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lunes, 20 de mayo de 2013

Cap. 11

En el coche aún me dura el entusiasmo y el desasosiego que acababa de pasar. Hay algo en la entrada o más bien, alguien. Frank me mira y asiente serio. Ellos continúan al parking y yo bajo en la entrada. Se levanta y cuando el coche gira la esquina corre a abrazarme.

    Estaba tan preocupado. Llevo todo el día aquí esperándote porque tu portero no quería decirme si estabas o no.

    Me estás haciendo daño —afloja el abrazo, pero no se separa.

     Lo siento, es que oí algo raro anoche y me preocupé y te he buscado hasta dar donde vives.

    Tranquilo, relájate —respira hondo y se aparta muy lentamente.

    Déjame verte —me inspecciona—. Vale, estás bien —vuelve a abrazarme y me acaricia el cuello muy lento.

    ¿Nunca has oído que hierba mala nunca muere? —intento quitar tensión, pues el señor Calhoun nos mira fijamente.

    No bromees con eso —me riñe. Miro al suelo en busca de alguna respuesta, pero ahí no las encontraré.

    Tengo que entrar, mis padres ya habrán llegado.

    ¿Puedo ir contigo? —niego— Pues no te vayas.

    No empieces, por favor.

    Sólo quédate un poco más. He estado todo el día aquí para verte y asegurarme de que estabas bien. Vamos a comer algo y me iré.

    No sé…

    Venga, será muy poco tiempo —me ruega y me lleva la mano a su mejilla sin afeitar. Sus grandes ojos azules contrastan con el hostil mundo del que viene.

    Ven —le cojo de la mano y entrelaza los dedos como si fuese lo más normal del mundo. Subimos a casa sin hablar, pero sé que está tenso.

    Te espero aquí —me dice cuando estamos delante de la puerta.

    Entra —abro y tiro de él con suavidad—. Mére, me voy a comer algo con Alex. Voy a darme una ducha. Volveré pronto —anuncio a Anne, que estaba en el salón,  y entramos a mi habitación.

    Esto me va a suponer un problema.

    ¿El qué? —me quito la camiseta y cojo ropa limpia.

    Se me ha olvidado lo que iba a decir —noto como me sigue con la vista. Me río.

    No rompas nada —le prevengo desde el baño.

    ¿Saldrías para ver qué he hecho?

    Mi padre.

    Entonces mejor me quedo quietecito.

    Tampoco hace falta tanto —salgo un momento para coger lo que se me había olvidado.

    No hagas eso. Eso no es bueno para mi salud mental —me mira fijamente.

    Será la primera vez que ves a una chica en ropa interior.

    No, pero tú no eres una chica.

    ¿A no? —me acerco a él hasta estar enfrente suya, a unos centímetros de su cara.

    No una cualquiera; eres especial —alza la mano para besarme pero me aparto rápidamente.

Seguimos en silencio hasta que salgo de la ducha con una toalla. Él se da la vuelta mientras me visto y salimos como si nada. Me despido de mis padres y me coloco el pinganillo sin que nadie lo note. Ni una palabra hasta llegar a una cafetería a un par de manzanas de mi edificio. Ni siquiera nos soltamos para sentarnos o pedir lo que queramos. Con la luz indirecta se remarcan sus ojeras.

    ¿Has dormido esta noche?

    No —traen su hamburguesa y mi batido de chocolate.

    Y llevas todo el día sin comer ¿no es cierto?

    ¿Tanto se nota? —deja la hamburguesa y sonríe con timidez.

    Un poquito —volvemos a reírnos.

Volvemos muy despacio hasta casa. Quiero alargar el tiempo lo más posible.

    ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

    ¿A qué te refieres?

    A esto. A andar por la calle de la mano, sin preocuparnos de que nos vean.

    No lo sé —se encoge de hombros—. Contigo estoy bien, ya sabes, me siento yo mismo. No necesito fingir —trago saliva y me paro súbitamente — ¿Pasa algo?

    Nada —fuerzo una sonrisa—. Yo también estoy bien contigo —me rodea la cintura y me va empujando poco a poco hasta dar con la pared.

    Alice… —susurra mientras agacha la cabeza lo suficiente para besarme el cuello.

Intento resistirme, pero estoy acorralada. De todas formas una parte de mí tampoco quiere negarse: la misma que no dudó un instante en salvarlo de entre los escombros, aun con la posibilidad de perecer en el intento. Reúno fuerzas para apartarle cambiando las manos de su espalda al pecho; en el tiempo en que las dejo quietas ahí me asusto. No es él, sino su corazón y el ritmo tan acelerado y frenético que lleva.

