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martes, 6 de agosto de 2013

Cap. 3


En el despacho, está el chaval que lo empezó todo. Tiene el pelo revuelto y el ojo se le está poniendo morado, al igual que el puente de la nariz. Sostiene un pañuelo para cortarle la sangre que sale de ésta.

    Muy bien. Cada uno me contará su versión, después haré mi informe y se lo entregaré al director para que tome medidas. Aunque no creo que haga falta decirlas —me mira especialmente a mí. Estoy a un aviso de la expulsión.

Los tres contamos las versiones. PJ y yo coincidimos, pero el otro lo cambia al completo: dice que me volví loca y que empecé a pegarle. Entonces, sus amigos intentaron separarme, pero cuando casi lo habían conseguido, entró mi grupo y también les golpearon. Los moratones que tengo es por resistirme a que me separen.

    Bueno, al parecer ya tenemos al culpable —me mira directamente.

    ¡Pero si está mintiendo! —grita PJ.

    Joven, usted será mejor que se calle. Dado al historial de vuestra…panda —apenas oculta el desprecio—, tomaré la decisión más lógica.

    Fui yo —PJ no puede creerse que me esté entregando—. Lo admito, Jonathan tiene razón. Puede preguntarle a los que nos vieron salir por el pasillo o al resto de la clase. Incluso a los profesores que me conocen, si no tiene suficiente información. Estarán encantados de soltar pestes de mí.

    Entonces, en ese caso… Pueden retirarse. Señorita Sanders, usted debe quedarse para hacerlo oficial —PJ sale lleno de rabia hacia el otro que esboza una sonrisa de triunfo.

Tengo miedo de lo que sea capaz de hacerle PJ o el resto a Jonathan cuando estén a solas.

 Una vez ellos fuera, me tiende un papel que firmo ignorando la voz de mi cabeza que dice: «No lo hagas». Seguramente sea la carta de expulsión, pero ni me molesto en leerlo. No he hecho caso a nadie, he creído que era mejor de ellos cuando es obvio que no soy más que un peón en esta estúpida partida de ajedrez que llaman vida o burocracia.

Inmediatamente después  de que guarde el papel en su cajón, entran dos hombres trajeados. Sin pronunciar más de lo estrictamente necesario como: «Venga con nosotros» o «En un momento se lo explicaremos todo», me llevan por el pasillo hasta una sala pequeña que jamás he pisado y que lleva sin usarse desde que puedo recordar. Con una mesa ancha en el centro y una silla a cada lado. Ahora puedo verlos con claridad: ambos altos y bastante intimidantes. No hay ni siquiera una sombra de la mínima sonrisa; es más, quedaría demasiado extraña en sus caras tan serias. Lo único que rompe la linealidad de su rostro son unas gafas cuadradas y negras en uno y una barba alrededor de la boca del otro. Todo en ellos es escalofriantemente negro. Prácticamente me obligan a sentarme y comienza a hablar uno de ellos:

    Hola, Alice —toma el control el de las gafas.

    ¿Quiénes sois?

    Más tarde hablaremos de eso. Ahora escucha: ¿Quieres que borremos tu historial?

    Vale, ahora en serio: ¿Quiénes sois?

    Gente que puede ayudarte. Borraremos tus antecedentes y los de tus amigos. Hay alguien que está en graves problemas ¿no es cierto? Pues bien, nosotros lo haremos. Borraremos todos los antecedentes de tus amigos, quedará en el olvido: será como si acabasen de nacer.

    A cambio de…

    Ti. Vendrás con nosotros y... nos harás un favor. Te ofrecemos una nueva vida a cambio de un periodo corto de tu vida.

    ¿Cuánto?

    Unos dos años. Te entrenamos y el resto es cosa tuya.

    Y ¿qué tipo de favor, si puede saberse?

    Todavía es pronto. Ayudarías a la policía de manera extraoficial.

    Ya… Espera que tengo que hablarlo con el Presidente, no sé si le va a gustar que no vaya a cenar. Pero es un buen hom…

    ¡Basta! Te estamos hablando en serio —parece perder los nervios el otro hombre que no había hablado hasta ahora.

    Tranquilo hombre de negro, yo también. Si tan sólo me dejáis un móvil, le doy un toque y…

    Niña, con esto no se juega. No te estamos consultando, sino reclutando.

    Resulta —dice, calmado, el de las gafas y se sienta en frente de mí— que llevamos trabajando en esto muchos años y no nos han dado luz verde para lo que pretendemos hasta ahora. Contigo.

    Quieres decir que me necesitáis ¿no? Cuán divertido —sonrío con sorna—. Unos trajeados dependen de una chica de casi dieciséis años.

