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jueves, 11 de julio de 2013

Cap. 10


Cojo un taxi al hospital y después de identificar su pequeño cuerpo, débil y sin vida, me encuentro a Tom. Le doy un puñetazo con todas mis fuerzas y sé que mi reacción no es apropiada, sin embargo es lo único que se me pasa por la cabeza antes de derrumbarme. Lloro en su hombro todo el tiempo que me permiten mis ojos antes de secarse.

Gracias a él consigo hacer todo lo que necesito para organizarla un entierro digno, que él mismo se encarga de costear. Me ha acogido en su casa y me ha comprado ropa, solo que aún no hemos hablado de lo que pasó. Agradezco que no me haga preguntas, pues se me han acabado las lágrimas de tanto llorar a escondidas por las noches. 

En unos días organizamos el entierro, al que vamos Tom, algunas enfermeras y yo. Ahora más que nunca desearía poder tener a Alex para compartir nuestro dolor, aunque tampoco sería igual del todo, él me comprendería.

Me siento al lado de su tumba, apoyada en el epitafio con los ojos cerrados. Ya no tengo dudas de hacerlo, debo encontrar el momento y el lugar, pero la decisión está tomada.

    ¿Te llevo a casa?

    Me voy a quedar aquí —casi puedo oír la risa de mi pequeña y tomo aire.

    Para el taxi —me coge de la mano y deja dinero.

    Gracias por todo —hablo sinceramente—. No me lo merezco.

    Quizá no, sin embargo Lily sí. ¿Cuándo te vas?

    Pronto. Unos tres o cuatro días para organizarme.

    ¿Y tus padres? — ¿Cuáles de todos?

    No saben nada. Por eso me marcho en tan poco tiempo. Ya veré si voy a volver.

    Antes de nada quiero decirte… —toma aire— lo siento mucho.

    ¿El qué?

    El beso. No debería haberlo hecho.

    Te pedí ayuda y me la diste. No pienses en eso —al menos yo ya no lo hago.

    No le quites importancia; yo soy un adulto, y tú una cría.

    Tom, basta. No es el momento ni el lugar.

    Nunca lo es. Podría doblarte la edad, Alice.

    ¿Cuántos años tienes?

    Veintinueve. Y tú diecisiete, es una locura, lo sé. No obstante…yo…

    No sigas. He cambiado de opinión: me marcho hoy —me pongo en pie.

    ¿A Francia?

    Lejos. Dejémoslo ahí. Quédate la ropa o dónala, haz lo que quieras —beso la tumba de Lily y me dirijo a él antes de irme a hacer una tarea pendiente—. Gracias de nuevo —tras una intensa mirada por su parte me alejo lentamente.

 

Poco a poco las ideas van tomando forma en mi cabeza mientras espero pacientemente a que me dejen pasar. Esta vez no estaremos solos, teniendo en cuenta lo que hice la última vez. Abren la puerta y entro con un alguacil a la pequeña sala con una mesa en el centro y una silla a cada lado de ésta, incluido un preso horriblemente familiar. En lo que me queda de vida visitaré otras dos cárceles más para arreglar los cables del pasado sueltos.

    ¿Sabes? Mereces que te quemen en una hoguera, ya que tanto te gusta el fuego.

    Yo también me alegro de verte. ¿Esta vez no me vas a sacar sangre ni a dejarme inconsciente?

    Traigo niñera —señalo a mi acompañante con la cabeza—. Y también noticias del exterior.

    Adelante —se recuesta en la silla.

    Yo que tú no me pondría tan cómodo. Aún puedo darte un buen puñetazo; y no sabes las ganas que tengo.

    Eres muy valiente con un hombre esposado a una mesa.

    Y tú con niños y una mujer indefensos —le acuso—. Recuerda que te quedan bastantes años aquí y a partir de hoy estarás con el resto de presos.

    ¿Qué noticias traes? ¿Te has roto una uña o la ropa ya no te va con el pelo?

    No cambies de tema porque lo que te voy a decir tiene mucho que ver —tomo aire—. Mi hermana se ha muerto.

    ¿Y a mí qué? ¿Esperas que te dé el pésame? A cada uno le llega su castigo de manera distinta.

