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viernes, 17 de junio de 2016

Capítulo 23

Oigo mi nombre detrás, pero al reconocer la voz que lo pronuncia, decido continuar, aunque he de decir que no me desagrada del todo. Prefiero no esquivarle, va a acabar encontrándome y mejor que sea él a cualquiera de sus matones. Me dejo alcanzar parándome en mitad de la calle; él me mira a los ojos, o lo intenta entre tanta gente, y se acerca lentamente esquivando a los paseantes que nos separan. Cuando estamos a la misma altura, no se atreve a tocarme por miedo a que me enfade, y aunque me parece incluso tierno que resista lo que quiere hacer por mí, así está bien, quiero ser yo esta vez quien dé ese paso, pero él debe hablar primero.
¾    Sólo hay dos cosas que protejo en mi vida: mi negocio y a ti. Pero sólo daría la vida por una de ellas, y tiene unos preciosos ojos azules que anulan el resto del mundo cuando los veo.
Tomando aire, bajo la cabeza. No sé si está bien que me iguale a sus negocios, al menos sé que soy lo suficientemente importante, pues lo segundo que ha dicho me ha dejado sin aliento. Ojalá alguien más lo hubiera oído, así verían que no es el hombre cruel por el que quieren hacerle pasar. Pero no, este es un momento íntimo en el que el resto de la calle ha desaparecido, tan solo somos nosotros pasando desapercibidos entre la multitud. De otro modo, sin gente alrededor que nos tape y dificulte las fotografías, escuchas o cualquier otra cosa que pueda captar el momento, jamás lo habría dicho. Y posiblemente yo tampoco habría tenido intención de contestarle; sin embargo, no sé qué decirle, siento que cualquier cosa que salga de mi boca va a estropearlo.
¾    Al, mírame —se agacha para verme la cara, pero le esquivo—. Al principio me dijiste que para que funcionara ambos tendríamos que aportar lo mismo, y yo ahora te pido que cumplas la promesa.
¾    No es así de fácil, no somos una pareja normal, rompemos promesas, nos hacemos daño, pero aun así seguimos juntos.
¾    Porque amamos de manera diferente —suena desesperado y me coge la cara entre las manos—. Reconozco que he sido una persona despreciable contigo, y estoy tratando de enmendar esos errores. He ordenado que te hicieran daño porque era un cobarde, y si no fuera por mí no estarías en todo esto, así que lo único que puedo hacer  es tratar de protegerte. Y quizá no sea de la manera más correcta, pero es lo que sé hacer.
Al no contestar, me besa suavemente, pero no me veo con ánimos de devolvérselo. Nuestro problema es que somos iguales y me niego a aceptarlo e insisto en que él haga lo mismo, pues la única persona que protegí con ahínco acabó muerta, precisamente por el empeño que puse. Si no me hubiera cegado con esa idea, hubiera visto que su mayor amenaza era yo. Yo soy la única culpable de su muerte aunque lleve años negándolo y echando las culpas a su padre o a Ronald Moore. Dejé morir a mi hermana.
Cuando me rodea con los brazos, no me aprieta contra él como siempre hace, sino que me besa la frente y acaricia mis costillas con cuidado.
¾    ¿Te duele? —dice, recordando el gesto de dolor de antes.
¾    Estoy bien. ¿Cómo va tu brazo?
¾    Poco a poco —me coge por los hombros y, tras echar un vistazo atrás para asegurarse de que nadie nos sigue, echamos a andar.
Amy seguramente nos haya visto y prefiere no intervenir, pero no me cabe duda de que mantiene sus ojos en nosotros un buen rato. Me dejo llevar por él, parece que sabe a la perfección adónde nos dirigimos, y sé que no es a ningún sitio que me desagrade, sino todo lo contrario; me conoce demasiado bien para ello. Por el contrario, si yo tuviera que hacer lo mismo, no sería capaz, de nuevo él está por delante, y no sé si es por mi miedo a llegar más allá o porque sabe esconderse muy bien; seguramente ambos.