    Es un programa de reinserción…diferente —el de la barba se tranquiliza.

    Pero si yo estoy muy integrada —recalco aún con un deje burlón en mi voz.

    ¿Hace falta que te recordemos que estás obligada a venir?

    Y ¿qué pasa si me resisto? ¿Me vais a arrestar?

    Por el momento, meteremos a tus amigos. Después, a tu hermano y, cuando te sientas más sola, a ti. Comprende que podemos inventarnos cualquier cosa: una mancha aquí, un arma allá… y cadena perpetua —resulta que el de la barba da más miedo de lo que parece. Tengo que tragar aire para comprenderlo todo.

    Estamos dispuestos a pasar tu insolencia por alto, incluso también lo de tu padre.

    ¿Mi padre? ¿Qué tiene que ver él en esto?

    No lo sabe —comenta el otro.

    ¿El qué tengo que saber?

    Tu padre está imputado en un caso importante. Es el único sospechoso y, debo decir, le podrían caer más de 10 años.

    Eso no puede ser, él no ha hecho nada malo.

    A la vista no, pero las investigaciones llegan hasta él. La cantidad de dinero desparecido es muy grande y las cuentas cuadran con los robos.

    Os lo estáis inventando.

    Temía que esto sucediera… —me tira una carpeta llena de papeles— Tómate tu tiempo, no hay prisa. 

Lo leo poco a poco, intentando asimilar todo lo que pone. No están mintiendo, es cierto.

    Papá, ¿qué has hecho? —murmuro.

    ¿Ya te has convencido? ¿Vendrás sin oponer resistencia? —está claro que no están acostumbrados a tratar con adolescentes.

    ¡Pero ni siquiera sé qué tendré que hacer!

    Te lo explicarán pronto. Lo primero es salir de este barrio… —se detiene al ver que me pongo a la defensiva de lo que pueda decir— Te llevaremos lejos —concluye.

    ¿A dónde?

    Deja de hacer preguntas —se cansa el barbudo.

    No adelantes acontecimientos, te lo iremos diciendo sobre la marcha.

    Pues…supongo que acepto. ¿Cuándo empiezo? —me incorporo.

    Tranquila muchacha, tienes dos días. Pasado mañana a primera hora te recogeremos en tu casa. Y no te preocupes por tus padres, nosotros hablaremos con ellos.

    ¿Entonces, me voy, así de simple? ¿Y vosotros borráis todo, sin protestar ni poner condiciones?

    Eres la perfecta para el puesto. Habrá que retocarte un poco, pero sí. Nadie sabe ni sabrá nada de lo que se ha hablado aquí —se levanta y me dirige a la puerta. —. Lo que has firmado antes era un contrato de confidencialidad, así que ni se te ocurra comentarlo o retiraremos la oferta.

 

 

A la salida, los demás están esperándome en la puerta, con las navajas sacadas.

      — ¿Algún problema, Baby? —Hood pregunta.

    Me expulsan. Ya veré qué hacer —me encojo de hombros.

    Hijos de… Ese director se va a enterar —se tensa.

    No, te vas a estar quieto. Tú y todos —dirijo una mirada severa a PJ— ¿entendido?  —asienten y nos vamos a la cueva.

PJ se encierra en su habitación y, como todas las veces que lo hace, no permite a absolutamente nadie entrar. Vemos la televisión, intentando pasar por alto esta mañana, pero la tensión es claramente visible. Notan los golpes cuando intentan bromear conmigo y tengo que parar, doblada sobre mí, porque me han dado accidentalmente.

Se hace tarde y me voy a casa sin dirigir la palabra a nadie. Supongo que tomarán mi silencio como preocupación por que me hayan expulsado.

 

Al llegar a casa, mi madre está con los ojos llorosos y mi padre más serio que nunca. Ya han hablado con ellos, lo que yo diga ya no importa.

Entro en mi habitación sin dirigirles tampoco la palabra a ellos. Ni siquiera tengo hambre para comer ni cenar y tengo el teléfono apagado. Me apetece estar tranquila el mayor tiempo posible, ya que me parece que en poco tiempo no tendré la oportunidad de estar relajada más de diez minutos.

Aunque me acuesto tarde, no consigo dormirme. Al cabo de poco aparece mi madre:

    Cariño, ¿por qué lo has aceptado? —suena más dulce que nunca.

    No podía rechazarlo—me incorporo sobre los codos.

    ¿Por qué?

    Limpiarán el historial de quien se lo pida.

    ¿Y por tus amigos vas a poner tu vida en peligro?

