciera en otro estado, no obstante, me temo que es lo que soy, y no puedo cambiarlo aunque quisiera.
Entre las dos, convencemos al resto —policía y Agencia— de que  podremos ir solas sin escolta si elegimos una ruta alternativa y previamente asegurada por unos agentes.
La ruta resulta ser una autopista a rebosar de coches, a la que Amy no encuentra el sentido de por qué es segura hasta que tengo que explicarle tranquilamente —empezaba a estresarse por el tráfico— que, con tanta gente, no podrían matarme sin que les vieran y tampoco podrían comprar a todos los testigos. Finalmente, hago que se salga de la ruta porque no me gustaba el aspecto de un coche cercano y porque ella cada vez estaba peor en el atasco —no me apetece nada verla así de enfadada y tampoco ser la única persona con la podría desahogarse en kilómetros, dado a que no sé por dónde podría salir.
El nuevo camino es más tranquilo, de un par de carriles, cada uno de un sentido distinto, y con árboles formando una barrera natural a ambos lados tras un par de kilómetros. Aun así, consigo distinguir el atasco entre los árboles y, de momento, la carretera es paralela y parece que va a seguir así hasta bastante tiempo.
    Al, ¿qué crees que pasará cuando terminemos en Washington?
    ¿Qué? —me giro para mirarla. Me había centrado en las diferentes formas de las sombras de los árboles.
    Deja de pensar en él, Alice, no te hace nada de bien.
    No lo estaba haciendo —eso hace precisamente que vuelva a mi mente, tal y como temía, con su sonrisa arrogante, sus ojos brillantes, su cuerpo perfecto, su susurro en mi oído, sus manos en mi cintura, sus labios sobre los míos…
    Siempre se te queda esa cara de idiota cuando pasa. Justo como ahora… —resopla—Eh, tú —mi compañera me llama la atención—. Despierta.
    Perdona, estoy… No sé lo que me pasa —suspiro.
    Claro que lo sabes, por Dios. Mira, por fin vas a cerrar esa puerta de una vez por todas, vas a casarte con un buen hombre…
    No creo...Pensé lo mismo hace seis años y aquí sigo. Además, no creo que esté bien con todo eso de David.
    Saldrá bien, tranquila. Ahora estás...confundida por todo esto.
    Amy, soy joven para casarme; él tiene planes de futuro muy…serios y yo…simplemente no encajo. Prefiero vivir antes que empezar a pensar en eso.
    ¿Tu duda es si le quieres o si tienes miedo al compromiso?
    Sé que le quiero, pero últimamente no lo siento como antes. No sé explicarme. Creo que no es lo que debería sentir cuando me voy a casar, algo me lo impide.
    Llamado Alexander Moore —murmura a la vez que un coche aparece al otro lado de la carretera.
El coche llama mi atención. Se acerca cada vez más deprisa y llevo la mano a la guantera, donde tengo la pistola, mientras Amy se tensa al ver mi reacción.
Probablemente esté paranoica, no lo niego, pero sé que un coche negro, todoterreno y con la luna tintada no es buena señal. No sé qué hacer, de todas formas, dejo la mano aferrada a la pistola después de quitarle el seguro, más vale prevenir que curar. Amy continúa como si nada, intentando aparentar normalidad, no obstante, el coche va demasiado rápido y no nos da tiempo a reaccionar cuando cambia de carril, en frente de nosotras, a apenas un par de metros. En un acto reflejo, agarro el volante y lo giro bruscamente, prefiriendo un árbol antes que el todoterreno. Aun así, giran a la vez, adivinando lo que íbamos a hacer, y recibimos un impacto doble. Demasiado preocupadas en nuestra conversación, no nos habíamos dado cuenta de que otro coche nos estaba siguiendo. El de enfrente nos da por un lado y el de detrás por el contrario, haciendo que hagamos un par de trompos, no sin romper las ventanas, abollar por donde han chocado y hacer que salte el airbag y caiga sobre él una Amy inconsciente por el fuerte golpe. El cinturón no ayuda demasiado, porque me siento como una especie de muñeco de pruebas que no puede respirar. Nunca he tenido un accidente de verdad, pero reconozco que, la muerte más común del planeta y por la que, teóricamente Alice Du’Fromagge murió, es horrible. Siento punzadas de dolor por todo el cuerpo, la cabeza está a punto de estallarme y ningún miembro de mi cuerpo responde para otra cosa que no sea quejarse. La boca me sabe a sangre, lo que hace que me asuste de verdad. He sentido esto antes y no eran situaciones fáciles. Significa una hemorragia interna, una rotura de algún órgano importante, o de algunas venas que pueden hacer que me ahogue en mi propia sangre en unos minutos. Sin embargo, no llego a sentir nada de eso, por el contrario, veo la luz desaparecer a mi alrededor y soy incapaz de mantener los ojos abiertos por más tiempo. Simplemente me dejo caer en la oscuridad.