Para mi sorpresa, acabamos en unos grandes almacenes. Le miro extrañada mientras andamos por los pasillos, no solo por el lugar, sino porque continuamos de la mano a pesar de las cámaras de seguridad —que analizo disimuladamente, es una manía o costumbre, como se prefiera llamar—. Se quita la americana y se afloja la corbata, así que yo me pongo en frente para quitársela por completo y me la guardo en el bolsillo antes de desabrocharle un par de botones de la camisa. Así parece algo menos formal, más joven, y podemos dar la sensación de, por al menos un momento, ser como el resto. También atraeremos menos miradas, y no sería tan incómodo. Me coge por las caderas y me besa el cuello, haciéndome cosquillas cuando murmura:
¾    Si lo que quieres es quitarnos la ropa, en la segunda planta hay un probador bastante grande, aunque yo prefiero los pequeños —me empuja poco a poco, pero no veo hacia dónde.
No puedo evitar sonreír, echaba de menos esto de él. Ha estado tan centrado en protegerme, en mantenerme alejada en vano de su mundo que, por suerte o por desgracia también es el mío, ha echado a un lado la verdadera vida en pareja, en todos los aspectos. Y a ser sincera, yo he hecho lo mismo, aunque también tenía demasiadas cosas en la cabeza y en el corazón; ahora, simplemente, he aprendido a apartarlas y Alex me hace dejarme llevar, sin quererlo me está enseñando a vivir de nuevo.
¾    Sabes mucho, ¿no? —me río.
¾    Casualidad —responde igual.
¾    Pero no me has traído para eso.
¾    Puedo cambiar el plan —le aparto suavemente y entiende el mensaje de inmediato—. Está bien —dice con un suspiro—, ¿ves esto? —coge un reloj de muestra de un estante— Quince dólares que no son nada, pero si sabes lo que quieres, es un tesoro. Si lo que buscas es un subidón de adrenalina, da lo mismo que robes un reloj de plástico de un maniquí a que pases droga o que te hagas pasar por prostituta.
¾    ¿Es lo que tú haces? ¿Robas para un subidón? —lo pronuncio en tono de burla, aunque su expresión seria me dice que no está de broma.
¾    Cuando abusas de algo, acaba por resultarte indiferente. Estoy tan harto de hacer a diario lo que la gente común hace para buscar riesgo y adrenalina, que nada es...excitante —tiene la mirada perdida.
¾    ¿Nada?
Engancho los dedos en las trabillas del pantalón, hablando con los labios pegados a los suyos, atrayendo toda su atención. Quizá por eso cambiaba tan a menudo de amante, por eso se ha reprimido conmigo en ese aspecto, no quiere descubrir que le pueda ocurrir conmigo y cambiar todo. No he sido la única que ha pasado por cosas duras, y creo que por eso continuamos juntos, comprendemos lo que el otro siente, entendemos el dolor más profundo porque lo hemos sufrido muy jóvenes, vemos que el mundo sí es blanco y negro, todo gris acaba decantándose hacia uno de los dos extremos. Entiendo que no me haya contado sus cosas, yo tampoco le he contado las mías, simplemente es difícil volver a traer el pasado a nuestro lado y evitar que nos afecte. Agradezco que no haya insistido en las cicatrices, por ejemplo, pues serían muy difíciles de explicar desde Du' Fromagge, y desde Sanders me tomarían por loca, y con él sería imposible, ella no existe o no es nadie de quien preocuparse a no ser que se inmiscuya en sus asuntos, que en ese caso debería tomar medidas. Espero no saber nunca cuáles.