    Ellos lo harían por mí —asunto zanjado. No voy a decirle nada de mi padre; suficiente tiene con perderme durante dos años—. ¿Qué vamos a contarle a la gente? De momento son 6 meses, pero después…

    Mañana te lo contaré. Tenemos que pensarlo papá y yo —sabe que no quiero hablar de esto, y se va, dejándome de nuevo a solas con mis temores.

No sé qué espera de mi padre, por su culpa, principalmente, es por lo que no tenía elección; pero, por supuesto, él no sabe nada que le han pillado y que iría a la cárcel si no fuese por mí. No puedo hacerle esto a mi familia. Sé que se merece estar entre rejas, pero mi hermano y mi madre no tienen la culpa.

Cap. 2


Al despertarme no estoy en el mismo sitio, sino en mi cama; con una chaqueta con el número 7 sobre la silla del escritorio. Me incorporo sobre los codos y miro el despertador; las doce de la noche. ¿Cuánto he dormido? ¿Cuándo me han traído aquí y quién?

 

Al llegar al instituto al día siguiente, intercambio la chaqueta a PJ sin dirigirle la palabra y él, para prevenir cualquier mala reacción, tampoco me habla. Después, nos despedimos de los que no entran en el instituto bien porque les han echado o porque no han terminado la secundaria en los años establecidos.

De media, todos son mayores que yo en dos años como mínimo; de ahí mi mote.

Hood —un chico de origen latino que antes de entrar en el grupo no paraban de meterse con él y pegarle, ahora es uno de los que más respeto infunden—, PJ y yo somos los únicos que, de momento, vamos sacando los estudios, aunque con cincos.

Ya en clase, Jess, la única que está conmigo ya que ha repetido dos veces y como no apruebe este año me temo que no podrá volver, me pregunta:

    ¿Qué pasó ayer con PJ?

    ¿Por qué tiene que pasar algo?

    Venga ya, saliste cabreada. Si hasta se te olvidó la chaqueta.

    Vale…me prohibió fumar y meterme en peleas. Incluso en las de todos. Dice que es mejor para mí. Vaya tontería —añado con un murmuro.

    En eso tiene razón.

    ¿Tú también? —estoy hartándome de que pongan eso siempre como excusa para que no pueda hacer nada.

    Eres la pequeña, comprende que…

    ¿Que manejo la navaja mejor que nadie del grupo? —no la dejo terminar.

    Bueno eso es verdad, pero…no sé. Nos sentimos responsables.

    No tenéis por qué.

    Ya… Eso es fácil de decir.

La clase comienza y se pasa rápido, esta profesora es la única que no nos desprecia y, si lo hace, al menos tiene la delicadeza de ocultarlo magníficamente. Sus clases son no están mal: siempre humilla a alguien, pero de forma tan divertida y sutil, que él apenas se da cuenta. Sin embargo, el resto sí.

Con el timbre salimos a ver a Hood. Según Jess me ha dicho, nos está esperando fuera;  pero la profesora nos para justo antes de salir.

    Chicas —nos damos la vuelta— Tened cuidado, las cosas están calientes.

    No se preocupe, sabemos cubrirnos las espaldas —responde Jess (también de origen latino).

    Eso parece —señala con la cabeza a la puerta, es decir, a Hood y salimos.

Jess me ha vuelto a engañar: no es Hood quien nos espera. Él sólo quiere hablar conmigo, o eso creo. Suspiro y, con la cabeza gacha, intento evitarle, no obstante, me agarra del brazo:

    Rubia, espera.

      — Ah, ¿ahora no soy pequeña para hablar contigo?

    No empieces. Jess…

    Sí, tenía que… Bah, ¿qué más da? Tenéis que dejar de pelearos, no hace bien al grupo. Así que arreglaos ya, por favor. Sois desesperantes —añade mientras desparece por el pasillo.

     Hay que hablar —entra en clase ante la mirada de desprecio de algunos aún agarrándome del brazo.

    ¿Me sueltas ya? —le desafío y se aparta— Gracias. ¿Qué quieres?

    Pedirte perdón. Ayer me pasé.

    No me digas —continúo desafiante y sarcástica. El sarcasmo es una de mis mejores armas.

    Entiéndeme, no quiero que te ocurra nada malo. Quiero protegerte.

    Ya… —aparto la mirada.

    ¿Solucionado?

    No todo es así de fácil ¿sabes? No puedes obligarme a cambiar y luego hacer como si nada, PJ.

    Lo siento, pero lo hago porque te… porque no queremos que te eches a perder. ¿Qué hay de esa chica que soñaba con estudiar medicina?

