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viernes, 18 de marzo de 2016

Capítulo 10

No fácilmente, conseguimos pasar este incidente por alto y pasamos toda la información posible a las autoridades, tal y como nos han ordenado. Recalcan que si me quedo, no podrán garantizar mi seguridad, pero a decir verdad nunca podrían hacerlo, no en mi situación, así que me da lo mismo lo que puedan decir. Yo cuidaré de mí misma y Amy cubrirá mis espaldas, nada va a cambiar eso.
Pasados unos días, recibimos un chivatazo de que esta noche llegarán varios inmigrantes ilegales pasados por Moore y queremos comprobar el ambiente antes de recibirles, pues ir esta noche sería una locura, ahora que Moore conoce mi aspecto actual podría reconocerme y ser una catástrofe. Supongo que no es mala idea poner cámaras, tampoco perdemos mucho y, aunque las pruebas no fueran válidas, nos serviría para conocer su organización a la hora de recibir envíos, ya que además traerán droga. También existe la posibilidad de que tengan inhibidores, sin embargo, lo haremos igualmente aunque tenga que pagarlas de mi bolsillo.
Para pasar desapercibidas, vamos a la playa en bañador y vigilamos la zona por turnos, en busca de algún hombre de Moore o de cualquier cosa que se salga de lo normal. Hacemos doble función cuando nos sentamos en el que parece el bar más central de la playa, situado en la arena, separando la playa del paseo marítimo. Desde aquí las cámaras podrían grabar material bastante interesante, y nosotras mirar sin preocupaciones.
En el turno de Amy, me dedico a leer un artículo en el periódico que me parece bastante interesante. La verdad es que, aunque no quiera reconocerlo en voz alta, todo lo que tenga que ver con Nueva York me interesa, no deja de ser donde me crié y siempre habrá algo que me una a ello. Y más si se trata sobre la criminalidad y mencionan las bandas callejeras. Según los periodistas, hay un diez por ciento menos de conflictos desde que pusieron patrullas en los barrios con mayor índice de inmigración y arrestos por contrabando.
    Al, hazme el favor de mirar al frente. Madre mía —Amy comenta con ese tan familiar tono de cuando ve a alguien que le gusta.
    Límpiate la baba que te acabarás resbalando —respondo distraídamente mientras sigo leyendo; me pregunto si The Wolves continúa activa.
    Fíjate… Está saliendo del agua —insiste.
    ¿A qué estás, Amy? —consigue que aparte la vista del periódico para mirarla a ella— Se supone que deberías vigilar por si ves algo sospechoso.
    Y tú deberías quitarte eso —me señala el anillo. No quiero separarme de él, desde que pasó lo de Alexander me siento demasiado culpable respecto a David; siento que le estoy engañando—. Te estás arriesgando demasiado —no aparta la vista de quien sea que está mirando.
    Sé lo que me hago.
    ¿Seguro? Porque yo no lo creo —al fin obtengo su atención—. Creo que lo de la otra noche no se te quita de la cabeza, porque, por mucho que quieras negarlo, no has podido superarle; y, te sientes culpable por haberle besado o si no no te hubieras cogido la borrachera de tu vida.
    No sigo enamorada de él —protesto.
    Yo no he dicho nada de eso —me mira de reojo y no encuentro palabras para poder rebatirla—. Tú sola te delatas, Al.
    Nunca fuiste una gran mentirosa —suena una voz terriblemente familiar.
Él está de pie, detrás de mí y aún empapado, con una toalla sobre los hombros. El contraluz le destaca los músculos ya bastante definidos de por sí y los ojos azules en el rostro moreno. Tiene el pelo azabache repeinado hacia atrás y goteando. No hay duda de que era él de quien hablaba antes mi compañera, y estoy segura de que si lo hubiera sabido, me habría cogido de la mano y salido de aquí inmediatamente.
Ambas nos quedamos mirándole hasta que se digna a romper el silencio.
    Deberíamos hablar.
    No.
    Puedo hacer que vengas a la fuerza, Alice, pero pensé que esto sería mejor.
    No tengo nada que hablar contigo, Alexander.
    Vamos —me tiende la mano—. No nos moveremos de playa, tranquila.
    Contigo no puedo estarlo.
Me levanto y me aseguro de que el pareo que llevo me tape lo máximo posible: apenas alcanza para sujetarse en el pecho y llegar hasta el principio de los muslos. No me siento precisamente cómoda con tan poca ropa y él a mi lado, por no mencionar que hay cierta cicatriz que no quiero que vea y no he maquillado porque no me esperaba encontrármelo, ya que una del hombro ya me la ha visto, y espero que la otra tampoco llame demasiado la atención. Amy me echa una mirada de preocupación y me tiende la mano para mostrarme cierto apoyo y, conociéndola, quitarme el anillo. Curioso que después de hablarlo pueda meterme en problemas; quizá debería escucharla más a menudo. Sin embargo, se la rechazo, no quiero mostrar nada parecido a debilidad.
Comienzo a alejarme por la playa, con Alexander siguiéndome sin haberle dicho nada.
    ¿Te vas a quedar mucho en la ciudad? —habla cuando parece que tenemos algo de intimidad.
    ¿Por qué? ¿Te molesta? —respondo con rencor; no pienso actuar de ninguna manera, simplemente seré yo.
    Sí —es más cortante de lo que esperaba—. Bastante.
    Pues te aguantas —acelero el paso y me alcanza en un par de pasos.
    ¿Por qué lo haces tan difícil? —me retiene por el brazo y me separo bruscamente, el contacto con su piel me quema; todavía tengo que decidir si para bien o para mal.
    ¿El qué?
    Ahora debería quitarte de en medio —parece frustrado y trago saliva para intentar deshacer el nudo de la garganta—, pero, por muy mal que me trates, por mucho que te lo merezcas, sigo sin poder hacerlo.
    ¿Vas a matarme? ¿En serio serás capaz de dejar de ser un cobarde de una vez por todas? —no puedo evitar provocarle. Maldito miedo.
     ¿Ves? Por muchas ganas que tenga de hacerte pagar lo que acabas de decir, hay algo que me lo impide.
    Cobardía —vuelve a agarrarme por las muñecas, que las mantiene a ambos lados de mi cuerpo. Esta vez no puedo soltarme.
Siento su aliento cálido y su pecho subir y bajar por la furia contenida. Cierro el puño y no puedo evitar desafiarle con la mirada. Es una temeridad, lo sé, pero si juego bien mis cartas, puedo usar a mi favor lo que ha dicho de que no es capaz de hacerme daño, no obstante, todo tiene su límite, y no sé dónde está el suyo. De hecho creo que estoy muy cerca de colmar el vaso, y cuando se abalanza sobre mí creo que lo he explotado, no obstante, se lanza a mis labios. Consigo esquivarle en el último momento, mas insiste y pierdo el equilibrio al echarme hacia atrás, agarrándome de la cintura para que no me caiga. Me separo de él de un empujón y doy un par de pasos para alejarme, incluso me doy la vuelta para no tener que mirarle a la cara. Me mantengo así, en silencio hasta que consigo reunir el coraje suficiente para decir lo que llevo —las dos Alice que soy, más bien— dentro.