    No podemos…Lo siento —apoyo la frente en su pecho y él en mi hombro.

    Ha sido culpa mía —se quita de mi lado.

    Espera —lo retengo—. No es el momento, ni mucho menos el lugar. Mis padres están arriba y…

    Lo sé. No quiero presionarte.

    Es que hay un problema —me acerco a él hasta sentir su piel bajo la mía. Me aparto el pelo para disimular cómo me quito el pinganillo y lo meto al bolsillo.

    ¿Cuál?

    Que yo sí quiero que lo hagas —me pongo de puntillas y le beso.

Poco a poco, disfrutando cada segundo, cada caricia que me propina con sinceridad e incluso ternura. Saboreo cada instante como si fuese el último. Sus brazos me rodean sujetándome como tenazas y yo le rodeo el cuello, acariciándole a su vez la nuca. Me aprieta con tanta fuerza que me hace daño, no puedo liberarme y bajo la cabeza para parar. Le cojo las manos y las dejo delicadamente en la aparte baja de la espalda.

    Con cuidado.

    Perdona —está sin aliento.

    Será mejor que me vaya.

    Ahora sí que no pienso dejarte —repetimos la operación con menos calma.

Apoyo de nuevo la cabeza en su pecho y me aprieta contra él. Andamos muy lentamente hasta la puerta e intento despedirme.

    Mañana te llamo y quedamos. Damos un paseo o lo que quieras, pero no puedo estar más de doce horas sin verte. Y menos ahora —habla muy rápido para que no lo detenga.

    No puedo. Perdona —me pongo de puntillas y poso mis labios en los suyos.

    ¿Ni un poco? —interrumpe.

    No —vuelvo a la carga.

    Pero…Sólo…Un…—no le dejo terminar apenas las palabras sin besarle. Ante su insistencia me separo y le miro a los ojos.

    Me tengo que ir y puedes hacer dos cosas: seguir hablando de por qué no puedo verte mañana o darme tal beso que me dure su sabor hasta que te vuelva a ver.

    Casi prefiero la primera, porque cuando empiece no podré parar —se inclina y no interrumpe más.

El mundo se detiene durante ese tiempo, no sé decir cuánto, pues estoy demasiado ocupada intentando dejar mi mente en blanco para disfrutar del momento. Lo agarro con más fuerza para que el efecto sea mayor. Él hace lo mismo, aunque con diferentes intenciones. Poco a poco lo voy consiguiendo, pero siempre está el inoportuno…

    ¡Alice! ¡Arriba, ya! —nos separamos bruscamente.

    Je viens, père —me dirijo a Alex y me voy corriendo—. Lo siento.

Frank no me dirige la palabra hasta que llegamos de nuevo al apartamento. Anne se me acerca y se frena antes de abrazarme. Mira a Frank, que da su aprobación y lo hace.

    ¿Por qué has tardado tanto?

    Estaba algo ocupada, ¿no es cierto, Alice? —se le escapa una sonrisa en su habitual gélido rostro.

    Es lo que pedíais ¿no?

    Vale, me he perdido —admite Anne—. ¿Es por ello por qué no contestabas?

    No he hecho nada. He continuado con el plan, ya está —me voy a mi habitación.

    Vuelve aquí señorita —me ordena Frank—, y explica qué estabas haciendo.

    Por favor —interviene Anne.

    Me…estaba con Al…Moore.

    ¿Haciendo qué? —insiste Frank.

    B…—me cuesta decirlo abiertamente— Díselo tú, ya que nos viste.

    Ya eres mayor como para hablar de esto. Además, sólo es un detalle de la misión ¿no?

    Nos besamos ¿vale? Ya está, no sé por qué le dais tanta coba a una tontería.

    Que debería haber pasado hace dos meses —recalca.

    Debió ser incómodo oírnos mientras tanto — Anne me ayuda.

    Y es hablarlo.

    Antes de que te vayas dame el pinganillo. Debo revisarlo, hemos perdido conexión durante un tiempo. Seguro que se ha roto.

    No creo que haya sido eso, querido —la mira extrañado y le tiendo el pinganillo después de verme cómo lo saco del bolsillo.

    No vuelvas a hacer eso —me reprime—. Sabes que es para tu seguridad.

    Ya, como si fuese importante oír cómo nos besamos. ¿Y si lo hubiese visto?

    ¿Cómo lo iba a ver?

    Pues mientras… bueno cuando… no pienso entrar en detalles.