    Se fue por el desagüe con el resto de la basura. Esto es lo que quiero y lo que soy. Si me aceptas, bien; si no, ya sabes —extiendo un brazo señalando la puerta.

    A veces juro que te odio.

    Jurar en vano es pecado. ¿Estás seguro de querer añadir otro más a tu lista personal?

    Mira qué graciosa me ha salido la niña —le sonrío exageradamente—. ¿Me perdonas? —me mira a los ojos.

    De momento. Ahora vete antes de que pueda cambiar de idea o me salgas con alguna otra de tus tonterías.

Sonríe y para mi sorpresa me abraza con fuerza. Coloca las manos en la parte más baja de la espalda y juraría que me ha metido la mano en el bolsillo de atrás. Pero antes de que pueda decirle algo, suena el timbre y sale casi corriendo.

    Ya veo que bien —me sonríe.

    Hasta que vuelva a soltar alguna estupidez de las suyas.

    Venga ya, si eres incapaz de enfadarte con él más de diez minutos. No me digas que no han sido de las peores horas de tu vida las que no os habéis hablado.

    ¿Qué quieres decir?

    Como si no lo supieras, picarona.

    ¿Picarona? ¿En serio? —me río y me imita.

Es verdad que no me gusta enfadarme con PJ y que lo paso mal cuando le veo y no puedo bromear con él, pero no acabo de entender lo que ha dicho Jess.

Las clases se pasan bien, aunque casi no puedo soportar los comentarios de algunos. Como sigan así acabaré estallando.

     En el recreo nos reunimos todos de nuevo en las escaleras de la entrada. Cuando empiezan a circular los cigarros, PJ, sentado a mi lado, lo coge cuando me lo pasan y le tal calada que lo acaba.

    Podrías haber dejado un poco.

    Ya te lo dije. No vas a fumar.

    Si me lo quitas de golpe va a ser peor.

    Eso ya veremos. Chicos, como alguien pase algo a la rubia, se las tendrá que ver conmigo, ¿entendido? —todos asienten sin rechistar.

Nadie duda de su liderazgo, y menos cuando se pone tan autoritario. Sobre todo porque él ha sido capaz de unificarnos aún más y gracias a sus decisiones, hemos ganado todo tipo de peleas que se nos han puesto por delante.

    Puedo conseguirlo por mi cuenta —protesto.

    Sabes que el camello sólo se fía de mí en este barrio. Aunque vayas, no te lo dará.

    Qué asco de soberanía —murmuro y consigo arrancarle una sonrisa sin darme cuenta.

 

De nuevo en clase, en el último descanso del día no puedo aguantar más los comentarios de los estúpidos de clase. ¿Quién se creen? Si fuesen mejores que el resto, no estarían en este barrio, sino en otro con gente de ‘’su nivel’’.

Oigo una conversación y me acerco para confirmar mis sospechas de lo que llevan hablando semanas, incluso meses. Participan varias personas sentadas en la mesa del profesor.

    Tienen que expulsarla.

    Van a hacerlo, no va a seguir de rositas, tranquilo. Tarde o temprano esa zorra acabará entre rejas, si no tirada en una cuneta —maldito Jonathan…

    Su banda no la va a proteger más. Tienen que estar hartos de ella.

    Hay que hacer que los echen, a todos.

    Son peligrosos: llevan navajas y saben pelear —por fin alguien que parece tener sentido común.

    No pueden hacernos nada, he oído que el cabecilla está fichado. Si le vuelven a pillar lo encierran —Jonathan antes era mi amigo. Antes de que entrase en el grupo y le rechazase delante de todo el instituto haciendo que se riesen de él.

    Tendrían que encerrarlos a todos, no hay ninguno bueno —aunque Jess me aprieta la muñeca previendo lo que quiero hacer, me libero y, harta, le agarro de la camiseta y estampo a Jonathan contra la pared.

    Repíteme lo que has dicho a la cara, cobarde.

    Baby, déjale. No merece la pena —le suelto a duras penas. No consiento que digan nada malo en contra de mi segunda familia.

    Jess, ve a decírselo a PJ. Di que le he soltado. A ver si así se convence de la clase de calaña que hay aquí.

    Ven conmigo.

    No. Más tarde hablaremos —el que fue mi amigo y yo nos miramos de reojo.

    ¿Seguro?

    Estoy bien, Jess —asiente casi a regañadientes y se va corriendo.

    Vete a avisar a tus amiguitos los delincuentes —se atreve a decir cuando estoy sola—. Ojala os pase algo y no salgáis nin…

No le da tiempo a terminar, porque antes ya tiene mi puño en su boca. La sensación de alivio que siento no es comparable ni con cien cigarros verdes. Apenas me da tiempo a disfrutarlo cuando alguien me coge del pelo por detrás. Veo como cierran la puerta y uno se queda vigilando fuera. ¿Cómo pueden odiarnos tanto? No hacemos nada malo.