    En realidad la han matado —le miro a los ojos esperando algún tipo de compasión por su hija—. Dependía de una máquina y la han desconectado misteriosamente.

    Yo no he sido.

    No te estoy acusando. Da gracias a estar aquí dentro, porque si no serías el primer sospechoso, puesto que ya lo intentaste una vez.

    No la conozco —me levanto de la silla—. Felicite al que lo hizo de mi parte.

Respiro hondo y aprieto el puño antes de descargarlo en su nariz. Rápidamente el guardia que me acompaña me sujeta por los brazos —inútilmente, pues no opongo resistencia— mientras veo cómo gime de dolor por la nariz rota ese monstruo.

    Estoy bien —me deshago del hombre que me sujeta. Al girar el pomo de la puerta me dirijo a él—. Ya lo has conseguido. Lily ha muerto por tu culpa, por tener en sus genes la leucemia que heredó de ti.

Miro por un momento su cara de incredulidad. Me aseguro que esté con el resto de presos y que ellos sepan por lo que debe cumplir treinta años de condena. No todo se arregla con violencia, lo sé, pero es la forma en la que pude expresar lo que realmente sentía. Aún me quedan algunas cosas por hacer; y todo sucederá al terminar en uno o dos días. Un nuevo taxi me lleva hasta la otra cárcel, una de máxima seguridad,  a ver al que casi destruye lo que entendía por vida. Aquí tampoco me dejan a solas con él, ya que no le permiten visitas.

    Vaya, vaya. Mira lo que ha traído el gato. Parece que mi guardaespaldas no hizo bien su trabajo.

    ¿Te refieres al tiro, Moore? A estas alturas ya deberías saber que no es tan fácil acabar conmigo ¿no crees?

    Bueno, mala hierba nunca muere.

    Será eso —me siento enfrente.

    ¿A qué vienes?

    A ver a un viejo conocido, y ya que estamos, a charlar un poco con él. Según he oído no te permiten visitas.

    Riesgo de fuga —se encoge de hombros—. ¿Y tu barriga de embarazada? —alza una ceja.

    Todavía no se nota. Alex dice que cada día me sienta mejor —comento.

    ¿Estás con él?

    Te dije que nos iríamos juntos. No sabe que estoy aquí, te odia profundamente por intentar matar a su hijo y al «amor de su vida», como suele llamarme todos los días.

    Dime Alice, ¿por qué no me mataste cuando tuviste ocasión?

    Tienes mala memoria, Ronald. Te dije que soy mejor que tú, y aún lo mantengo. Prefiero que la justicia se encargue de ti.

    Con pena de muerte —replica.

    Te han dado perpetua.

    Yo elegiría la primera —se hace un pequeño silencio en el que nos medimos mutuamente—. No sabías que estabas herida hasta que saliste ¿verdad? Me dejaste la casa hecha un desastre.

    Faltó poco —suspiro—. Muy poco —murmuro.

    Te entretuve esperando a que te desmayaras en cualquier momento. Así podría vengarme.

    Lo sé; al igual que sé que ya lo has hecho. La niña no tenía la culpa.

    Tú me arrebataste un hijo y yo una hermana. Es justo.

    Tenía seis años —digo con todo mi desprecio.

    Yo llevaba con mi hijo diecinueve. Estoy aquí porque quería darle un futuro mejor. ¿No harías tú lo mismo?

    Alex también la quería. Sabe que has sido tú, o alguno de tus esbirros. No te lo mereces —ignoro su pregunta porque me da miedo darle la razón.

    ¿Crees que tú sí? También has hecho cosas horribles, recuerda. Metiste en el juego a tu propia hermana.

    Yo no la metí —replico intentando controlarme. Hasta ahora todo ha ido bastante bien.

    Sabías lo que hacías desde el primer momento y aun así se la presentaste a tu amorcito. Todo por tu egoísmo —salto de la silla y ni se inmuta.