No obstante, alguien o algo me arrastra fuera de allí agarrándome del brazo y empiezo a recuperar algo de consciencia, y me caigo al suelo bruscamente, fuera del coche. No sé quién o qué, pero me ayuda a despertar de esta especie de letargo en el que estaba empezando a sumergirme. Abro y cierro la boca para intentar conseguir aire, mas cuando mis pulmones lo reciben, me lo agradecen respondiendo con una oleada de tos sanguinolenta. Quizá sea ahí donde tenga la hemorragia, quizá simplemente haya sido un cristal más clavado y haciéndome añicos por dentro, o quizá sea una pesadilla.
Al abrir los ojos, compruebo que no tengo razón, a simple vista, de las primeras conjeturas. Los oídos detienen su zumbido y consigo captar las palabras que dice el hombre tras la pistola que me está apuntando directamente a la cabeza. El problema es que mi cerebro no está por la labor de procesar la información que recibe hasta que otro golpe de igual magnitud le devuelva a su dimensión, así que pasa por completo de la remota sugerencia de saber quién es el que va a matarme finalmente, no es que sea muy valiente embestirme con un coche y rematarme, pero al menos es eficaz, y manda un contundente mensaje. Estoy segura que, en la cárcel, cuando sepan a quién ha matado, le admirarán. Muchos lo han intentado y la mayoría están muertos, pero los que no, intentarán vengarse cuando salgan, así que supongo que técnicamente llevaba muerta bastante tiempo. Es muy difícil huir de tantos a la vez.
    ¡Para! ¡Cambio de planes! —una voz grave grita.
    Jefe, si no quiere verlo, puede…
    ¡Por supuesto que no quiero verlo, estúpido! Como se te ocurra apretar el gatillo haré que tú sufras mil veces lo que ella.
Ahí está. El golpe que necesitaba. No hace falta que mi cerebro procese esa voz, porque es imposible que jamás la olvide, el corazón lo hace por sí solo. Se encoge como respuesta y se acelera al instante, haciendo que recupere todos los sentidos de golpe.
Vestido con su habitual traje, se acerca casi corriendo hacia mí, mientras que el que sostenía la pistola se aparta con el respeto que le debe. Yo hago lo propio, sin embargo, mi reacción es por miedo, un miedo extraño y escalofriantemente atractivo y cautivador.
Consigo incorporarme y, con ayuda de las manos, retrocedo, asustada y sin importar que me esté clavando más cristales. El aire que cojo ya no me hace toser, pero sigue siendo insuficiente y me duele al subir y bajar el pecho. El olor que recibo es férreo, aunque no sé si por el coche aplastado o por mi propia sangre, que me mancha la frente y un lado de la cara, como mínimo. Comienzo a sentir el dolor por todo el cuerpo, procedente de cortes con cristal y golpes que no consigo detectar dónde están, simplemente no puedo pensar con claridad. Sólo sé que quizá muera y que cada parte de mi cuerpo está reclamando atención, especialmente médica.
    Tranquila —susurra, igual que se haría a un niño antes de ponerle una vacuna, a un ciervo antes de darle el golpe de gracia.
    No… —balbuceo con voz ronca— No.
    Alice, por favor… —me tiende la mano, poniéndose de cuclillas en frente de mí.