Me sujetan los brazos a la espalda y tiran mi chaqueta al suelo. Después de pisarla y escupirla, Jonathan, al que le he dado el puñetazo, me coge de la barbilla y me dice:

    Me da igual que seas una chica, pienso pegarte igual que tú a mí.

Antes de que pueda decir nada me golpea en la nariz. Noto el sabor a sangre en la boca y cómo llega a ésta, incrementando la sensación. Sólo es el comienzo de una lluvia de golpes que ni siquiera acierto a ver de dónde vienes, a pesar de mis pataleos consiguen darme una paliza antes de que entre de golpe PJ y me lleve en brazos hasta el baño de las chicas mientras el resto del grupo entra en bandada en mi clase.

    ¿Qué ha pasado? Jess me viene diciendo que te has resistido de pegar a un tío y luego veo cómo te pegan —está muy enfadado.

    ¿Por qué no me has dejado seguir? Te aseguro que me las hubiera pagado.

    Ya veo cómo. Casi le rompes la nariz a un tipo. ¿Esperabas que no te lo devolviera por tu cara bonita?

    ¡Nos estaba insultando! ¡Nos decía que ojala nos muriésemos! ¿Qué quieres que haga, que me quede de brazos cruzados? —estallo.

    Pues sí. En eso consiste lo que te dije. En darte cuenta cuándo merece la pena…

    Ustedes. Vengan conmigo. Ya —el sub. director nos interrumpe y nos lleva a su despacho en silencio.

El pasillo ahora está misteriosamente silencioso y, mientras andamos, intento limpiarme la nariz, mas me duele demasiado para tocarla, así que me limito a repasar los golpes.

    ¿Dónde te han dado? —se interesa al fin PJ.

El despacho está en el edificio de en frente, así que tenemos algo de tiempo para hablar. No hace falta que nos guíe porque nos sabríamos el recorrido aun con los ojos vendados, pero es parte del protocolo. Por suerte, nos deja cierta intimidad.

    No tengo tantas manos para señalarme —me miro el abdomen con la camiseta ligeramente subida. Me duele al tocarme y están empezando a notarse los golpes.

    Déjame que te mire —nos paramos un instante y me observa con ojo crítico. Suele ser Andy quien evalúa los daños que recibimos en las peleas, aun así, él entiende lo suficiente—. No tienes nada roto, pero te va a doler bastante.

    Ya lo suponía.

    Chicos, no os retraséis. Sanders, por favor, tápese —se resigna y obedezco.
No hablamos más hasta llegar al despacho. PJ apoya su brazo en mi hombro en señal de apoyo y protección. Ahora toca aceptar las consecuencias, no permitiré que lo haga el resto.

Cap. 1


      — ¡Por fin! —exclamo y me levanto de la mesa.

    ¿Adónde vas?

    Fuera —saco un cigarrillo del paquete de tabaco y la bolsita que lo acompaña. Después, sin que lo vea, me lo guardo en el bolsillo.

    No he dicho que puedas salir —el intercambio pasa y no me a dar tiempo a nada como siga así.

    El timbre significa que salgamos, y yo, obedezco —sin darla oportunidad de contestarme salgo de clase. El pasillo se va llenando.

    ¡Oye! La autoridad soy yo. Voy a decírselo al tutor y esta vez te expulsarán — lleva con la misma cantinela casi todo el curso.

La profesora, siempre tan entrometida en asuntos que no la conciernen. Algunos dirían que lo hace Qormi bien, igual que mis padres cuando me prohíben estar con mis amigos o el resto de la gente que no para de intentar convencerme de que estoy echando mi vida a perder. Yo sé lo que hago, no necesito niñeras.

Llego al baño, abro el cigarro y le echo el contenido de la bolsita. Cuando toma un ligero tono verdoso lo cierro y lo enciendo. Me da igual que me vean las que entren. El tabaco —y lo que no es tabaco— consigue relajarme. Exhalo el humo a un lado cuando Jess entra.

    Tía, esta vez te has pasado—tomo una extensa calada—. Es verdad lo del tutor, acabo de verla ir a por él. Y sabes que con esto —me quita el cigarro de la mano— ya estás fuera.

    Dámelo. Mejor, así salgo de esta mierda de sitio. No puedes hablar, ni solucionar tus problemas por ti mismo…

    Porque tu forma de hablar es dejando en ridículo y solucionas los problemas a golpes.