    Cabrón —murmuro mientras salgo—. Ojala tengas lo que realmente te mereces.

lunes, 8 de julio de 2013

Cap. 9


Camino por mi viejo barrio recordando cada momento de este último año. Ha sido extraño y confuso, a pesar de todo, me repiten que debo quedarme con la parte positiva, con lo que me sea útil para el futuro. Pero por más que lo busco sólo encuentro una cosa: no debo confiar en nadie. Una de mis mejores amigas me traicionó; el que consideraba mi mejor amigo está en la cárcel y no puedo hacer nada por él; mi novio está en la otra punta del país y no volveré a verlo; ya no conozco al resto de mis amigos, ni siquiera a mi familia; y el chico que me salvó la vida ha desaparecido —se fue cuando salí del hospital el mes pasado y no he vuelto a saber de él—. Cuando estuve estable en el hospital, me trajeron a Nueva York.

A pesar de todo esto, he rechazado al psicólogo y a todo lo relacionado con algún tipo de ayuda. Incluso para testificar vinieron un par de agentes desconocidos y lo hice por videoconferencia. Al menos puedo estar un poco más tranquila al saber que Ronald Moore estará en la cárcel por unos cuantos años y que a mí se me ha excluido de todos los cargos.
Por fin buenas noticias sobre Lily, contacté con Tom nada mas recuperar el conocimiento en dos días y me contó que está empezando a mejorar, sorprendiendo a todos, pues es bastante pronto aún.

Han dejado que me quede con la placa y la pistola y, a pesar de lo que me diga mi madre, no me separo de ellas; me aportan seguridad y tranquilidad. No merece la pena cambiar de ropa, pues la antigua no me representa y la nueva me trae recuerdos no precisamente buenos.

Paso una vez más por el parque repleto de gente, incluidos mis “amigos”. Me piden que me quede con ellos a pasar lo que queda de tarde, pero declino su oferta amablemente. Ellos saben que algo me pasó y, según me han dicho, vinieron a verme. Intentaron que liderase la banda cuando se fue PJ, pero no pude aceptarlo. Salí de la banda y el último día que los vi salí huyendo.
El teléfono que llevaba tiempo sin usar vuelve a sonar y mi madre —la verdadera— me indica que en un par de minutos se pasarán a recogerme.

Vamos a celebrar que he vuelto a casa de mis abuelos, con los que nunca he tenido apenas trato, y con mis tíos. Mi tía se caracteriza por comprenderme tan sumamente bien que a veces pensaban que era en realidad mi madre —ahora, con mi pelo aún avellana, nos parecemos mucho más—; mi tío es bastante infantil y no soporto a su mujer, aunque ella a mí tampoco, al igual que la hija pequeña. Sin embargo la mayor, Kim, y yo tenemos la misma edad y siempre nos hemos llevado bien —hasta que entré en The Wolves, igual que la relación con mi tía—. Al entrar en la banda todo contacto con la familia desapareció y no me di cuenta hasta que salí.

Cuando llegamos nos saludamos con timidez y mi padre —con el que llevo sin hablarme desde que me fui— me ayuda a esconder el revólver y la identificación. Tocar las formas de la placa me relaja, así que después de una tediosa charla que llevo preparándome bastantes días sobre el curso allí, consigo escaquearme a la terraza. Al realizar algunos movimientos me sigue doliendo y Kim me ayuda a abrir la puerta. El estrés me ha provocado volver al tabaco —a pesar de lo que me costó dejarlo—. Cojo el paquete y me acompaña fuera sin hablar. Lo enciendo en silencio y le doy una larga calada antes de probar de nuevo a ver si PJ me coge el teléfono: nada.

    ¿Estás bien?

    Sí, ¿por qué no debería estarlo?

    No sé…te encuentro diferente.

    ¿A bien o a mal?

    A bien —no le hace falta pensarlo—. Antes me dabas miedo con la chaqueta, la navaja…

    ¿Qué tiene de malo mi cazadora?

    Nada. En realidad era tu actitud. Ya sabes, fumando —levanto el cigarro antes de darle una calada—; que ahora sigues haciendo.

    Por lo menos ahora están limpios —sonrío ligeramente.

    ¿Sigues yendo con los mismos?

    No.

    Mejor. No me gustan, son…

    Buena gente. Les juzgan sin saber. Creemos que lo sabemos todo, pero lo único que tenemos en cuenta son prejuicios. Absurdos y ridículos prejuicios.