    Me hiciste daño, ¿sabes? —noto cómo se acerca.
    Tú empezaste ese juego. Me abandonaste. Te hiciste pasar por muerta para huir de mí.
    No te equivoques. Sabes de sobra que de quien huía no era de ti. Si no te dejaba me matarían, ¿qué quieres que hiciera? —le encaro.
    Contármelo, yo…
    Lo hice. Te lo dije y me respondiste que ojalá estuviera muerta. ¿Tienes idea de lo que me supuso? Estaba aterrorizada y eso, precisamente, era lo último que necesitaba.
    Pensaba que habías muerto. Le rebelaste secretos a la policía para…
    ¿En serio crees que si hubiera traicionado de verdad al imperio Moore estaría aquí? Tú mismo has visto lo que les hacen a los traidores. Yo sólo tenía miedo.
    ¿Y ahora? —se acerca más aún— ¿Me tienes miedo?
    Sí. Hace un minuto me has amenazado de muerte ¿cómo quieres que me sienta?
    No te voy a hacer nada, sólo… —se pone a la altura de mi cara. Se agacha hasta rozar nuestros labios y doy un respingo al sentir el fuego que me quema ahí donde él me toca.
    No…no quiero nada contigo —consigo decir.
    No parecía lo mismo la otra noche cuando casi me llevas a la cama —me echa en cara.
    No sabía que eras tú.
    Eso significa que me deseas. Y yo a ti también, Al. Sigo echando de menos tus caricias, tu boca, tu cuerpo… —intenta de nuevo agarrarme por la cintura.
    No me llames así. Así sólo me llaman los que quiero.
    ¿Entonces cómo?
    De ninguna manera. No quiero volver a verte, Alexander —por favor, que salga bien, es todo lo que pido.
    Pues te vas a aguantar, no pienso descansar hasta que seas mía. Me da igual si tengo que conseguirte a la fuerza. ¿Me oyes? La ciudad es mía, el estado es mío, puedo hacer que…
    ¿Qué? ¿Que me secuestren? Adelante, lo prefiero antes que se te ocurra … —ahora sí que no puedo evitarle.
La actitud arrogante se ha convertido en un beso del mismo estilo: duro y frío, aunque a la vez aviva la pequeña llama que había empezado a encenderse con el enfado. Es un torrente de emociones que nada tiene de parecido a la última vez, ahora una parte de mí quiere golpearle, pero la otra, la que siempre gana como lo está haciendo ahora, se rinde en sus brazos, que me rodean por completo y suben y bajan por mi espalda mientras lo único que puedo hacer es corresponderle con los labios, ya que ninguna otra parte de mi cuerpo responde, está demasiado ocupada luchando con mi cerebro.
Vuelvo a sentirme una idiota indefensa en sus brazos; no esa mujer que dicen que soy, que ha luchado tanto por la justicia y ha sido herida de todas las maneras posibles y aun así se ha levantado y ha plantado cara a la vida. Ahora es cuando me doy cuenta de que no soy tan fuerte como creía. No puedo siquiera rechazarle un beso si me lo pide —o roba— más de una vez.
Este pensamiento es el que hace que mi mente despierte y se rebele, empujándole con todas mis fuerzas, aunque lo poco que consigo es separarle apenas un paso, que incremento al retroceder.
    Ni…se te ocurra… volver…a hacer eso —digo entre dientes y con la voz entrecortada.
    ¿El qué? —me mira con malicia— ¿Esto? —de una zancada me tiene presa de nuevo, con una mano en mi cintura dejada al aire por el pareo mal colocado y otra en mi cuello, bajo mi melena rubia.
    Quita —protesto mientras forcejeo. Es mucho más fuerte de lo que parece.
    Dame una sola razón por la que no debemos acostarnos ahora mismo —me dice con una voz repugnantemente sensual.
    Porque yo lo digo —saco fuerzas y le doy una bofetada, haciendo que me suelte bruscamente.
Salgo corriendo al lugar donde dejé a Amy, tengo que salir de allí como sea, no quiero ver cómo le he enfadado, su reacción no será precisamente buena. Veo cómo se levanta al verme y lleva la mano por debajo de la mesa, donde estaban las pistolas escondidas. Echo un vistazo por detrás y veo que nadie me sigue. Al apartar la vista del camino, tropiezo con una silla mal colocada y caigo de bruces contra una mesa. Patético. No me da tiempo a frenar la caída con las manos y el golpe hace que pierda la consciencia.

Me despierto un par de horas después en casa y, tras explicarle brevemente lo que sucedió a Amy, seguimos con la investigación de Nathan y Lawler, ya que hemos comprobado que Moore se encarga por sí solo de encontrarme a mí. Por un motivo u otro mi cabeza nunca descansa, siempre tiene que dolerme por algo. Al parecer la mesa era maciza, y debo dar gracias por haber caído de frente, pues si me hubiera girado un poco podría haber sido mortal. Es alucinante cómo una tontería así puede acabar con alguien que lo ha sobrevivido casi todo tipo de heridas. Hubiera sido el peor final que me ocurre: muerte por estupidez extrema, se podría resumir, porque si no le hubiera dado la bofetada, no tendría que haber salido corriendo, y si hubiera mirado al frente, ahora no tendría este tremendo dolor de cabeza que sólo se calma con hielo en abundancia, lo que el clima no ayuda, ya que tengo que cambiarlo cada poco.
Me he fijado en que cada vez que salimos de casa siempre hay un par de hombres siguiéndonos; no siempre son los mismos, pero sí quien les envía. He acabado aprendiendo a ignorar su presencia, por muy nerviosa que me ponga.
Cerca de una semana después del encuentro accidentado con Alexander, recibo una llamada a primera hora de la mañana que me despierta. La noche anterior Amy me ha obligado a salir de casa y me ha llevado a un club donde, al menos, he recibido algo de información de los camellos sobre otro cargamento que iba a llegar en breve, ya que Alexander pareció cancelar el otro por haberse encontrado conmigo, cosa que veo sin sentido, pero no soy quién para opinar respecto el miedo o alertarse en demasía. Sólo espero que este envío se realice de verdad, a pesar de no saber dónde es; si nos mantenemos alerta podríamos ver cómo cambian las cosas con material nuevo. Nunca hay que desperdiciar información, por inútil que parezca.
Trasnochar no me sienta bien y, a pesar de no haber bebido —no está mal darle una tregua a mi hígado, pues desde que vinimos ha tenido que soportar más alcohol de lo que bebí en el tiempo que llevaba en Los Ángeles—, me duele la cabeza. Las noches en vela, bien pensando o intentando trabajar, junto a jaquecas posteriores se está convirtiendo en costumbre.
Para más inri, el maldito teléfono no para de sonar. He dejado que salte el contestador, pero parece que a quien sea que llame no le parece suficiente y continúa llamando. La segunda vez cuelgo el teléfono directamente. Seguro que la llamada es de la comisaría y ahora no tengo ganas de pensar, ni siquiera de seguir despierta; no obstante, a la tercera llamada comienzo a alarmarme me veo obligada a responder. Abro el cajón de la mesilla y contesto con la voz aún ronca.