Doy la conversación por terminada. Programo el despertador y me tumbo en la cama después de ponerme el pijama. Debo terminar con el pasado, pensar qué es lo que realmente sentí cuando pasó eso con PJ. ¿Fue el momento, quiero decir, el cúmulo de circunstancias o realmente fue como lo recuerdo? Lo recuerdo suave, cómodo, pero sobre todo esperado. La verdadera pregunta es: ¿podría haber seguido sin besarle? El problema de esto no es la pregunta, que por fin la tengo clara, sino la respuesta. Por más que lo pienso no llego a una conclusión. Me gustó, de eso no cabe duda, y por supuesto que fue especial, aunque algo tópico; delante de su novia, tras un tiempo separados sin poder siquiera hablar, habiendo terminado de tal manera, con la nieve, la posibilidad, y casi certeza, de no volvernos a ver en, seguramente, años o incluso para siempre… He aquí el fallo, la cuestión por la que ese momento sigue rondándome: es idílico pero terriblemente imposible. Ya no nos conocemos, yo he cambiado de todas las formas posibles y ya no sabe nada de mí. Por no hablar de si yo sé si él ha cambiado o no y sobre si seríamos capaces de aceptar cada nuevo detalle, suponiendo que pudiésemos estar juntos. Así que la conclusión debe ser un rotundo NO.

Pero como recuerdo que dije una vez, nosotros no mandamos en el corazón. «Pero podemos controlarlo» diría Frank para contradecirme de nuevo y volver a tener la razón en gran parte.

Pongo freno a todo y me levanto de un salto hacia mi escritorio. Ignoro el pequeño mareo y cojo papel y bolígrafo. No sé que escribir. Tras un largo rato me aprieto las sienes, esperando que las ideas salgan de golpe, que sea capaz de plasmar en un simple papel todo lo que siento. Repito la operación hasta que me duele la cabeza sin éxito.

    ¡Joder! —exclamo a ninguna parte.

    Creía que habías dejado de decir esas cosas —Anne asoma la cabeza por la puerta—. ¿Puedo?

    Claro, pasa —me froto los ojos cansados.

    Me gustaría hablar contigo —cierra la puerta de nuevo tras ella.

    Lo que quieras —respira hondo y se sienta.

    Sé que no quieres hablar sobre esto, pero necesito que lo hagas.

    Sin rodeos, por favor.

    Tienes que asegurarte de que esto es solo trabajo.

    ¿A qué te refieres?

    Tienes que poner un candado a tu corazón. Es difícil, lo sé, y más con tu edad...

    No me lo puedo creer. ¿Tú precisamente me dices esto?

    No te enfades, te lo estoy diciendo por tu bien.

    Ese es el problema. Todos me decís qué tengo que hacer y ya estoy cansada. Para lo que os interesa soy una niña y para otras cosas soy adulta. Todo esto me ha destrozado la vida ¿no entiendes? —rompo a llorar y Anne me abraza.

    Tranquila.

    No puedo. Es todo por culpa de mi padre, si él no hubiese robado; si hubiese sido legal, yo ahora no estaría así.

    La decisión fue tuya.

    ¿Y qué iba a hacer? ¿Ver cómo mi familia se desmoronaba, pudiendo ayudar? Sabes que no soy capaz.

    Por supuesto que lo sé pero, ¿qué te crees? ¿Que tu familia ahora es feliz?

    Por lo menos no hay nadie en la cárcel.

    ¿Has pensado en ti? Esto, créeme, es en parte bastante peor.

    Pues no te creo, lo dices para que no me ponga tan mal.

    Lo digo en serio. ¿Acaso no estás privada de libertad, viendo que todos sí la tienen?

    Perdón.

    No te preocupes. De todas formas quiero decirte que sé lo que estás haciendo.

    Pues explícamelo porque estoy perdida.

    No lo estás. Pretendes alejar a todos de ti para, por si algo ocurriese, que sufran lo menos posible. Así no conseguirás nada, sólo quedarte sola y hacerte débil, como tanto temes. Aprovecha ahora que alguien ha conseguido derribar tus muros, pues si sigues haciendo eso, no durará. Al final se hartará de esperar por algo que ni siquiera estás dispuesta a dar o siquiera dejar ver que tienes: tu corazón. Todos tenemos uno pequeña, y hay que aprovechar al máximo los momentos así, porque no durarán para siempre.

    Ahora sí que no lo entiendo. Frank insiste en que lo debo tomar sólo como trabajo, incluso al principio tú también. Y ahora…mírate.

    Como has dicho, al principio intentaba que tu idea fuese esa, al igual que Frank; pero desde entonces sabía que iba a ser imposible. Es una tarea ardua y requiere mucho empeño. Por supuesto, no he tenido dudas en que te esforzarías al máximo, pero no es fácil hacerlo sin implicarse emocionalmente, y más con tu edad y en estas condiciones.