    ¿Cómo el de que las rubias son tontas? Te ha venido bien el tinte, entonces —bromea para quitar tensión.

    Lo dices porque siempre has querido ser rubia y me ha tocado a mí. Envidiosa —hago lo mismo.

    Me has pillado —no puedo terminar la calada por la risa. Definitivamente necesitaba esto.

    Por favor no me hagas reírme —me envuelvo con los brazos para frenar el dolor.

Me mira preocupada, pero cuando me relajo y abro los ojos, respiro hondo y habla de nuevo.

    Te he echado de menos. A esta Alice, no a la de los últimos años, sino a mi prima; la que me ayudaba a bajar de los árboles y la que me cogía y me llevaba a casa en brazos aunque no pudiese conmigo, sólo para que no me lastimase.

    Sí, bueno. Ha pasado tiempo —no sé qué más decir. Tiene tanta razón…

    ¿Si te digo una cosa me prometes que no te vas a enfadar?

    Es difícil hacer que me enfade. Aunque te recomiendo no hacerlo —me acomodo el revólver al empezar a sentir cómo se clavaba.

    En mi barrio también os conocen, a tu grupo, me refiero, y yo… —coge aire— Verás, te llamaban “la lobita” por…

    Ser la pequeña. Continúa.

    Decían cosas horribles de ti y tenía miedo de que me pegasen o de que me comparasen contigo y… Yo no decía nada de vosotros y por eso me acusaron varias veces de traidora, macarra y cosas de ese tipo; así que hacía como si no te conociera.

    Lo siento, no sabía que podría llegar a afectarte.

    ¿Y qué piensas? Renegué de mi familia.

    Hiciste bien. Yo no habría hecho lo mismo, pero te entiendo.

    Tú te habrías pegado con media ciudad si hiciera falta.

    Por defenderte, sin dudarlo. No te lo tomes en cuenta ni te sientas mal, yo sé de qué va ese mundo y tú…

    Yo soy una ignorante que necesita ser rescatada ¿no?

    No, simplemente no quieres meterte en líos.

Tiro el cigarro a la calle una vez acabado y me levanto de la silla con cuidado. La herida sigue resintiéndose.

    ¿Te importaría…venir a casa algún día? —duda— Y damos un paseo.

    No estaría mal. En cuanto me recupere me pasaré por allí. Si me voy a meter en una pelea será mejor que esté en mis mejores condiciones —bromeo y sonríe.

Miro por la terraza a la gente pasear, despreocupada. Cada uno con sus problemas y los consiguen afrontar, plantarles cara; lo que más admiro de la gente es cómo pueden hacer que nada ha pasado y seguir adelante, por mucho daño que les hayan hecho o las personas que han caído por el camino. Siento a mi prima abrazándome por detrás y miro otra vez el móvil —se ha convertido en una manía desde que se fue—. Suspiro y al guardarlo suena. Observo que es un número de Los Ángeles por el prefijo.

    ¿Quién te llama?

    ¿Diga? —respondo con cautela.

    Llamo del Silver Medical Centre, ¿es usted…Alice Du’Fromagge?

    ¿Para qué la buscan? —no puedo caer tan fácil en la trampa.

    Lo siento, es confidencial. ¿Podría contactar con ella?

    Soy yo. ¿Ha pasado algo? —el miedo comienza a apoderarse de mi.

    ¿Es usted familiar de Emily Sullivan?

    Su hermana, ¿qué ha pasado?

    ¿Le ha pasado algo a Albert? —me pregunta mi prima sobre mi hermano.

Digo que no con la cabeza. No entiende qué está pasando y, por desgracia, me temo lo peor.

    Lo siento mucho, señorita. Su hermana ha…

    No, no puede ser. Había mejorado y… —no puedo terminar.

La voz se me quiebra y no puedo hablar. Kim me abraza sin saber por qué de repente me he puesto a llorar.

    ¿Podría pasarse por el hospital para empezar con el papeleo?

¿Papeleo? Acaban de decírmelo y lo único que piensan es que tengo que rellenar unos estúpidos informes sobre una niña de seis años que…

    ¿Señorita? ¿Sigue ahí?