Le beso suavemente la mandíbula más para eliminar cualquier pensamiento racional de mi cabeza que por él, se la recorro así mientras le atraigo a unos probadores cercanos que he visto antes —la experiencia me ha enseñado que nunca está de más fijarse en los máximos detalles posibles de donde te encuentres, por si tienes que escapar—; crispa los dedos alrededor de mi cintura, clavándomelos con fuerza, pero me da igual, sólo quiero besarle, alejarnos de todo y perdernos el uno en el otro. Me alza la barbilla una vez dentro y con el cerrojo echado para mirarme a los ojos; nos mantenemos unos instantes interminables así hasta que prácticamente se lanza a besarme con la mano en el cuello. Sus ojos no tienen ternura o cariño siquiera, parecen estar nublados, ausentes, como si buscaran en los míos algo que le ancle a mi lado. Voy a dárselo lo mejor que sepa, voy a mantenerle lo más cerca posible todo el tiempo que se me permita. El beso es feroz, no sé si de rabia o algo parecido a la pasión, pero no es ni mucho menos tranquilo o delicado; pero yo tampoco lo rechazo, sino que respondo de igual manera, agarrándole por los hombros para juntarle más a mí. Ambos queremos lo mismo, es obvio cuando baja a besarme el cuello y tira de la blusa hasta que, simplemente dejando los brazos muertos, cae sin problemas. Tengo que entretener mis dedos desabrochándole la camisa para que no se contraigan demasiado y le clave las uñas. Quiero que continúe y así hace, para bien o para mal, pues siento donde me toca pequeñas cuchillas que recorren todo mi cuerpo, activando cada nervio. Apenas roza las cicatrices, pues sabe que es algo de mí que no me gusta y me incomoda, y no quiere estropear el momento, pero tampoco le hace detenerse ni mucho menos. Se entretiene en mi cuello mientras me desabrocha el pantalón, el cual en cuanto mete las manos para agarrarme el trasero, cae de inmediato. Me arqueo para sentirle aún más, para quemarme con su fuego, aunque no sé quién se quemará antes; mis manos en su espalda, recorriendo cada trazo de sus músculos en movimiento; mis piernas en torno a su cintura cuando me coge por los muslos; y mi boca besando la suya o mordiéndome el labio cuando él no me corresponde. Enredo los dedos en su pelo para que eso no ocurra, pero la sed que me provoca tampoco la aplaca, es tanto el remedio como la enfermedad, me corroe por dentro. Nuestros movimientos se vuelven torpes, nerviosos ante tanto que hacer y con tan poco tiempo; sin embargo sabemos exactamente lo que queremos y deseamos más, no pararemos ninguno de los dos, ni siquiera aunque pudiéramos. Estamos tan dentro del otro que no pensamos por nosotros mismos, nos centramos en complacerle, pero ni siquiera tanto como, egoístamente, en buscarle para conseguirlo para nosotros. Yo no quiero soltarle ni él a mí, de manera que nos apretamos el uno contra el otro, haciéndonos incluso daño con las manos como tenazas para sentirnos al máximo, pero el dolor no existe; mis uñas han acabado en su espalda, no soy capaz de controlarme, y él me sube las manos para ponerlas contra la pared, para tener el control, y yo se lo permito, o al menos de momento, ya que es a lo que ambos estamos acostumbrados. Estoy prácticamente inmovilizada, pero mi confianza en él es plena, dependo de lo que haga al completo, y a pesar de ello me encuentro mejor que nunca; ambos estamos cómodos, al menos todo lo que se puede estar en un probador pequeño de unos grandes almacenes cutres.
De repente oigo un sonido bajo, amortiguado por la ropa procedente del suelo. Por el momento me tenso, pero Alex continúa con sus besos. Parece que también se da cuenta y murmura:
¾    Déjalo sonar —me indica, despreocupado.
¾    No es mío —mi móvil se lo quedó Amy, así que sólo puede ser el de él.
De repente, es él quien se tensa y me deja caer al suelo. Empieza a revolver la ropa hasta encontrar la chaqueta y sacar del bolsillo interior el teléfono. Para él, acabo de desaparecer, ni siquiera se ha preocupado de si he caído bien o de sí las costillas magulladas se han resentido, que ya digo yo que bastante, cuando me ha soltado. No puedo evitar hacer una mueca y llevarme la mano al lugar del moratón, pero aun así no me presta atención, está concentrado en la llamada. Frunce el ceño en cuanto coge el teléfono, y tras asentir un par de veces y decir que se pone en marcha, cuelga y me pasa la ropa mientras con la otra mano se abrocha el pantalón.
¾    Vístete; nos vamos.
¾    Yo me quedo. Quiero dar un paseo con Amy, tranquilizarme un poco.
¾    Lejos de mí, te refieres —parece que el tiempo se detiene cuando me clava su fría mirada.
¾    Sí, Alex —suspiro—. Quiero...hablar con una vieja amiga, hablar de Marsella.
¾    ¿Vas a volver? —diría que hay cierto miedo en su voz, aunque pretende disimularlo.
¾    Supongo —me encojo de hombros y trato de cerrarme la blusa con los botones que le quedan, evitando sus ojos.