    Entonces, ¿por qué sigue insistiendo Frank?

    Porque aún tiene esperanzas de que entres en razón.

    Tú misma has dicho que es muy difícil.

    Pero no imposible. Él se agarra a eso.

    ¿Tú me apoyas?

    Yo te comprendo, y, bueno, supongo que un poco también. Hay que admitir que  el objetivo es un chico muy apuesto y…

    No es sólo eso. Alex —no intento ocultar nuestra afinidad por primera vez— se porta muy bien conmigo, es un auténtico cielo. Siempre está pendiente de mí y de que estoy bien. Cuando estamos solos…no sé cómo decirlo.

    ¿El mundo se detiene? —me ayuda con una pícara sonrisa.

    Exacto. Solo tenemos ojos el uno para el otro, lo noto cuando me mira. Y creo que él también lo sabe.

    Hija mía, lo noté hasta yo. Y eso que estuve un minuto —se ríe y consigue sacarme una sonrisa—. No me imagino en el instituto tantas horas juntos.

    Allí es diferente.

    ¿Cómo es, en ese caso?

    No es tan dulce, pero de todas formas… hace que me estremezca. Tenemos un juego que es sólo nuestro: él me hace de rabiar y yo se lo hago a él. Pero en realidad nunca nos enfadamos, sabemos qué decir, cómo y cuando. Lo más divertido de todo es que nadie puede entrar porque cambiamos de forma de ser tan rápido que al intentarlo el otro sólo consigue que le ignoremos.

    ¿Cómo es él en general?

    Divertido, mujeriego, tierno, dulce, algo arrogante… Lo último es lo que hace que salten chispas. Para mal, porque no soporto ese tipo de gente y para bien…bueno, no sé por qué, pero me gusta. Me enfada y no puedo resistir estar más de un par de horas viéndonos sin hablarnos porque cuando se da cuenta, que apenas tarda, me pide disculpas y está dispuesto a hacerme de reír y a jugar de nuevo; dejándose ganar, claro.

    Suena muy romántico —reflexiona.

    No creo que sea eso exactamente.

    Desde dentro no se ve igual. Recuerda que si ves las cosas demasiado cerca, pueden parecer muy distintas a como lo son en realidad.

    Lo que pasa es que tú nos ves con buenos ojos —la sonrío.

    No es eso. Fíate de mí —se levanta.

    ¿Algún consejo?

    Aprovecha el momento. Sobre todo al chico que te está brindando por ahora la vida. Ya veremos qué hacemos más adelante.

Me siento de nuevo en el escritorio, con la mente algo más clara para escribir la carta que terminará con todo. Definitivamente Alexandre Moore es con quien debo estar, por varios motivos, aunque el más importante y por el cual si no lo tuviese, sería muy distinto es, sin duda alguna, porque lo quiero como sólo he llegado a querer a una persona. Teniendo en cuenta que la carta que estoy a punto de escribir representa el amor y el sacrificio que puede llegar a pasar una sola persona por otras, especialmente una persona que he querido desde que lo conocí.

Va a ser un golpe duro después de lo que pasó, pero no puedo retrasarlo más. Tango que hacerlo y superarlo, igual que él.

En la carta aprovecho a decirle las cosas malas que me he aguantado. Debo asegurarme de que no venga a buscarme —cosa de la cual estoy completamente segura que está planeando hacer—; y si tengo que hacerle daño para ello, lo haré.

Termino la carta, con este resultado:

 

PJ:

Es horrible tener que decirte esto, sobre todo después de lo que ocurrió el último día. Me encantaría estar frente a ti para contártelo, pero me resulta imposible dadas las circunstancias en las que me encuentro. No pienses que soy cobarde, sólo lo hago por nuestro bien y seguridad.

No podremos volver a hablaren mucho tiempo. Es doloroso, pero necesito una salida a este mundo extraño donde no conseguía diferenciar entre el pasado y el presente.

Eres mi pasado y ahí debes quedarte. Hemos vivido infinidad de cosas juntos, tanto buenas como malas, siendo en todo momento un gran apoyo en intentando protegerme ante el mundo; pero debo decirte que no todo se arregla con peleas o con un beso. No puedo olvidar esto, pero tampoco lo malo.