    Aléjate. No me toques —me doy contra el coche por la espalda, no creo tener fuerzas para levantarme y huir.
Tampoco quiero saber las heridas que tengo ni el tiempo que me queda. Tengo cristales clavándoseme en las palmas de las manos y es lo único que me mantiene consciente de la realidad. De otro modo, podría jurar que es un sueño; una pesadilla.
Parece claramente dolido, aunque estoy segura de que me comprende. ¿Por qué estoy pensando en él? Acaba de intentar matarme y sólo me preocupa si me comprende al huir de su violencia.
    Al, te lo ruego, ven conmigo. No te tocaré si no es necesario, pero necesitas un buen médico, y rápido. ¿Crees que quiero perderte? —añade en un susurro tras un pequeño silencio.
Me duele la cabeza y no sé qué hacer, estoy acorralada. Tiene razón, si no me estoy muriendo, podría hacerlo a no ser que me revise un experto y, aunque yo tenga los conocimientos justos, no serían suficientes.
No tengo manera de escape de todos modos, es completamente imposible que conduzca, ni por mi estado ni por el del coche, y... ¡Mierda! Estaba tan asustada que ni siquiera he caído en el estado de mi compañera. Es ella quien conducía, quien se ha llevado el peor golpe y no tengo ni idea de qué ha podido ocurrirle, seguramente porque pensaban que era yo quien lo hacía, a fin de cuentas es lo común. Ese pensamiento inunda mi cerebro como una ola y le da fuerza a mi cuerpo con una necesitada subida de adrenalina
    Amy.
Consigo susurrar antes de dar un salto y entrar a rastras en el coche de nuevo hasta el asiento del copiloto, sintiendo cómo la desesperación arde en mis venas por ser incapaz de ayudarla. Tiene la cabeza pegada al volante, ya con el airbag desinflado, y no da señales de moverse, ni siquiera me da tiempo a ver si respira antes de que me agarren de la cintura y me saquen de allí a la fuerza a pesar de mis forcejeos con las escasas fuerzas que me lo permiten.
    ¡Amy! —grito para que se despierte— ¡Suéltame! ¡Tengo que ayudarla! ¡Amy!
    ¡Alice, basta! Así no vas a ayudarla.
    Déjame —sollozo, incapaz de hacer algo por ella—. Amy, despierta, por favor —mi voz acaba siendo un hilo débil y quebradizo—. Alex, haz algo, no puede morir, no por mi culpa —aprovecho que me suelta un instante para caer de rodillas, pero vuelve a impedirlo alzándome.
    Llamaremos a una ambulancia si vienes conmigo.
    Haré lo que sea, pero haz algo, por favor.
La desesperación nubla mi razón, haciendo que responda eso. No debo ni quiero mostrar debilidad, pero, herida y asustada, es todo lo que consigue hacer una chica de veinticuatro años marcada demasiadas veces y con más dramas a su espalda que muchos adultos.

Me derrumbo por completo cuando me abraza, dándome la vuelta para que no vea a mi compañera y amiga herida. Habla por teléfono con urgencias y oigo que llegarán en unos minutos. Él insiste en irnos, no obstante, consigo retenerle lo suficiente para que vea a los médicos atender a Amy, aunque él me retiene disimuladamente en el coche del que se ha bajado. Entonces, el coche en el que me ha subido en volandas, acelera y, a una velocidad extremadamente peligrosa, se dirigen a una dirección muy concreta, porque el conductor no duda ni un instante las decisiones que está tomando. Mientras, Alexander me acaricia con cuidado y me susurra que todo va a salir bien. Entre unas palabras de consuelo y otras tranquilizadoras es cuando pierdo el sentido.

viernes, 25 de marzo de 2016

Capítulo 11

Tras comer rápidamente el pedazo de pizza, me tomo una aspirina y me visto con una simple camiseta de manga corta y unos pantalones por la mitad del muslo. Es un alivio ir en chanclas por la calle en vez de zapatos de tacón. Admito que son bonitos y elegantes, pero llegan a ser tremendamente molestos, especialmente para un trabajo —y actitud— como el mío, que necesito correr a diario y, de vez en cuando, defenderme.