No es una mentira completamente, quiero ir a Marsella, ver cómo me sentiría estando en un lugar que llevo diciendo tanto tiempo que es mi hogar. A lo mejor me siento así de verdad, o me llevo una gran decepción, no lo sé, pero quiero comprobarlo por mí misma, pasear por las calles que he estudiado, entrar a los edificios con los que se supone que debo estar familiarizada y hablar con la gente para ver si es como dicen. Seguramente, cuando me retire o cuando termine todo esto, será lo primero que haga, salir corriendo lo más lejos posible de aquí.
¾    Si me vas a dejar, lo mejor sería que te fueras ya. Por el bien de ambos —adopta una pose fría en insensible que duele más de lo que imaginé.
¾    ¿Vuelta a las amenazas, Moore? Ahora sí que me voy.
No puedo permitirme ceder de nuevo, tengo que poner mis cartas sobre la mesa. Yo no soy como las chicas con las que ha estado antes, y él lo sabe, pero parece que lo ha olvidado, y no voy a dudar en recordárselo. No me va a hacer nada, o al menos en un periodo de tiempo en el cual no pueda prepararme así que confío en él, en que tendrá algo de cordura y ya no se dejará llevar por un enfado de niño pequeño, no después de lo que hemos pasado, de lo que he hecho por él.
¾    Es una advertencia —me coge del brazo cuando voy a abrir la puerta—; y sabes que yo no soy el problema.
¾    Pues entonces no me des órdenes, estoy cansada de eso —añado en un murmuro.
¾    ¿Quién fue? —le miro, algo confusa— Mira, si no quieres contármelo, está bien, ya lo harás, todos tenemos algo de lo que queremos huir, pero ahora te vienes conmigo.
¾    No sé de qué estás hablando, ya te conté...
¾    Lo que quisiste decirme, no la verdad. Te han hecho daño de formas que ni puedo ni quiero imaginar; especialmente por el bien de él —adivina en lo que estoy pensando, aunque han sido tantas cosas que ya no sé quién es el verdadero culpable.
¾    Amy no sabe nada —cambio de tema, no de forma muy sutil—. No quiero que se preocupe. Dame una hora y...
¾    No tengo tanto tiempo, Alice. Llámala —me tiende el teléfono tras pensárselo unos segundos.
Podría mirar qué tiene dentro, conseguir información que no podría siquiera soñar, pero ni tengo tiempo ni me veo capacitada para hacerlo. Intentaron enseñarme a poner virus en teléfonos y ordenadores, pero la verdad es que nunca fue lo mío, y ni siquiera lo he intentado desde que llegué a Miami. Puedo meterme en algunos servidores que no tengan demasiada seguridad, de hecho quizá haya abusado un poco de ello desde que me enseñaron en la academia del FBI, pero ahora no me servirá de nada. Y tampoco quiero traicionar la confianza que ha depositado en mí, antes ni siquiera me hubiera dado el número, lo conseguí casi de milagro, y ahora me ha dado el teléfono completo; si eso en él no es confianza, no sé qué lo es.
Asiento con la cabeza, cediendo, y marco el número de mi amiga sin detenerme a mirar nada, tan sólo me fijo en que no tiene ningún fondo de pantalla, simple negro. Él no aparta los ojos de mí, y aunque me siento algo incómoda, hago el esfuerzo de acercarme, sin importar lo que pueda oír. Si llamo desde un teléfono extraño es lo suficientemente inteligente para suponer que no es una línea segura. Por suerte, me coge por la cintura y dejo caer la cabeza en su pecho, escuchando su corazón aún acelerado, por lo que coloco la mano libre sobre él para tranquilizarlo y me besa la frente. Me siento horrible si pienso en todo, nada más darme su teléfono lo primero que me ha venido a la cabeza es el estúpido trabajo.
¾    ¿Quién es? —mi amiga coge el teléfono alerta.
¾    Amy, soy yo. Te llamo desde... —Alex me mira para que no continúe— No importa, voy a pasar el resto del día con Alex, y quiere que le acompañe a un sitio.
¾    ¿Dónde? —él estaba oyendo toda la conversación, y me quita el teléfono de la mano.