No sé si tengo derecho a reprocharte lo que hiciste con Amber, pero sí a reclamar algo más de lealtad de tu parte, independientemente de que no fuésemos nada de manera oficial, puesto que el sentimiento existía. Fuiste un cobarde al no querer aceptarlo por mucho que te lo quise decir a la cara. Reaccionaste como un niño malcriado destrozando tu dibujo y poniéndote celoso por tonterías. Cruzaste los límites defendiéndola y es más de lo que pude soportar. Con esa actitud no hiciste si no derribarme.

Tan solo he puesto lo que más daño me hizo, porque prefiero no revolver tanto el pasado.

 

Ya no soy tuya, ni tú nunca fuiste mío.

 Alice

 

Remato el nombre con una pluma y doblo la copia menos emborronada por las lágrimas para meterla en el sobre. Voy a contratar a un mensajero para que se la entregue en mano, así me aseguraré que le llega. Miro el reloj: las tres de la madrugada. Me levanto y paseo por el apartamento para estirar las piernas. En casa hubiese salido al patio trasero y me habría tirado en la hierba húmeda mientras buscaba constelaciones. Aún me gusta, pero llevo tanto tiempo mirando todo lo relacionado con la misión que me he olvidado de lo que realmente me gusta.

Salgo a la amplia terraza, mirando las luces de la calle. Coches, bares, farolas…parece que la ciudad nunca descansa. Apenas se ven coches, pero sí algún que otro taxi, un grupo de amigos medio borrachos que intentan mantener a otro en pie, una pareja remoloneando separarse en la acera de enfrente… Todo tan tranquilo y alborotado a la vez, porque nadie sabe la razón que puede llevar a hacer lo que están haciendo. Quizá la pareja no quiere separarse porque alguno de ellos esté enfermo u otro tenga que irse a otro país, o simplemente porque se quieren. Tampoco nadie excepto ellos sabe por qué están llevando a su amigo y no le han abandonado después de llamar a una ambulancia. Es posible que le peguen en casa, o que su novia lo haya dejado, o tan sólo se ha pasado de la raya con la diversión. Las cosas nunca son lo que parecen, y si hay que fiarse de alguien, que sea de ti mismo.

viernes, 17 de mayo de 2013

Capitulo 10


En el descansillo me dejo caer contra la pared cuando no me puede ver, al principio esbozo una sonrisa e incluso me río, es una risa nerviosa, no sincera; que progresivamente se va convirtiendo en un llanto que ni siquiera los que han ejercido de padres en todo este tiempo consiguen consolar.

Paso en la cama los siguientes días hasta que me recupero del todo; mientras tanto me dan igual llamadas, entrenamientos y misión alguna. Tan solo me dedico a leer, comer y dormir. Me han confiscado los pendientes para estudiar su procedencia.

Durante las siguientes dos semanas, intento que todo siga con normalidad, pero no me siento con fuerzas para seguir la pantomima. Por supuesto todos lo notan y me preguntan lo que me pasa, pero mi respuesta siempre es la misma: «No es nada, tan solo extraño Francia» A pesar de mis esfuerzos por ocultárselo a Lily, nada más verme la segunda semana no lo dudó ni un instante y me preguntó:

    ¿Qué te pasa? Estás rara.

    ¿Yo? Estoy bien, no pasa nada.

    Ya no soy tan pequeña. El mes que viene cumplo seis.

    Lo sé —la beso—. Y cada día estás más guapa.

    No me distraigas —me regaña—. Estás rara y no me lo quieres decir. Ya casi no vienes a verme y te echo de menos —se le inundan los ojos de lágrimas.

    Yo también, mi amor —nos abrazamos—. Pero ahora que ya eres mayor, debes entender que tengo que ir al cole, para cuando venga el verano estar siempre contigo ¿vale? —asiente y la limpio los ojos.

Seguimos hablando y jugando. Practicamos lectura y la ayudo a escribir. Está sentada en mi regazo leyendo cuando el odioso móvil suena. Se me olvidó apagarlo.

    Un momentito. Ahora mismo lo apago.

    No, cógelo. Yo sigo leyendo y no te escucho —no me lo dice con resentimiento, sino con comprensión.

    Será solo un momento. ¿Sí?

    Parece que te encuentras mejor.

    Hablamos luego ¿quieres? —respondo cansada.

    Suenas mal. ¿Dónde estás? Voy por ti.

    No, déjalo. Llámame en un rato.

    ¿Pero dónde estás? — ¿tendrá razón Anne en eso de que quiere tenerme controlada? No le respondo y cuelgo. Lily me mira y entierro la cara entre las manos un momento para respirar.

    ¿Quién era?

    Alguien que no me importa.

    Mientes. Siempre respiras más fuerte cuando lo haces.

    ¿En serio? No lo sabía —digo, ausente.