    Así se ha hecho toda la vida y así seguirán —entran otras tres chicas y bajo el cigarro después de dejarlo por la mitad.

    Dame un poco, anda.

    No que te expulsan —me burlo de ella y le dejo una pequeña calada—. Venga vete, a ver si te van a decir algo.

Me quedo con la mente en blanco hasta que vuelve a sonar el timbre: espera, eso no es el timbre, es la alarma de incendios. No pienso perder este trozo de cielo. Lo apago contra el lavabo y me lo guardo de nuevo.

En el pasillo, me uno a todos los que salen corriendo, sin apenas poder ocultar la sonrisa. Me encuentro con los de último curso, mis amigos PJ y Hood.

    Al final lo has conseguido —dice PJ entre risas.

    Dije que lo haría —le respondo de la misma manera.

    ¿Te queda algo? — ahora es Hood.

    No mucho. En una hora donde siempre —quedo con ellos—. Tengo que escaparme, saben que he sido yo.

    ¿Cómo lo van a saber, Baby? —nunca me llaman por mi nombre; prefieren poner motes. En verdad es más seguro porque, si a alguno le coge la policía, no puede incriminar formalmente a nadie.

    ¿Porque ya me han pillado varias veces y me han visto, quizá?

    Hecho. Los demás estarán allí, supongo —empiezan a gritar y consiguen abrirse paso entre la multitud después de que PJ me ponga su gorra.

Me bajo la gorra de PJ y consigo salir sin que me vean, confundiéndome entre la multitud.

Al llegar a la cueva me reciben con felicitaciones. Quieren saber cómo lo he hecho pero me abstengo de mentir y les cuento lo que pasó en verdad; no me hace falta fanfarronear con ellos. Ya no.

 La cueva, como nosotros lo llamamos, es una casa de dos plantas abandonada a las afueras del barrio. Tenemos varios sofás, una tele con videoconsola e incluso una pipa de agua. En el grupo somos catorce, digo grupo, no banda. La gente suele confundirlo, nosotros no robamos ni montamos peleas ni tenemos un territorio. Tan sólo nos defendemos unos a otros como una familia. Cada uno tiene una chaqueta de cuero negra con un lobo aullando en la espalda y un número en la parte izquierda y en la manga derecha. El lobo corresponde a como nos llamamos, “The Wolves”. Cada uno tiene un número en particular: Hood, el 4; PJ el 7; yo, el 9; Jess el 21. Los números son personales y cada uno elige el suyo.  

     Llevo con ellos desde poco después de mi 14 cumpleaños, así que soy la más pequeña de todos con casi diecisiete. Conseguí entrar porque, un día, al salir del instituto, vi a unas chicas más mayores que yo meterse con otra de un curso anterior al mío. No lo dudé y la defendí, incluso a golpes —mi barrio es así—, con la suerte que era la hermana de uno de nosotros (de Hutch, el que daba la cara ante los problemas en ese momento. Ahora es PJ). Es una especie de jefe, pero sin imponer ningún tipo de ley aparte de no meterse en líos. Entré directamente a pesar de las quejas porque no era como ellos. Son algo así como marginados sociales: gente de color, latinos, algunos con problemas familiares serios… Por el contrario, yo vengo de lo que podría denominarse una familia normal.

PJ me ayudó, pero finalmente me afiancé cuando, en una pelea, saqué mi navaja —con la que llevaba practicando un tiempo— y salvé a la novia de Hood. Es por eso por lo que nos llevamos tan bien.

    Vale, ¿y dónde está PJ? Tengo que devolverle la gorra.

    La gorra, claro…Mira arriba, seguro que está —responde Ray, otro más del grupo. Somos más de lo que parece.

Subo las escaleras. La parte de arriba tiene una cama grande en una habitación, las otras dos están reservadas para los graffiti. Una es sólo de PJ, no sólo firma como el resto, él es un verdadero artista. Con un spray es capaz de crear dibujos dignos de cualquier museo. Cuando pinta toda la habitación, la fotografiamos antes de dejarla como nueva para que cree otra obra de arte.

    Te está quedando muy bien —le sorprendo. Está haciendo un enorme lobo blanco con unos ojos azules iguales que los míos— Me gustan sus ojos —bromeo.

    Ah, hola —me sonríe un poco—. Gracias. No sabía qué dibujar y pensé en ti. Me vino a la cabeza como un rayo y empecé —dice tras bajarse el pañuelo que llevaba en la boca.

Si pasas tanto tiempo como él con un spray en la mano, puede ser realmente perjudicial para la salud, sin contar el tabaco o el alcohol que estamos todos acostumbrados a beber casi a diario.