¾    Alice estará bien. Sabes quién soy, así que no tengo que decirte que tengo compromisos a los que debo asistir y que me preocuparé por su seguridad. hablará contigo cuando la lleve a casa.
Cuelga al instante y se guarda el teléfono tras hablar con alguien para que nos recoja de nuevo, supongo que Paul. Confía demasiado en él como para ayudarle a protegerme, y sinceramente, yo espero que haga lo mismo con él. Paul es la única persona que puedo considerar como un verdadero aliado con Moore, me ayudará a que no se meta en demasiados líos, que no se arriesgue más de lo necesario.
Intenta salir prácticamente corriendo, pero se lo impido cogiéndole de la cintura, una vez desenvuelto de mi abrazo.
¾    Es de confianza, Alexander, no tienes por qué ser así con ella.
¾    Sólo he sido directo.
¾    Y desagradable —me mira de reojo y le dejo ir.
Es increíble cómo puede cambiar tanto en tan poco tiempo, pasar de ser tierno y protector a frío y manipulador, incluso. Pero yo no voy a dejarme, y no le vendría mal saberlo; de hecho se está dando cuenta de que no me puede controlar, que no me dejo manejar, y tengo cierto miedo de adónde pueda llevarme todo esto.
Me quedo sola en el probador más de diez minutos sin parar de andar de un lado a otro, pensando qué ha podido suceder para que se dé ese cambio. No cabe duda que ha sido a raíz de esa llamada de teléfono. Evito pensar en nada malo y doy gracias cuando llega porque estaba empezando a perder los nervios.
¾    ¿Qué pasa? —dice nada más entrar— Alice, estás pálida —me toca la mejilla con el dorso de la mano.
Ahora es cuando sale la verdadera Du' Fromagge, ahora que necesito estar atenta ante lo que pase y centrada. Siempre que pueda achacar esa debilidad, ese defecto —uno de muchos— a mi tapadera en vez de aceptar que el problema es sólo mío y lleva sucediéndome más tiempo del que sería capaz de admitir. No sé qué ha podido ocurrir, estaba bien y de repente todo ha comenzado a sobrepasarme: las heridas, las dudas, el estrés por no saber si estoy a salvo o no, las mentiras, David...
Llevaba mucho tiempo sin pensar en él, y la verdad tampoco me siento tan mal como esperaba. Quizá no estaba tan bien con él, quizá todo esto me ha ayudado a darme cuenta. Recuerdo cuando no podía soportar estar más de una semana sin verle, por no decir sin hablar con él; aunque no fue al principio como suele pasar, sino a los meses de estar saliendo, supongo que no era amor, si lo pienso fríamente hay más probabilidades de que fuera porque había encontrado cierta comodidad en su presencia y no quería perder eso de nuevo. Cuando acabe todo, aclararemos las cosas. No sé si lo comprenderá, pero al menos tendrá que aceptarlo. Debería prepararme para cuando se lo diga, la verdad, temo su reacción más que nunca.
¾    No es nada.
Suspiro cerrando los ojos para calmarme; cuando los vuelvo a abrir tengo los suyos clavados y no me permite esquivarle. Necesito preguntarle para ver si tengo razón o no, para comprobar qué quiere de mí, porque temo que en alguno de sus bruscos cambios de humor salga yo mal parada.
¾    Siento haber sido así, no te lo merecías.
¾    Tienes razón —tomo aire—. Y ahora tú te mereces una bofetada, pero como ambos estamos recibiendo lo que no merecemos... —le doy un suave beso en los labios y abro la puerta—. Espérame fuera.
Quiero tranquilizarme antes de irnos, recuperar la compostura sin ningún tipo de presión. Puedo soportar que él me vea mal, ya lo ha hecho y me temo que no será la última vez; no obstante, que cualquier extraño me vea en un momento de debilidad como este, sería más de lo que mi autoestima aguantaría.
Cuando la gente dice que no piensa las cosas antes de decirlas está mintiendo, hay una pequeña fracción de segundo en la que te preguntas a ti mismo si decirlo o no y sabes lo que pasará si haces una cosa o la otra, el problema es que las consecuencias no son tan simples. En ese tiempo sólo consigues rascar la superficie, sabes que algo malo sucederá, pero no te das cuenta de cuán grave ha podido ser el error hasta que ha salido por la boca, y es entonces cuando de verdad comienzas a pensar, y a veces ni siquiera en ese momento.