    ¿Quién es?
    Mi amor, ¿ya ni siquiera me tienes en la agenda del teléfono?
    ¿Qué? —sigo algo confundida y me froto la cabeza para que empiece a correr la sangre como debe.
    ¿Tampoco reconoces mi voz? Esto ya es serio —una risa nerviosa le sucede.
Tengo que concentrarme para reconocer la voz, y no puedo evitar sentirme horrible cuando al fin lo consigo. Llevo tanto tiempo apartada del mundo que cualquier cosa fuera de Florida me parece a años luz, creo que con toda la gente que hemos conocido me resultaría difícil reconocer a mi propio prometido en persona, así que por teléfono es casi imposible. Casi.
    ¿David? ¿Qué haces llamándome? No puedes…
    Me da igual, llevo dos meses sin oír nada de ti y quiero hablar con mi futura esposa. Además, te echo de menos.
    ¿Dos meses? —me incorporo. No creo que haya pasado tanto tiempo.
    En realidad casi tres. Me dijiste que hablaríamos; y sigo esperando la llamada.
    Lo siento —parece que mi mente se despeja—. No me permiten el contacto con el exterior. David, estamos rompiendo las reglar, si me pillaran...
    Deja que yo me encargue de eso. Alice, tenemos que hablar de algo —esa frase nunca ha significado nada bueno—. La boda...
    Dijimos que lo retrasaríamos hasta que volviese.
    Lo sé; el problema es que no sabemos cuando va a ser eso, así que he pensado en mover un par de hilos para que te un par de días libres para casarnos. Algo rápido e íntimo será suficiente —me he quedado absolutamente en blanco—. Quiero convertirte en mi esposa lo más rápido posible, no soporto pensar en la cantidad de hombres que se te acercarán y... —toma aire—. Te quiero, y quiero que sepan que eres mía, que no tienen ninguna oportunidad, ¿verdad, Alice?
    Sí, claro —respondo aún confusa.
    Bien. Llamaré a...
    ¡No! Espera, David, no...no hagas nada. No debería siquiera estar hablando contigo, no haces más que empeorar la situación. Ten paciencia.
Cuelgo el teléfono aún algo confundida. No sé si estoy enfadada con él o simplemente abrumada por un futuro así: estable. Sí, sé que él me quiere, pero yo no estoy tan segura de poder corresponderle de la misma manera o intensidad.
No me gusta que a veces tenga ataques de furia, por ejemplo, temo por que algún día acabe haciéndome daño de verdad y, por mucho que sepa defenderme bien, no podría escapar fácilmente, pues es más fuerte que yo y está mejor entrenado. Hasta ahora, ha sabido controlarse y lo máximo que ha llegado a hacerme ha sido una magulladura en el brazo por agarrarme fuerte, pero en otras ocasiones ha podido pegarme y siempre ha bajado la mano. Esto me hace pensar en lo que hablé con Amy sobre Alexander; si por eso me dijo que hice bien en alejarme de él, no quiero saber cómo reaccionaría si supiese lo de David. Un ataque de celos lo tendría cualquiera en su situación, y la verdad es que ninguno controla bien su fuerza —espero por mi bien que Alexander haya aprendido—. Por supuesto no soy tan idiota como para decírselo y, a ojos del resto, somos una pareja perfecta; por muchas discusiones que tengamos y por muy poco que hayamos comenzado a hablar. Lo cierto es que la mayoría del tiempo que estábamos juntos —que no es mucho— lo pasamos en la cama. Al final estaba convirtiéndose en algo tedioso y, en el fondo, agradezco este trago de aire fresco que me ha proporcionado alejarme de él. Por supuesto, una vez pasado lo último con Moore, no estoy tan segura de que me vaya a venir bien tanto espacio, ya que el único hombre que ha cruzado mi mente y ha tenido la osadía de quedarse por un buen rato ha sido Alexander Moore.
De repente, parece como si despertara de un sueño cuando la luz de mediodía me da en la cara y me obliga a cerrar los ojos para acostumbrarme poco a poco. Al abrirlos, parpadeo varias veces y descubro que Amy ha sido quien ha corrido las cortinas del cuarto y ahora me mira atentamente. Creo que debería prestar más atención a mi alrededor, centrarme en lo que he venido a hacer de una manera objetiva.
    ¿Te encuentras bien?
    No estoy segura —tiro el teléfono a la cama—. Me vuelve a doler la cabeza.
    ¿Por quién? —mira el teléfono.
    Nadie importante.
Sé de sobra que no se lo cree, pero doy gracias a que no insiste en preguntar. Me recojo el pelo en una coleta, y al pasar la mano por el lugar donde me di el golpe el otro día se me escapa una mueca; todavía lo tengo algo hinchado y me molesta. Mi compañera se interesa por el golpe y se sienta a mi lado; ha venido para decirme algo, seguro, pero parece que mi salud es más importante para ella, aunque conociéndome, no me vendría mal que alguien estuviera pendiente de eso por mí, ya que la mayoría de las veces la ignoro hasta que surge un problema demasiado grave como para ocultarlo.
    ¿No te parece raro que Moore no te haya intentado secuestrar ni nada de eso?
    Un poco, pero nos está vigilando, así que vendrá cuando quiera. ¿Por qué?
    Dijo que «Se aseguraría de que estuvieras bien» —imita una voz grave.
    ¿Qué? ¿Cuándo?
    El otro día en la playa, cuando caíste inconsciente. Vio que no te movías y vino corriendo a tomarte el pulso, todavía me duele el empujón para apartarme.  Cuando vio que seguías viva, se levantó y se fue. Sin más. Fue muy raro, primero vienes huyendo y luego él se desespera así.
    No creo que estuviera desesperado, Amy, no intentes hacerlo más dramático.
    Tú no le viste, créeme. ¿Volviste a besarle? —me mira de reojo.
    ¡Claro que no!
    ¿Seguro? Alice, mírame.
    Le di una bofetada —insisto.
    ¿Y antes de eso?
    Fue él quien me besó —admito al fin—, yo no hice nada.
    Lo sabía. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Y si...
    Amy, me duele la cabeza, tengo hambre, y me siento horrible, por lo que comprenderás que no tengo ganas de pensar —interrumpo con voz cansada— Ahora deja que coma un poco antes de irme.
    Hoy no tenemos que ir a ningún lado, tranquila.
    Yo sí —me levanto—. Estoy cansada de esperar a que él haga algo, quiero acabar cuanto antes con esto y volver a mi casa.
    ¿Ha pasado algo? —Amy me mira de reojo mientras caliento en el microondas un trozo de pizza de hace dos días.
    David me ha llamado —comento mientras miro cómo da vueltas el plato.
    ¿Cómo? —me gira por los hombros.
    Dijo que movería hilos para que nos casáramos cuanto antes y no sé qué cosas más. No sé, hay algo mal en esto, en casarme —aclaro, casi para mí misma.
    Es un buen tío, con buen sueldo, y te quiere. ¿Qué más quieres?