Se seca el sudor de la frente con la camiseta de tirantes sucia. Tiene el pelo rubio y corto manchado casi al completo de blanco, lo que le resalta los ojos oscuros como el ébano.

    ¿Cuánto tiempo llevas? No hace tanto que no entro aquí.

    Un par de días; no he dormido en casa. Preferiría que lo vieras terminado, pero ya nada —vuelve a intentar sonreír, pero le conozco lo suficiente para saber cuándo es una sonrisa fingida. Incluso los motivos.

    ¿Ha vuelto a hacerlo?

    Sí, y esta vez me metí —toma aire—. Después de romperle la nariz de un puñetazo me ha echado de casa.

    Tendrías que haberlo denunciado. Ahora tiene por dónde agarrarte.

    Sabes que iba a darle de todas formas.

    Pensaba que tenías más cabeza.

    ¡Pega a mi madre! ¿Cómo quieres que reaccionase? —no puede controlar la rabia y tira el spray contra la otra pared aún limpia.

    Lo siento ¿vale? No hace falta que grites. No soy idiota —Hood y yo somos los únicos a los que permite que le planten cara; con la diferencia que Hood de vez en cuando se llevo un golpe.

    Es que no sabes lo que es ver eso a diario y no poder hacer nada. Pero el problema es que ella se lo permite.

    ¿Has dormido aquí? —Cambio de tema y asiente como respuesta mientras se deja caer contra la pared de enfrente al dibujo— Ven a mi casa, puedes quedarte un tiempo.

    No quiero meterte en líos.

    ¿Qué líos?

    Venga ya. ¿Un ladrón de coches y graffitero que enseña a usar la navaja y mete en peleas su hermosa niñita durmiendo en su casa, al lado de ella? Sí, claro. Estarán ansiosos —dejo que se me escape una sonrisa.

    Ex ladrón—recalco—. Ellos no saben nada de eso. Les diré que tus padres están de viaje. Y no eres un simple graffitero, eres un artista, te lo he dicho mil veces —me siento junto a él en el suelo.

    No lo seré hasta que alguien importante lo diga. Yo no sé pintar en cuadros, y es lo que le gusta a la gente.

    Yo lo prefiero así, tiene más…sentimiento. ¿Y qué es eso de que nadie importante lo dice? ¡Yo lo digo! ¿Qué pasa, yo no soy importante? —le sonrío abiertamente y responde de la misma manera.

    Pues claro, rubia —es el único que no me llama Baby. Me pasa su brazo por los hombros—. Sobre todo para Hood, si no hubieras entrado ese día, seguro que hoy no estaría con nosotros.

    ¿Y para ti?

    Yo…no sé. Me das en qué pensar, cuando no fumas hierba, quemas el colegio.  —sonríe entre dientes, pero vuelve a ponerse serio al instante—. No quiero que te metas en eso. Tienes que dejarlo ya. Igual que las peleas.

    ¿Por qué, si todos lo hacéis? Y te repito que lo de esta mañana fue sin querer.

    Por estar fumando hierva. Ha sido un aviso. No quiero enterarme que lo vuelves a hacer, eres muy pequeña. Que nosotros lo hagamos no significa nada, no te querremos menos por ello, incluso más, porque estás creciendo y aprendiendo a cuidarte —me regaña.

    Entonces tú sigues en los 11. Porque no te veo con intención de dejarlo — ¿quién es él para decirme nada?

    Yo tengo motivos. Pero tú tienes una familia que te quiere y se preocupa por ti. No, tienes dos: nosotros también contamos. ¿Si nos tirásemos de un puente, irías detrás?

    Posiblemente. Y no lo haría por el grupo —me pongo en pie enfadada—, sino por ti, idiota.

Durante este tiempo ha sido en quien me he apoyado y me enerva ver que es tan tonto de no darse cuenta de lo que tiene ante los ojos.

En un momento me falta el aire y tengo que salir corriendo de aquí. No voy a casa; ni con Jess, mi mejor amiga; ni siquiera a la caseta del conserje —inexistente— del instituto. Me quedo en el parque, pasando frío porque se me ha olvidado la chaqueta. Me tumbo junto a un árbol, mirando las estrellas y pensando por qué todos insisten en que cambie cuando yo así estoy bien. Hago lo que quiero y cuando quiero. Es cierto que algunos compañeros me temen, pero así es mejor; no se meten conmigo y no me dan problemas.

Antes era una  chica solitaria y ahora tengo un grupo de amigos fieles que me quieren tanto como una segunda familia, ya que sospecho que la mía también me teme. Mis padres apenas me regañan y, lo poco que lo hacen, es midiendo con mucho cuidado sus palabras.