Salgo a andar por el paseo marítimo con la esperanza de que sus ‘’empleados’’ continúen siguiéndome e informen a su jefe, sin embargo, no sé cómo comunicarme con él, pues lo más probable es que simplemente le digan dónde estoy, así que voy hacia uno de ellos en línea recta, sin vacilaciones. Él, sabiéndose descubierto, tampoco trata de esconderse y se cuadra cuando le encaro.
¾    Dile que quiero hablar con él. En persona —me mira de reojo y se da la vuelta.
Espero que no me haya ignorado, ya que parece llamar por teléfono mientras se va y, que yo le vea, no vuelve. Por si acaso, me siento en el muro que separa la playa de la calle y dejo que la brisa marina inunde mis pulmones lentamente. Me tumbo con los ojos cerrados y el dolor de cabeza comienza a mitigar lentamente gracias a que el mar es lo único que consigue que deje la mente en blanco. Con todo, son las cuatro.
    Sé que debería haber llegado antes, pero estaba ocupado.
Una voz familiar me saca de mi aparente sueño. Creo que no estaba dormida, no obstante, sí lo suficiente relajada para olvidarme de todo, incluso de mi seguridad.
Abro los ojos de golpe para encontrarme a un Alexander Moore perfectamente trajeado, igual que en las fotografías: traje gris, camisa negra y corbata plateada. Ahora no lleva sombrero, tan sólo las gafas de sol que ocultan sus ojos, aunque sé que me miran a mí.
Intento incorporarme, pero un repentino mareo me lo impide. Si no hubiese sido por Alexander sujetándome rápidamente por la espalda, habría dado con la cabeza en la piedra, de nuevo. Soy un completo desastre, tengo que empezar a cuidar de verdad de mí misma o llegará el día en que no habrá nadie que me ayude y caiga al vacío. Lo que más odio es que siempre tenga que ser él quien me agarre para impedirlo, tanto ahora como antes.
    No parece que te encuentres mucho mejor —comenta.
El mareo desaparece y termino de levantarme antes de empujarle para que se aparte de mí, más por propia vergüenza que porque realmente le quiera lejos. Me pongo en pie sin mirarle hasta estar cara a cara, a pesar de separarnos cerca de una cabeza de diferencia. En este tiempo él ha crecido de forma considerable, mientras que yo me he limitado a estirarme muy discretamente.
    ¿Por qué me sigues? ¿No te quedó claro con la bofetada?
    Eres tú quien ha pedido verme —se yergue.
    Porque quería decírtelo a la cara.
    Te dije que ibas a ser mía aunque tuviera que ser por la fuerza. Te lo estoy poniendo más fácil —adopta ese tono arrogante que pasé de odiar a resultarme ciertamente excitante. Por ahora se queda en la primera parte.
    No siempre se tiene lo que se quiere. No te vendría mal aprenderlo.
    Yo sí —se inclina hasta que pueda respirar su aliento por mi boca.
El corazón comienza a martillearme en el pecho y, por mucho que lo reprima, continúa haciéndolo. Incluso como si me estuviese retando a controlarlo.
    No… No todo se soluciona con un beso —consigo decir tras apartarme.
    No iba a ser sólo uno —extiende el brazo hasta rozar mi costado. A pesar de la camiseta, siento con detalle sus delicados dedos—. Ni se quedará en eso.
Cierra su mano en mi cintura y me atrae hasta él. Los pulmones parecen que se han puesto de acuerdo con el corazón para llevarme la contraria y no proporcionarme el oxígeno suficiente. Mi pecho sube y baja rápidamente, mas el de él apenas se mueve. Roza mis labios con los suyos y esa sed que me recorrió la vez que nos besamos en el baile vuelve veloz a la llamada del deseo. A diferencia de aquella vez, no me permito dejarle continuar y, ante mi sorpresa, no me retiene cuando me aparto varios pasos de él y comienzo a andar. Me doy cuenta de que no arreglo nada así y me paro súbitamente. Al darme la vuelta, le encuentro perfectamente erguido en toda su estatura y con la barbilla alzada en gesto de superioridad. Siento su mirada clavada en la mía a pesar de no ver sus hipnotizantes ojos por las gafas oscuras. Lo que sí veo es la duda en su rostro sobre si venir hacia mí o dejar que lo haga yo; aunque, él piensa que si espera demasiado me perderá para siempre. Sabe que puede tener a alguien físicamente, pero no en lo que al corazón se respecta, y me conoce lo suficiente como para saber que cualquier cosa que se me obligue acabará siendo mucho peor.