    Sentir algo por él. 

viernes, 11 de marzo de 2016

Capítulo 9

Pasa un mes bastante aburrido que se resume en ir a diario a los sitios que se supone suele frecuentar, pero ni Amy ni yo le vemos por ningún lado. Por suerte, hemos recibido luz verde para colaborar en una comisaría cerca de aquí, les echamos una mano con los casos que no están acostumbrados, algún asesinato que se salga de un ajuste de cuentas se les hace cuesta arriba, al menos con nosotras, aunque sea de manera extraoficial, pueden resolver alguno más. Para justificarnos, la Agencia les comunicó que éramos del FBI y que necesitábamos ponernos en forma, pero al estar en una misión independiente, no obedeceremos sus órdenes, y, en resumen, haremos lo que nos dé la gana, aunque por supuesto lo dijeron con otras muchas palabras técnicas que no recuerdo ni tengo intención de ello.
Nos acostumbramos rápido, tanto a eso como a la vida de lujo, al menos trabajar en otra cosa nos ayuda a despejarnos. Sin embargo, tampoco es una mala vida ir de aquí para allá derrochando dinero, Amy lo está disfrutando especialmente. Es ella quien me está ayudando con todo, las relaciones públicas nunca han sido lo mío, mientras que ella parece estar más cómoda que nunca. Cada una lo vive a su manera, supongo. En algunos clubs que se cree que son de Moore, hemos conocido a algunos hijos de empresarios y nuevos ricos que nos han invitado a una fiesta de máscaras. Yo no quería venir, pero Amy ha insistido tanto en que puede ser una buena oportunidad para encontrarle que no he tenido más remedio que aceptar, es verdad que siendo gente que se deja más del sueldo en su club la posibilidad de que él también esté invitado es bastante grande, aunque sea sólo como medio para un trato especial. Pero nada de eso significa que yo vaya a estar cómoda.
    Sigo sin saber qué hacemos aquí.
    Es una fiesta de ricos. Tú eres rica y yo me aprovecho —me recuerda mi compañera—. Mira ése —señala a un hombre con esmoquin y máscara negros y pajarita blanca a juego con su camisa—. Está muy pero que muy bien.
    Cállate, Amy. Se supone que estamos por trabajo.
    Por supuesto. Y ahora tú y yo vamos a buscar a un…informante. Hay que aprovechar ese vestido ¿no?
    Ten cuidado —le paro cogiéndola por el brazo.
    Pues ven y cúbreme.
    No puedo —levanto la mano para que vea el anillo.
    Tampoco te estoy pidiendo que te los lleves a la cama, Al. Sólo sé amable y quizá podamos conseguir algo. Y hazme el favor de quitártelo.
Se zafa de mí y empieza a hablar con un grupo de hombres unos metros más allá. Después de reír un rato, viene hasta mí sin apartar la mirada en el que se ha fijado antes. Es bastante ancho de espaldas y mucho más elegante que el resto, supongo que será por la forma de moverse, sobria y tranquila entre la gente, sin apenas pararse en ningún grupo, tan sólo paseándose por la sala y deteniéndose de vez en cuando para observar.
Está aparentemente solo, aunque si te fijas un par de trajeados le siguen sin interferir, disimuladamente. Mientras, yo me dedico a observar los movimientos de la gente desde una zona apartada de la enorme sala de baile.
    Le he perdido de vista —de repente, el hombre desaparece entre la multitud.
    ¿A quién? —finjo no saber de lo que habla.
    Al de antes —estira el cuello—. Bah, ya le encontraré. Por cierto, los de allí me han dicho que quieren conocerte y…
    Me temo que tendrá que esperar —una voz grave interviene.
El hombre que ha hablado es el mismo de antes, frente a mí esta vez, clavando sus ojos cristalinos en los míos. El pelo, algo largo y negro como el carbón, apenas se le mueve cuando se inclina para susurrarme al oído. Noto su cuerpo, grande y fuerte, rozándome y provocando un ligero escalofrío que recorre la tela de mi ajustado vestido negro.
    Baila conmigo —no suena como una pregunta.
    ¿Vas a saber? —hay algo en él que me atrae, que hace que mi característica valentía suicida vuelva.
    Compruébalo.
Se separa y me tiende la mano con una sonrisa de suficiencia. La acepto, ya sin el anillo —Amy se ha encargado de quitármelo sin que nadie excepto nosotras lo notásemos—, y me lleva al centro de la sala. Su caminar es tan elegante que parece flotar sobre el suelo. Hace una seña al que se encarga de la música y desliza mi mano por su pecho hasta posarla en su hombro. Lleva la otra mano a lo largo de mi costado, rodeándome la cintura y apretándome contra él cuando suenan los primeros acordes.
    ¿Tango? —alzo una ceja a pesar de que el antifaz casi me las tapa por completo.
    ¿Demasiado complicado para ti? —entrelaza los dedos sin reparo.
    Será mejor que me agarres fuerte —se me escapa una ligera sonrisa.
Sin apartar la vista de sus hipnotizantes ojos, comenzamos a movernos por el círculo que ha formado el resto de asistentes. Me dejo guiar en cada paso por el atractivo extraño. El tango siempre se ha considerado uno de los bailes más sensuales, incluso llegó a estar prohibido, pero nosotros lo llevamos a varios niveles más allá: alargamos los instantes de contacto cuanto nos permite la música, nos acercamos más de lo debido, ampliamos las zonas donde nuestras pieles se rozan e inventamos pasos cuando creemos que no hemos sentido lo suficiente el calor del otro. Es como si hablásemos con la mirada, como si nos conociésemos muy bien de antes.
La magia que hemos creado a nuestro alrededor continúa a pesar de que la música cese. El cosquilleo que sentía antes se intensifica, sobre todo en los labios y por donde me tiene sujeta con fuerza. Lentamente, suelta mi muslo, obligándome a bajar la pierna —gracias a la apertura que tiene el vestido he podido moverme con facilidad y él tocarme de igual manera— de nuevo al suelo. El mundo a nuestro alrededor no existe, al igual que mi razón, que ha quedado anulada por los impulsos que ahora controlan mi cuerpo. Por ello es porque intento parar el cosquilleo de mis labios y saciar mi sed con los suyos. Acepta el beso con generosidad y se entrega tanto como yo, sorprendentemente. Todo ello no hace más que hacerme desear más y más y no poder ser capaz de soltarlo. No soporto la idea de separarme de él y no sentir sus labios sobre los míos. Me abraza por la cintura, clavándome después los dedos en las caderas. Lo curioso es que no me duele, sino aprecio cada detalle de posesión.
Entonces, cuando más a gusto me siento desde hace meses incluso, cuando abrazo esa sensación de familiaridad que me ofrece su boca, el odioso teléfono nos interrumpe. Lo cojo de la funda del muslo:
    Te llamo más tarde —cuelgo y vuelvo a prestarle atención a mi compañero de baile—. Ya lo apago.
    ¿Quién era? —se interesa.
    Ni idea —nos sonreímos ampliamente—. Estoy ocupada —le rodeo el cuello con los brazos.