Alex no me replica aunque quiera, porque sabe que sería inútil, ya ha perdido la discusión antes de comenzarla. Deja que cierre la puerta, pero enseguida la empuja y vuelve a entrar, a lo que respondo sacando todo el aire de mis pulmones para no decirle cualquier cosa de la luego me arrepienta.
¾    No puedes simplemente escuchar y hacer caso, ¿no?
¾    Igual que tú —touché—. No voy a esperarte fuera porque soy un gilipollas, y si lo hiciera...
¾    ¿Me darías mi espacio? —interrumpo.
¾    Es que no entiendes que no quiero ''espacio'', ya ha habido demasiado. No voy a arriesgarme a perderte de nuevo.
¾    Es un probador, Alex, no voy a irme a ningún lado.
¾    Eso pensé cuando te subiste a aquel coche.
Su mirada es tan intensa que mis pulmones se bloquean al instante. Tiene razón, jamás se imaginaría que, tras pasar la noche juntos, tras acostarnos por primera vez, iba a estamparme contra un árbol y morir, para luego volver a la vida exclusivamente con el fin de delatar a su propio padre. Reconozco que fue duro para ambos, pero al menos yo conocía la verdad; no me imagino estar en su situación, sentirme responsable de todo el mal que mi propio padre ha causado, incluido a quien más quiero, y además querer vengar su ingreso en una prisión más que merecida; por no mencionar el tiempo que ha tenido que pasar solo, recuperar su imperio desde las sombras y expandirlo más aún.
¾    Lo siento —es lo único que consigo articular.
¾    ¿Por qué lo hiciste, Alice? —no hay rabia en su voz, tan solo tristeza—. ¿Por qué...? —suspira, echándose el pelo hacia atrás antes de dejar caer los brazos.
¾    Tenía miedo.
¾    Pero ahora estás conmigo igualmente.
¾    Ya no soy la cría de antes. He...hecho cosas horribles, y me arrepiento de algunas de ellas, pero otras las repetiría hasta que no pudiera mantenerme en pie.
¾    ¿Como mentirme?
¾    Si con ello te protejo, no lo dudaría.
¾    ¿Protegerme de qué? —pone una sonrisa de suficiencia— Creo que no te has dado cuenta de quién soy, Alice. No soy yo quien necesita protección.
¾    Actitudes así son las que meten a tipos como tú en la cárcel, así que déjame actuar por mi cuenta.
¾    ¿Eso hiciste con mi padre? ¿Actuar por tu cuenta? —frunzo el ceño, no estoy segura de saber a lo que se refiere— ¿Testificaste en su contra?
¾    ¿Me matarás si te digo que sí, aunque lo hubiera hecho a cambio de que tú salieras airoso?
¾    Tomaría medidas, sí, pero no esas. Dime la verdad —me agarra por los hombros hasta hacerme daño, y reconozco que ahora sé lo que es el miedo.
¾    Intenté hacer un trato. Él a cambio de ti, pero no lo aceptaron, así que me negué. No quería que fueras detrás.
¾    Le condenaron a perpetua; está en aislamiento permanente; sin visitas. Probablemente le hayas salvado la vida no diciendo nada.
No es que se la haya salvado, sino que se la he perdonado mirándole a los ojos. Estoy orgullosa por no haberle matado cuando tuve la ocasión, aunque haya tenido mis momentos de debilidad en los que me arrepentía de ello, pero así no hubiera solucionado nada; al menos así vive lo suficiente para lamentar cada delito que haya cometido. La pena capital raramente se aplica, hay demasiado miedo para hacerlo, y seguramente moriría en el corredor de la muerte de todas formas con la cantidad de recursos que presentarían en contra.
Alex parece volver en sí y afloja la presión hasta sólo apoyarse, pero no tarda en abrazarme por completo, envolviéndome con todo su cuerpo. Quiere aparentar que me apoya, sin embargo, quien de verdad lo necesita es él, sobre todo cuando se agacha lo suficiente para poner la cabeza en mi hombro; si no fuera por su envergadura y altura, se podría decir que es un crío abandonado, y juraría que es así como se siente. No está tan mal, somos una pareja de niños que crecieron demasiado rápido, que de una manera u otra se han visto sin padres cuando más los necesitaban. Y a mí me ha pasado dos veces.