Da un pequeño paso vacilante y llega a mí en pocas zancadas más decididas. Mantiene las distancias y se pasa la mano por el pelo, sin saber exactamente qué decir.
    Gracias…por lo del otro día. Sé que viniste a ayudarme —rompo el silencio.
    O lo hacía o me quedaba sin juguete —me responde en un tono frío.
Así es imposible. Esta pose de hielo es lo más desesperante a lo que he tenido que enfrentarme jamás. Suelto un bufido y me doy la vuelta, con los puños apretados para no golpearle de nuevo. Si en verdad me quiere, que se esfuerce en tratarme como a una persona, al menos. Puede que sea mi misión, pero me merezco algo más que eso.
    Espera —me retiene del brazo y se quita las gafas. En ese instante en que veo sus ojos suplicantes el corazón me da tal vuelco que incluso me hace daño.
    ¿Qué más quieres? He sido educada, te he agradecido la ayuda. ¿No basta con eso?
    ¿En serio no quieres más conmigo? —comienza a descender la mano por el brazo y cuando llega al comienzo de mi cicatriz me aparto bruscamente.
    No.
    ¿Qué ‘no’ es ese, Alice? ¿El de ‘no quiero que me beses porque ya lo hago yo’; el de ‘no te quiero y al día siguiente te digo que sí’; o el de ‘jamás conseguirás nada conmigo que no sean brillantes humillaciones’? —añade con un tono más serio.
Me sorprende que aún siga recordando esa frase. Se la dije al poco de conocernos y jamás la volví a repetir. Ambos sabemos que en ese momento mentí vilmente porque ya estaba enamorada de él y lo que quería era besarle cuanto antes. Ahora no sé exactamente lo que quiero, si darle otra bofetada, marcharme, o...bueno, besarle.
    Vamos, te conozco más que nadie. Aún sé reconocer cuando mientes porque inflas la nariz justo después de decirlo.
    Te equivocas. Ya no me conoces. He cambiado —digo entre dientes.
    Pues dame una oportunidad para hacerlo de nuevo. Somos adultos ¿no?
    ¿Y qué? Precisamente por eso ya no tengo tiempo para jugar. Tú lo sabías todo de mí y yo nada de ti. ¿En serio quieres que retome una relación en la que la balanza está tan en mi contra?
    Hay cosas de mí que no puedes saber, Alice —retoma su tono serio.
    ¿Como qué? ¿Como que eres un narco? —bajo la voz— Venga ya, Alexander; yo misma ayudaba a tu padre a vender la mercancía, y tú lo sabías.
    Nunca me gustó que te metieras en ese mundo.
    ¿Entonces por qué insistes ahora?
    Porque te sigo… —se muerde la lengua antes de que continúe— Porque ahora yo seré quien se ocupe de tu seguridad. Nadie te tocará un pelo.
    Tu padre también era muy convincente. Hasta que usaba a las personas y ya no le servían de nada, entonces les convertía en traidores.
    ¡Cállate! ¡No tienes ningún derecho a hablar de mi padre! —me grita y algunas personas se giran a contemplar la escena. Miro alrededor y les espanto con la mirada; no quiero que nadie se nos acerque.
    ¡Ni tú tampoco a pedirme que vuelva! Tuve que pasar por mucho cuando me fui, Alexander. ¿Y si sale mal? ¿Y si no soy como crees? ¿Me dejarás marchar sin más aunque conozca quién eres y de lo que eres capaz de hacer?
    No sabes nada de eso —me responde en tono sombrío.