    Te has puesto triste.

    No lo estoy.

    Sí. Te conozco, eres mi hermana mayor y sé que te pasa algo.

    No es eso —continúo negando. Me gusta lo que acaba de decir—. Estoy cansada, ya está.

    ¿De qué?

    De todo —me froto los ojos ocultando el rostro.

    ¿De mí también?

    No, cariño, de ti no. Es que a veces…es demasiado.

    Quiero ayudarte.

    No puedes. Cuando te pongas buena hablamos. Y ahora a la cama que ya es tarde —sonrío y la meto en la cama. La tapo y me quedo con Lily hasta que se duerme.

Pido cita con el psicólogo para hablar sobre mi pequeña y pregunto a una enfermera lo que estúpidamente nunca se me había ocurrido.

    Perdone, siento molestarla, pero…Lily, ¿no dibuja?

    No me molesta —me sonríe amable—. Sí dibujaba, pero hace tiempo que no.

    ¿Por qué?

    No la dejamos. Cuando dibujaba la daban ataques de ansiedad. No eran muy agradables, ninguna de las dos cosas —aclara.

    ¿Qué dibujaba?

    Será mejor que lo vea —se va y vuelve con una carpeta marrón, del mismo estilo que las mías, pero con el nombre de Lily al lado del tachón de antes que ponía Jane Doe. Lo abro pero me para—. Véalo en casa tranquilamente, si quiere puede quedárselo.

    Gracias, se lo agradezco.

    Quien deberíamos estar agradecidos somos nosotros. Desde que vino la primera vez, Lily ha experimentado una muy significante mejoría.

    ¿De qué sirve si la quieren echar?

    Técnicamente iría a otro hospital. Más alejado y con menos cuidados, eso sí.

    Eso no me sirve de consuelo. ¿Siguen sin encontrar parientes?

    Tiene un tío, pero no hay forma de contactar con él.

    ¿Cómo se llama?

    James P. Sullivan.

    Yo me encargo. Gracias de nuevo por todo —me voy a casa con la carpeta bien aferrada. No quiero que se me pierda— Buenos días, señor Calhoun —saludo al portero del edificio cuando llego a casa.

    Bonjour, mademoiselle —me responde con su característica sonrisa.

    ¿Podría hacerme un favor?

    Lo que usted diga.

    Guárdeme esto hasta que vuelva —le doy la carpeta—. Es sumamente importante para mí.

    Por supuesto, la protegeré con empeño.

    Y si mis padres preguntan por mí, dígales que he ido a dar un paseo.

    Como mande. ¿Quiere entrar a la consigna?

    Sí, será solo un momento —la consiga es un espacio personal del conserje, pero a mí me deja guardar algunas cosas de repuesto o de acceso rápido.

    Guardaré la carpeta ahí. Puede pasar cuando quiera.

    Muchas gracias —sonrío y entro delante suya.

Cojo la ropa de deporte que tengo guardada y al momento él sale. Me visto, ocultando el revólver en la parte trasera del pantalón y tapado por la sudadera, al igual que los pantalones, ancha. He decidido guardarlo ahí, puesto que en el piso ya hay suficientes armas y es más útil.

Lo cierto es que me he vuelto bastante precavida, quizá demasiado. Normalmente no salgo a la calle sin protección (arma) a no ser que vaya al hospital, pero incluso he llegado a llevar alguna vez. Especialmente los días que me siento peor o más insegura. En general, cuando todo me supera como hoy.

      No sé cuanto tiempo paso andando por la calle, pero ya es muy de noche y apenas hay gente por la calle. Me he salido del barrio y estoy yendo por la peor zona. De todas formas me da igual. Me acuerdo al llegar a un parque lleno de graffitis y con los columpios a medio romper de encender el teléfono, no me había dado cuenta hasta ahora. Miro las dos llamadas perdidas de Anne y Frank y las otras cinco de un número desconocido según la pantalla, pero demasiado familiar para mí.

Me dejo caer en un banco y mando un mensaje tranquilizador a Anne para que sepa que volveré en poco tiempo y guardo de nuevo el móvil. Veo una sombra tambaleante que se acerca muy lentamente. El teléfono suena y la extraña figura desaparece. Un día lo lanzaré al mar, o a la carretera, o a cualquier otro sitio que me asegure que no volverá. No me gusta tener que estar siempre disponible, necesito espacio y tranquilidad y esto lo único que hace es arrebatármela de golpe; arrancármela como si nunca hubiese sido mía y haciendo que la extrañe tanto como el oxígeno que respiro.

Cuelgo directamente pero al momento vuelve a sonar, no puedo seguir huyendo.