Cuando se separa, me mira a los ojos y deposita un tierno beso en mis labios.
¾    Te... —traga saliva— agradezco todo esto.
¾    Yo también —le sonrío, aunque no es capaz de decirlo, sé lo que era su primera idea.  
Me sorprende no ver a Paul, con su permanente sonrisa de superioridad, esperándonos apoyado en el coche a la puerta, como siempre. Que sea un desconocido significa toda una muestra involuntaria de poder, lo que lo hace más intimidante. La ciudad obedece sus órdenes, y quien no lo haga ha de temerle; y que haya aparecido tan rápido muestra tiene una red de comunicaciones tan eficaz y rápida que muchas organizaciones oficiales deben envidiar —llevo meses sin recibir noticias de la Agencia por mucho que yo les envíe toda la información que consigo—, lo cual me da un lugar por donde empezar a trabajar a fondo. Si consigo averiguar y entender cómo funciona, un solo golpe podría hacer caer todo el negocio como un castillo de naipes, incluidos los que estén dentro. Además, debe tener subordinados, debe existir una cadena de mando por la que empezar a desarticular todo, porque ya me he dado cuenta que atacando directamente a la cabeza no sirve para más que para salir golpeado una y otra vez. 
Reconozco que vamos atrasados por mi culpa, pero no fui quien pensó que lo mejor sería empezar por Alexander en vez de por cualquiera de sus camellos o de los que estén bajo su poder. Sin embargo, ahora que estoy tan cerca de tener acceso a sus negocios, estoy convencida de que iré más deprisa, lo difícil será conseguir más pruebas que mi testimonio o, como mucho, una grabación ilegal de una conversación.
Me siento sola en la parte trasera del coche mientras ellos hablan, aparentemente en clave, de una operación que planean para mañana por la noche. Por suerte estoy familiarizada con todo eso, así que me entero fácilmente: mañana, en una zona alejada de playa van a desembarcar inmigrantes con ''mercancía'', supongo que será droga, pero no dicen nada al respecto, tan solo que esperan no tener problemas y que habrá gente allí para recibirles. No se les escapa ningún detalle, para mi desgracia, pero aun así mi intención es informar en cuanto tenga un teléfono a la comisaría con la que estamos trabajando para que envíen refuerzos y llamen al FBI, porque ellos solos no podrán. Es posible que haya algún otro que quiera asaltar el envío, ya ha pasado anteriormente, así que se verían en medio de un tiroteo en el que sólo perderían tiempo y hombres.
Quizá sea algo arriesgado que informe tan rápido, pero si queremos agilizar las cosas hay que comenzar cuanto antes para asegurarnos de que todo sale a la perfección.
Intento recordar el camino, pero mi mente está muy cansada después de un día tan largo y no razona correctamente; además, siendo de noche todo es más complicado: las luces de otros coches y carteles luminosos me ciegan en varias ocasiones y no soy capaz de ver los desvíos. Entramos en una carretera secundaria sin luz, por lo que es imposible saber qué hay más allá de los faros del coche. Es inútil intentarlo siquiera, así que cierro los ojos y me relajo escuchando el sonido del motor. Sin embargo, a los pocos minutos, oigo que comienzan a hablar de nuevo y oigo vagamente la conversación:
¾    Se ha dormido.
¾    Pues cállate y no la despiertes. Ha sido un día...complicado.
¾    Sí, jefe. Sólo digo que no lleva venda —baja la voz.
¾    Lo sé —hay un silencio de varios segundos—. Se ha entregado a un chulo y acabo de sacarla de un calabozo; si confía en mí, yo también en ella.
¾    ¿Un chulo?
¾    Lo explico con todos. No me gusta repetirme —esta vez ha sonado mucho más serio.

Parece que va a haber una reunión en la que contará lo de esta tarde. Sin lugar a dudas, me he metido en la boca del lobo, y ahora mismo, con el cansancio, no soy más que un cordero asustado; mientras que debería estar atenta a cada detalle. Lo intentaré, pero no prometo nada. Supongo que habrán más situaciones parecidas, o eso espero. 

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