    Pero si estamos juntos lo sabré, por mucho que intentes alejarme. Si no lo conseguiste hace años, mucho menos ahora que eres tú quien controla todo.
    ¿Crees que yo no tenía miedo de que te descubrieran y salieras herida por venganza? ¿O de que me dejases? Si te separabas de mí no volvería a verte —se le quiebra la voz y vuelve a ponerse las gafas de sol. Se mantiene callado un tiempo y traga saliva antes de continuar—. Sabías demasiado. Ya te lo dije: la gente ajena a mí no puede saber lo que tú. Deben ser eliminados. Y contigo es imposible que se me pase siquiera la idea por la cabeza. Te veo y en vez de querer proteger al negocio, quiero protegerte a ti. Estrecharte entre mis brazos —estaba tan concentrada en sus palabras que no me he dado cuenta de que se ha acercado hasta hacer precisamente lo que estaba diciendo—, sentir tu piel —un escalofrío me recorre cuando pasea sus manos por mi espalda.
La ropa nunca ha sido un impedimento para él. Siempre conseguía esquivarla de alguna manera para tocarme a mí en vez de a la tela. Generalmente metía sus manos por la camiseta tal como hace ahora y me acariciaba allí donde quisiera, pues yo tampoco le ponía impedimentos.
Roza insistentemente el broche del sujetador y empiezo a sentirme bastante incómoda. Por suerte, se da cuenta rápido y se limita a la zona por debajo de éste.
El corazón me va a mil por hora y retumba en mis oídos, lo siento latir en la punta de los dedos y en la cabeza. Un constante tamborileo que no cesa aunque agarre a Alexander por los brazos para sujetar mis piernas, que también se unían al resto del cuerpo.
Poco a poco baja la cabeza hasta rozar mis labios cuando habla:
    Tus labios en los míos…
Nos perdemos en el momento y me dejo llevar por un torrente de fuerza y pasión. Me aprieta tan fuerte contra él que, a pesar de haber arqueado la espalda y estar de puntillas, consigue clavarme los dedos y reprimo una mueca de dolor. Mis brazos parecen un girasol buscando su fuente de energía hasta que se enredan en su cuello.
Al cabo de unos dulces segundos decido separarme y las dudas empiezan a abordarme: si me ha tocado la espalda, ¿se habrá dado cuenta de la cicatriz del tiro que me destrozó el riñón? ¿Y qué hay del corte en la base de la espalda que casi me deja parapléjica por meterme donde no me llamaban? Nunca pensé realmente en las consecuencias de tener un amplio catálogo de cicatrices a los veinticuatro porque a David, con quien pensaba pasar el resto de mi vida hasta hace unos meses —aunque más bien lo hacía por comodidad—, jamás le importaron. Sin embargo, ahora que es otro el que me toca, que son otros los ojos que me miran, no estoy tan orgullosa de ellos. Debería haber llevado el chaleco más veces, debería haberme callado y mantenido aparte en los asuntos que no me incumbían, debería haber dejado aparte mi orgullo…
    ¿En qué piensas? —me saca de mis ensoñaciones.
    En ti. En mí. Nosotros… —cuando alzo la vista me doy cuenta de que tiene las gafas descolocadas. Sonrío algo divertida y, al ponérselas correctamente, me coge de la mano y me la besa antes de dejarme ver sus ojos.
    ¿Eso significa que lo intentaremos? —me mira con una dulzura que no he visto antes y me desarma en todos los sentidos.
    Supongo.

Paseamos por la zona en silencio. Él mantiene una distancia prudente hasta que, tras llevar bastante tiempo en silencio, caigo en que ya está anocheciendo y en que Amy no sabe nada de mí. Me fui a primera hora de la tarde y seguramente esté preocupada, así que miro a mi acompañante cuando paro de andar. Todo esto es una locura, sé que es lo que me han encargado, pero lo que siento cuando estoy con él no es profesional, y sé de buena tinta que no hace más que empeorar. No quiero saber cómo será en unos meses si continúo así, y eso si sale bien y confía en mí, porque ya conozco mi futuro como descubra la verdadera razón por la que estoy aquí. No sé exactamente por qué me
detengo, ni en qué momento he comenzado a pensar en eso, pero necesito alejarme de él.