    Menos mal —suspira aliviado—. Iba a salir a buscarte por la ciudad si no contestabas a esta.

    ¿Qué querías?

    Verte. Hablar.

    Aquí me tienes.

    Prefiero en persona. Además, también quiero verte.

    Hasta el lunes no puedo, como siempre.

    Estoy en el club, puedo pasar a recogerte si quieres —se ofrece.

    He dicho que no, mañana tengo que…hacer cosas.

    ¿Todo el día?

    Ya sabes la respuesta.

    Tenía la esperanza de que no. Últimamente no estás bien y si fue por lo del otro día, quiero que sepas que lo siento. Sé que te lo he dicho miles de veces pero… —no continúo escuchándole.

Me aparto el teléfono y tras unos segundos de duda lo apoyo en mi pierna. Aprovecho para buscar la sombra; ni rastro. Estoy volviéndome loca, seguramente no había nadie, sólo he sido yo y mis conjeturas que me han jugado una mala pasada.

    Estate quieta y no te haré daño —me amenaza una voz ronca, posando sobre mi cuello algo frío y afilado que no alcanzo a ver—. Dame todo lo que tengas.

    Lo tengo en el bolsillo trasero —digo aparentando miedo. Por fin algo de diversión.

    ¿Estás hablando con alguien? —señala con la cabeza el móvil. Niego y cuelgo sin que se dé cuenta al dárselo — No mientas. ¿Con quién hablabas?

    Con nadie. Tan solo estaba en Internet.

    No te creo. Era tu novio, ¿verdad? —insiste.

    ¿Qué dice? Está loco.

    Levántate muy despacio con las manos arriba—vuelvo a asentir y hago caso, esta vez sin pizca de buen humor— Saca lo que llevas.

    Como quieras —me llevo la mano muy lentamente a la parte trasera.

Con la oscuridad no se habrá dado cuenta ni del bulto ni de que el bolsillo no existe. En una milésima de segundo cambio el rumbo de la mano y le propino un fuerte golpe en el brazo para desarmarle. La navaja, que ahora sí he alcanzado a ver, no se separa de su mano; aun así, vuelvo a darle otra vez en la otra mano que había alzado para defenderse, con el mismo resultado que antes. Salto por el banco sin tocarle y espero a que se recomponga para seguir. Se abalanza sobre mí y le esquivo sin dificultad, haciendo que pierda el equilibrio y un simple toque le hace caer. Cojo la navaja y la inspecciono mientras se cubre la cabeza tras un intento fallido por levantarse.

    El móvil —tiendo la mano para que me lo dé. Lo hace con cuidado y a la luz de la farola veo que es un hombre delgado, descuidado y con barba. Un mendigo muy desesperado, sin duda. Ahora me siento mal por haberle pegado—. Lo siento. Pero la próxima vez tenga cuidado con quién se mete —le lanzo la navaja y el poco dinero que llevo encima.

    No quiero tu sucio dinero. Asquerosa poli —escupe.

    ¿Cómo? —no puede ser posible que haya dicho lo que he oído. Se acobarda de nuevo y lo ignoro. «No lo habrá dicho, soy yo» me repito una y otra vez.

 

Pero hay algo en todo esto que huele a gato encerrado. No me cuadra que supiese lo del teléfono y su insistencia, y que me hiciese levantar las manos no hace más que aumentar la sospecha. En casa le cuento todo a los que llevan siendo mis padres casi un año y les enseño la foto que conseguí sacarle antes de irme. La pasan por reconocimiento facial, pero no hay resultados. Estoy completamente segura de todo lo que me dijo. Frank realiza la búsqueda con más ahínco y obtiene lo mismo que antes: nada.

A la mañana siguiente, me despierta para ir a entrenar, pero primero me enseña el ordenador, orgulloso:

    Dije que encontraría algo.

    ¿El qué? —digo intrigada.

    No hay motivo por el que preocuparse. Ha estado ingresado en un sanatorio mental. Pudo haberte dicho eso porque reconoció la forma de defenderse de un policía, ya está.

    Yo no estaría tan confiada —responde Anne— ¿Y si se lo dice a alguien?

    ¿Quién le va a creer? En el barrio es conocido como el loco Vince. Creo que eso dice muchas cosas.

    Estoy de acuerdo. Nadie se creería que yo sé pelear. Simplemente soy una niña de papá que extraña su país.

    No lo sé…—duda Anne.

    Ven con nosotros a entrenar. Hoy la he preparado algo especial.

    ¿En serio? ¿Qué vamos a hacer?