    S…sí —tartamudeo.

    ¿Prefiere enviar a alguien que lo haga por usted?

    No —increíblemente recobro la compostura.

Por ahora me espera mucho trabajo y ya tendré tiempo para llorar a mi hermana pequeña cuando termine. La tristeza y la incredulidad dejan paso a la responsabilidad y el coraje que me lleva caracterizando toda mi vida. Trago saliva y me quito a mi prima de encima.

    Yo me encargaré de todo. En unas horas estaré allí. ¿Lo sabe alguien más?

    No. ¿Quiere que se lo notifique a otra persona también?

    Tampoco. Si le preguntan no ha hablado conmigo —cuelgo rápidamente el teléfono.

    ¿Te vas?

    Quítate Kim —la aparto y marco el número de Frank; después el de Anne…y nada. Ninguno de los dos existe—. Necesito las llaves del coche —entro en el salón y me dirijo por primera vez a mi padre.

    ¿Para qué?

    No tengo tiempo. Dámelas.

    Pues responde. ¿Para qué las quieres?

    Hay una emergencia. Tengo que irme.

    Ya no tienes que responder a eso, hija —intenta tranquilizarme mi madre—. Todo se ha acabado.

    No me hagas pedírtelas de forma oficial —empiezo a perder los nervios.

    Alice, relájate —me reprende mi tío.

    Dile para qué las quieres y seguro que te las dará —le respalda mi abuelo.

    Callaos —les ordeno—. Anthony Sanders, o me da las llaves o le detengo por obstrucción a la justicia —pongo la placa sobre la mesa y llevo la mano a la empuñadura del arma.

    Hija… —dice, decepcionado.

El resto de los presentes nos mira atentos, sin creerse lo que están presenciando.

    No me obligues a hacerlo —le advierto y comienzo a sacar poco a poco el revólver.

Me las da y salgo corriendo tras recuperar la placa. Conduzco sin percatarme del resto hasta casa, donde me apodero de todo el dinero posible y llego al aeropuerto. Vuelvo a utilizar mis privilegios como agente —o ex agente— para conseguir un billete de vuelta a Los Ángeles.

viernes, 5 de julio de 2013

Cap. 8


Recobro el conocimiento bruscamente. Tengo el vello de la nuca y de los brazos erizado por el frío que me ha provocado el cubo de agua que han vaciado sobre mi cabeza. Intento apartarme el pelo de la cara, sin embargo no puedo mover  las manos de detrás de la espalda. Forcejeo en vano, pues la cuerda que las mantiene unidas me quema la piel. Tampoco puedo ver —parece que me han puesto una venda en los ojos— ni apenas respirar debido a la mordaza. Echo la cabeza atrás antes de recibir la primera tanda de golpes, trabajando sobre todo las costillas. 

No hay que pensar mucho para llegar a las respuestas a todas las preguntas que se formulan en mi mente. Estoy, aparentemente, secuestrada; lo peor no es que me vayan a matar, es el recuerdo que dejaré a aquellos que conocieron cada parte de mí. Espero que acabe rápido y que no tenga que sufrir demasiado, aunque lo dudo.

    Suficiente —una voz ronca me saca de mis pensamientos.

Me quitan la venda de los ojos y la mordaza; al menos puedo respirar. Ya había reconocido su voz, pero verlo me produce náuseas. Le escupo la sangre que se acumula en mi boca. Me dirige una mirada de desprecio que contrasta con la falsa sonrisa.

    Tan joven y tan necia. Te advertí, te dije lo mejor para ti y aun así…

    Volví a arreglar algunas cosas.

    Nunca te fuiste Alice Sanders —me quedo de piedra al oír eso—. Sé quién eres. Te criaste en un barrio pobre con tus amigos pandilleros. Sin embargo, hay algo que se me escapa: cómo te metiste en la policía. Es obvio que fueron ellos quienes te dieron la nueva personalidad y las facilidades. ¿Podrías decírmelo tú? Porque tus amigos tampoco lo saben, se han quedado en la pelea de instituto.

    No sé de dónde te has sacado eso, pero quien te lo haya dicho miente.