    Yo también —me acaricia.
Tras aceptar un tierno beso en los labios me lleva a través de la sala hasta el vestíbulo de los ascensores mientras admiro su forma de moverse: elegante e intimidatoria a la vez. Pero, ¿qué estoy haciendo? Se supone que soy adulta, que no me dejo llevar por los impulsos así. Se supone. Llevo mucho tiempo conteniéndome, y creo que esto ha sido la gota que colmaba el vaso. No todo será trabajo, he de descansar alguna vez.
Volvemos a clavar la mirada el uno en la del otro. No entiendo por qué estoy haciendo esto o por qué me resulta tan cómoda su presencia o incluso su contacto. Me abraza de nuevo y esta vez le beso yo. La pasión de antes ha dado lugar a un extraño cariño, como si fuésemos viejos amantes, pues sus ojos me dicen más de lo que jamás podrían las palabras. No me siento dueña de mi cuerpo, ni siquiera apenas controlo algunas acciones. Parece como si estuviera en una especie de sueño agradable del que ni puedo, ni quiero despertar.
Él pasa un dedo por el contorno de mi cara; después, dibuja mis labios con delicadeza y murmura:
    Increíble… ¿Puedo verte? —alza ligeramente la voz para que pueda oírle bien mientras roza mi máscara.
    Si me dices que no va a acabar aquí.
    ¿Quién ha dicho nada de que acabe? —me sonríe y con otro beso me quita el antifaz— Eres tan…
    ¿Rubia? —nos reímos.
    Perfecta.
Se inclina y en el instante antes de que volvamos a fundirnos en uno, alguien me tocael brazo llamando mi atención.
    Al, tienes que ayudarme —Amy me tiende el bolso donde llevo la pistola.
    ¿Al? —me mira de reojo— ¿Te llamas Allison?
    Alice —le corrijo—. Alice Du…
    No puede ser… —dice para sí mismo.
Da un par de pasos hacia atrás y se quita la máscara, aparentemente para ver mejor. Al reconocer su cara, yo también retrocedo, chocándome contra la pared. Es mucho más atractivo y guapo en persona que en las fotos, sin duda. Ahora entiendo todo: la familiaridad, la calma, el deseo, esa conexión… Tomo una profunda bocanada de aire mientras Alexander Moore sale prácticamente corriendo y se pierde entre el gentío.
    Alice, despierta —Amy me reclama—. Moore está aquí.
    Lo sé —no aparto la mirada de donde estaba hace un instante.
Echo un vistazo por donde se ha ido y me fijo de nuevo en mi compañera, que sigue mi mirada y comprende mis pensamientos más rápido de lo que pensaba. Intenta ir tras él, pero la agarro por el abrazo para detenerla.
    ¿Qué haces? Tenemos que seguirle —comienzo a negar con la cabeza—. No me digas que aún…
    Ya habrá desaparecido, y aunque lo encontremos, estaba rodeado de guardaespaldas armados, en cuanto nos acerquemos estaremos tiñendo el suelo.
    ¿Entonces qué hacemos?
    Esperar —me encojo de hombros.
    ¡No hay tiempo! Morirán más chicas, Al —añade por lo bajo.
Aunque no hayan aparecido los cuerpos de ninguna de las chicas a priori secuestradas, nosotros las hemos dado por muertas, ya que no ha habido ninguna señal de lo contrario: ni se han puesto en contacto con nadie ni hay rastro de actividad en sus cuentas, así que lo más probable es que hayan acabado en el mar. Sea lo que sea, el tiempo lo dirá, por el momento nosotras no podemos hacer nada.
    Eso no pasará.
    ¿Cómo lo sabes? Una vez que empiezan no pueden parar.
    No va a buscar sustituta teniendo la original.
    No lo permitiré. Alice, puede que seas especial, pero no inmortal. Te has reído en la cara de la muerte demasiadas veces y, sinceramente, no quiero se sea la definitiva a mi lado.
    Si le he controlado una vez, podré hacerlo otra —respondo fríamente.
    ¡Pero si ibas a acostarte con él sin siquiera saber quién era! Imagina lo que pasaría si estuvieseis juntos más de veinte minutos —me reprocha.
    Pasará lo que tenga que pasar —continúo con el mismo tono de voz.

Esa noche decidí dejar a un lado mis intentos por ser sana sin beber y entré en el primer club que había nada más salir de allí. A partir de eso no recuerdo mucho más, bebí más alcohol del que puedo contar, eso sí, y a fin de cuentas llegué a casa sana y salva; supongo que Amy, después de peinar la fiesta en vano, vino a por mí.
Me levanto con un tremendo dolor de cabeza por la resaca; de manera que me cuesta levantarme de la cama más de lo que planeaba. Ya me acuerdo por qué dije que jamás volvería a beber tanto. Me doy una ducha para calmar el dolor y me pongo unos pantalones de chándal anchos y una camiseta de tirantes antes de bajar al salón —las habitaciones están en la segunda planta de la casa— para beberme todo el agua que tenga al alcance; tengo la boca seca y necesito una aspirina de inmediato. Creo que hoy me tomaré el día libre, no puedo casi con mi cuerpo.
Encuentro a Amy, vestida con ropa de deporte, andando por el salón mientras habla por teléfono. Al menos hay alguien que intenta mantenerse en forma.
    Entonces… Sí, claro, es comprensible… Se lo diré… ¿Y yo?... ¿Se sabe algo más?... Está bien, me pondré en contacto en cuanto lo tenga controlado —asiente una vez más y cuelga el teléfono.
    ¿Problemas? —me intereso, con la mano en la cabeza.
    ¿Qué? —se gira— Ah, no. Bueno, sí.
    ¿En qué quedamos? —me acerco.
    Ha…ha pasado algo —comienza con cautela—. Verás, han aparecido…
    ¿Los cuerpos de las chicas? —digo con incredulidad.
    No, todavía no. En realidad, han sido un par de hombres. Uno en Los Ángeles y otro aquí.
    ¿Y? Ahora no podemos ayudarles con la investigación, tenemos otra…
    No nos querían para eso. Bueno, te quieren a ti; creen que podrías conocerles y… que puedes estar en peligro.
    Un poco tarde para eso ¿no? —me siento en el sofá con el ordenador sobre el regazo— Dime los nombres y echo un vistazo.
    Adam Lawler y Nathan Aldrich. Escucha, se lo han tomado muy en serio.
    Mi resaca también lo es y no me quejo —gruño mientras busco en la base de datos los nombres que me ha dado.
Al principio me cuesta reconocerlos, incluso tengo que buscarlos un par de veces más para asegurarme de quiénes son El tiempo ha pasado por ambos, y no de una manera gentil, prácticamente les ha dado un mazazo. Ambos están fichados por cuestiones de drogas, tanto posesión como tráfico, y me da muy mala espina.