    ¿Pasa algo?
    Tengo que irme, se ha hecho tarde.
    Te invito a cenar y te acompaño después —es casi de vital importancia  que no sepa dónde estamos viviendo.
    Alexander…poco a poco. No porque corramos va a ser mejor.
    Sólo es llevarte a casa —se defiende—. Es lo que se hace en todas las primeras citas.
    Primero: no es una cita y segundo: no quiero verte rondar por mi casa a todas horas —le sonrío para quitar tensión.
    Tengo mejores cosas que hacer que espiarte, Alice. No eres el centro del mundo —estira los hombros y alza la barbilla. Parece que es un gesto bastante común ahora en él.
    Era una broma —le respondo con la misma seriedad que ha empleado él.
Reconozco que lo que ha dicho me ha dolido. ¿Mejores cosas? Sé que está ocupado en sus asuntos de criminal, pero yo también debo ser importante; acaba de pedirme que lo intentemos de nuevo y, por el momento, yo debería ser su prioridad. Tampoco pretendía ser lo único para él, no obstante, no estaría mal que dejara esa faceta aparte. No tiene ni idea de lo que duele oír que tú no le importas a alguien a quien quieres. ¿O sí?
¾    Alice, no quería...
¾    Sin excusas. ¿Quieres algo más?
¾    ¿A parte de ti encima de mí con mucha menos ropa? —me acerca por la cintura. 
¾    Sí, aparte. ¿Por qué no piensas en algo realista antes de contestar?
¾    Debajo pues —intenta levantarme la camiseta—. La verdad es que lo prefiero.
¾    Alex, para. He dicho que tenía que irme —le aparto, más por mí que por él.
¾    Nadie me ha llamado así desde hace tiempo.
    Mi relación más larga ha sido un mes, así que no. Si podría llamarse así, porque no salíamos de la cama.
    Vale, eso último sobraba —cierro los ojos un instante para respirar.
¾    Quería hacerte ver que para mí era sólo eso, no significaba nada. Tampoco le
veo el sentido de hablar de esto. No tienes por qué saber de mí más de lo esencial.
¾    Y vuelta a lo mismo —suspiro, alejándome de él—. Otra vez estás jugando con ventaja.
¾    No quiero que te metas en mi mundo. Es peligroso.
    Ya he estado antes y no he salido tan mal —le reprocho.
¾    ¿Seguro? —me retiene por el brazo— ¿Y las cicatrices?
    ¿Qué…qué cicatrices? —balbuceo; me ha pillado con la guardia baja en eso— Yo no…bueno, la que tengo me la hice antes de conocerte.
¾    No me refiero a la del hombro, que, por cierto, sigo sin saber cómo te la hiciste.
Hablaba del resto; y ni se te ocurra negarlas porque las acabo de tocar. De hecho no sabía si era real u otra pesadilla más hasta ahora.
No sé cómo responder a eso. Una de las cosas que más temía se está haciendo realidad. Tengo que dar explicaciones de algo que ni yo acepto de mí misma. No tengo ni idea de lo que decirle, teniendo en cuenta que piensa que mi vida ha sido ir de fiesta en fiesta y no de pelea en pelea.
Me es imposible sostenerle la mirada más de un par de segundos. Me doy la vuelta para poder respirar porque me falta el aire por mucho que hinche el pecho.
¿Y ahora qué voy a decirle? ¿Que se lo ha imaginado? No; no puedo negar nada y tengo que buscar alguna forma de explicárselo todo o alguna excusa que no resulte del todo alocada y, al menos, algo creíble.
    ¿No me vas a decir nada?
    ¿Tú…tú qué crees que he hecho hasta que nos encontramos? —consigo reunir el coraje para hablar.
    No te entiendo —parpadea claramente confuso.
    Responde. ¿Cómo crees que ha sido mi vida estos seis años? —insisto.