    Lo he comprobado, tranquila. Tienes otra oportunidad. Dímelo y será rápido —uno de los matones saca su pistola.

Tengo las muñecas en carne viva, aunque he conseguido aflojar el nudo bastante. Mantengo su mirada en silencio hasta que me decido lo que decir.

    ¿No te da asco mirarte cada día en el espejo? ¿Ver esas manos manchadas de tanta sangre? Mataste a Sarah Evans —la que fue novia de Alexander— y a la madre de tu hijo. Todo por tu estúpida teoría de no tener punto débil.

Sonríe y asiente levemente. Acto seguido la puerta de la habitación —fría y vacía. Con un fluorescente pegado al techo resaltando el blanco impoluto de las paredes y el suelo a excepción de unas gotas rojas en este último— se abre. Entra casi a rastras un chico con la camiseta raída y manchada de sangre, con los espacios que deja ver magullados. Se regocija ante mi cara de espanto y le quita la bolsa de la cabeza. Sus cabellos rubios se alborotan y sus ojos oscuros, antes con un brillo natural que ahora ha desaparecido, se acomodan a la brillante luz. Lo empujan hasta caer de rodillas.

    Admito —Ronald Moore reclama mi atención— que el truco del accidente de coche estuvo bien. Y lo del pelo fue buena idea, pero ¿sabes el problema? Te crees mucho más lista que la mayoría.

    ¿Acaso no lo soy? —le desafío antes de sacar con cuidado las manos de sus ataduras— Cuando esto acabe, toda la policía, por no mencionar el FBI y posiblemente la CIA, caerá sobre ti. No tardarán en meterte en la cárcel y, si tienes suerte, te concederán la pena capital.

    ¿Cuándo acabe? —profiere una risa gutural— Si tuviste un accidente. Chocaste contra un árbol con tu precioso Mustang. Una pena, tan joven… ¡Cállate!

Grita a PJ cuando le oye protestar, a pesa de que no se le entiende con la mordaza. Vuelven a golpearle hasta que Moore les indica que paren.

    Dile a tu amigo que se calle.

    No le conozco —empiezo a idear un plan de fuga. Ahora es mucho más difícil.

    ¿En serio? Cada vez estoy más convencido de esto. Le dejas pasar un día entero, con sus dos noches en tu casa y luego haces esto. 

    ¿Nunca te han dicho que tienes una gran imaginación? —« ¿cómo podría desatarme los tobillos de la silla sin que se note?».

    ¡Maldita niñata! —él mismo me golpea fuertemente en la cara.

Tengo que agarrarme a la silla para caer con ella y no por separado. «Gracias». Me da la oportunidad perfecta para sacar los pies. No se dan cuenta gracias a PJ, que protesta de nuevo. Ordena que me levanten y sujeto la cuerda con los pies. Incluso se ha hecho daño en la mano.

    Pues parece que él si te conoce —le aferran con más fuerza y R. Moore termina de romperle la camiseta. Señala una inscripción en la parte izquierda de su pecho en negro.

    Eso no demuestra nada —en la inscripción se lee perfectamente Alice. Eso antes no estaba.

    Igual que lo que has dicho antes. La chica desapareció, mi esposa nos abandonó cuando Alexander sólo tenía dos años, tú te mataste en un accidente de tráfico y el chico se metió en una pelea y salió mal parado.

    Monstruo —mascullo—. Quédate conmigo si quieres, pero a él déjale irse—PJ insiste en gritar—. ¡Déjame hablar!

    ¿No decías que no lo conocías? —«tengo que conseguir la pistola de alguno de ellos».

    Es inocente. No tiene nada que ver conmigo.

    Te propongo un trato. Me has caído bien y has hecho que gane bastante dinero así que… Dime el nombre de todos los agentes encubiertos que te han ayudado y os dejaré marchar. Yo mismo os pagaré un vuelo de ida a donde queráis a vivir vuestro amor…

    ¡No somos nada!

    Bueno, bueno, no te pongas así. Quiero los nombres reales y de su tapadera. ¿Hay trato?

    ¿Por qué voy a creerme que nos vas a dejar libres?

    Porque yo organizaré todo. Me aseguraré de que no vuelvas al país, ni siquiera de que pises una comisaría.