    Les conozco. O conocía. Nathan era amigo de Moore, siempre estaban juntos —me echo el pelo nerviosamente hacia atrás—: Moore, Nate y Oli. Y el otro fue mi profesor. Me llevaba muy bien con él y algún día que otro me quedaba a charlar un rato en francés. Alexander casi le odiaba, pero no tiene sentido que les haya hecho nada. Los celos son poderosos, pero no tanto; y Nate era su amigo, quizá estaba metido con él en algo y acabó siendo un daño colateral.
    Esto lo explica —murmura y pregunto con la mirada—. Quieren que abandones.
    ¿Cómo? —alzo la voz ligeramente.
    El forense estima que Nathan fue asesinado esta madrugada; y Lawler apareció nada más llegar nosotras aquí; nos han llamado ahora porque han visto una coincidencia. Es el momento justo para huir.
    ¿En serio quieres irte ahora? Moore ya sabe que estoy aquí, sólo hay que esperar a que se ponga en contacto y podremos empezar de verdad.
    No, no quiero irme, por eso he conseguido una semana. Si no hay más asesinatos en ese tiempo, podemos quedarnos.
    Gracias —suspiro, eso es mejor que nada—. ¿Te han dicho cómo los asesinaron?
    Al, céntrate en qué hacer después de lo de ayer, no podemos ponernos a jugar a los detectives con algo que no nos incumbe.
    Me quieren sacar de aquí por eso, creo que sí me incumbe. Además, he tenido una idea.
    ¿Por qué cada vez que dices eso me tiemblan las piernas? —dice con un suspiro y sonrío ligeramente.
Admito que mis ideas no suelen ser muy normales, ni seguras, mas casi nunca fallan. Amy coge el ordenador y consulta unas cosas antes de empezar a hablar. Creo que lo mejor de estar en la CIA es tener autorización para casi prácticamente todo archivo clasificado. Demasiado poder en mis manos, me temo.
    ¿Te lo digo traducido? —no me gusta la jerga médica. Me trae malos recuerdos.
    Por favor.
    No es nada agradable… Al tal Alan le sacaron los ojos y le cortaron las orejas…antes de morir. Le abandonaron en la calle para que se desangrara.
    ¿Y Nate? —ignoro el escalofrío y me guardo mis pensamientos para el final.
    Dios… —agacha la cabeza y la aparta de la pantalla. Parece como si quisiera vomitar.
    ¿Estás bien? ¿Quieres algo?
    Dame un minuto —levanta la mano y toma aire. Le traigo un vaso de agua que acepta con una leve sonrisa de agradecimiento.
    ¿Mejor?
    Sí, sólo es que no deberían poner fotos en estas cosas —se termina el vaso de agua y lo dejo en la encimera de la cocina, conectada al salón en una misma sala—. A este le cortaron de pómulo a pómulo y le hicieron lo mismo que al otro. Lo encontraron degollado en un callejón. Supongo que tuvieron algo de compasión.
    Es justo lo que les hacían a los traidores con Ronald Moore —miro la pantalla; después de verlo en directo no impresiona tanto—. Depende de su tipo de traición, les mutilaban de una manera. Si se iban de la lengua, les hacían ‘la Sonrisa’; si veían lo que no debían, les ‘iluminaban’, consistía en quemarle los ojos con el reflejo del sol antes de sacárselos; si oían algo, escuchaban la ‘Balada del fin’, les reventaban los tímpanos con música y cortaban las orejas. Era un sádico poético, el hijo de puta, aunque hacían cosas peores.
    ¿Has visto cómo se hacía? —mi compañera muestra algo de...¿compasión?
    Un par de veces. Amy, con esto podemos definir por qué les mataron.
    Pongamos que sigues adelante con Moore y que te descubren. ¿Qué harían? ¿Te arrancarían el corazón o algo así? —parece escandalizada.

    Probablemente… —reflexiono, pensando en el tipo de traición que cometeré— Seguramente acabaría siendo un tronco sin corazón.

viernes, 4 de marzo de 2016

Capítulo 8

Amy aceptó sorprendentemente rápido la oportunidad de formar parte de una misión así de peligrosa y exigente. Quizá lo ha hecho para protegerme o se lo ha tomado como un reto personal, porque no es una persona tan ambiciosa como para pensar que si sale bien existe una remota posibilidad de que la asciendan, no se pondría en riesgo sólo por eso, tiene que haber algún motivo que no me quiere decir y tampoco voy a presionarla.
Por otro lado, quería decirle a Patrick que estaré fuera durante un tiempo y que lo más seguro es que no pueda mandarle más dinero, y mucho menos hablar, por la seguridad de ambos, pero se ha negado a hablar conmigo desde que le dije lo del compromiso a pesar de que no he parado de intentarlo, visitándole en casa o llamándole al teléfono, nunca está disponible. Sinceramente, si se ha enfadado por que continúe con mi vida, es su problema, yo no voy a dejar de avanzar por sus sentimientos.
La parte buena de que David sea marine, es que conoce los problemas del ejército y de la policía; por ello no se ha tomado tan mal como pensaba la misión, aunque quizá influya que le hemos contado que tan sólo es una misión de reconocimiento y que, una vez recopilado la información necesaria, volveremos sanas y salvas. No mencionamos absolutamente nada de Moore. Al llegar a casa ese mismo día, hubo cierta tensión, yo no estaba de humor para disculparme y a él todavía le duraba el enfado, sin embargo, cuando Joe llamó para hablar sobre Amy, no tuve más remedio que contárselo, aunque por suerte con cierta ayuda, gracias a lo que yo creo que no se lo demasiado mal. Cierto que salió de casa y volvió un par de horas más tarde, pero pareció asumirlo un poco y acabamos haciendo el amor —nuestra relación empieza a resumirse a eso; a lo mejor la separación no nos vendrá del todo mal.
El viaje no fue directo ni mucho menos. Antes de ir a Florida, pasamos una temporada en un centro de entrenamiento para ponernos a punto, tanto en la obtención de pruebas y físicamente como en el uso de tecnologías para entrar en ordenadores, webs, etc., sin ser rastreadas y conseguir lo que necesitemos. Tan útil como peligroso.
Desde que nos fuimos no se nos permitió contactar con nadie de fuera de la misión, de modo que, antes siquiera de comenzar, ya llevábamos apartadas de nuestros seres queridos cerca de un mes; por no decir lo agotador que ha resultado. Así que, el último día allí, dedicado al aspecto de nuestra tapadera, es un verdadero alivio. No obstante, en cuanto terminemos con Paolo —he pedido expresamente que sea él quien se ocupe de nosotras, aunque yo basta con devolverme mi pelo natural—, cogeremos un avión que nos lleve a Miami y dar oficialmente comienzo a todo.
Estamos esperándole en un piso franco, el mismo en el que me entrené cuando vine a la ciudad siete años atrás, parece ser que están escasos de presupuesto para variar un poco las cosas, pues todo sigue exactamente igual a como lo dejé. Aunque creo que no viene mal ahora mismo para recordar lo que tuve que pasar y cómo no hacer las cosas, no sé si odio o tengo aprecio a los recuerdos que me inundan, tan sólo sé que no puedo estarme quieta, y no soy la única. Amy no confía en el que fue mi estilista y no está segura de que sea la mejor opción, a diferencia de mí. Si pudo convertir a una pandillera en una niña pija, podrá con cualquier cosa. Y estoy segura de que se alegrará de que esté viva. Mi compañera se dedica a pasear de un lado a otro del salón mientras yo miro por la ventana, expectante, y he de reconocer que también estoy algo nerviosa.