El grupo me conoce lo suficiente para no seguirme las veces que salgo rápido, por pocas que sean; aunque han aumentado porque ahora pierdo los nervios PJ con más facilidad. Antes de poder darme cuenta, ya he caído rendida en medio del parque.

Parte 1. Prólogo


PrólogoNunca olvidaría el tiempo que pasó junto a ella. Sabía que era más joven que él —había empezado el colegio dos años más tarde de lo normal por el trabajo de su padre— y aun así creía que no volvería a sentir tan fuerte.

Ella, con tan sólo quince años, le enseñó el mundo y le dio una razón por la que vivir. A pesar de llevar toda la vida en el mismo colegio, no terminaba de encajar. Era un chico retraído, solitario y poco sociable. Algunos le temían por culpa de su progenitor y otros le envidiaban, pues podía tener la chica que quisiera con su actitud misteriosa, para él natural, y su físico —alto, moreno de piel, pelo negro y una marcada sonrisa que empezó  aparecer cuando se conocieron. Todo esto rematado por unos grandes ojos azules como el mar Caribe—; de todas formas, sólo una consiguió que se abriera al resto de la gente y que descubriera que los finales felices podían existir realmente. En esto se equivocaba: como descubrió un tiempo después, las verdaderas historias nunca tienen un final. Siempre quedará algo que, aunque pienses que se ha acabado, hará que revivas todos esos recuerdos y la historia seguirá sin que puedas evitarlo.

Ella era extrovertida y divertida. Él aprendió a ser igual y a contentarla hasta que se convirtió en amor, más sincero de lo creíble, incluso. Él intentó evitarlo, la agarró con fuerza para que siguiese siendo suya, no obstante, fue precisamente eso lo que los separó. Se implicó en el negocio de su novio; se dejó llevar por los lujos y el poder; y cuando quiso salir, fue demasiado tarde. Él, sin saber por qué, se quedó solo de una día para otro. Ella, sin entender nada, desapareció de repente.

La buscó durante días, meses; pero, al final, su padre le hizo entender que todo en la vida viene y va, que lo mejor es utilizar a las personas el tiempo necesario para obtener lo que quieres de ellas y no implicarse, pues el amor está sobrevalorado: proporciona unas semanas de felicidad a cambio de una eternidad de sufrimiento.

Él hizo de las palabras que, egoístamente, su padre le confió una religión. En los siguientes años, pasó a ser respetado en el instituto y, sobre todo, admirado. Se aprovechaba de todas las chicas que tuviera ocasión de cortejar y, teniendo en cuenta su actitud chulesca, su físico de dios griego y su labia, eran bastantes. Se especializó en todo tipo de mujeres: altas, bajas, tímidas, descaradas, adultas, adolescentes, extranjeras que buscaban un guía y se llevaban una noche loca y una mañana de desilusión al comprobar que su príncipe azul se había convertido en sapo y había saltado por la ventana…

Sin embargo, toda la experiencia de los tres años de absoluto libertinaje y, por supuesto, todas las clases de excesos, no le sirvieron de nada cuando el amor volvió a llamar a su puerta. Tras conocerla, se quedó tan impresionado y confuso a la vez, que no pudo evitar buscarla y mover los hilos necesarios para estar en la misma clase que ella, una vez averiguado el curso que estudiaría y tener la tremenda suerte de ser el mismo que el suyo, ya que sabía de adelanto que iba a incorporarse al mismo instituto que él.

Y es que no podía evitar recordar a su primer amor, Sarah, cada vez que pensaba en el encuentro con la chica nueva, pues eran realmente parecidas: ambas rubias, un tanto descaradas y con un brillo de vida y misterio en sus ojos azules que pararía el corazón a cualquier chico de la misma manera que le había ocurrido a él.
Pero hay algo de lo que estaba seguro, ninguna era como el resto de chicas y debería esforzarse al máximo para poder conseguirlas. No permitiría que Alice se le escapara.

jueves, 18 de julio de 2013

Nota

Con este últimos post ya se acabó 'Sin Nombre'. En primer lugar quiero agradecer a todos el apoyo y la ayuda que me han proporcionado a lo largo de los meses en los que estuve escribiendo y ahora también, ya que estoy inmersa en otra historia más. No me gustan decir nombres propios, pero tanto como la primera lectora de todo esto en completo, mi ''ayudante personal'', amigos, familia, o la que me ha diseñado la magnífica portada, saben que los quiero.
Si queréis saber algo en especial, cualquier pregunta, la responderé en los comentarios.

Michas gracias por estar en este viaje conmigo,

Elisabeth Finley.