    Hecho —confirmo después de pensar un rato.

    Espléndido. Estás tardando en hablar.

    Prefiero escribirlo, así es más oficial —me mira con recelo—. Ahora soy de los vuestros.

    ¿Y él?

    Se mantendrá callado ¿verdad? —le miro y me da la razón con la cabeza— ¿Te importaría desatarme?

    Resulta que la niña no era tan estúpida…

Ordena a un guardia que lo haga y al acercarse a mí me levanto con brusquedad. Lanzo la silla con las piernas al que venía a quitarme las ataduras, cayendo al suelo; no antes de darme el suficiente tiempo y espacio para coger la pistola de su cinturón. Apunto directamente a Ronald Moore a la cabeza. Los guardaespaldas restantes se dirigen a mí, con cierto miedo de que me decida por hacer una locura y matar a su jefe. Por si acaso se me ocurre llevar a cabo el sueño de tantas personas, el que parece más fuerte pega el cañón de su arma a la cabeza de PJ.

    Un paso más y juro que disparo. Aunque vaya contigo al infierno, Moore.

    Vaya, vaya. No paras de sorprenderme. Si quisiera ya estarías muerta. Te estoy dando la oportunidad de salir con vida y ¿así me la pagas?

    Como has dicho antes, no soy estúpida. Después de darte la información nos matarás.

    Tienes la mente muy retorcida para tener… ¿quince?

    Diecisiete.

    Haz como tu amiga y habla antes de que ocurra. Pasaré por alto este incidente y haré que no sufra mucho —se dirige a PJ.

    ¿Qué amiga?

    No me acuerdo bien del nombre, pero era baja, rubia… —sólo hay dos chicas rubias en el grupo: yo y…

    Emma…—murmuro.

    Exacto. No se lo tomes en cuenta, necesitaba el dinero para su novio. Al parecer le han encerrado por homicidio —me quedo blanca al oírlo. « ¿Hood? No puede ser…él no haría tal estupidez». Agarro mejor el arma con miedo a que se me cayera por la impresión—. Sabes que no te mentiría, Alice. Odio la mentira.

    Eres un…—pego a su frente el arma y siento otras dos a cada lado de mi cabeza.

    Apartadla, chicos. No quiero que me salpique. Primero a él —señala a mi amigo—; que sienta el dolor.

Se me hace un nudo en la garganta. ¡Soy una niña! Esto es demasiado. Debo encontrar una salida, una distracción, una mentira…

    ¡Espera! —les paro cuando cargan la pistola para rematarme cuando lo hagan con él.

    ¿Últimas palabras a tu amante? Qué tierno.

    No. A ti.

    ¿Me has cogido cariño como suegro? Aún mejor —se ríe.

    No te preocupes que no es eso. Porque prefiero morir mil veces a que mi hijo te tenga como abuelo. A tener un niño con tu misma sangre —escupo.

    ¿Hijo? Más quisieras que Alexander… —se para ante mi expresión— No es posible, sois muy jóvenes.

    No tanto. Ya me has subestimado bastante ¿no crees? Además, las nuevas generaciones estamos saliendo muy rápidos —pongo una sonrisa de superioridad.

    Si fuese verdad… ¿Alexander ya lo sabría?

    Acababa de decírselo cuando me has cogido. Lo sabe todo: las amenazas, los intentos…el bebé —continúo a pesar de la cara de dolor que intenta ocultar sin conseguirlo PJ—. Y está ansioso por verme y… —oigo la bala prepararse.

    Le contaré que…

    ¿Qué? Ya no te creerá. Iba a reservar unos billetes para Marsella, ya sabes, para vivir lejos de la mafia. Lejos de ti. No quiere que sufra lo mismo que su padre.

Empiezo a contar mentalmente «3…». Hago una seña a PJ para que vayamos sincronizados y me facilite el trabajo —seguro que apenas puede andar—. Unas gotas de sudor caen a la vez del rostro de Ronald Moore que las de sangre proveniente de mi nariz. Me siento mucho más empapada que al despertar.