    Se está retrasando —comenta—. No se puede hacer esperar a la CIA.
    Se te ha subido un poco a la cabeza, ¿no? Tranquilízate, podemos esperar.
    No, no podemos. Tenemos el vuelo en diez horas.
    Cualquiera diría que son diez minutos. ¿Por qué no aprovechas el tiempo y repasas tu tapadera en vez de quejarte tanto?
    Me la sé de memoria, Al —dice con un suspiro cansado.
    Pues repítemela. Necesito sabérmela bien.
    No soy una cría —insisto con la mirada. Será mejor que se distraiga—. Amélie Dubois —comienza a redactar con tono cansino—, nací en París, me mudé a Nueva York de bebé, te conocí en el internado de Carolina del Norte, fui con una beca, nos reencontramos en Marsella de vacaciones y mejores amigas para siempre por arte de magia. Estudié periodismo en la Universidad de París y ahora me dedico a vivir la vida con mi amiga ricachona. ¿Contenta?
    Mucho, gracias. Acabarás cambiándola sobre la marcha, así que no estés tan segura de que con eso lo tienes hecho.
    ¿Y tú? ¿La tienes preparada?
    ¿Qué tengo que preparar? —me río con ironía— Hui a Marsella. He viajado por el mundo y he acabado en Miami. Punto.
    Podrías haber dicho que has estudiado algo, como yo.
    Eso supondría estudiarlo de verdad, así que paso. Tengo suficiente con mis idiomas.
    ¿Tienes miedo? Ya sabes, de que te descubran.
    No será mucho peor que la última vez —he aprendido a mentir muy bien—. La Agencia lo tiene localizado, sólo tenemos que hacer que se entere de que estoy…bueno, que Du’Fromagge está en la ciudad, y él mismo se encargará de buscarla. Luego será igual que antes: engañarle para que confíe en mí y conseguir toda la información posible para acabar con esto de raíz —finalizo con un suspiro.
En realidad sé que no va a ser así de fácil ni en broma. Me costará muchísimo que vuelva a confiar en mí y no estoy segura de que me quiera viva, si son ciertos los más que rumores de que ha sido él —o su mafia, que es lo mismo a fin de cuentas— quien se ha encargado de las chicas, especialmente de la francesa, la verdad es que da bastante miedo; no parece que se haya convertido en un gran tipo. Sí, es cierto que me buscará, pero no espero que sea para volver a estar juntos.
    Pan comido —Amy suspira mirando al suelo.
    Volverás a casa, por eso no te preocupes —adivino lo que de verdad está pensando, seré yo quien dará la cara, así que debería estar contenta—. Ya viene.
Me aparto de la ventana y abro la puerta antes de que llame. No ha podido llegar en mejor momento, las dudas antes de comenzar este tipo de misiones son lo más normal, y conozco su situación, necesitas respuestas, pero esta vez soy yo quien debe darlas, y no tengo ni idea. Ahora comprendo las charlas motivadoras de los que se hicieron pasar por mis padres, no querían preocuparme de más, porque ni siquiera ellos tenían ni idea de lo que decir, y seguramente la verdad sería mucho peor.
Lo primero que hace Paolo es mirarme de arriba abajo, y cuando se ha dado por satisfecho, decide abrazarme con fuerza, de una manera que sólo un viejo amigo haría, y de alguna manera lo somos, conoce lo que pasé y se compadece, pero no deja que se le escape nada de ello, sino que lo transforma en comprensión e incluso apoyo. Es un buen hombre, de manera que noto una parte de mi corazón romperse cuando veo que la vida no le ha tratado especialmente bien, se le ha caído el poco pelo que le quedaba y ha ganado peso considerablemente; yo, por mi parte, tan sólo tengo más cicatrices y más curvas; he madurado, en general.
    Estás preciosa, Principessa —dice con una sonrisa.
    Gracias, Paolo. Me alegro de verte bien, en serio. Llegué a temer por ti —le confieso.
    Querida, aún queda mucho del Gran Paolo para el mundo.
Me hace soltar una leve carcajada antes de invitarle a entrar y hacer las presentaciones.
Rápidamente nos ponemos manos a la obra, Amy tampoco quiere implicarse mucho, y no puedo evitar sentir nostalgia cuando se escandaliza por las marcas que adornan mi cuerpo —casi puedo perder la cuenta—: muñeca, hombro, abdomen, costado, parte baja de la espalda… La mayoría son quemaduras por balas donde el chaleco no alcanzaba o por no llevarlo, como acostumbro a hacer. Estaba preparado para las emocionales, pero ni de lejos para todas estas. Por suerte o desgracia, mi apariencia engaña.
Paolo arregla a mi compañera primero y le da unos consejos para seguir con el estilo de ''niña rica, casi exactos a los que me dio en su momento, y, dado que todavía me acuerdo a la perfección y sé cómo aplicarlos fácilmente, se limita a devolverle el brillo dorado a mi pelo y a darme algún consejo de maquillaje para resaltar mis ojos y poder conquistarle de nuevo. Si supiera en el verdadero lío que me han metido, me enseñaría cómo cambiar mis facciones en una emergencia.
En total pasamos cerca de tres horas en las cuales nos ponemos al día de lo que ha sido de nuestras vidas durante los años pasados: él ha abierto una peluquería en el barrio más exclusivo de la zona y ha conseguido captar clientes como grandes estrellas de la música y del cine. Me pregunto cómo alguien así accede a intervenir en asuntos del Gobierno, cuando lo más seguro para él sería simplemente rechazarlo, tiene mucho que perder y arriesgar; no obstante, no es momento para preguntarlo, y si ha decidido hacerlo, es asunto suyo. Decidí contarle la verdad sobre mi vida, incluida la sentimental —creo que es la única que le interesa de verdad—, de modo que cuando le dije lo del compromiso empezó a llorar, insistiendo en que era porque se alegraba de que hubiese podido rehacer mi vida, pero algo en sus ojos me decía que estaba mintiendo. Siempre ha sido muy dramático para este tipo de asuntos, y no esperaba menos de él.
Nos despedimos con otro abrazo, esta vez algo más difícil que el anterior, y me susurra:
¾    Stai attenta, principessa (Ten cuidado, princesa).
Agradezco su arrebato de sinceridad, ya basta de falsa alegría. Sabe a lo que me enfrento, a que será difícil y arriesgado, y hemos creado un lazo curioso entre ambos, de alguna manera él fue quien creó a Du'Fromagge con su ropa, maneras, peinado...
Solas en la casa, tantos recuerdos juntos me ahogan, y aunque podemos dormir unas horas, no soporto estar ahí dentro por más tiempo. Cuando llegamos dejé mis cosas en la habitación que había ocupado anteriormente por pura inercia, ni siquiera lo pensé, de manera que ella cogió la de matrimonio; y sentarme en esa cama es recordar el final de todo, el tiempo sin comer, la debilidad, la tristeza , la culpabilidad, Patrick...