    Sorpresa. Creo que te gustará, pero será duro.

    No me importa.

La sorpresa resulta ser una experiencia en un campo de tiro. Es cierto que me gusta, pero es muy difícil. Consistía en varias pruebas: Tiro a una diana simple. Después otra que se movía. Otra moviéndonos nosotros. Otra con obstáculos, una más en la que estábamos en una ciudad y tenía que disparar sólo a los muñecos armados antes de que ellos me lo hicieran a mí. Lo más importante de todo era no herir a los ciudadanos. La prueba final ha sido horrible. Entré en una sala, con la voz de Frank informándome de que este simulador es el más caro y novedosos del mundo. Me ataron unos sensores para asegurarse que hacía la misma acción que en la vida real. Al principio probé qué ocurriría, puesto que de eso no fui informada, y lo averigüé por las malas. Una corriente eléctrica me recorrió todo el cuerpo desde los pies hasta la nuca. La parte del hombro fue la más dolorosa, incluso casi insoportable. Será mejor que lo explique, porque el conflicto, a diferencia del resto de pruebas, no era físico.

Me encontraba en una ciudad en ruinas, con un solo arma de seis balas, sin recambios. Debía salvar a varias personas, al principio bastante sencillo. Pero cuando me relajé vino lo duro. Oí un grito terriblemente familiar a lo lejos. Lo seguí con la vista y descubrí que Alex estaba en un edificio en llamas, a medio derruir y apenas podía respirar. No lo dudé un segundo, estaba demasiado lejos e ignoré al resto de civiles. Al darme cuenta de lo que estaba haciendo, cambié de rumbo; primero rescataría a los del edificio más cercano y luego iría por él, pero la corriente antes mencionada me lo impedía. Lo probé dos veces, lo suficiente para dejarme sin aliento, así que, cuando estaba a punto de entrar, volví a oír un grito muy parecido al anterior. Miré a la ventana donde estaba Alex, pero había desaparecido. El grito procedía del otro punto de la calle. PJ estaba en la misma situación de Alex, hasta que le vi desmayarse ante mis ojos. No lo pude soportar y salí corriendo, pero de nuevo la corriente. La confusión se apoderó de mí, así que miré a ambos lados y fui lentamente hacia Moore. Si retrocedía volvía la electricidad.

Conseguí subir al edificio, me quité la camiseta —craso error, porque provoca quemaduras— para no respirar el humo. Después de seguir en el laberinto durante una eternidad, cuando ya estaba completamente aturdida y desesperada por encontrarle, lo vi tirado en el suelo, rodeado de llamas. Una explosión del lado contrario de la habitación me distrajo, aun así esquivé las balas hasta llegar junto a él —se me había olvidado por completo que era una simulación. El dolor era tan real.

Lo cubrí con mi propio cuerpo y disparé a una sombra detrás del humo negro. Otras cinco sombras más aparecieron junto a la primera. En total seis sombras, cinco balas, alguien a quien tenía que salvar y yo, con quemaduras en casi todo el torso. Me levanté y cuando tuve a tiro al primero no dudé, ni con el segundo, o el tercero, o el cuarto. Incluso el quinto fue fácil a comparación con lo que me esperaba. El sexto me golpeó hasta quedar en el suelo junto a Alex sin poder moverme. Entonces conseguí sacar fuerzas al ver su cara tranquila y llena de hollín. Agarré un tobillo del hombre y lo tiré junto a mí. Agarró a Moore del cuello y me abalancé con intención de salvarlo, aunque fuese lo último que hiciera. Forcejeamos hasta que el hombre cayó por la ventana y yo me quedé colgada de ésta por el brazo malo. No reprimí las muecas de dolor, no serviría de nada, y volví dentro. Era un auténtico infierno, anudé la camiseta en la boca y nariz de Alex y le cogí. ¿Cómo? No lo sé, supongo que la adrenalina tuvo mucho que ver. Cuando conseguí ponerlo a salvo yo estaba completamente mareada, apenas me sujetaba en pie, así que me dejé caer sobre él y lo dejé todo al destino.
Por suerte quiso que la simulación acabase y que yo estuviese sin un rasguño en la sala blanca de nuevo. Frank me ayudó a levantarme y me explicó que PJ representaba a mi pasado, Moore a mi presente y el resto de ciudadanos al futuro, quiere decir que acabo de empezar. Posiblemente en el futuro todas esas personas aparezcan en mi vida y las ayudaré de una manera u otra. Respecto a las sombras, eran mis miedos; los temores que me impiden seguir adelante. Tengo que cortarlos de raíz y sin dudas, al igual que hice en la simulación.