    Hasta toqué las cicatrices, pensé que como la de cualquier niña rica: viajando, gastando, levantándose todos los días con resaca y… un hombre distinto en la cama… —traga aire y baja un instante la cabeza para resurgir con un destello de orgullo en los ojos; agradezco que se haya vuelto a quitar las gafas.
    Pues te aseguro que no ha sido así. Vale, he estado viajando, pero no por placer precisamente. Me he dedicado a huir de los matones de tu padre. ¿Quieres saber cómo me las hice? Huyendo. Me dispararon, me persiguieron… Y si no llega a
ser por los guardaespaldas que tuve que contratar, podrían haber llegado más lejos.
Le he dejado sin palabras. Realmente no sabe cómo responder ante mis mentiras. Odio inventar más cosas, no hago sino complicarme la vida, tendré que acordarme de lo que dije en un momento de calentón, y nadie sabe mejor que yo lo difícil que es.
Reconozco esa mirada de confusión y cómo poco a poco comienza a comprender lo que digo, aunque sé que en el fondo se niega a aceptar que su padre no es el que pensaba. Sé que es difícil, también he pasado por eso, y no puedo ofrecer consuelo porque todavía no lo he aceptado, todo el rencor que sentí en un primer momento, ha ido creciendo como una bola de nieve y no creo que llegue a desaparecer nunca. Siento cierta compasión por él, ahora mismo es una versión de mí hace años, lleno de incredulidad y decepción. Qué doloroso es verte dañado por tus propios padres.
    Quieres…quieres decir que todo esto es culpa mía —parece bastante dolido.
    No, por supuesto que no. Te lo he contado porque no quiero secretos; ya tuve suficiente. Quiero que entiendas lo mucho que me cuesta volver contigo, sé que no tenías ni idea de nada, pero no puedo evitar que me inunde el recuerdo de todo por lo que pasé. Mira, déjalo, no sé de lo que hablo.
    No, no lo sabes. No tienes ni idea de quién es mi padre ni derecho a hablar así de él. Es un buen hombre, Alice.
    Un buen hombre que tenía atemorizado a su propio hijo; que mató a su mujer, a su primera nuera y casi lo consigue con la siguiente; por no mencionar a todas las personas que pisoteó por el camino.
    ¡Cállate! ¡No paras de mentir! ¡Es lo que llevas haciendo todo este tiempo!
    ¡Sabes de sobra que tengo razón, Alexander! ¡¿Sigues siendo tan estúpido como para creerte la historia de que tu madre te abandonó?! Una madre jamás deja a su hijo y no mira atrás. ¿Tampoco caes en que la gente que se entera de los chanchullos de tu padre acaba desapareciendo de repente? Yo no te dejé porque quería, sino porque estaba mi vida en peligro. Apuesto todo lo que tengo a que Sarah te amaba y a que tu madre luchó por estar a tu lado hasta su último aliento.
Si no quería ver su reacción ante la bofetada, sé de sobra que esta va a ser mucho peor, así que lo mejor será poner tierra de por medio. Doy gracias a lo que sea que le haya hecho querer que estuviéramos solos, porque cuando comienzo a correr —esta vez mirando al frente, lo prometo— nada me impide que continúe. Consigo pensar antes de llegar al piso franco y me desvío hacia otra casa, sería demasiado obvio dónde vivo y es lo último que quiero. Mucho menos ahora.
Me quedo sentada en un bordillo, oculta entre plantas, cerca de una hora, tanto para calmarme a mí misma como para asegurarme de que no me sigue nadie. Por esto, cuando llego a casa, mi compañera ya está dormida y no tengo que dar explicaciones, todavía tengo una noche para pensar en lo que hacer. Sabía que era una locura, ambos tenemos demasiado dolor dentro para que pueda salir bien, en las primeras horas ya hemos tenido una discusión cuyo resultado puede ser nefasto para mí, y creo que no sobreviviré a otra si continúo hablando mal de su padre, y conociéndome, esta no será la última vez que me vendrá el tema a la cabeza y no pueda retenerlo.
Lo que tengo claro es que en cuanto le diga a Amy todo lo que ha pasado, especialmente lo último, me llevará de vuelta a Los Ángeles de cualquier manera que sea necesaria.