Salgo de la casa, en principio sólo a pasear, no obstante, mi propio cuerpo acaba necesitando más acción, correr para no pensar, huir de mí misma tan rápido como me sea posible.

Una vez en Miami, un coche, cuyo conductor no logramos ver, ni él a nosotras, nos lleva hasta una pequeña mansión de dos plantas al lado de la costa, por supuesto en una zona exclusiva o no estaría de acuerdo con nuestras tapaderas. No es que me queje, pero reconozco que me hubiera gustado algo más discreto; me guste o no, será nuestro hogar de ahora en adelante, y Amy parece estar totalmente de acuerdo con ello, nunca ha estado en lugares de lujo y quiere disfrutarlo; por mi parte, cuando el lujo significa todo lo del pasado, buscas la sencillez más absoluta. Un agente nos espera allí con las llaves y nos explica lo que deberíamos hacer en el tiempo que pasaríamos junto a lo que dispone la casa: conexión a Internet segura, cámaras en la entrada, sistema antirrobo, dobles fondos en prácticamente cada cajón y armario... Una vez que se hubo asegurado de que lo habíamos entendido a la perfección, decidimos aprovechar la oportunidad y preguntar si será nuestro contacto con la Agencia, al principio nos dijeron que tendríamos uno pero no hemos vuelto a oír nada al respecto.
    No, afrontaréis esto solas. He sido informado de que una de vosotras dos acabó con Ronald Moore y está en grave peligro, lo siento, no tengo jurisdicción aquí.
    ¿Cuánto es ''grave peligro''? —Amy intenta ocultar su temor en vano.
    Entonces eres tú —me mira—. No sé si felicitarte por lo que hiciste o llamarte suicida —me entrega las llaves.
    Yo optaría por la segunda —repongo, tan seria como lo requiere la situación.
    No me ha respondido —Amy insiste.
    Estaremos bien —la miro para tranquilizarla.
    Ese tipo está loco, Al. Si ha sido capaz de todo lo que sabemos, imagínate si encuentra a quien traicionó a su padre.
    Él no sabe nada, así que no hay de qué preocuparse.
    De ahora en adelante no quiero más mentiras ni que ocultes nada. Iremos juntas a donde sea, no pienso dejar que ese tipo te ponga una mano encima.
    No sé si recuerdas que en eso consiste mi misión.
    Me parece que ya no tengo nada que hacer aquí. Recibiréis noticias pronto, de momento pasad desapercibidas. Suerte —el agente se despide y nos deja solas.
Nos instalamos poco a poco, revisando cada doble fondo y decidiendo un posible uso, dependiendo del lugar y de la accesibilidad, y por suerte no tardamos demasiado en ponernos de acuerdo. Colocamos las fotografías falsas que un equipo especializado de la Agencia se ha dedicado a crear en lugares salteados de la casa, la mayoría son de nosotras de jóvenes, juntas y con familiares. Bajo petición expresa, yo no tengo de las últimas, tan sólo un par con ''Amy'' en Marsella y París. No quiero que se vea que he estado en más lugares del mundo, no miraré ni un sólo dato más sobre lugares a los que seguramente nunca vaya y que deba hacer como que son maravillosos.
Al cabo de las horas, no sé cuántas, llaman a la puerta y encontramos un sobre tamaño folio cerrado con varios sellos y un ''Confidencial'' escrito en grande. No sé si sorprenderme o suspirar por lo predecible que es, esperaba algo más moderno, la verdad. El sobre contiene la suficiente información como para ponerse al día respecto a Moore, y reconozco la carpeta en cuanto la saco: es la misma que la que estaba donde los informes del día antes de irme y que me encontré aquella chica. No obstante, no hay demasiada información útil con la que empezar, la mayoría son actividades que han visto haciendo a Moore: hacer deporte por la calle, ir a la playa, asistir a fiestas de alto postín… Nada raro, en general. Por lo que no debería ser difícil llamar su atención, aunque explican detalladamente las veces que han intentado acercarse a él y alguno de sus guardaespaldas de incógnito se lo ha impedido. Por ello me necesitan a mí, si me ve antes que sus matones, él no me negará al menos hablar tranquilamente, no se mancharía las manos de esa manera. Estoy segura de que lo necesita más que yo.
    Al —Amy reclama mi atención.
    ¿Qué? —pregunto distraída.
    Creo que no te vendría mal mirar esto —me tiende unos papeles y me obligo a apartar la vista del relato de lo que ocurrió al último agente que descubrieron. Ha sido todo un detalle dejar el informe de la autopsia.
Los papeles resultan ser fotografías de un hombre joven y de pelo negro que no tardo en reconocer. A pesar del tiempo, no ha cambiado tanto como esperaba. En todas está vestido con traje y corbata y lleva gafas de sol que ocultan sus ojos azul claro; incluso en algunas lleva un sombrero a juego con la ropa para ocultarle el rostro. Más alto incluso de lo que recordaba, parece también más musculoso bajo los pliegues del traje y la camiseta de deporte que lleva en tan sólo una fotografía.
No me extraña que se haya convertido en un adulto atractivo, ya lo era de joven, pero ahora tiene un aire de seriedad que le hace mucho más distinto de lo que me esperaba. Siempre correcto y distante, en ninguna fotografía está más cerca de diez metros de nadie, y si lo está, es de un chico de más o menos mi edad, aparentemente más despreocupado, pero con la misma postura en muchas ocasiones. Quizá haya cogido un protegido, no sería raro, pero hemos de informar y tener más cuidado.
No obstante, en una imagen de cerca, casi diría de un primer plano, tiene las gafas de sol quitadas, y sus ojos celestes resaltan en la tez bronceada más que antes, aunque son fríos, sin sentimientos reflejados. Tengo que tomar aire para aceptarlo. Ya no queda nada del que conocí, cuya mirada hablaba mejor que su boca, y creo que a este ritmo tampoco quedará nada de mí. No me doy cuenta de cuánto tiempo estoy mirándole hasta que Amy me saca de mis pensamientos.
    A alguien le sientan bien los años ¿eh? Mírale, es... —suspira tras quitarme las fotografías de la mano.
    Nuestro objetivo —le recuerdo.
    Un objetivo realmente atractivo. ¿Estuviste con él? —aparta la fotos para mirarme a los ojos.
    Estuvimos saliendo.
    No me refería a eso —añade con una mirada pícara.
    Ya me lo suponía.
    Venga, Al, se quedará entre nosotras.
    No pienso hablar de ello —me levanto de la silla, intentando huir.
    Eso es un sí —me sonríe—. Y dime, ¿cómo es? Porque con ese cuerpo tiene que ser una máquina.
    Amy, ya basta —resoplo.
    Aunque, bueno, teniendo en cuenta que estás con David…
    Exacto. No pienso hablar de cuando me acosté con Moore estando prometida.
    Pues vaya. Me parece que todavía tienes un largo camino si quieres seguir con esto.

Odio reconocerlo, pero tiene razón.