Miro con disimulo la puerta; fácil de abrir. Me cuelo entre ese y luego el otro. Le cojo, disparo a aquel…

    Mi hijo me quiere. Nunca me abandonaría por una puta —«2…»—. Y menos a la que ha dejado embarazada.

    En realidad no te quiere —«1…»—. Lo que siente por ti es miedo y, ahora, desprecio.

«0…» Me agacho y las balas que iban dirigidas a mi cabeza se las llevan la pared y el hombro del que amenazaba a PJ. Desde abajo barro con una pierna al autor de un disparo y cae sobre el otro, sin pistola una vez en el suelo. Todo lo que tienen de músculo les falta de cerebro, sin embargo no hay tiempo para risas. El plan debe desarrollarse en apenas unos segundos o fracasaré. Disparo al ya herido guardia y cae inmóvil al suelo, formando un charco rojo.

Me giro y automáticamente hago lo mismo con los otros dos detrás de mí, teniendo en cuenta que uno ya tenía el dedo en el gatillo. Si no recuerdo mal estas pistolas tenían unas dieciocho; me quedan catorce.

    ¡Corre! —consigo gritar en plena acción, no obstante él se levanta torpemente.

Ataco al último que me queda para quedarme a solas con el verdadero enemigo. Noto algo debajo de las costillas en la parte derecha y me cambio la pistola de mano —a la izquierda—, esto no me detiene de disparar de nuevo; fallo y le remato en el pecho. Sin bajar el arma de la cabeza de Moore doy una patada a la mano del último para que suelte la pistola y la recojo con cautela. No puedo evitar dudar dispararlo aquí y ahora.

    Venga, maté a toda esa gente, me lo merezco. Y tú también. Acabas de matar a cuatro hombres, uno de ellos desarmado. Cuando salgas de aquí yo seré el asesino y tú la heroína. Yo sólo he vendido lo que me pedían y he intentado hacer lo mejor para mi hijo. Igual que tú para el tuyo —cierra los ojos—. En realidad no somos tan diferentes.

    Tienes razón…excepto una pequeña diferencia. Yo no mato por placer, ni tampoco a mujeres y niñas. Y que no se te olvide que soy mejor que tú.

Gasto otra bala en su espinilla; once. Así me aseguro que no vendrá. Me tiran de la blusa y al girarme encuentro a un PJ maltratado y angustiado. Asiento con la cabeza, ignorando su mirada y salgo corriendo por la puerta. En un momento empezamos a recorrer un laberinto que parece no tener fin —me encargo de más guardias mientras tanto— hasta reconocer la puerta del despacho. Cierro los ojos, intentando concentrarme para encontrar la salida y empiezo a guiar a mi acompañante. La tarea se hace más ardua mientras avanzamos, mi memoria está difuminada por la adrenalina y el tiempo, y también hay que sumarle que seguimos encontrando guardias —a mitad de camino tengo que tirar la primera pistola y quedarme con la otra.

Conseguimos salir y rompemos con la pistola la ventanilla. PJ hace un puente a la furgoneta que está aparcada en la puerta y al meterme descubro que la vista no se me había nublado por la adrenalina, sino por la herida de bala que tengo en el hígado. Ni siquiera tengo fuerzas para taponarme la herida, aunque por suerte, él si lo hace. Se quita lo que queda de su camiseta y me aprieta con toda la fuerza que puede. Intento no mirar la gran mancha de sangre que es ahora mi cuerpo, sin embargo me parece imposible. A duras penas desvío la mirada a un desesperado Patrick con lágrimas en los ojos y suplicándome.

    Por favor…otra vez no…venga, Baby, Alice…como quieras que te llame, aguanta, un poco más.

    Conduce —consigo decir con un esfuerzo—. Salgamos de aquí —fallo mi intento de sonrisa, que se torna en una desagradable mueca de dolor.

    Pero estás…

    Vendrán más —los ojos empiezan a cerrárseme.

    No te duermas —el coche empieza a andar rápidamente—. ¡Eh! No voy a dejar que te mueras ¿me entiendes? —se le quiebra la voz al final.
Pero yo ya no puedo soportar más. Los párpados parecen plomo y empiezo a sentir la paz que parece proporcionarme el sueño que, ridículamente, me intenta arrebatar una de las personas que más me quieren.